21/11/2012

Llegamos hasta el fondo del terrorífico The Seer... pero sin destripar el final.

Este mundo en el que vivimos está lleno de palabras fornicadas hasta la insignificancia. Piensen por ejemplo en lo que la política le ha hecho a conceptos como «libertad» o «revolución«. Piensen sino en lo que la publicidad le ha hecho a «exclusivo«, «único«, «irrepetible«, «inolvidable«. Adjetivos superlativos, tajantes. Ahora gastados, mentirosos, muertos. Los citados suelen ir acompañados a menudo de un sustantivo también reventado: «experiencia«. Prueben, verán cómo funciona («experiencia única, irrepetible…«). El problema de la desvirtualización de estos y otros conceptos rotundos es que cuando uno quiere usarlos en su acepción original, ya no funcionan, ya no dilatan. Yo quería empezar contándoles que The Seer no es un disco a la usanza, sino una «experiencia musical«. Pero la expresión ya perece una puta barata, huele a kilómetros, da como asquete sólo teclearla. Pero es verdad, este disco es una experiencia.

Ocurre con la inmensa mayoría de los buenos trabajos, más si son ambiciosos artísticamente, pero en este caso ocurre de forma aun más rotunda. Aquí no tendría ningún sentido deslocalizar cada una de estas canciones. Fuera de su contexto pierden el sentido. Quizás ‘Song For a Warrior’ sea la única verdaderamente aislable. Pero les juro que sin haber pasado unos minutos antes por la tortura despiadada de ’93 Ave. Blues’, no le entran a uno esas ganas de llorar de placer. ¿Puede a uno gustarle ’93 Ave. Blues’ aislada? Dificilmente. ¿Es esa la intención de su autor? No. Este es un disco raro. Tras meterse en él parece injusto juzgarlo en términos de «me gusta» o «no me gusta«. A mí, que tengo nombre y apellidos, me gusta mucho. Pero comprendo a la perfección que alguien no lo aguante. Es en cierto modo un disco inaguantable, pero que recompensa con emociones medulares a quien no se rinde. Ahora bien: no vale rebobinar. Aquí hay que sacar los dientes, mirar a la bestia a la carita y aguantarle la mirada.

Michael Gira no es un músico normal, su biografía no es la de una persona normal, su forma de entender el sonido tampoco lo es. Gira nació en un suburbio de la ciudad de Los Ángeles hace ya casi 60 años. Cuenta la Wikipedia que sus padres se divorciaron cuando él era adolescente. Michael vivió un tiempo con su madre, una alcohólica. Luego se mudó con su padre, primero a Indiana y después a Paris. Desde allí recorrió Europa haciendo autoestop y acabó unos pasando unos meses en una prisión de Israel por vender hachis («It was a pretty formative experience», dice). Su padre consiguió que fuese trasladado a Estados Unidos. En 1979 se mudó a Nueva York y a principios de los 80 formó Swans como una necesidad artística mientras sobrevivía gracias a trabajos en el sector de la construcción, poniendo ladrillos. La primera referencia de Swans data de 1982. Hace ahora 30 años. Michael Gira dice que The Seer es el disco que lo recoge todo, que no aúna todo, que lo destila todo. El fruto de esos 30 años de trabajo.

«Una vez empecé a grabar, sabía que tendría que estrangular esta bestia hasta matarla» (Paste Magazine). Habla el propio Michel Gira, que según el consenso de la crítica acaba de firmar su obra cumbre. 119 minutos de inmersión, de reto, de experimentación, de trance. The Seer es una obra para sumergirse. Un disco que dificilmente te deja hacer otra cosa que escucharlo si verdaderamente te dejas atrapar por él. Es un álbum ante al que hay que presentarse como un súbdito, con las orejas abiertas. Con esas dos horas por delante, listo para encontrase incómodo, para pasar miedo, para imaginar sangre y, eventualmente, tener momento extáticos.

«El objetivo es tratar de conseguir el éxtasis». Ese es el fin último de la música para Michael Gira. Es lo que quiere para si mismo, el éxtasis. En otros tiempos de juventud salvaje Gira iba del escenario al hospital. «Ahora tengo un sano miedo a romperme los huesos. Antes no pensaba en eso. A menudo me rompía las costillas haciendo estupideces. Sentía tanto la música que me arrojaba a los amplificadores» (Pitchfork)Una vez incluso se rompió los dientes al golpeárselos con el micrófono. Ahora tiene 58 años y es padre. Ya no vive en la ciudad de Nueva York, sino en una casa en las afueras. Su banda ya no son otros jóvenes inconscientes. Ahora son un grupo de cuarentones y cincuentones curtidos y a sus órdenes. La mejor banda con la que nunca ha tocado.

