10/10/2012

Perth es una ciudad costera situada extremo sureste de Australia. Es la capital de la región de Australia Occidental, que ocupa casi la mitad del […]

Perth es una ciudad costera situada extremo sureste de Australia. Es la capital de la región de Australia Occidental, que ocupa casi la mitad del país y tiene una superficie de más de dos millones y medio de kilómetros cuadrados, mayormente desérticos. Eso son cinco españas. En Perth viven algo más de un millón y medio de personas. Están algo lejos de casi todo. La ciudad más cercana es Adelaide (entendiendo por ciudad una de más de 100.000 habitantes). Está a unos 2.500 kilómetros. Para llegar a allí hay que tomar una de las carreteras más largas del mundo y conducir durante un par de días. Es un viaje algo más largo que ir de Barcelona a Varsovia, para hacernos una idea. Imagínense ese viaje, parando en una Cuenca cada 600 kilómetros.

Tame Impala son de allí. Kevin Parker es de allí. “Hace un tiempo hubiese dicho: no, no importa una mierda de dónde vienes. Pero ahora que he pasado un tiempo fuera de Perth me doy cuenta de lo tremendamente decisivo que esto es. Perth tiene algo completamente diferente a todos los demás sitios donde he estado. (…) Está suficientemente lejos de todo como para que todo el mundo nos importe una mierda, pero está suficientemente cerca como para que sepamos qué pasa ahí fuera”. (Entrevista a Pitchfork). 

Kevin Parker ha estado desde 2010 alternando su rincón del mundo con su antítesis: París (ciudad en cuya área metropolitana viven en total unos 12 millones de personas, cinco veces más que en todo Australia Occidental, true story). Allí, suponemos, tomó la foto de la portada de su segundo trabajo, Lonerism. La imagen, tomada el aire libre en un día soleado, muestra una multitud despreocupada bronceándose en los jardines de un edificio histórico. Entre el fotógrafo y sus sujetos hay unos barrotes de hierro y un cartel que dice algo así como “a partir de este punto, los perros, incluso si van atados, no pueden pasar”. La decisión de poner esta foto y no otra, obviamente, no es casual. Kevin Parker tiene un problema con la soledad y la aceptación que salta a la vista más en el espíritu de algunas canciones que en las respuestas de sus entrevistas.

Leídas varias, sorprende cómo en seguida se entrega a disertaciones psicoanalíticas, cómo entra al juego incluso en las preguntas más incómodas. Le cuestionan sobre la soledad, sobre la música como terapia. “Para mí, la música es como tratar de llenar un vacío. Tienes que enfrentarte a ese vacío si quieres conseguir llenarlo”. Repreguntan. “Creo que simplemente trato de glorificar el hecho de ser como soy para así no sentirme mal por ello. No sé cómo es para los demás, pero para mí es complicado. Me gusta estar con gente, pero me agota. No tengo la energía para estar rodeado de gente. Es simplemente más fácil estar solo”. Y la frase cae como una sentencia. Grave.

Los padres de Kevin se separaron cuando era pequeño. Él inicialmente se quedó con su madre, pero esta entró en una espiral de relaciones post ruptura que acabaron con Parker en casa de su padre, rodeado de discos de los Beach Boys, Supertramp y The Beatles. “De ahí viene mi amor por la melodía”, dice. Con 13 años sabía tocar la guitarra y la batería. Al poco, ya hacía grabaciones caseras con una doble pletina. Hacer música sin grabarla no tuvo para él mucho sentido desde el principio. Su padre se dio cuenta y le regaló un 8-track a la edad de 16.

Para entonces la música ya era un obsesión: grababa compulsivamente y formaba aparte de un grupo de músicos inquietos de la zona. Aunque a su padre eso de vivir de la música no le parecía un futuro decente. Quizás por eso le mandó a un colegio privado y religioso, con el ánimo de fabricar un ingeniero beato. Pero la cabra tira al monte y el chico salió de allí amagando con estudiar astronomía, aunque finalmente acabó trabajando como repartidor para una firma legal. “Lo mejor de ese trabajo era la soledad; iba de un lado a otro de la ciudad repartiendo papeles, solo”. Tampoco duró mucho en ese trabajo. Durante ese tiempo grabó y grabó mientras devoraba las discografías de Cream y Jefferson Airplane. Dos influencias bastante identificables en el primer proyecto medio serio que construyó: Dee Dee Drums.

Que a Parker le guste la soledad no quiere decir que sea un misántropo, eremita y asocial. Tiene amigos, deducimos que no pocos, y una novia bastante mona –Melody Prochet– a la que ha producido un disco de notable –Melody’s Echo Chamber y que tiene la culpa de sus escapadas a Paris. Los amigos de Parker forman con él la escena de Perth. En su día hablamos de Pond, la banda de Nick Allbrock, de la que Parker es baterista y mezclador. Son todas piezas de un mismo puzzle. Mismos músicos, diferentes proyectos, diferentes líderes. Aunque todos tienen claro que el boss es quien es.

Innerspeaker, el primer disco de Tame Impala, nos llegó sin saber nada de esta historia contada, pero no nos hizo falta conocer ninguna de estas entretelas para caer rendidos a pelotazos como ‘Solitude Is a Bliss’ o ‘It’s Not Meant To Be’, donde las influencias recibidas habían fermentado por fin en una estética tan personal y extrema que nos costó unas semanas digerir. “¿Qué se meterán estos?“, pensamos. Pero aquellas canciones alucinógenas no eran necesariamente producto de las drogas, sino de la cabeza de un chaval de ventipocos obsesionado con los sonidos, el espacio y los colores. “La imaginación y los sueños de la gente son mucho más jodidos que las drogas. Esto es simplemente cómo suena la música cuando la imagino”.

