21/04/2020

Casi una treintena de discos seleccionados entre los meses de enero y marzo.

Bad Bunny – YHLQMDLG

Habiendo demostrado ya su capacidad para trascender etiquetas y para dinamitar todas las teorías sobre la muerte del disco que él mismo había contribuido a construir con la publicación de su debut largo X100PRE el día de Navidad de 2018, Benito Antonio Martínez Ocasio se consentido a sí mismo en YHLQMDLG, cuyo acrónimo ya se explica por sí mismo: «Yo Hago Lo Que Me Da La Gana». Primero fueron la treintena de singles que le auparon hasta la élite de lo que se llamó trap latino (siempre colindante con la escena reggaetonera y urbana en general), después el debut largo que reveló su faceta de autor (más nostálgico, menos encorsetado) y ahora le ha tocado el turno al trabajo con el que educadamente pasa por encima de cualquier otro artista del género. En medio, su disco a pachas con J Balvin, OASIS, que de algún modo abrió la puerta a la etapa más disfrutona de Bad Bunny, una en la que se permite sacar un disco de 20 canciones en el que interpreta todos los papeles del juego: es un disco para perrear (para muestra, ‘Safaera’, una suerte de recorrido panorámico por el reggaeton primigenio) pero arranca con la frase «Todavía yo te quiero, pero sé que es un error» en la 8-bit-popera ‘Si veo a tu mamá’; es abiertamente pop (el trío formado por ‘La difícil’, ‘Pero ya no’ y ‘La santa’ es melódicamente imbatible) pero también callejero (‘Bichiyal’, ‘Que malo’, ‘Puesto Pa’ Guerrial’); es sensible socialmente (el himno feminista ‘Yo perreo sola’, pese a faltarle el crédito público a su voz femenina, la portorriqueña Nesi) pero también egotripero y confrontativo (‘Está cabrón ser yo’, ‘P FKN R’). Pero es un disco, al fin y al cabo. Con un inicio arrollador, un primer tramo central de perreo clásico seguido de otra retahíla de joyas de reggaeton pop como ‘Vete’, ‘Ignorantes’ y ‘A tu merced’, y una recta final donde de la mano de las colaboraciones de Anuel AA, Myke Towers, Arcángel y Kendo Kaponi, el conejo malo se abre paso definitivamente como líder de su generación. Todo para desembocar en el memorable dúo final, con esa ‘Hablamos mañana’ en la que tiende puentes con el argentino Duki y el chileno Pablo Chill-E para terminar con un inesperado estallido de rock que se culmina con ‘<3’, un tema que, como su clásico ‘Amorfoda’, se levanta sobre una base mínima únicamente gracias a la cadencia de su voz, y en el que Benito vuelve del viaje que se ha pegado y nos habla por primera y única vez de tú a tú: “Pero hablando claro, gente, ya ni duermo / Y esto de la fama me tiene hasta enfermo / Gracia’ a pa’ y a mami por to’ lo’ regaño’ / Gracia’ a ustede’ soy el mismo to’ los año’ / Recuerdo, castigao’ me iba pa’ la cama / Por eso ahora de grande hago lo que me dé la gana, yeh”. Si Vibras de J Balvin agrandó la base del reggaeton haciéndolo digerible para todo el mundo, YHLQMDLG lo consigue sin ceder ni un centímetro de autenticidad. (Aleix Ibars)

Biznaga – Gran Pantalla

Sería fácil, incluso podríamos decir que justo, decir que Biznaga se están encasillando. He aquí otro disco de punk enfadado con letras sobre los males de la modernidad. ¿No han dicho esto ya en ‘Máquinas Blandas’? ¿Hay cumbre después de ‘Mediocridad y Confort’? Puede haberla. Porque sí, este es en esencia otro disco de punk enfadado con letras sobre los males de la modernidad, pero en Gran Pantalla la propuesta temática se refina –capitalismo de plataforma, cibervigilancia, instadependencia…– y la lupa sobre nuestras miserias es sustituida, en ocasiones, por el microscopio. Aquí hay líneas que van a meterte el dedo en el ojo, destilados dignos de un análisis de Jacobin Magazine que te vas a comer en forma de estribillo y preguntas fundamentales que no sabías que te hacías pero que tenías dentro. Todos intuimos nuestro cuelgue. «Dios, la pantalla es Dios y yo su apóstol / Es transparente, omnipresente y yo soy solo información», grita en ‘2K20’; «Hay un sistema que mejora la existencia / El algoritmo tiene todas las respuestas / Lo que busqué me encontró», en ‘Motores de Búsqueda Avanzada’. Sabes de qué hablan. Con otras herramientas, Biznaga se unen a coetáneos como Kate Tempest en este aviso amargo sobre la tecnología y la vida moderna. ¿Quién no conoce al esclavo digital de ‘Libertad Obligada’? ¿Quién no ha estado en un ‘No-lugar’? ¿Quién no ha subido una foto idílica estando emocionalmente en la mierda a lo ‘Último Episodio’? En fin, podría uno escribir solo hablando de letras porque son sin duda el elemento diferenciador y lo mejor de Biznaga, pero más allá de los textos, aquí grandes piezas, composiciones angustiadas y ferozes que refuerzan el mensaje, canciones con hechuras de himnos generacionales y gasolina para unos directos que, cuando las pantallas nos dejen, nos llenarán del sudor ajeno. No se olviden subirlo a sus stories. (Daniel Boluda)