The Seer [El Profeta] es el resultado de meses de gira juntos. Swans hacen la gira del disco antes de que este salga. Estas dos horas de música salen casi exclusivamente de los directos que las gestaron. Cada día, en cada escenario, Gira arma una misa negra en la que él es el diablo, en la que a base de miradas, rugidos y pequeños gestos acuerda nuevos giros para esos salmos de decenas de minutos que son sus canciones. La que da título a este trabajo, ‘The Seer’, una pieza de 32 minutos y 16 segundos, nació así. «Comenzó con una idea que tenía, una guitarra acústica, una noción de ritmo, y poco a poco fue cuajando en lo que hoy es a base de tocarla en directo. Con el álbum anterior me arrepentí de no dejar que ciertas cosas evolucionasen. Esta vez no he puesto ninguna restricción porque, en realidad, ¿a quién tengo que darle explicaciones? A nadie. Tengo mi propia compañía discográfica. Sólo tengo que responder ante Dios. Ya no soy joven. Simplemente quiero hacer el mejor trabajo de que sea capaz anted de morir». Y lo sigue intentando. Ahora The Seer está prácticamente fuera de los escenarios. Allí se gestó, ahora ya está plasmada y estos dicen: what’s next?.

«Tocar canciones de discos viejos no me interesa en absoluto. Es exactamente lo opuesto a lo que quiero hacer. Siempre estoy tratando de colocarme en lugares que me son musicalmente incómodos, poco familiares. Muchas veces sin éxito, debo reconocer. Pero prefiero intentarlo que entregarme algo que la gente ya conoce y quiere seguir». Sus conciertos ahora, los que pasarán por Madrid y por Barcelona como parte del Primavera Club 2012, se estructuran en torno a tres piezas completamente nuevas (cuyo desarrollo en el escenario ocupa cerca de una hora) acompañadas de un par de temas de The Seer y una única concesión al pasado: ‘Coward‘, de 1985, aunque abordada de otra forma.

Con todo lo advertido respecto a su inaccesibilidad, The Seer se abre de una forma casi amable con ‘Lunacy‘, en la que la voz testosterónica de Gira se deja endulzar por las del matrimonio Low. Desde el principio la repetición se muestra como una clave. Hasta que las voces entran el tema invierte dos minutos y medio en generar el primer amago de trance, con esa guitarra rompiendo cada dos, marcando los pasos. Hasta que llega la letra. «In the mind of no one / Fallen son fall in love / Break the chain hide within / Innocence not innocent / Innocent in the sense / Eat the beast keep him in / Take the blame speak the name / Lunacy, lunacy, lunacy, lunacy…».

La tregua se acaba en ‘Mother of The World‘. De nuevo la repetición, la guitarra como un martillo, esos jadeos que exhalan edad, toda una liturgia incómoda que no dura poco. Los elementos se van sumando y los matices se acumulan en un ambiente asfixiante, húmedo, subterráneo. Entra el bajo, una caja introduce variaciones, un resplandor metálico se incorpora y al rato aparece esa voz lunática, escalofriante, desequilibrada, incomprensible, jodidamente terrorífica en cierto modo. No hay placer, uno casi puede tocar el alivio que sentiría si diese al pause sólo con imaginar que lo hace. Pero algo atrapa, algo engancha y escuchamos hasta el final. La fragua termina, entra la voz de Michael Gira para hablarle a la madre del mundo y todo termina en un nuevo trance, este orquestal, que se extingue pocos segundos antes de que el contador marque 10 minutos.

Tras el intervalo de ‘The Wolf‘ llega la mencionada ‘The Seer‘, con su media hora de viaje al averno. Párrafo(s) aparte.

Como en el resto del álbum, todos los elementos son analógicos. Suenan gaitas, campanas, guitarras. Los primeros minutos son una cacofonía que resulta desagradable sólo si no se está ya a estas alturas inmerso en la obra. Si no se comprenden de qué va esto. El primer bombo tarda cuatro minutos en entrar. Antes de que lo haga se oye la instrucción de Gira en un susurro indescifrable. Uno recuerda sus palabras: «ninguna restricción». No tiene que responder ante nadie. La canción va a durar lo que la canción quiera. En esa libertad, en ese desarrollo por intuición, el tiempo pasa de otra forma. Quizás Gira nunca dejó de poner ladrillos. Esa idea de solidez, de construcción de abajo arriba está presente en muchos temas. Este es uno. Los elementos vuelven a acumularse sobre un bajo tántrico que repite durante minutos dos notas. Cuando uno quiere darse cuenta, ya está en la misa negra. La voz del chamán se eleva en un grito/lamento (9:50…) sobre una composición urgente, tétrica, rocosa que está a punto de empinarse cuesta abajo. Acelerándose, agudizándose (11:00…) como cayendo por los railes de una mina hacia el centro mismo de la Tierra y reventando allí (11:44…) en el inicio de un intervalo de fuego y furia, de violencia musical descarnada, primitiva y angustiosa. Suena como un sprint de huida de un mamífero perseguido. Esa gacela que está a un tropezón de acabar asfixiada por las fauces del predador. La carrera acaba aquí en una deceleración mortecina, lánguida, con la presa rendida, dando al aire, mecánica, una ristra de últimos coletazos cada vez más agónicos.