Aunque el uso de adjetivos lisérgicos para definir su música no le incomoda en absoluto. “La música tiene en la gente el mismo efecto que las drogas y por eso se hacen comparaciones. Para mí es un halago, totalmente. Significa que hemos conseguido hacer algo que hace que la gente experimente sensaciones extrañas”.

Lonerism vuelve a ser una orgía caleidoscópica, un festival de sonidos líquidos, unas arenas movedizas chiclosas y coloridas a las que uno se entrega en cada escucha más desnudo y con menos reparos. Los elementos hunden sus raíces en ese final de los 60 que Parker bebió de adolescente, pero no hay aquí una obsesión por la imitación, no imagina uno al chaval obsesionado por encontrar las herramientas para replicar el sonido de sus referentes. La obsesión parece más bien otra: conseguir sacar eso que suena en su cabeza (en su innerspeaker, vamos) y ponerlo en un marco espacio temporal.

La obsesión son las melodías, los sonidos, lo inédito. “La mayoría de los guitarristas usan el pedal de distorsión y luego ponen un reverb. Así suenan como si estuviesen tocando una guitarra con distorsión en una iglesia. Yo intento que mis guitarras suenen como si la iglesia estuviese dentro del pedal de distorsión”. “Siempre estoy grabando música. Si no estoy grabando música en realidad no me encuentro ninguna otra utilidad”. Etcétera.

Kevin Parker es Tame Impala. De la misma forma que Bradford Cox es Deerhunter o Adam Granduciel es The War On Drugs. Parker ha grabado durante un par de años todo lo que suena en Lonerism, desde los instrumentos hasta las grabaciones de campo, que dice coleccionar casi de manera obsesiva. Las canciones, revela, le vienen como flashazos. “Tengo una idea y normalmente acabo la canción en una noche. Después me paso mes escuchándola una y otra vez. A lo mejor varío algo en la batería. Toco un sonido. Hago un montón de cambios mínimos, pero casi nada cambia, eso es lo jodidamente cruficicante”. La traducción es literal. “Not a lot changes, that’s the fucking crucifying thing”. Habla con ese rencor hacia el proceso en varias ocasiones. “Lonerism prácticamente me ha vuelto loco. En realidad, lo ha hecho. Han sido dos años agonizantes”. 

Y podrían haber sido más. Parker deja de tocar las canciones cuando le dicen que ya es hora. Esta vez ha sido su sello, Modular. Descolgaron el teléfono y le dijeron: “Kevin, tenemos que ir empezando a pensar en publicar otro disco”. Y entonces Kevin se hizo a la idea y empezó a dar por cerradas las canciones. “Si no podría seguir cambiándolas hasta el infinito”, viene a reconocer. El resultado es un trabajo acojonante con la soledad como eje. “Las canciones pivotan sobre la idea de no sentirse parte del mundo. Hablan sobre alguien que trata de encontrar su lugar entre todo lo demás y que, con el tiempo, va aceptando que está en su ADN ser un tipo solitario. Intento verlo de forma positiva, pero a medida que avanza el disco soy más pesimista”.

Escuchen los primeros versos de ‘Mind Mischief‘: “Fells like my life is ready to blow / Me and my love we’ll take it slow / I hope she knows I’ll love her long / I just dont’ know where the hell I belong”. Asegura que las letras pretenden ser ambiguas, que no hablan necesariamente de sí mismo, pero leído lo leído y escuchado lo escuchado, la cosa no parece ser tan así. Esta es una de las canciones que uno empieza a adorar pasadas las escuchas. La primera que entra, candidata a tema del año, es ‘Elephant‘, demoledora, elefantiásica como promete, pesada y marcial en su inicio, salvaje y rugosa tras la primera explosión de plasma y la primera dosis de melodías vibrantes. Durante toda la segunda mitad uno rescata de alguna parte del cerebro el recuerdo de esta escena, con la elefanta madre furibunda, con los ojos inyectados en sangre. DANGER, MAD ELEPHANT.

‘Apocalypse Dreams’ da la razón a quienes mentan a John Lennon y a los Beatles de Revolver. ‘Endors Toi‘ sirve de argumento a quienes quieren ver aquí unos primos hermanos de MGMT. Pero con las escuchas cabe poca duda que aquí hay algo más de chicha de la que proponen los americanos. ‘Fells Like I Only Go Backwards‘ combina ese reconocido y primerizo amor por la melodía con una sensibilidad despampanante y un dominio de la producción enorme. Las voces pivotan en capas de un canal a otro. El bajo sostiene los andamios desde la izquierda. La batería no para quieta, variando cada fill, cayendo en lugares extraños. La estructura es rara, poco previsible. Pero ese estribillo de radiofórmula, filtrado hasta el infinito, te agarra. Sigue Lonerism con ‘Keep on Lying’, otra que empieza contando y acaba implosionando. Hacia la mitad empiezan a superponerse las grabaciones de conversaciones y la guitarra emite por primera vez la maravillosa sucesión de notas que adoptan después el bajo y los teclados y sobre las que pivotan tres minutos de mantra musical que en cada vuelta, en cada nueva variación, suben la nota imaginaria de este trabajo.

Es interesante pensar que el origen de este tema, como el de todos, no está en una sesión de improvisación en grupo, como presumiblemente ocurría en el caso de Pond. Aquí todo se construye de cero, nada suena simultáneamente por primera vez. Hay que ir grabando, superponiendo, retocando. El mismo cerebro tomando decisiones demiúrgicas sobre cada uno de los elementos. Más parecido a lo que haría un productor de electrónica que un cantante de rock.

No es ningún secreto: entre el mantra ansioso de ‘Be Above it‘ y la desnudez brutal de ‘Sun’s Comming Down’ está una de las mejores colecciones de canciones de este año.

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