Caribou – Suddenly

Pequeñas variaciones en la forma para generar un fondo diferente. A simple vista, parece algo sencillo para un matemático meticuloso como Dan Snaith. Y Suddenly es precisamente eso, una colección de diez canciones cuidadosamente elegidas (casi alcanzó el millar de opciones hasta que dio con el tracklist adecuado) que evoca sensaciones distintas que el colorido Our Love, respetando una sonoridad que sigue alejada del ciclo que finiquitó Andorra. Los nostálgicos del Caribou más descarado, el de ‘Sun’ o ‘Julia Brightly’, se pueden refugiar en ‘Ravi’ y en la inmensa ‘Never Come Back’, uno de los adelantos de este disco. En un entorno más contemplativo, el canadiense rebusca de nuevo en joyas pretéritas de funk y jazz para componer su particular collage. Tras Marvin Gaye, R. D. Burman o los belgas Cos, es el turno de Gloria Barnes y su ‘Home’, que presta melodía y también título a otras de las piezas más reconfortantes. Se puede concluir que Caribou ha bajado las pulsaciones y ha entrado en un área de confort, que aún le permite experimentar con las melodías en bucle de ‘Sunny’s Time’ o ‘Jade’ y animarse a aportar luz a una historia tan dura como la que hay detrás del synth pop de ‘You and I’. Al igual que ocurre con Four Tet, infalible consejero de este Suddenly, la creatividad de Dan Snaith sigue pareciendo inmaculada, sea cual sea el terreno en el que elija asentarse. (Carlos Marlasca)

Destroyer – Have We Met

Dan Bejar es un tipo que no ha sacado un disco malo jamás. Nunca en la vida. Te pueden gustar más o menos sus canciones, tiene sin duda discos mejores y peores, pero no ha sacado uno malo y eso tiene mérito. Para escribir estas líneas me he repasado su producción más reciente, retrocediendo hasta Kaputt, y es sorprendente lo bien que ha envejecido todo, incluido el mencionado, que tiene ya nueve años y sigue sonando como si lo hubiese hecho ayer. En la última década no ha habido muchos cambios en el sonido de Destroyer, quizás algunos momentos de más crudeza en ken y algún experimento en forma de EP, pero todo sutil. Si hay algo que hila su producción cuando se pone a hacer discos es la consistencia. Have We Met es un disco con identidad donde las canciones trabajan para sí mismas y para el resto, dibujando paisajes, dándose relevos y abriendo espacios. Dan Bejar trabaja las canciones como un director de fotografía pinta una escena: no hay elemento sonoro fuera de sitio, todo parece natural y sencillo, pero en realidad, detrás de la voz y los elementos más obvios, hay capas y capas: una guitarra que solo intuyes pero abre otra dimensión, un loop electrónico al fondo, un bajo que no parece estar ahí pero rellena sin hacer ruido. El disco suena a veces, pienso en ‘Crimson Tide’, como si Bejar se hubiese colado en una catedral con cuatro colegas y estuviese montando una fiesta sin armar mucho escándalo. Bebiendo vino y bailando suave. El disco es elegante y nocturno, pero para nada plano. Es increíble lo poco con lo que Bejar consigue generar tensión. Muchas veces con elementos melódicos tan simples como ese piano de ‘Kinda Dark’, que empieza a loopearse mientras la canción se abre. Al final todo se muscula pero se desvanece antes de explotar. Antes de que se entren los vecinos y llamen a la policía. En ‘Cue Synthesizer’, Bejar vuelve a construir sobre hormigón: una percusión robusta y una linea de bajo inapelable sostienen aquí un universo. Hay vasos rompiéndose, sonidos de cables pelados escupiendo luz, voces femeninas… es Bejar haciendo lo que mejor sabe, firmando probablemente la mejor canción del disco y una de esas de las que pensaré en diez años lo que pienso hoy de ‘Suicide Demo For Kara Walker’: vaya temazo. En realidad pinta que todo aquí resistirá bien la prueba de los años. Son 42 minutos a prueba de modas, un disco que aguanta tenso hasta el final y que se despide con una canción como vapor de agua, una coda maravillosa, como una marcha militar para pompas de jabón, que te lleva al tarareo y luego te descompone para sacarte del sueño. (Daniel Boluda)

Dua Lipa – Future Nostalgia

Dua Lipa ha pasado de ser esa chica que molaba en 2017 –cuando se posicionó en lo más alto de las listas gracias a su debut homónimo y a sus distintas colaboraciones– a ser una absoluta diva del pop por derecho propio. Su segundo trabajo, Future Nostalgia, llegó de manera apresurada al adelantarse su publicación debido a su filtración. Aunque la artista británica comentó en un directo que no sabía si hacerlo en un momento como este era lo más correcto, la verdad es que ahora más que nunca necesitábamos algo tan bueno como para lograr evadirnos de esta realidad. Future Nostalgia lo consigue: es un álbum de POP en mayúsculas totalmente incansable. No da tregua: ni una sola balada, ni tiempo para autocompadecerse. Los 37 minutos que dura el álbum son para estar en la pista de baile y moverse con su esencia disco, sus toques que van de la electrónica al funk y sus reminiscencias house. Construido a partir de los recuerdos musicales de la artista –Gwen Stefani, Moloko, Blondie u Outkast– y con la producción de Jeff Bhasker, Ian Kirkpatrick, Stuart Price o The Monsters and the Strangerz, el álbum parece invitarnos a jugar a algo así como adivinar “¿de quién es la original?”. De una manera trabajada y elegante, lejos de parecer una simple copia, nos introduce el riff de guitarra de Need You Tonight’ de INXS en ‘Break My Heart’. Remite a A Wiggle And A Giggle All Night’ de Cory Daye –aunque a la mayoría les recordará directamente a Don Diablo’ de Miguel Bosé– en ‘Levitating’. Y no olvidemos el guiño-homenaje a Olivia Newton John del gran hit ‘Physical’.

