12/05/2020

Un último adiós al visionario cofundador de la influyente banda alemana Kraftwerk.

Florian Schneider ha fallecido divisando desde la distancia durante más de diez años el funcionamiento de la esencial creación que constituyó junto a Ralf Hütter. La hipnosis colectiva provocada por Kraftwerk se ha perpetuado en el tiempo, y su poder de persuasión en las nuevas y viejas generaciones, incluso con la ausencia de uno de sus fundadores, sigue intacto. Paradójicamente, el dominio de las máquinas que vislumbró el propio Schneider le sobrevive y, por ende, da perspectiva a su condición de visionario. 

¿En qué punto comenzó a existir el futuro o cuándo desapareció la línea que lo separaba del pasado? Hoy en día es imposible imaginar que hubo un tiempo en el que música y máquinas eran entes ajenos. Schneider y Ralf Hütter ya denotaron cierto inconformismo cuando como Organisation lanzaron Tone Float, un enigmático álbum que encontraba en la vanguardia de los primeros Pink Floyd su principal inspiración y que quedaba muy distanciado del rupturismo pretendido por los dos compositores.

El caldo de cultivo era idóneo. La oleada de bandas más potente de Alemania Federal no quería tener una identidad nacional, la voluntad era transformar lo venidero y distanciarse del turbio pasado. El sueño de Schneider tomaba forma. Lo suyo debía ser más radical, desechando los guiños rock de Faust y la incisiva abstracción de Neu!, banda hermanada con Kraftwerk. Pasaron tres discos que no han sido nunca reeditados en CD de forma oficial hasta que la Central Eléctrica de Düsseldorf encontró el camino. Autobahn retrataba un viaje por las autopistas alemanas, con los sintetizadores prevaleciendo ante la escasa presencia del resto de instrumentos, entre los que estaba la flauta que supuso el último nexo de Schneider con el clasicismo.

La belleza era despojada del carácter humano, el autor pasaba al anonimato y Kraftwerk se apropiaba de la década de los setenta. A diferencia de los Beatles, única banda equiparable en trascendencia, los alemanes siempre han firmado sus piezas de forma coral, eliminando así el tan humano ego. El cambio conceptual se había materializado. Trans-Europe Express suponía una disimulada continuación de Autobahn y The Man Machine descubría que los hits podían ser generados por robots. David Bowie y Brian Eno admitieron la inspiración de los germanos para la Trilogía de Berlín y su idiosincrasia se internacionalizó en Reino Unido con Cabaret Voltaire o Throbbing Gristle. El Duque Blanco tuvo una dedicatoria personal con el ‘V-2 Schneider’ de su álbum Heroes. Y aún tenía que llegar ‘Computer World’ o la musicalización del Tour de Francia. 

A medida que Kraftwerk iba transformándose con sus directos en el proyecto multimedia imaginado por su desaparecido impulsor, la banda acentuaba su carácter cerrado. Kling Klang, su estudio privado, siempre fue un misterio. Hermético y gélido, la simbiosis de Florian Schneider con su criatura quedó patente en una entrevista con una periodista brasileña en 1998. Para entonces, su contribución en formaciones como Depeche Mode, Soft Cell, Joy Division, The Human League, el techno de Detroit o el French Touch galo era incontestable, pero el fundador de Kraftwerk se mostraba distante ante la pregunta sobre si se consideraba el padre de muchos de ellos. Hubiera sido una paradoja que el hombre que parecía haber aceptado perder su condición humana admitiera una vinculación carnal. 

A pesar de las reticencias, la cultura occidental está impregnada de su sello. Dr. Dre, Afrika Baambaataa, Coldplay, The Avalanches, Glass Candy, Scissor Sisters, The Orb, UB40, Ladytron, Aphex Twin o LCD Soundsystem son solo algunos de los heterogéneos nombres que han utilizado melodías de Kraftwerk. Aquí en España, Aviador Dro hacía de una versión cañí de ‘The Model’ uno de los momentos álgidos de sus conciertos, como recuerda Simon Reynolds en Loops. Presente y futuro unidos por el trazo de Schneider, una invasión pacífica y celebrada de la tecnología. 

Tras desvincularse de la banda en 2009, sus últimos años han estado marcados por el inherente secretismo. Apenas descifrable su vida personal, hizo su última aportación musical junto a Dan Laksman (Telex) con ‘Stop Plastic Pollution’ como parte de una campaña para la conservación de los océanos. Su final había sido objeto de suposiciones en las redes sociales: una foto de ambos colgada por Ralf Hütter en 2016 desembocó en hipótesis sobre el fallecimiento de Florian Schneider. El adiós definitivo se produjo a finales de abril y se anunció el seis de mayo. Se fue con él mismo secretismo que se le supone a un mundo regido por máquinas.

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