23/09/2020

Idiosincrasia, evolución y análisis de la presente edición del premio más prestigioso de la industria musical británica.

En la era del streaming y las playlists, un premio que celebra el álbum como expresión artística se antoja más necesario que nunca. El Mercury Prize, imposible de desligar de la palabra «prestigioso» como si de un apellido se tratase, es considerado un barómetro del momento que atraviesan en lo musical el Reino Unido e Irlanda. La cita, una de esas marcadas en rojo en el calendario, se desarrollará este año adaptada al contexto actual. Lamentablemente, la pandemia ha dado al traste con el plan inicial, una gala que tenía que transcurrir en el Eventim Apollo londinense. Esta vez, en cambio, el ganador de la presente edición será anunciado el próximo 24 de septiembre en el One Show de la BBC, pero hoy miércoles 23, en la víspera, se retransmitirá una gala con actuaciones de los 12 nominados que en España podrá seguirse a través de YouTube a partir de las 23 h.

Será la culminación de un largo proceso en el que los jueces se reúnen en dos ocasiones. La primera, a principios de verano para escoger 12 finalistas entre más de 200 álbumes candidatos; en este caso, obras publicadas entre el 20 de julio de 2019 y el 17 de julio de 2020. La segunda, con el objetivo de deliberar hasta dar con un vencedor en lo que se prevé un largo y acalorado debate. El panel, compuesto por 12 jueces, es significativamente más reducido que el de muchos otros premios, tanto del propio Reino Unido como de otros rincones del planeta. El Polaris canadiense, por ejemplo, cuenta en su equipo con cerca de 200 personas, entre periodistas y demás actores de la industria. Un modelo similar es el empleado por el Scottish Album of the Year y el Welsh Music Prize, que además incorporan personal de tiendas de discos. Entre los 12 jueces de la presente edición del Mercury encontramos desde artistas previamente nominados como Jorja Smith o Anna Calvi, figuras de peso de BBC Radio como Annie Mac o Jeff Smith, quien está al frente de 6 Music, hasta periodistas de medios de la talla de Mojo, Vice o The Times.

Impacto y evolución

No tiene mucho sentido seguir discutiendo si el objetivo inicial del Mercury Prize era vender discos. A día de hoy, es innegable el impacto que sigue teniendo: tras la ceremonia, el ganador del año pasado, Dave, vio incrementadas las ventas de Psychodrama en un 98,5%. Al contrario que muchos galardones musicales, esto no va de premiar el éxito comercial. Más bien, el papel del Mercury Prize es el de ese amigo insistente que dispara recomendaciones musicales y al que escuchas con atención porque siempre te llevas algo de lo que te cuenta. Como cada año desde que se fundara en 1992, el anuncio de la lista de finalistas ha suscitado un encendido debate público. Desde luego, toca poner en valor el hecho de que nunca antes tantas artistas femeninas habían optado al premio de 25.000£, con hasta 5 solistas y 3 bandas en las que al menos un componente es mujer. No obstante, no es este el asunto que ha centrado el debate en los meses previos a la entrega.

Cada revista, cada publicación online, cada programa de radio y, por descontado, cada aficionado tendrá su propia lista con 12 nominados. Si todos estuviéramos de acuerdo en los discos que deben pasar el corte, esto sería muy aburrido. Sin embargo, es la opinión de los jueces la que al fin y al cabo prevalece y trasciende, la que realiza una contribución vital a la evolución de la música británica e irlandesa. La de este año es una lista que muchos han tildado de conservadora, pues ofrece más bien poco en cuanto a descubrimiento. En el pasado, el Mercury Prize era un premio que impulsaba al estrellato a artistas que estaban en los márgenes de la industria, algo que no parece que vaya a suceder en esta ocasión, pues casi todos los discos son conocidos por la audiencia a poco que ésta siga la actualidad. En todo caso, esta es una crítica que cada cierto tiempo vuelve a aparecer. En 2013, un usuario de Twitter lanzaba la pregunta y aportaba una gráfica que reflejaba una media de la posición más alta alcanzada en las Charts británicas por los discos nominados. En ella podemos comprobar como en 2013 dicha media tocó fondo, siendo ésta de unos alarmantes 10 puntos. Por lo demás, entre 2004 y 2012 osciló entre los 26 y los 48 de media. 


