17/01/2013

Fade es nuestro disco de la semana.

¿Se imaginan lo que debe sentir Ira Kaplan, guitarra y voz de Yo La Tengo, cada mañana al mirarse en el espejo? ¿Quizás algo así como: “Sí, soy uno de los padres del actual rock alternativo. La crítica no nos tose, nuestros conciertos lo petan, sabemos tocar más versiones que nadie. Y tenemos un nombre que mola un huevo. Voy a comprar ese trémolo bañado en oro que vi el otro día en la tienda de música de la Quinta antes de que cierren”? Después de casi treinta años de carrera sin signos de agotamiento, con la crítica en el bolsillo y la prensa musical de todo el mundo mimando cada paso que da Yo La Tengo, es lógico pensar que podría ser ése el sentimiento. Satisfacción con uno mismo, autocomplacencia, ramalazos de divo. Cosas del rock, alternativo o no.

Pero resulta que Ira Kaplan, guitarra y voz de Yo La Tengo, es humano. Está hecho de sangre, huesos y emoción, y aunque se gana la vida en el mundo de la música, no se considera imprescindible para nada. Porque está en sus 56 años, aunque no los aparenta, y eso se nota: “Recuerdo que nuestro agente nos decía: ‘Ya sabéis, podéis hacer esto durante tanto tiempo como queráis. Pase lo que pase, podéis contar con que habrá suficiente gente que haga posible que podáis seguir dedicándoos a esto’. Pero por otra parte, cada vez que terminamos de grabar un disco me pregunto: ‘Guau, ¿volveremos a hacer otro?’, decía Ira en una reciente entrevista a Spin. Declaraciones algo grises, que recobran sentido si recordamos los problemas de salud a los que tuvo que enfrentarse Kaplan hace algo más de un año.

El caso es que, como sabrán, Yo La Tengo han sacado nuevo disco. Uno melancólico, de puertas adentro, invernal pero cálido, adormilado pero en estado de forma. Un disco lleno de amor, sin desfases del pasado como ‘Spec Bebop’, Blue Line Swinger o ‘And The Glitter Is Gone’, pero con maravillas del presente como ‘Is That Enough’, ‘I’ll Be Around’ o ‘Before We Run’. Un disco que suena a quietud, a contemplación, a mecedora, a anochecer pesado. Se llama Fade (Matador/Popstock), y lo sacarán a pasear por nuestro país en la primera semana de marzo. ¿Cómo encajarlo en el enorme mosaico de su discografía, un mosaico que incluye desde el dream pop hasta la electrónica más sesuda, desde el country alternativo hasta el shoegaze ensimismado? ¿Cómo sintetizar tres décadas de carrera musical impecable? En definitiva, ¿qué decir de Yo La Tengo que no se haya dicho ya?

Nada. No seamos ilusos. La única opción válida es adoptar una actitud mixta entre sorpresa y anticipación. Acudir al disco con asombro inusitado, como si la experimentada banda fuera en realidad el enésimo grupo revelación. Pero también ser consciente de que al pulsar play te vas a encontrar con ellos. Yo La Tengo, los de siempre. Tu banda amiga, esa que firma camisetas después de los conciertos, que toca la canción que gritas entre el público, esos que tan pronto versionan ‘Dive For Your Memory’ de The Go-Betweens como ‘Take Care’ de Big Star. Los responsables de que el nombre de Hoboken, New Jersey, te suene más familiar que el de tu pueblo. Esos mismos.

Es ahí, en el mágico umbral entre lo sobradamente conocido y lo fascinantemente ignoto, donde se ubica la producción discográfica de Yo La Tengo. Decena y media de trabajos que no bajan del notable, entre los que destacan auténticas piedras de toque del rock alternativo –I Can Hear The Heart Beating As One (1997), And Then Nothing Turned Itself Inside-Out, (2000). Y Fade es un ladrillo más en el muro. No precisamente el más grande o el más vistoso, pero sí uno de los más bellos y que, como buen ladrillo, contribuye a consolidar la estructura general.

La llave con la que se abre el disco se llama ‘Ohm’, marea de guitarras con aires místicos, desde el título (entonemos el mantra) hasta su repetitiva estructura rítmica, pasando por las ínfulas orientales del riff principal. «A veces los chicos malos llegan a la cima, a veces los chicos buenos pierden. Intentamos no perder nuestros corazones, no perder nuestras cabezas«. Canción mecánica pero asombrosamente pegadiza, con las voces de Ira, James y Georgia formando una única capa, donde el trémolo asoma la patita menos de lo que debería. Igual pasa con el siguiente corte, ‘Is That Enough’, construido sobre un liviano cimiento de distorsión, rápidamente devorado por los deliciosos arreglos de cuerda que planean a lo largo de los cuatro minutos que dura la canción. Un precioso medio tiempo pop, el perfecto contrapunto para la canción que inicia el disco.

