06/10/2020

Reflexiones y alertas a propósito de los casos de acoso y violencia sexual de artistas y sellos destapados en los últimos meses. Por Lara Alcázar.

«You take what you want, you get what you take
You take what you want, you are what you hate»
(Bikini Kill – ‘DemiRep’)

Verano de 1998: Bikini Kill publicaban el tema ‘DemiRep dentro de The Singles, recopilatorio donde se incluía también Rebel Girl, himno por excelencia del riot grrrl. Un movimiento surgido a principios de los noventa para exigir la redefinición de la escena punk desde una perspectiva feminista y luchar contra violencias y comportamientos machistas reproducidos y normalizados en un ambiente supuestamente abierto como el musical.

Verano de 2020: La noticia sobre los casos de abuso sexual en Burger Records saltaba a los medios. El pasado 15 de julio salieron a la luz las primeras acusaciones hacia Sean Redman (The Buttertones) por parte de Clementine Creevy, líder de Cherry Gazerr, banda de Los Ángeles fichada por Burger Records. Dichas acusaciones hacían referencia a la relación de Redman con Clementine cuando ella tenía catorce años y él veinte. 

Veintidós años separan la denuncia de las Bikini Kill del testimonio de Creevy y el de muchas otras mujeres que sumaron posteriormente los suyos. Una cuenta de Instagram sirvió de plataforma para apoyar a las supervivientes y reunir sus experiencias, algunas narradas de forma anónima, donde se acusaba tanto a artistas como a miembros del sello de comportamientos sexistas e incluso agresiones sexuales. En muchos de estos testimonios se advierte claramente un patrón: mujeres adolescentes se encontraron en situaciones descritas como agresivas e inapropiadas con hombres mayores.

La misma pauta se da en los casos del sello británico Holy Roar Records, que salieron a la luz el mes pasado. Las acusaciones, que señalaban a Alex Fitzpatrick, uno de sus fundadores, se hicieron públicas y provocaron el éxodo masivo de muchas de las bandas del sello como Rolo Tomassi o SvalbardTodo surgió a raíz de que dos mujeres contaran su historia a través de una cuenta anónima en Instagram. De manera inmediata, tres de los empleados del sello dimitieron en solidaridad con las supervivientes y como acto de repulsa hacia un Fitzpatrick que, a partir de ese momento, pasó a ser el único empleado de Holy Roar a tiempo completo.

Aún así, a Fitzpatrick le quedaban ánimos y ganas suficientes para publicar al día siguiente desde las redes del sello (ahora desactivadas) un post en el que negaba todas las acusaciones, restando importancia a los hechos expuestos con argumentos del tipo »salí con esas mujeres hace ocho años», »estas alegaciones son falsas y haré todo lo posible para limpiar mi nombre y mi reputación». Estos comentarios dejan claro que, una vez más, los agresores solo se preocupan por salvaguardar la idea de honor y la reputación que refrenda la narrativa patriarcal. No dan cabida al autocuestionamiento: ¿preguntarse si sus acciones y comportamientos han sido violentos? No les importa en absoluto el daño causado. 

Podría seguir enumerando casos como los de Ryan Adams, acusado de abuso sexual y maltrato psicológico por siete mujeres, o Mark Kozelek aka Sun Kil Moon, acusado en EE.UU. de agresiones sexuales por tres mujeres. Es evidente que existe no sólo un patrón sino una estructura que favorece y sustenta estas prácticas y que está podrida desde la raíz. Los hombres en posiciones de poder raramente se plantean si han traspasado los límites: su privilegio les da carta blanca para acosar y hacerlo con impunidad. Esto ocurre en todos los ámbitos y la industria musical no es una excepción, no es un aparte dentro del entramado patriarcal que promueve y bendice la soberanía masculina, que discrimina y protege al que abusa de las mujeres.

Pensar que vivir de una forma de arte nos mantiene en un plano diferenciado, libre de los cánones y condicionamientos de un sistema mucho más antiguo que el capitalismo, es tremendamente ingenuo. Consideremos, por ejemplo, cómo algunas narrativas propias de los mitos clásicos se reproducen en esa falacia que se mantiene aún hoy en día y que insiste en la necesidad de reconocimiento de las mujeres en la música con el único propósito de sentirse validadas por sus compañeros. Esta concepción sesgada, como tantas otras, se mantiene porque el relato social y cultural es patriarcal y atraviesa todas las dimensiones.