Si tomamos como referencia las 3 últimas ediciones, observamos cierta continuidad en la tendencia. La lista de finalistas de 2018 fue duramente criticada por la inclusión de obras menores de artistas con muchos álbumes publicados a sus espaldas, como es el caso de Florence & The Machine, Noel Gallagher’s High Flying Birds, Arctic Monkeys o Lily Allen. De los 12 discos finalistas, 7 habían alcanzado el Top 10 en las listas de ventas británicas y hasta 6 de esos artistas contaban con nominaciones en anteriores ediciones. En aquella ocasión, la media de la posición más alta alcanzada en las Charts bajó hasta los 32. La de 2019, en cambio, parece que fue una selección que convenció a propios y a extraños, devolviendo así algo de interés a un premio que parecía haber perdido el rumbo. Aquella lista, que se alzó hasta los 39 de media, será recordada como una de las más brillantes de la historia por su capacidad para narrar el contexto sociopolítico de un tiempo especialmente convulso, el de un Reino Unido fracturado por el Brexit. 

Ausencias destacadas

Y así llegamos hasta la lista de finalistas de 2019, que cuenta con 6 álbumes que han logrado colarse en el Top 10 de las Charts. Pese a ello, se sitúa en una media de 41 en cuanto a posición más alta alcanzada en las listas de ventas británicas y de nuevo ha suscitado mucho debate respecto al papel que debe jugar el Mercury Prize. En primer lugar, conviene no perder de vista el hecho de que la inscripción es de 200£ por cada álbum que desee optar al premio, suponiendo una barrera prácticamente infranqueable para sellos independientes modestos y artistas autoeditados. Pese a que como premio debería celebrar todos los géneros musicales de Irlanda y Reino Unido, lo cierto es que el heavy metal, cuyo nacimiento tuvo lugar en Inglaterra, y la vertiente más dura del rock han sido siempre los grandes olvidados. Pigs Pigs Pigs Pigs Pigs Pigs Pigs podría haber corrido este año con Hell’s Teeth la misma suerte que Biffy Clyro o Muse en su momento, aunque finalmente los jueces no lo han considerado así. Por otra parte, sin perder de vista que son cuestiones cíclicas, la de este año es una lista compuesta únicamente por discos de cosecha inglesa, con la única excepción del que firma Anna Meredith. Es especialmente sangrante la ausencia de música irlandesa en la selección final precisamente por la buena salud que ha demostrado en los últimos tiempos. When I Have Fears, el soberbio debut de los dublineses The Murder Capital, es un álbum de talla Mercury Prize al que le hubiera venido bien la exposición y el empujón en ventas que trae consigo la nominación, remitiéndonos de nuevo a la pregunta de cuál debe ser el papel del premio en la promoción del talento emergente.