Dua Lipa no solo reinterpreta su pasado sonoro, sino que también lo hace con sus new rules. Admite ser de carne y huesos como todas –nadie podía cumplir a rajatabla esas normas–, pero siempre y ante todo, con actitud. Abraza las contradicciones de su vida sexo-afectiva y se empodera con la seguridad que solo tiene una reina. Lo hace para mandar a alguien a paseo (‘Don’t Start Now’), encapricharse y a ver qué pasa (‘Cool’), desestresarse (‘Pretty Please’), volverse a enamorar (‘Love Again’), darse cuenta de que eso se irá un poco a pique (‘Break My Heart’) o terminar por irse a la cama con alguien que, fuera de ella, mejor no (‘Good In Bed’). Dua Lipa es sincera. Sus letras son claras y directas sin resultar obvias. Incluso en algunos casos, sobre todo en la última canción mencionada, recuerdan al estilo desenfadado de Lily Allen en sus primeros trabajos. En definitiva, el álbum suena a algo que ya conocemos pero al mismo tiempo resulta completamente nuevo, refrescante y hasta futurista, y además casa a la perfección con la estética que lo envuelve. Future Nostalgia es ya un clásico de la era TikTok, pero sin lugar a dudas, es el disco de pop perfecto para anhelar, en el confinamiento de nuestros pisos, las futuras fiestas en las que lo bailaremos. (Eva Sebastián)

Erik Urano – Neovalladolor

“Nos dirigimos a una época de comunicaciones simultáneas
Postindustrial, postliteraria, postindividualista, postcivilizada…
Que provocará una nueva confraternidad universal
Desideologizada, electrónica, neotribal… 

Esa voz procesada y robótica nos da la bienvenida a Neovalladolor sobre ruidos fractales y sintetizadores que recuerdan al flujo informativo. Cuando los beats invaden el espacio nos vemos ya sumergidos en las arterias led, neoneónicas, de la postciudad. En un diseño y en una simulación absolutamente digitalizada y trazada por inteligencias superiores desde la condescendencia, los mismos principios que nos han permitido a nosotros, simples mortales, peones algorítmicos, desarrollar en su seno nuestra postlibertad. La que nos da penetrar en el sistema y reprogamarlo, reventarlo desde dentro, la que nos dan sus posibles anomalías. “Ellos han creado al monstruo, y no yo, y no habrá suficientes hoyos si el sistema falla”, rapea Erik Urano en la apocalíptica ‘2984’, entre Orwell y Katsuhiro Otomo, revelando también la fuerte influencia de Westworld en esta Neovalladolor: buscamos la salida del laberinto (‘Labyrinth’), de la madriguera. “Ya seguí al conejo blanco y lo reprogramo en chándal”, como sentencia en la introducción que supone ‘Neo VdO’ guiñando a Lewis Carroll y a Mr. Robot (ojo, y al arranque de ‘Honey’ de Robyn aunque solo sea algo puramente casual). Toda la ciencia ficción se concentra en este relato como la nube de gases y polución sobre las ciudades que nos asfixian (“Cielo amarillo, cúrcuma, el que no quiere también fuma uralita en el conducto pulmonar”), pero su tratamiento no es el del postapocalipsis al uso, sino uno empoderado que nos pone en una situación ambigua de esclavitud y poder. “Álzate y consume, divide y vence”, revienta el sistema desde dentro. Entiende que “caes hacia arriba si subes tanto”. La rebelión está encarnada en personajes ya de por sí distópicos como el Kanada de Akira (que vive su historia en la Neo Tokyo que a su vez sirve de inspiración para esta Neovalladolor), King Tubby (uno de los pioneros de la electrónica africana, considerado padre antonomástico del dub), los Rick Deckard y Roy Batty de Blade Runner o cualquiera de los que se pasean por la encomiable obra del ilustrador francés Moebius (Jean Giraud), Jerry Cornelius o John Difool por mencionar algunos de los más conocidos. Junto a su aventura distópica en alta fidelidad se desarrollan todos los beats, clínicos y electrónicos, más que nunca en la carrera de un rapero que siempre se decidió por esa vía ante la decadencia del boom bap en nuestro país y el ascenso del trap y la música urbana. Al final, emerge como una de las voces más experimentales y significativas del género en nuestro país, adaptando gracias a sus numerosos productores (Lost Twin, $kyhook, Hidden Jayeem, Merca Bae, Manul, Margari’s Kid, Energy Man, BSN Posse y ZAR 1) un conglomerado de influencias que le sitúan más hermanado con los sonidos del grime en Londres, su apertura electrónica (que permite salidas apasionantes como el acid drum and bass de ‘DE47H’ o el acid trance de la final ‘Logout’) y su vía jamaicana al dub (‘Penfield’), con los ambientes industriales del rap electrónico de Detroit (increíble esa ‘Drones’ en la que se despliega la voz experimental del Niño de Elche) y hasta con nuestro rap transicional, especialmente a los artistas relacionados con el colectivo Gamberros Pro. Un perfecto manual del fin del mundo tal y como lo conocemos, que llega además en medio de una cuarentena histórica que nos tiene a casi todos confinados en nuestras casas, y que cuando por fin vea la luz, será la de un nuevo amanecer. La distopía es más que nunca nuestra realidad. (Diego Rubio Méndez)

