03/11/2012

El otro día, en el partido que el Madrid ganó al Mallorca 0-5 en el Iberostar, Mourinho tuvo a bien sacar un ratito a Álvaro […]

El otro día, en el partido que el Madrid ganó al Mallorca 0-5 en el Iberostar, Mourinho tuvo a bien sacar un ratito a Álvaro Morata. El chaval, espigado, algo inseguro, con el 29 a la espalda, probablemente nunca llegue a ser delantero del primer equipo. Mourinho para esto es un calientapollas. Le gusta hacer creer al madridismo que cualquier día, en cualquier momento, Valdebebas se convertirá en la Masia y que de allí saldrán jugadores de clase mundial que vestirán de blanco hasta su retiro. En realidad, Morata se acabará cansando de no tener minutos, de que le cuelen a representados de Jorge Mendes por delante, de que le fichen promesas de no sé qué equipo belga que luego duran un año y acaban en la Sampdoria, y se irá. Con suerte acabará marcándolos de tres en tres en otro equipo, como Soldado. Con mala suerte, en algún equipo de tercera fila recordando aquellos días en los que soñaba ser el 9 que marcase el gol de la décima, en plan Portillo. Entre tanto, seguirá jugando los minutos de la basura. Saliendo para un ratito con partidos ya imperdibles, como el del pasado fin de semana. Y en esos minutos de la basura, sin mucha fe, hará lo que pueda. El domingo pasado, Morata hizo dos cosas preciosas. Una, el pase a Özil con sombrerito al central del Mallorca que luego acabó en gol de Callejón. Otra, un recorte en el área usando el cuerpo que acabó con un balón al exterior de la red.

Como Morata, Woods (unos tipos de Brooklyn comandados por Jeremy Earl, el barbudo de la foto de arriba) nunca llegarán a balón de oro musical. No van a ser disco del año ni en 2012 ni probablemente nunca. Sus canciones, sus discos, no dan para tanto. Si el que nos ocupa fuese un debut, estaríamos maravillados, pero entre EPs y demás esta es la octava referencia de su discografía desde 2005 (¡!). El álbum dura apenas 30 minutos. Es un disco de esos que uno se pone cuando no sabe qué ponerse. Cuando le agobia volver a meterse en el horror vacui de Dan Deacon, en la espesura de Tame Impala, la pesadumbre de The xx o la sofisticación de Grizzly Bear. Y en su papel, en ese de disco de transición para los minutos, no tanto de la basura como de la pereza, es el disco del año.

Como el ratito que jugó Morata en Mallorca, en estos minutos que consume Bend Beyond, hay dos cosas maravillosas. Una se llama ‘Cali in a Cup‘; la otra, ‘Impossible Sky‘. Son dos canciones de una ligereza cristalina. Pasan por los tímpanos como agua de manantial, limpiando impurezas, arrastrando penas y hojas muertas. No hacen falta los cuádriceps poderosos de Cristiano, la mente preclara de Xavi o el instinto asesino de Falcao para reivindicar de pronto la sencillez, para maravillar desde la imperfección, desde el rincón más liviano de la música.

A parte de esos dos temas, Bend Beyond está cargado de perlitas de dos minutos que te calan hasta los huesos. ‘It Ain’t Easy‘ tiene algo del Justin Vernon de las nieves, una suerte de esperanza triste en ese amago de falsete y esa slide que asoma tras la acústica. El conato de psicodelía de ‘Find Them Empty‘, como ocurre en las mejores de The Wave Pictures, transmite una relajación y una falta de presuntuosidad que oxigenan. En serio, ‘Lilly‘ es una excusa para una nueva Juno, son dos minutos y diez segundos de inocencia morateña, un regalito, una canción que da pena que se acabe. Cuando el indie era un género se parecía a esto, ¿no?

En fin, les cuento esto porque me da como lástima que estos discos acaben luego reseñados de pasada en la parte baja del resumen del año, con unas frasecitas que caen en el olvido rápido. Suena en estos momentos ‘Something Surreal‘. He escrito el post en lo que dura el disco y, ¿saben qué?: me lo pongo otra vez.

Larga vida a Morata.

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