Entre las virtudes del Mercury Prize se cuenta la de poner el foco en obras que merecen ser escuchadas. Tal vez por la naturaleza tan reducida de su lista de finalistas, el capítulo de olvidados es grande. Una de las ausencias más sonadas de la presente edición es el MAGDELENE de FKA Twigs, un álbum que por su carácter vanguardista encaja en el perfil que debería perseguir el premio. Sí estuvo nominada en 2014 con LP1, como también lo estuvo J Hus por Common Sense en 2017. Su Big Conspiracy, uno de los mejores discos del primer trimestre de 2020 para esta casa, quedó finalmente fuera de la carrera por el premio. En lo que va de año han llegado también trabajos notables de artistas tan dispares como Westerman, Jessie Ware y Sorry, y así podríamos completar una lista alternativa capaz de mirar a los ojos a la oficial sin ruborizarse. Quien no podría estar en dicha lista es Rina Sawayama, protagonista de una agria polémica al denunciar abiertamente que no cumple los requisitos para optar al premio al no tener pasaporte británico. La artista británico-japonesa, que de sus 29 años de edad ha residido 25 en el Reino Unido, mantiene el pasaporte japonés para poder visitar a su familia en el país nipón, que no contempla dobles nacionalidades. En ese sentido, las bases establecidas por la entidad organizadora del Mercury, la British Phonographic Industry, son estrictas: por una parte, los y las artistas solistas deben tener nacionalidad británica o irlandesa; por otra, las bandas han de estar compuestas por al menos un 30% de miembros irlandeses o británicos y hasta un 50% del conjunto debe residir allí.

Los 12 álbumes finalistas

Entre los que sí están, Michael Kiwanuka parte como el gran favorito, tanto para la opinión pública como para las casas de apuestas. Kiwanuka, el álbum que le ha valido al británico-ugandés su tercera nominación, es un fascinante trabajo de descubrimiento y aceptación personal que ensancha el sonido de sus dos predecesores, convirtiendo esta obra en la más sólida de su discografía y en una firme candidata a obtener el consenso del panel de jueces. Otra que cuenta con múltiples nominaciones al premio es Laura Marling, quien sigue de cerca a Kiwanuka en las cuotas de las casas de apuestas. Esta es la cuarta ocasión en que es finalista, empatando así con Arctic Monkeys y PJ Harvey Radiohead, con cinco, son los que más nominaciones cuentan en su haber… pese a no haber logrado alzarse con el título jamás. Habrá quien se pregunte qué tiene este trabajo que no tuvieran los anteriores para justificar esta nueva nominación. El séptimo trabajo de Marling, Song For Our Daughter, muestra a una compositora bien entrada en su edad adulta que, en un intento de arrojar algo de claridad, le canta a una hija ficticia. 

Pese a que el lanzamiento de Song For Our Daughter estaba previsto para otoño, la artista británica decidió adelantarlo a principios de abril. Por aquel entonces, el mundo estaba necesitado de canciones reconfortantes que escuchar mientras duraba el encierro. Cada uno aprovechó el confinamiento como buenamente pudo, aunque si hubo alguien que fue especialmente productivo en aquel momento, esa fue Charli XCX. Se propuso escribir y grabar un disco en 40 días y se autoimpuso el 15 de mayo como fecha límite para publicarlo. Dicho y hecho. Al proyecto se sumaron A.G. Cook, BJ Burton y una legión de seguidores que participaron en la gestación del disco porque, como acertó a señalar nuestra compañera Eva Sebastián, how i’m feeling now no solo era un álbum sino todo el proceso de creación en sí. El resultado es una obra de pop vanguardista de incalculable valor testimonial que le ha valido a Charli XCX su primera nominación al Mercury Prize. Es también la primera vez para Dua Lipa. Future Nostalgia, toda una oda al Studio 54, vio la luz justo cuando estallaba la pandemia. Pese al timing fatal, ha sido un éxito a nivel comercial y ha significado la consolidación del estatus de Dua Lipa como superestrella del pop a nivel global. Tanto ella como Charli XCX tienen argumentos de sobra para encabezar el festival de Reading and Leeds, que recientemente ha tenido que hacer frente a críticas tan feroces como merecidas por la ausencia de mujeres en la parte alta de su cartel.