Four Tet – Sixteen Oceans

Será difícil no mencionar la situación que vivimos en el momento de evaluar la música que estamos escuchando. Y en la primera frase ya lo he hecho pero es que en ninguno de los enfoques en los que he ido pensando podía esquivarlo. El Sixteen Oceans de Four Tet llegaba el primer viernes de confinamiento, el primer día completo y el primer finde a la vista sin planes, y aparecía como un bote salvavidas (valga la metáfora con el título del disco) para las horas más escapistas de la clausura (no todo iba a ser atender a conciertos en streaming ni hornear pan), y a ratos lo consiguió, y lo consigue, pero no ofrece espacio como para dejarse llevar por esos dieciséis océanos sin que en algún momento miremos la hora y tengamos ganas de levantarnos a andar un rato por casa. Four Tet sigue siendo consistente y ofrece confort dibujando paisajes, jugando con percusiones y sonidos orgánicos casi de ASMR (agua, pájaros, burbujas…), pero esta vez no llega construir un todo que fluya y enlace esos momentos celestiales. La afinada elección de los singles ‘Teenage Birdsong’ (presentada en verano del año pasado), ‘Baby’ (voces de la pop star Ellie Goulding) y el inicio con ‘School’ concentran el pico más disfrutable del disco para luego perderse en varios interludios y desarrollos que parecen autorreferenciarse sin sumar nuevas tonalidades. ‘Love Salad’ o ‘Insect Niha Beach’ suenan como las diferentes facetas de Four Tet a la vez: contemplativo, pistero, bajos grandes y arreglos detallistas; todo de golpe y sin un resultado muy convincente. Esto referido a cualquier otro productor sería como para no volver a darle una vuelta al disco, pero es Four Tet y estamos siendo muy exigentes. En un baremo propio, quedaría en la tabla media de su discografía. En la recta final vuelve todo a ordenarse un poco y encajar en el mood que buscábamos, y el que parece que él mismo ofrece en su título y la portada (una ventana que nos muestra ¿un sueño?, ¿un jardin? soleado y colorido) para despedir con ‘Mama Teaches Sankirt’, una lengua india que resuena como un mantra. (Jordi Isern)

Georgia – Seeking Thrills

Seeking Thrills, el primer gran lanzamiento de 2020, estaba en primera instancia programado para mayo del año pasado. Con todo listo para su publicación en primavera de 2019, la inesperada inclusión de ‘Started Out’ en la rotación de la BBC Radio 1 hizo modificar los planes que Domino Records tenía para Georgia. La jugada les salió redonda, ya que la historia se repetía meses más tarde con ‘About Work The Dancefloor’. A estas alturas, todos los focos estaban puestos en ella. La británica demoró felizmente la publicación del disco con el objetivo de seguir siendo durante unos meses más objeto de discusión en todos los corrillos. Llegados a este punto, cualquiera que no conozca la trayectoria de Georgia pensará que estamos hablando de una debutante. Nada más lejos de la realidad; por mucho que su primer álbum se remonte a 2015, este Seeking Thrills tiene regusto a debut. Los cuatro años transcurridos le han servido para acompañar en la batería a Kate Tempest, dejar atrás excesos alcohólicos, superar la ruptura de sus padres y, a tenor de lo escuchado aquí, encontrar su voz. Esta travesía en busca de emociones es la que ha moldeado un álbum accesible que se aleja de su debut homónimo, de corte experimental y más bien esquivo. Seeking Thrills, en cambio, es una colección de canciones que bebe directamente del house de Chicago y el techno de Detroit, y que puede funcionar tanto en la radiofórmula como en el club. Pese a no tratarse de un disco conceptual, la pista de baile es el tema principal desde la misma portada, una fotografía de Nancy Honey tomada en 1988. El tracklist recrea una noche de fiesta, dispuesto de tal manera que todas sus fases quedan representadas. El arranque concentra las canciones más explosivas, algo que juega a favor del relato pero que va en detrimento del ritmo. ‘24 Hours’, que incomprensiblemente se quedó fuera de la edición en vinilo, esconde en su estribillo los versos en los que se condensa todo lo que es Seeking Thrills: escapismo y amor, una oda a la pista de baile. (Edu Fernández)