Seguimos con el motor en ralentí moderado. ‘Well You Better’, la tercera, es un inofensivo jugueteo, un delicioso diálogo entre el teclado y la susurrante voz de Ira. Para cuando uno se da cuenta, está silbando la línea melódica, como sumergido en una primavera atemporal (cuánto queda para que regreses, maldita) que se queda aferrada a la capa superior de las meninges, como una sanguijuela. Y de ahí ya no se va. ‘Paddle Forward’ es una vuelta a las guitarras, eso sí, más moderadas que en ‘Ohm‘. Aquí el ritmo es más rápido, más vivo, pero el muro de distorsión suena amortiguado, como si fuera un falso lo-fi de cassette ochentera (nota importante: el disco está producido de forma exquisita por John McEntire, viejo conocido del grupo y músico de Tortoise; casi nada, vamos). Entretenido simulacro, liviana bisagra que abre definitivamente las puertas a los murmullos más sugerentes, a los pasajes sonoros más introspectivos.

Porque a partir de aquí es cuando el disco sube, se hace grande, consolida su propio discurso. ‘Stupid Things’ es un hermoso ejercicio psicodélico lleno de matices: la débil reverberación de la guitarra, otra vez la voz susurrante, está vez también reverberada y doblada, la base rítmica mecánica, adornada por un suave acento de teclado… y la letra. Hermoso estribillo: “And I still want / we always wake before we fall / I always know that when we wake up / You’re mine”. Premio al estribillo más bonito de 2013. Susúrrenlo cada mañana a sus parejas, y tendrán la partida ganada. Mención especial para el solo de guitarra, contenido pero celestial. Cuanto más crece hacia dentro, más enorme es la canción. Imaginen lo inmensas que deben ser las raíces del árbol que adorna la portada del disco. Así es ‘Stupid Things‘.

Y después de esta delicatessen psicodélica llega el corazón del disco. Sexto corte, primera de la cara B para los puristas. ‘I’ll Be Around’. Poco más que guitarra, voz escondida y teclados tímidos. Nada de artificios, nada de tormentas. Sólo quietud, sólo paz. Tres o cuatro estrofas rematadas con un “I’ll be around to make up your thought”, y luego dos minutos de suave paseo acústico, de solo enorme, largo pero que se pasa en un suspiro. Un soplo en el corazón, una declaración de amor sin palabras, pura emoción. Cuando la toquen en directo, se hará el silencio y se hará la música. Clásico inmediato, válido tanto para abrir como para cerrar conciertos y, en cualquier caso, perfecto para invocar ovaciones sentidas. Después vienen, a juicio del que escribe, dos canciones menores. ‘Cornelia And Jane’ es una pequeña continuación de ‘I’ll Be Around‘, cantada esta vez por Georgia y con unos resultones arreglos de metales. Por su parte, ‘Two Trains’ es una pieza construida con una base electrónica libre de ornamentaciones y una guitarra líquida. Poco más que añadir. Canciones de siesta.

Las dos últimas piezas vuelven a retomar el vuelo, recordándonos que estamos ante un disco notable. ‘The Point Of It’ es otro medio tiempo folkie, la enésima declaración de amor y miedo, de finitud y plenitud. Estamos vivos, estamos uno junto al otro. Di que estamos asustados. Cariño, eso está bien. Ése es el punto. Y la rúbrica, ‘Before We Run’. Una perla pop, protagonizada por una rica orquestación y una percusión sobresaliente. Las guitarras suenan en tercer o cuarto plano. Nada muerde, todo es armonioso, puro, mullido. La parte instrumental se alarga hasta el infinito, sin aburrir, sonando de fondo, amagando con terminar del todo, para luego retomar, y luego amagar otra vez… y cuando te quieres dar cuenta, seis minutos y dieciséis segundos. Y entonces se acaba el álbum. Y empieza ‘Ohm‘ otra vez. Porque con Yo La Tengo todos los discos se escuchan en replay.

Así es Fade: otro disco que suena a Yo La Tengo, pero que no se parece a ninguna otra cosa que hayan sacado. Un caramelo suficientemente goloso como para saborearlo durante un día, una semana, un mes, una vida. El disco para enamorar a los que nunca se habían puesto nada de ellos (ya os vale), el disco para reafirmar a los fans. El álbum que te empuja a echarte novia, buscarte un colega, montar un grupo con ellos, componer temazos, llenar estadios, cobrar cheques y comprarte trémolos bañados en oro. Yo La Tengo te hace creer que es fácil conseguirlo. Pero no es tan fácil ser un grupo entre un millón. No es un tópico: ellos lo son. Por eso sus discos siguen siendo buena noticia, por eso siguen creando melodías eternas, por eso siguen dando conciertos magistrales. Porque nadie llega a rozar tres décadas de carrera continuada si no disfruta lo que hace. Porque están en sus cincuenta. Y se nota.

Texto: Álvaro Ramírez (@alvarorcalvo)

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