08/06/2020

Charlamos con el californiano, que en abril lanzaba un cuarto disco marcado decisivamente por la muerte de Mac Miller.

Las resacas tienen mala prensa, pero siempre hay excepciones. Con la que tuvo que lidiar Stephen Bruner aka Thundercat tras el lanzamiento de Drunk, su tercer álbum, fue de las dulces. A las críticas mayoritariamente positivas que coleccionó gracias a una obra que rebasaba por todos lados los márgenes del jazz le siguió una extensa gira de presentación por todo el mundo y su participación en algunos de los grandes discos del último lustro: el característico sonido gomoso de su bajo se escuchó en DAMN. de Kendrick Lamar, Isolation de Kali Uchis, Dirty Computer de Janelle Monáe, Heaven and Earth de Kamasi Washington… Su currículum echa abajo el tópico que dice que el protagonismo nunca es para los bajistas, aunque seguir definiendo al californiano como “bajista” es quedarse definitivamente corto.

Al sucesor de Drunk, un It Is What It is publicado a principios de abril, llega ya convertido en un artista total que en sus nuevas canciones emerge a menudo como un vocalista confiado y seguro de sí mismo. Sin embargo, no siempre fue así. “Jamás he querido recibir atención. De niño en la escuela siempre intentaba pasar desapercibido”, recuerda Bruner al otro lado del teléfono unos días antes de la llegada de It is What It is. “Mis amigos sabían que tocaba el bajo porque es lo que hacía todo el rato, pero no porque yo se lo contara. Nunca revelaba demasiado sobre mí mismo. Hasta que Lotus (NdR: Flying Lotus) me animó a probar unos años más tarde, no había considerado cantar y mucho menos aún lanzar mis propios discos porque eso suponía hablar de cosas que generalmente mantenía escondidas. Y me asustaba”. No cabe duda acerca de que la carrera de Thundercat sería muy diferente sin el impacto de Steven Ellison, el hombre tras Flying Lotus. O quizá no sería, a secas. Toda su música la ha publicado en el sello fundado por Ellison (Brainfeeder) y ha participado decisivamente en todos los trabajos de Flying Lotus desde Cosmogramma. Una década de sinergia que tiene en It is What It is, álbum co-producido por los dos, su último capítulo hasta la fecha. “Siempre me está retando a probar cosas diferentes, a pensar más, a buscar nuevos sonidos, a traspasar límites. Nos hacemos mejores el uno al otro”, cuenta sobre una relación que va más allá de lo musical.

Su inseparable FlyLo encabeza una lujosa nómina de invitados en la que también figuran Childish Gambino, Ty Dolla $ign, Steve Lacy, BADBADNOTGOOD o la leyenda funk Steve Arrington, otra referencia explícita a los héroes musicales de juventud de Bruner que conecta con la presencia de Michael McDonald y Kenny Loggins en Drunk. Curiosamente, una influencia igual o más decisiva que la de todo el talento presente en It is What It is es la de un buen amigo ausente: Mac Miller, fallecido en septiembre de 2018. “Ver cómo se marchaba fue una pena porque tenía una alma muy pura. Su pérdida fue traumática para mí, fue muy difícil procesarla. Me cambió para siempre. Es algo que todavía me persigue, pero estoy agradecido por haber podido decirle cuánto le quería la última vez que hablamos”, confiesa. Precisamente en la desaparición de Miller encontramos la clave que explica el título del disco, pura practicidad. “Experiencias como esta te enseñan que la vida es como es. La vida es la vida, sencillamente. No hay que buscarle una explicación más profunda. Está llena de cosas que no se pueden entender ni elegir: simplemente ocurren sin que puedas opinar sobre ellas. Hay gente que me ha dicho que es un título que suena pesimista, pero yo creo que es realista. Además, en la vida también pasan muchas cosas buenas que hay que aceptar tal y como suceden. Lo que pasa es que esas no las cuestionamos. Ahora que lo pienso, ni siquiera es el título más pesimista que he elegido nunca, ¿no?”, suelta entre risas en una más que posible referencia a Apocalypse.