Grimes – Miss Anthropocene

Su relación sentimental con un controvertido magnate espacial, un supuesto plantón a Azealia Banks en en la mansión de este, la afirmación de que el fantástico Art Angels fue un “pedazo de mierda”… Todos estos titulares que en los últimos tiempos nos ha dado Claire Boucher como personaje público se difuminan al escuchar Miss Anthropocene, álbum conceptualizado alrededor de una diosa antropomórfica del cambio climático que disfruta con su poder altamente destructor, y es entonces cuando emerge ella, Grimes, una de las artistas más talentosas, obsesivas e innovadoras que ha dado la última década. Pese a sus arreglos ingrávidos y apocalípticos, los atisbos de su humanidad los encontramos en el mismo corte de apertura, inspirado en un sueño extraño en el que ella misma cae hacia la Tierra mientras lucha contra un Balrog. “Porque estoy llena de amor para ti”, canta con su falsete chicloso en una ‘So Heavy I Fell Through the Earth’ que, en sus propias palabras, trata de “ese momento en el que decides o aceptas quedarte embarazada”, algo que comporta cierta “pérdida de una misma o de poder”, “la muerte del ego” en pos de una nueva vida. ¿Quizá hemos estado haciendo demasiadas bromas sobre su maternidad últimamente? También ‘Darkseid’, con un tenebroso beat de hip hop que inicialmente compuso para Lil Uzi Vert, retrata algo muy humano cuando en su letra rapeada en mandarín, su amiga taiwanesa Pan (fka Aristophanes) habla sobre el suicido de una amistad cercana. Y ‘Delete Forever’, inspirada en la noche en que murió Lil Peep, es otro lamento de impotencia por la crisis de los opioides. “Más rayas sobre espejo que un soneto”, solloza Boucher con voz quebrada pero esta vez sí, completamente corpórea, sobre edulcoradísimos banjos que contrarrestan la oscuridad dominante en el álbum sin mancillar la cohesión de su conjunto. Y realmente podemos sentir que está desolada. O enfadada: ‘Violence’, con sus latigazos electrónicos a cargo de i_o, personifica la relación abusiva entre el ser humano y la naturaleza como si de una práctica BDSM se tratara (“Quieres hacerme daño y me gusta así”); ‘4ÆM’, su propia reinterpretación futurista de una película de Bollywood sobre el amor prohibido, arranca con un texturizado canto etéreo hasta entregarse a unos coros adrenalínicos; y ‘My Name Is Dark’, que canaliza sus impulsos nu-metaleros a través de un llanto gótico y referencias a The Smashing Pumpkins, nos sitúa en el ocaso a la aniquilación total de nuestra especie, una fiesta pagana del fin del mundo en la que no hay ni gobierno ni dioses en los que creer: solo drogas para no dormir. El disco reserva gratas sorpresas hasta el final: ‘You’ll miss me when I’m not around’ es Grimes en estado puro: una balada sombría liderada por un adictivo bajo y centelleantes sintetizadores pop, e ‘IDORU’ se siente verdaderamente liberadora con sus salvajes aullidos. Que su personalidad conflictiva –y que obviamente traslada a una música que nace del caos– y nuestra constante deshumanización de su figura desde que pertenece a la élite económica y tecnológica no eclipse el brillo oscuro de estas canciones: Grimes sigue construyendo su propio reino desde un lugar que solo le pertenece a ella. (Max Martí)

Half Waif – The Caretaker

Nandi Rose, más conocida como Half Waif, vuelve a estar sola otra vez, y en The Caretaker decide declarar su valentía ante todos. Sucediendo en el tiempo a Lavender, llamado así por la lavanda que una vez creció en el jardín de su abuela, las historias intergeneracionales de Rose vuelven a resurgir en en este disco, y con ellas el sentimiento de pérdida y refugio que tanto ha marcado a su familia, desplazada de su India natal tras la partición de la India. Y es que podríamos decir que The Caretaker, la cuarta incursión de Rose en su mundo de pop electrónico delicado como Half Waif y la primera bajo el sello ANTI-, es una continuación tanto estilística como temática de aquel Lavender. A través de la duda y, a su vez, aprendiendo a confiar en su intuición y la autoexpresión, Rose nos abre una vez más su corazón y expone sus pensamientos más íntimos mientras reflexiona sobre la importancia y el impacto del aislamiento y la conexión, consiguiendo hacer de sus pensamientos más introspectivos algo universal. Y lo hace con un disco rotundo y preciso desde su fragilidad en el que todavía mantiene su mejor activo: esa honestidad brutal con la que mezcla continuamente lo mundano y lo profundo desde la vulnerabilidad emocional.  Estamos ante el que probablemente sea su álbum más complejo tanto a nivel lírico como emocional, un álbum en el que Rose parece haber encontrado su mejor voz y versión. De la desesperación existencial exhibida en ‘Ordinary Talk’ a la frialdad mecánica de ‘My Best Self’, Half Waif nos regala una vez más su gran sensibilidad synth pop con un álbum que exige perderse para encontrarse. (Irene Méndez)

J Hus – Big Conspiracy

Hace unos meses la lió en Instagram cuando colgó unos stories en los que decía que las cosas se le habían torcido tan pronto como dejó de practicar magia negra, así que ahora volvería a ella. Acababa de salir de su segundo período en la cárcel, donde estuvo cuatro meses por posesión de arma blanca, y ahora se mostraba más reflexivo, serio e incluso sombrío con respecto al J Hus que los fans conocían de su genial debut, Common Sense. Ese primer álbum es reconocido por muchos como la inauguración de un género que, en los tres años que han pasado desde entonces, se ha convertido en un lugar común de los charts de Reino Unido: una mezcla entre afrobeats, grime, bashment y hip hop súper resultona. J Hus aunaba así los elementos más frescos de la diáspora africana: Norteamérica, Caribe, África Occidental y la metrópolis europea, para crear un sonido fresquísimo al que toda una generación se apuntaría. Por eso, a pesar de los escasos 21 años de edad que el cantante británico-ghanés de segunda generación contaba en ese momento, se convirtió en una figura de culto casi de la noche a la mañana. Cuenta en entrevistas que la cárcel le sirvió para darse cuenta de lo importante del éxito que había logrado, y la responsabilidad que eso acarreaba en los mensajes que su música transmitiera. Este álbum habla de corrupción policial, de empoderamiento ciudadano (“How do you sleep at night, when you don’t even fight for your rights?”) y por supuesto de flirteo y flexeo, y en todo momento transmite la marca del artista sesudo y talentoso además: increíble capacidad para cambiar flows de un estilo a otro, un lirismo notable (¡tremendas barras!), mucho carisma y unas colaboraciones de clase A (el tema con Koffee es para ponértelo en Repeat’). Más aún la lió cuando, para hacer promo del álbum, compró un espacio publicitario enorme en las lonas que por obras cubren al Parlamento de Westminster, en el que simplemente estampó las palabras que titulan su último trabajo: Big Conspiracy. Así es, lo suyo son las liadas grandes, porque este chaval tiene madera de superestrella. (Luca Dobry)

King Krule – Man Alive!