Esta lista de nominados avala también el buen hacer de las bandas de guitarras en los últimos tiempos. El debut de Sports Team, Deep Down Happy, es un disco intrínsecamente británico pese a beber en lo musical del rock alternativo americano. Estamos ante un álbum en sintonía con su tiempo, con capacidad para explicar a una generación entera y que captura a la perfección lo que es ser joven en el Reino Unido, características compartidas con el debut de Arctic Monkeys, que se alzó con el premio allá en 2006. Con la de Deep Down Happy, Island Records se convierte en el sello con más nominaciones en su haber, 24. Otra banda de guitarras que recibe su primera nominación son Porridge Radio, defendiendo un álbum que no es un debut, pero lo parece. Tras haber editado un primer largo en un modesto sello discográfico, Porridge Radio han logrado de la mano de Secretly Canadian la atención que estas canciones pedían a gritos. Si por algo destacan es por la descarnada interpretación de Dana Margolin, capaz de pasar de la apatía más absoluta a la furia más encendida en cuestión de segundos.

Las guitarras también ocupan el centro de la propuesta de Lanterns on the Lake, muy posiblemente la única aportación de esta lista de nominados en términos de descubrimiento. Y eso que se trata del cuarto trabajo editado en un sello de la talla de Bella Union por este sexteto de Newcastle, a los que contemplan nada menos que 10 años de trayectoria. Spook the Herd, de sonido taciturno y brumoso como el propio nombre de la banda sugiere, esconde los textos más bellos de la selección. Esta nominación es de las que dan sentido al Mercury, pues les permitirá llegar a mucha más gente que hasta ahora, traduciéndose también, presumiblemente, en un aumento de ventas. Parecido sucederá con Moses Boyd, cuya propuesta de jazz tiene atractivo suficiente para convencer a aquellos no practicantes habituales del género. Este joven batería forma parte de la floreciente escena londinense de nuevo jazz, género que parece tener un hueco reservado entre los finalistas. En Reino Unido se refieren a este tipo de nominaciones SEED Ensemble o Sons of Kemet en ediciones anteriores con el término “simbólicas”, aunque Moses Boyd tiene argumentos de peso para ser el primero en romper esta tendencia.

Algo que engrandece el Dark Matter de Moses Boyd es la apertura estilística a géneros como la electrónica o el grime, que, como no podía ser de otra manera, tiene representación en la lista. Kano, nominado por segunda vez, llega en un momento de popularidad inmejorable tras el éxito que supuso el estreno en Netflix de Top Boy, la serie protagonizada por él mismo y en la que comparte elenco con Little Simz y el propio Dave. Hoodies All Summer, sexto trabajo del MC británico, es una ponzoñosa exploración de las desigualdades sociales y los problemas con el racismo que sacuden el país. Otro que llega en un momento de popularidad inmejorable es Stormzy, con su actuación como cabeza de cartel en Glastonbury retumbando aún en el imaginario colectivo. Apenas tarda un minuto en mencionarla en Heavy Is The Head, el disco con el que ha logrado su segunda nominación. En la portada del disco, Stormzy se muestra con el torso desnudo sosteniendo el chaleco antibalas diseñado por Banksy para su ya histórico set en Worthy Farm. Desde luego, cuesta imaginar un mejor aval a partir del cual cimentar no solo un álbum, sino toda una carrera; otra cosa es que las canciones estén a la altura, algo que no siempre sucede en Heavy Is The Head.

Por último, este año sí habrá representación de música electrónica, un género que no siempre ha tenido hueco en la selección final. Fibs, el segundo álbum de la escocesa Anna Meredith, es un disco complejo y emocionante por su tendencia a salirse de la norma, incluso cuando eso juega en su contra —la secuenciación es, cuanto menos, discutible—. Contrastando con el corte esquivo y experimental de lo propuesto por Meredith, Georgia defiende un trabajo accesible que puede funcionar tanto en el club como en la radiofórmula. Seeking Thrills es una colección de canciones que bebe del house de Chicago y del techno de Detroit y que es, ante todo, una oda a la pista de baile. Con esta colección de canciones, Georgia Barnes intentará lograr lo que su padre no pudo conseguir con Leftfield: en 1995 se quedó a las puertas de la gloria con Leftism.

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