Abre uno los ojos, mira las luces azules del TEAC y ve 15:22, 15:23... El tiempo pasa de otra forma. Los cierra y vuelve a encontrarse a ese animal herido dando cozes. Una guitarra ruge de pronto como un cerdo en una matanza, con alaridos cortos y agudos, de muerte, como dejando en cada grito todo el aire de los pulmones, desafiando la propia existencia de las cuerdas vocales El rugido de hace continuo y se transforma de pronto en algo así como el zumbido de las alas de un animal atrapado en una tela de araña. Luchando por escapar, con el veneno ya en el cuerpo. Es agónico. A un volumen intenso, en la oscuridad, es acojonante, literalmente. Han pasado más de 20 minutos y aun queda un tercer acto. El animal herido se rinde por fin. Cesan los golpes y sólo queda la respiración. Una armónica parece representar la exhalación (22:00…) Es más un elemento teatral que musical. Podría dar cualquier otra nota. Es la rendición, la llegada de la muerte tras la batalla. Los últimos gritos, los últimos llantos de un ser devorado en vida, con los ojos abiertos. Es una pesadilla a la que cada uno pone las imágenes que lleva dentro.

Al final la canción en remonta en unos últimos cinco minutos post-drama con un Michael Gira de nuevo lunático. La violencia del ecuador de la canción es ahora otro bucle, otro ejercicio de repetición con efectos hipnóticos que, ahora sí, desembocan en el al el comienzo inverosímil 32:16. Eso, lo del tiempo.

En su contexto, es decir, después de estos 32 minutos, los más de seis de ‘The Seer Returns’, más planos, con un ritmo constante de nuevo basado en la repetición y los matices, pasan como un suspiro. Son simplemente un conector hacia la cumbre del malrollismo: ‘93 Ave. Blues’. De nuevo con los ojos cerrados, sólo pude recordar las imágenes más estomagantes de The Cove, un documental (imprescindible) que cuenta cómo en una pequeña bahía de Japón se acorralan y matan a mano, por desangramiento, a miles de delfines al año. Los violines de este tema, la violencia de los golpes, la ilusión subacuática, todo me hacía recordar la imagen de ese mar de sangre lleno de delfines heridos y condenados a una muerte tan lenta como inevitable. Oigan, el último minuto de este tema es simplemente una tortura. Es un jodido asesinato. No hay una palabra, pero merecería una pegatinita de Parental Advisory sólo por musicalmente hijo de puta que es. Lo que sigue no está ahí por casualidad, claro.

«Para mi es mi importante cómo una canción afecta a las otras. Empecé a pensar en esto en la época de Children of God (1987), hace ya mucho tiempo. Reflexionaba sobre cómo un pasaje instrumental, o incluso simplemente un sonido, transforma una canción y cómo eso luego afecta a las demás canciones. Con el tiempo, cuando hicimos Soundtracks for the Blind (1996), estos pasajes, estos devaneos instrumentales, se convirtieron para mi en más importante que las canciones en sí. Y creo que en cierto modo sigue siendo así». 

Tras esa tortura, la última canción del CD1, ‘The Daughter Brings The Water’ y sobre todo, la primera del CD2, la bellísima ‘Song For a Warrior’, son un ejercicio de clemencia. La voz sexual y temblorosa de Karen O (Yeah Yeah Yeahs) es un refugio después de la tempestad. Cuatro minutos de amor,  de comprensión. «Now you are a warrior who will conquer this land / On a horse made of clouds you will scour the sands». Maravillosa. En su contexto, estremecedora.

Sinceramente, el álbum bien podría acabar aquí y ser sobresaliente. Pero nada más lejos. Todavía quedan más de 40 minutos de música repartidos entre ‘Avatar‘, ‘A Piece of Sky’ y ‘Apostate‘, otro disco por sí mismas. La segunda es en realidad una de las mejores. En esta segunda mitad del álbum todo está más igualado. Los extremos (violento y reconfortante) ya se han tocado y Swans se mueven en un margen más contenido. Los casi 20 minutos de ‘A Piece of Sky‘ son una gozada (letra aperte, un poco psé), una pieza incluso luminosa al final,  con una segunda mitad sin más rastro de tenebrosidad que el que viene de serie en la voz ajada de Michael Gira. Un trocito de cielo, en fin antes de… ¿Saben?, iba a decir algo sobre ‘Apostate‘, pero ya lo he destripado casi todo. Si después de más de hora y media de música llegan aquí, será que les gusta que les peguen. Así que no decimos nada. No les jodemos el final. Si tienen lo que hay que tener, escuchen esto después de todo lo anterior.

Publicidad

Publicidad