El pesimismo agresivo de King Krule convierte su música en algo poderoso. En Man Alive!, su cuarto álbum de estudio producido junto a Dilip Harris, el londinense sigue haciendo alquimia con la ira y la desesperanza, transformando al vagabundo en sabio y hundiéndose hasta el fondo de su mente en cada tema. Si en su anterior trabajo The OOZArchy Marshall parecía divagar entre las nubes sin llegar a materializarse, con Man Alive! cierra un círculo con cada tema. El suyo es un recorrido urbano y nocturno, por momentos subterráneo y a otros atravesado por una luz irreal. La mezcla de jazz, post-punk, dubstep y hip hop que ha ido cultivando desde que empezó su carrera como Zoo Kid hace más de una década se impone en forma de melodías volátiles, percusiones ácidas y una sonoridad cruda, compleja, a la vez dura y delicada. En mitad del proceso de grabación del álbum, Marshall recibió la noticia de que iba a ser padre, lo que ha provocado un punto de inflexión en su trayectoria personal marcada por la depresión, permitiéndole explorar una versión más optimista de su identidad. Pero Man Alive! mantiene una inercia catastrofista: “Me abandono a la voz de mi cabeza”, canta en ‘Celular’, mientras que ‘Stoned Again’ es una mirada a su adolescencia marcada por las adicciones, y en ‘Comet Face’ hace referencia a “las preocupaciones de aquellos en los peores momentos” para después repetir una y otra vez que “son una pérdida de tiempo”. Sin embargo, de su pesimismo lánguido emerge un destello compasivo: “No hay nada malo en hundirse”, predica en ‘Alone, Omen 3’. Su dureza empieza a disolverse para seguir siendo el Rey Krule de ceño fruncido, aunque ahora, por primera vez, empezamos tambien a ver al Krule hombre y vulnerable. (Lluc Mulet)

Les Amazones d’Afrique – Amazones Power

El colectivo de Les Amazones d’Afrique es el azote musical que representa el #MeToo en el continente negro. Lo forman algunas de las voces más destacadas de Mali, que se unieron en 2014 para defender los derechos de la mujer y que suponen la conexión de dos mundos contrapuestos pero que encuentran un nexo común en la reivindicación feminista. En su caso, la situación es todavía más devastadora. Amazones Power es la continuación de la lucha que iniciaron con su debut surgido hace tres años. En aquella ocasión clamaban entre sonoridades arraigadas la tradición africana y ahora la identidad permanece, pero evoluciona hacia una producción más electrónica, más occidentalizada, representada por los ritmos de ‘Fights’ o ‘Sisters’. Los rasgos del enorme collage africano van surgiendo en diferentes formas: los coros de ‘Love’, un alegato contra la ablación, el jazz desenfadado de ‘Power’ o las percusiones en la profunda ‘Timbuktu’. Como anteriormente lo fueron discos de Tinariwen, Fatoumata Diawara o Bombino, Amazones Power representa una de las contadas joyas que llegan de una África que, también en el ámbito musical, sigue siendo demasiado desconocida. (Carlos Marlasca)

Lil Uzi Vert – Eternal Atake

Por ahí vi un meme cuyo formato consiste en una representación de Atlas aguantando heroicamente a brazos alzados el fatigoso mundo: este está lleno de cosas malas de 2020, como el coronavirus, los incendios australianos, la muerte de Kobe Bryant y de Pop Smoke… y el Atlas que lo salva es “Lil Uzi Dropping New Music”. Y no es broma que, para miles de fans, el evento de Uzi sacando por fin Eternal Atake es tan importante como cualquiera de los mencionados. Desde que el rapero de Filadelfia prácticamente desapareciera de la música, debido a problemas con su sello, tras su impresionante éxito de 2017, una entera subcultura de internet se había dedicado a compartir avistamientos de la estrella por la calle, fit pics y snippets leakeados para llenar el vacío, y con ello lo fueron convirtiendo en una figura casi mitológica, cuyo proyecto bloqueado pero seguro que genial (este álbum) iba a escribir un episodio de la historia de la música (post)moderna cuando finalmente saliera. Tal era la expectación por este trabajo: una de las mayores de los últimos años. Y como era de esperar, la recepción ha sido mixta. Algunos de los hits que catapultaron a Uzi hace ya tres o cuatro años, como ‘Ps & Qs’, ‘Money Longer’ o el mega-hit ‘XO Tour Llif3’, destacaban por sus estribillos melódicos, juguetones, andróginos y en general con un alta carga de imaginario anime. Era una apuesta valiente por parte del artista, que en un género donde el “ser gangster” (no mostrar debilidad emocional, no preocuparse por el amor sino por el dinero, amenazar con pegar tiros, etc.) era un requisito del personaje del rapero que él fue capaz de subvertir, haciendo aceptables otro tipo de estéticas y actitudes sobre lo que es “masculino” dentro del sentir general. En sus años de ausencia, la imagen que caló de Uzi era esa, la del único rapero del mainstream que era distinto. Y junto al artwork cósmico y galáctico que venía anunciando para este trabajo, seguramente se esperaba de este que fuera superexperimental, melódico y poco ligado al trap más drillero del que había partido. Pero no fue así. Este es un álbum de rap sobre chicas, ropa cara y coches, con pocos estribillos o estructuras pop, con rimas rápidas y delivery enfurecido, pero aún envuelto en un aura de alien de viaje intergaláctico que solo él le puede dar. Quizá por eso decepcionó a algunos. Pero es indudable que este trabajo es un tour de force de uno de los raperos más skilled de la escena, puro turn-up. Está plagado de temazos de los que te levantan del sofá y te hacen querer destrozarlo todo y vivir al máximo. Esto es Uzi on top of his game, rap nivel Dios. (Luca Dobry)