En resumen, Bruner señala que It is What It is es un trabajo “sobre el amor y la pérdida”. “A fin de cuentas, esas dos son las dos energías que mueven nuestra vida. Son los altibajos naturales. Una pérdida no tiene que ser necesariamente una muerte, hay muchas maneras de perder a alguien que quieres. Por ejemplo, yo crecí con muchos amigos intentando entrar en bandas callejeras y algunos terminaban en la cárcel. Ahí se separaban nuestras vidas y pensaba: ‘idiota, ¿qué creías que iba a pasar? ¿no sabías que ibas a acabar así?’ En ese momento se produce una distancia que ya puede ser para siempre”. Un colega de la infancia con el que sigue teniendo trato musical y extramusical es Kamasi Washington, también invitado en It is What It is. “Kamasi y yo nos criamos juntos. Estuvo ahí al principio de mi vida y al principio de mi carrera. Nuestros padres tocaron juntos y ahora lo hacemos nosotros también desde hace muchos años. Quedábamos más para tocar porque éramos amigos y nos hicimos más amigos porque quedábamos para tocar. Estábamos metidos en ese círculo. El jazz nos unió mucho: siempre estábamos tocando, todo el rato. Ahora ya estoy a mediados de los 30, pero todavía intentamos mantener todo tan bonito como cuando éramos niños sin olvidar que cada uno somos un artista diferente y también necesitamos nuestro espacio”, reflexiona.

Ese espacio propio se lo procura Bruner antes de que sus álbumes pasen a convertirse en un desfile de amistades, antes incluso de que en su cabeza empiece a surgir la idea de volver al estudio. “Como músico y como persona, es importante tener momentos en los que no haces nada. No hacer absolutamente nada es un privilegio y normalmente no nos lo permitimos a nosotros mismos. Nos puede la ansiedad por hacer cosas y enseñárselas al mundo porque damos por hecho que a alguien le van a interesar. Sé que es complicado porque tenemos sobre nosotros una presión muy grande por vivir aventuras las 24 horas del día, pero hay que aprender a convivir con el aburrimiento. Así empiezan mis discos: tirado en el sofá, solo, sin saber bien qué día es. Esa es la primera fase. La creatividad y las ganas siempre terminan llegando tarde o temprano”. Mientras llegan, en esos tiempos muertos puede dedicarse a tres de sus pasatiempos favoritos: estar con su gata Tron (a la que llegó a dedicarle una canción en Apocalypse y otra más en Drunk), jugar a videojuegos y ver series de animación. En It is What It is, por ejemplo, rinde su particular homenaje a Dragon Ball Z en ‘Dragonball Durag‘.

Su relación con la serie manga también es, en cierto modo, una historia de amor. “Recuerdo descubrir Dragon Ball cuando era un niño. Tendría como diez años. Fui al dentista y al terminar me dio una pulsera con unos dibujos que no conocía y que no se parecían a los dibujos que ponían en la tele normalmente, así que investigué. Quería saber qué era eso”. Una anécdota que ya dejó registrada en ‘Tokyo‘, el duodécimo corte de Drunk. “Descubrí que en Los Angeles podía ver Dragon Ball a las cinco de la mañana: era como si no esperaran que a los niños de California nos interesara algo así. Pero yo me despertaba de madrugada mientras todo el mundo dormía y me pegaba a la tele; así me terminé enamorando del manga y el anime y con el tiempo me enamoré también de Japón. Después he podido ir varias veces de viaje y he comprobado que en la cultura japonesa no es todo kawaii. Antes de ir, no me imaginaba que a los japoneses les gustara tanto la fiesta, pero esos cabrones saben salir de verdad. Se hacía de día y ellos todavía tenían más fuerzas. Esos descubrimientos te enseñan que no puedes dar nada por sentado”.

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