08/12/2011

Hay algo anodino y poco o nada sentimental en la forma en la que Leslie Feist habla de su música. De la publicación de The […]

Hay algo anodino y poco o nada sentimental en la forma en la que Leslie Feist habla de su música. De la publicación de The Reminder, un éxito imprevisto, han pasado cuatro años largos, pero la canadiense asegura que, en términos de intervalo de no composición, entre aquel y Metals, han pasado más bien cinco. Compuso aquel, lo grabó y giró durante meses. Hundida en calendarios milimetrados, vuelos, hoteles, aplausos anónimos y canciones que perdían las líneas y hasta el relieve de tanto sobarbas. «Aquello eliminó la verdadera relación entre yo y las canciones, entre yo y cantar, entre yo y tocar la guitarra; todo lo que siempre había amado. Había hecho una fotocopia sobre otra hasta que la imagen se degradó por completo. Hasta que no había imagen», confesó hace poco a Pitchfork«Cuando terminó la gira, sentí como si tuviese que parar un tren bala».

Así que decidió desalojar el tren y estrellarlo. Detenerlo en seco. Hacerlo añicos. «I just got tired», resumió en la NPR. Y es que, no fue sólo The Reminder: antes de eso estaba Let it Die, cuya gira de presentación se solapó con la siguiente grabación, y esta con la siguiente gira, todo en una especie de bucle infinito que la consumió. Cuando se detuvo, había pasado de compositora desconocida a semidiosa del indie en poco más de seis años. Durante cerca de uno no tocó la guitarra y pasado ese tiempo lo intentó de nuevo, pero no salió nada. Y la guitarra volvió al rincón. «La veía como un animal maltratado». Pero nada es para siempre y un día, tras unos 18 meses desde que el tren el tren se hiciese añicos, la inspiración volvió.

Da la sensación de que Leslie Fesit habla de este parón creativo casi como quien habla de una enfermedad en remisión de la que felizmente ha salido, pero a la que, de alguna forma, teme regresar. Incluso a la que, en cierto modo, cree que será inevitable regresar. También impresiones. El caso es que de aquel renovado amor por las seis cuerdas salió algo fructífero y esta canadiense criada en Calgary (¿no mola mucho eso?) aprovechó el momento, se fue a Francia, y se puso a trabajar. «En cuestión de cuatro meses pasé de no tener nada a haber terminado todo. Normalmente esto lleva muchísimo tiempo. Yo creo que ni si siquiera el sello sabía que estaba haciendo un disco hasta que dijimos ‘OK, grabamos la semana que viene’. Era como en un película donde todo el mundo estaba congelado excepto un personaje, que seguía moviéndose. De pronto yo quite el ‘pause’, todo el mundo volvió a la vida y yo les arrojé un álbum.» 

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«Les arrojé un álbum». No está mal como expresión. No se entrevé en este proceso ninguna urgencia romántica por comunicarle nada al mundo. Parecería que Leslie Feist simplemente trabaja de esto. Y nos parece bien. Recuerda un poco a las explicaciones de Sam Beam (la extraordinaria Woe Be, que fue sacada del álbum en el último segundo y aparecerá como cara B, aunque está en por ahí, podría ser un tema de Iron & Wine sin esfuerzo alguno). El bueno de Beam, como quizás sepan, vive felizmente emparejado y retirado en un pueblecito del sur de Estados Unidos, cerca de Austin, mesándose la barba y haciéndole el desayuno a sus cuatro niñas (tiene cinco, pero una no llega al año) cada mañana antes de llevarlas a la escuela en un monovolumen de grandes dimensiones. Cuando regresa a casa, se hace un café y se mete en su estudio casero, para que la que inspiración le pille trabajando. Querríamos un relato más épico, pero no seamos ingenuos: la vida también es así y la música también es un trabajo. Con sus días malos y sus días buenos. Con sus éxitos y sus fracasos. Con sus tira y afloja.