Mac Miller – Circles

Circles es el disco póstumo de Mac Miller y el más personal, que complementa al anterior álbum Swimming publicado en 2018, poco antes de que el rapero nos dejara de forma inesperada. El concepto artístico ‘nadando en círculos’ muestra esa lucha por lidiar con sus conflictos internos e intentar salir a flote entre aguas difíciles. En Circles nos cuenta a su manera sus problemas de inestabilidad emocional, un auxilio impregnado de belleza y melancolía a cargo del productor Jon Brion. Esa elegancia única que tenía Miller al combinar hip hop con soul y jazz le había posicionado como uno de los referentes del hip hop de los últimos años. Su versatilidad e imaginación no tenía límites, como descubrimos en la balada ‘Hand Me Down’, la melódica ‘That’s On Me’ o la dulce ‘Once A Day’. “He pasado mi vida viviendo con muchos remordimientos / Me tiras de mi caballo alto / Probablemente me caiga a la muerte, rapea en ‘Hands’, destapando esa fragilidad de la que intentaba huir constantemente. Su idilio con el jazz era más que evidente, y así lo comprobamos en el guiño a los Four Freshmen del inicio de la delicada ‘Blue World’ o en ‘Everybody’, con referencias al ‘Everybody’s Gotta Live’ de Arthur Lee. Este trabajo no solo es un diario personal del norteamericano: es una prueba más de todo el potencial que tenía como artista, un disco con el que quiso mostrar su realidad intentando escapar de ella. (Fátima Conde)

Mura Masa – R.Y.C

Quizá el segundo trabajo de estudio de Mura Masa no es el álbum de electrónica que algunos esperaban, pero quizás eso ha sido lo mejor. Tres años después de su debut oficial, el joven productor londinense regresa con Raw Youth Collage, en el que en lugar de estancarse en su singular sonido, que ya le había llevado al éxito con colaboraciones como ‘Love$ick’ con A$AP Rocky o ‘1 Night’ con Charli XCX, ha decidido darle una vuelta de tuerca a su hemeroteca sonora. Para ello, recupera las guitarras post-punk con las que creció y una cierta esencia folk y lo mezcla todo con su personal electrónica de club. A partir de este batiburrillo crea un álbum que parece narrado en primera persona: Alex Crossan es un Z de pies a cabeza. El no futuro y el desencanto con la realidad como bandera, pero siempre con cierto toque de humor y una vaga nostalgia; de esto saca temas como la colaboración con slowthai, ‘Deal Wiv It’, que es algo así como si el grime y el punk hubieran tenido un hijo que se queja de la gentrificación. O ‘No Hope Generation’, donde él mismo entra en bucles para contarnos que todo mal pero que él ¿bien?. También da espacio, además para no pensar tanto. En este sentido funcionan a la perfección el corte más electrónico, ‘In My Mind’, o ‘Live Like We’re Dancing’, con un rollo más disco. Es por lo general un trabajo cargado de colaboraciones excepcionales, como Georgia en este último tema, Clairo en ‘I Don’t Think I Could Do This Again’ o Ellie Rowsell de Wolf Alice en ‘Teenage Headage Dream’, la canción perfecta para ese baile de fin de curso al que nunca has ido pero que ya estás echando de menos. Sin duda, R.Y.C suena un paso más allá de lo que Mura Masa nos tenía acostumbrados, y lo mejor es que ahora nos irá como anillo al dedo para romantizar, de una manera ligera, la crisis que se nos viene encima. (Eva Sebastián)

Nicolas Jaar – Cenizas

Estar ante los días más raros que hemos vivido le ha venido al pelo a Nicolas Jaar para aplanar la recepción de Cenizas. El tercer disco del chileno está hecho en una cuarentena autoimpuesta. Es un ejercicio de introspección palpable desde los casi cantos gregorianos de ‘Menysid’; desde los primeros minutos junto al álbum, uno sabe que no se trata de cualquier cosa. Nicolas Jaar es genial aquí por honesto, no por avanzado, como hasta ahora en su carrera. Si en Sirens, publicado hace cuatro años, el productor chileno daba un paso adelante en la asunción de lo político en su discografía, ahora cambia de paradigma: las ideas, las proclamas, las sensaciones, quedan en suspensión. Las voces se pierden en un ambiente existencialista y denso, rebotan en su pecho, y solo avanzan por inercia sobre suaves melodías de piano. Solo unas pocas notas de jazz alborotado rompen la monotonía espectral, pasa en ‘Agosto’ y ‘Gocce’, y el disco parece caer en el tribalismo en ‘Mud’. Nada más lejos de la realidad. Se acabaron las verdades absolutas. Ni siquiera las tiene la que goza de una forma más cercana al single, y por ello adelanto del álbum, ‘Sunder’. Nada ofrece cobijo estable. Otra vez esas voces. Y las repeticiones de cáliz psicodélico. Se agradece la simpleza de ‘Garden’, pero todo se vuelve a enturbiar con las ballenas de ‘Xerox’. Y luego, una preciosa salida –alucinada– como ‘Faith made of silk’. Y vuelta al play. Cenizas es un disco para varios encierros. Es adictivo porque carece de respuestas. Es un espacio en construcción, donde Jaar se asume como ser dubitativo. Un grito, más meditativo o perturbado, que dice: no miremos hacia otro lado. (Yeray S. Iborra)