A pesar de operar de manera independiente al mainstream, de sus convicciones y compromiso con el cambio de estructura frente a un mercado brutal para hacer las cosas de manera más ética, las escenas del DIY y el indie no se libran. En lo que refiere a episodios de violencia, abuso, machismo, nos encontramos en la misma situación que el resto.

Lamentablemente, lo que se predica luego no casa con el ejemplo ni tampoco con un desarrollo progresivo de la conciencia sobre la discriminación de género y las violencias machistas. Al igual que ocurre con otros temas como el racismo, solo existe un compromiso de palabra, suficiente para disimular que en toda casa cuecen habas. Cuando hay rumores sobre episodios de abuso, se intentan tapar. Da igual que estemos hablando de la escena indie, pop, hardcore, folk… Tampoco es excluyente la dimensión de la compañía: el machismo está en las multinacionales pero también, como queda patente, en sellos más pequeños o underground.

Entonces, ¿cuándo se posicionan los sellos a este respecto? Cuando ya no es viable económicamente ni socialmente seguir escurriendo el bulto, cuando los medios se hacen eco y todo se vuelve una bola imparable. Pero eso ni es correcto ni basta: es vergonzoso y demuestra complicidad con unas prácticas intolerables.

Desde un primer momento, las mujeres que ponen de manifiesto a nivel interno que han pasado por situaciones de abuso y acoso deben ser apoyadas y, sobre todo, deben tener la seguridad de que no serán deslegitimadas, de que su testimonio se tendrá en cuenta sin ser categorizado de partida como falso. No se puede esperar a alcanzar niveles de alta repercusión social para tomar medidas. Asimismo, es imprescindible propiciar un ambiente que favorezca y facilite canales de confianza para poder denunciar estas situaciones sin miedo. Protocolos, guías y demás quedan muy bien sobre el papel, pero lo que realmente vale son los hechos, las acciones que confirman lo que ha sido acordado por escrito.

Demasiadas mujeres se han visto obligadas a abandonar sus carreras debido a episodios de este tipo, demasiadas las que se han callado por miedo a represalias, a más ataques y, por supuesto, a perder su puesto de trabajo.

Todas las que tenemos contacto con la música sabemos que el machismo y las situaciones de abuso y discriminación se producen de manera sistemática. No importa si trabajamos para un sello, si somos artistas, periodistas, bookers, técnicas… Se pueden citar ejemplos con los que la mayoría estamos familiarizadas, como la supuesta predisposición de las mujeres para saludar con dos besos a los hombres, restarnos importancia en conversaciones donde hay hombres presentes, sentirnos ninguneadas, interrumpidas, tratadas con condescendencia, infantilizadas, puestas en duda… Hemos aguantado preguntas o comentarios relacionados con el hecho de ser mujeres que nos incomodan y generan un espacio hostil e inseguro que nos pone en situación de alerta. Que las historias de violencia sexual explícita no lleguen a nuestros oídos no significa que no existan, simplemente hay más miedo a contarlas por las repercusiones en el contexto laboral y personal y el estigma asociado. Imponer cuotas de bandas femeninas en los catálogos o en las plantillas no va a terminar con el problema. Tampoco minimizarlo asegurando que son casos aislados, muchísimo menos difundir la idea de que hay escenas más propicias que otras para que estos patrones y episodios machistas se reproduzcan con facilidad

No nos confundamos, no somos nosotras las poco preparadas para desenvolvernos en estos ambientes, sino esos hombres incapaces de compartir profesión, espacio y tiempo con sus compañeras. Nosotras no tenemos que renunciar a la música, a nuestros trabajos. Pongamos el foco donde debe estar: en la estructura que protege a los agresores y resta importancia a comportamientos tóxicos. El acoso empieza por un comentario sexista y acaba con violencia sexual: no hay agresión pequeña.

Necesitamos un cambio radical en el paradigma a la hora de entender las relaciones de poder y dejar de responsabilizar a las mujeres por hechos de los que no son culpables.

La masculinidad tóxica está por todas partes. Tú, querido, no eres especial.

* LARA ALCÁZAR es parte del equipo del sello [PIAS] para Iberoamérica y desarrolla su activismo feminista dentro del colectivo FEMEN en España, fundado por ella misma en 2013.

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