Leslie lo sabe bien. Por eso cuando su discográfica le impuso que ‘How Come You Never Go There’ como single, ella calló. «It’s just part of the modern puzzle we’re in». Ya la habían dejado ordenar Metals a su gusto, poniendo la genial ‘The Bad In Each Other’, con ese inicio que parece sacado del No Color de The Dodos, para abrir. Esa misma hubiese querido ella de primer single, de mensajera de un álbum esperado con ansia por los enamorados de su voz de violín, pero no. En algún despacho con sillones de cuero un equipo de estrategas decidió que no fuese así. Pero ella ni quiera se queja. Es más, con un tono cargado de una resignación que casi destila resentimiento, procura dejar claro a toda prisa que no tiene problemas con su sello y que ni se le pasa por la cabeza el asunto ese de la autoproducción, que ya ha pasado por ahí. Ya saben, cuando hacía punk y eso.

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Pero marasmos y mundanidad al margen, hablamos de un disco. Un disco que cuesta 22€ (dato) y que viene bajo el sello de Interscope Records, en cuyo catálogo conviven referencias tan dispares como Lady Gaga, Nelly Furtado, Tokyo Hotel, Noah and The Whale o TV on the Radio. Aseguramos frustración para quién busque aquí una sucesora a aquella ligerita y pegadiza ‘1234’ que le hizo morder la manzana de la fama (ja). De hecho Leslie se ha cuidado mucho de no darle un vástago, lo ha hecho deliberadamente. Ni hay un single que sobresalga de forma clara ni es este un disco de usar y tirar (no digo que sus antecesores lo fueran, válgame). Grabado casi prácticamente en directo, con sus ecos y ese rumor de los micros (siempre) encendidos, Metals está casi totalmente desprovisto de artificios electrónicos pero lleno de referencias a la naturaleza, al viento.

Esencialmente orgánico, levantado a base de madera, clavos, vientos, metales, guitarras, batería, palmas, coros, pianos… Un disco artesano, con vocación de atemporalidad y poca o ninguna ambición exploradora, que se mueve entre la delicadez extrema de ‘Anti-Pioneer‘ (probablemente una de las canciones más bonitas del año y que ya existía allá por 2007) y la virilidad de ‘A Commotion«, con sus batallón de coros masculinos, sus saxos bajos y esa percusión casi en primer plano.

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Metals es, también, intencionalmente coral. Sería imposible reproducirlo decentemente sin, al menos, media docena de músicos y tres voces de apoyo. ‘Graveyard‘, otra con alarde vocal («bring ‘em all back to life!»), es un ejemplo de ello. Una canción sobre la muerte, lista para ser cantada (como apuntaba este entrevistador). La contradicción, dice Feist, no es tal: que se lo digan a los mexicanos. El final grandioso y festivo de ‘Graveyard’ se repite con algo más de rabia y orquesta en ‘Undiscovered First‘ («Is this the right mountain / fur us to climb?» ) y ambos encuentran contrapuntos perfectos en las canciones que las siguen: ‘Caught A Long Wind‘ y ‘Cicadas And Young‘, donde Leslie Feist juega a intentar rompernos algo dentro, con bastante éxito.

‘Cicadas…’ abre de hecho un trío final doloroso. La que le sigue, ‘Comfort Me‘, se abre con un primer verso tremendo («when you confort me / it doesn’t bring me confort actually», zas) y acaba desembocando en esa explosión inesperada, de nuevo llena de voces femeninas que ceden a un «na, na, na» (esto en concierto lo va a petar) tan clásico como acertado. Como ven, estos giros hacia arriba, efectistas y efectivos, se repiten, pero funcionan siempre.

El álbum se cierra con ‘Get It Worng, Get It Right’, una pieza que coquetea por momentos con el jazz y a la que ponerle una pega sería un delito. Redonda, suave. De esas que como te pillen mal te joden pero bien.

Feist – Comfort Me by Interscope Records

Y como se ha abierto la veda, sólo una palabra para terminar: Auditori.

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