Núria Graham – Marjorie

La catalana Núria Graham se mantiene como uno de los prodigios y talentos más preciados que tenemos: si al principio sorprendió por irrumpir en la escena con solo 16 años, ahora choca todavía más que con 23 cuente con cuatro discos bajo el brazo que a muchos ya les gustaría. Marjorie, que recibe el nombre de su abuela, es su último y también mejor álbum, la cumbre de Núria, pero para nada su techo. Compuesto durante dos años a fuego lento con el piano pero interpretado con la guitarra eléctrica, solo con la ayuda de su bajista y coproductor Jordi Casadesús, es un trabajo compacto, media hora que se hace corta; cantando en inglés, como siempre, Núria nos transporta a sus raíces, a la región de Connemara en Irlanda, sin abusar de tópicos. Es su disco más personal e íntimo, en el que reflexiona sobre cómo hubiera sido su vida en Irlanda pero también sobre la cultura de bar. Cuando se habla de Graham, siempre sobrevuela el concepto de madurez, ya que choca su larga trayectoria, estilo y su capacidad de cantar con esa voz tan grave con la edad que tiene. Como también sorprende que no tuviera ningún reparo a la hora de acompañar a Amaia en su gira como guitarrista, tocando en un segundo plano pese a que lleva ya años como frontwoman. Porque también es capaz de dedicar una preciosa canción de amor a su expareja, Marcel Pujols, miembro del cuarteto de punk Power Burkas, quien primero dedicó a Núria hace un año ‘Amor de Garrafa’. Nuria coge aquellos acordes y le contesta a su manera, dando como resultado una de las mejores de Marjorie. Se desmarca así del sintetizador y la psicodelia relajada de su anterior trabajo, Does It Ring a Bell?, y nos trae una colección de canciones más cálidas, joyas de pop refinado difíciles de clasificar o de comparar, siempre con un estilo muy propio que hace que este disco sea todavía mejor. (Ignasi Estivill)

Porridge Radio – Every Bad

La confusión sobre sí misma es la carta que Dana Margolin, líder de la banda británica Porridge Radio, juega astutamente en Every Bad. A lo largo de once temas articula el relato de alguien que se siente constantemente empujada hacia dos extremos opuestos y, en lugar de marearse o romperse, se refuerza y reafirma dentro de sus propias contradicciones. Como resultado, el álbum condensa la energía de una lucha interna en que la competitividad es un mero artificio, y lo genuino de su personalidad se eleva por encima de los contratiempos que pueda causar una mente convulsa (…) «Estoy aburrida hasta la muerte, discutamos”, empieza ‘Born Confused’ dando la pista de lo que sigue. “Tal vez cuando nací sabía algo y lo olvidé” es otro verso del tema que resume la dirección a la que apunta Dana en sus letras: una ambigüedad pretenciosa, directa y juguetona que esconde un núcleo vulnerable y abre puertas a espacios oscuros sin llegar a perderse en ellos. En el himno post-punk ‘Sweet’, el registro musical alcanza su dimensión más exuberante. Dana parece estar orquestando a sus demonios mientras su banda la acompaña con riffs que se contraen y se expanden a lo largo del tema, anotando pizzicatos y liberando densas nubes de fuzz. «Hay muchas repeticiones en las letras, y resulta fascinante repetir lo mismo una y otra vez hasta que se vuelve algo más grande”, explica Margolin. ‘Long’ es una clara expresión de la angustia por “estar perdiendo el tiempo”, creada con bucles líricos y riffs in crescendo que se van retroalimentando hasta alcanzar el hastío necesario para iniciar un movimiento hacia otra parte. Al final del tema, uno siente la satisfacción de Margolin por haber atravesado algo incómodo, dando muestra de la naturaleza del álbum: cada canción es un “mal” que debe ser atravesado y depurado.

El correlato que transita todo el disco es un ritual de inmersiones en el océano con el que encararse con las propias vulnerabilidades: “¿Dónde estaba tu hogar? / ¿dónde te sentiste segura?”, se pregunta Dana a sí misma en ‘Pop Song’. Cada vez que su voz se quiebra en Evey Bad se libera un llanto rabioso, como si hubiera algo de irreparable en la expresión de su dolor. Sin embargo, esa misma rabia revierte siempre en algo positivo: “Cojo lo que necesito […] siempre cojo lo que es bueno para mí”. En el corte ‘Give/Take’, la guitarra y los sintetizadores se allanan para crear atmósferas dream pop con las que explorar dimensiones menos opacas de su personalidad: “Nos gustamos, pero tengo otras cosas que me hacen feliz”. Es esa ligereza que irrumpe entre el caos el contrapunto que da lugar a la magia de Every Bad. “Quiero que mejoremos / quiero que seamos más amables”, se repite en ‘Lilac’ hasta que algo parece romperse y rendirse. Y entonces uno se pregunta si la angustia que sondea el álbum no es más que el resultado de una mirada lúcida escrutando un mundo cada vez más afligido. Aunque Every Bad no pretende ser revolucionario en la escena indie rock, la inclusión de elementos que distraen su pertenencia al género como el uso de Auto-Tune en ‘(Something)’ o secciones de cuerda en la mencionada ‘Lilac‘ le confieren una identidad única. No menos importante es su efecto catártico, que recae en la capacidad de la banda de Brighton por conjugar sentimientos de amor y de angustia. Llega, además, en tiempos en los que esta dicotomía emocional está más latente que nunca en el mundo. «Soy un barco hundiéndose / no hay nada dentro / vuelvo a casa”, concluye Dana en el cierre ‘Homecoming Song’ después de haber explorado la sensación de desarraigo y la falta de pertenencia. Y nos recuerda que, tal vez, volver a casa era otra cosa. (Crítica completa) (Lluc Mulet)

Sega Bodega – Salvador

Sega Bodega lleva ya unos cuantos años empeñado en parecer un ser venido de otro planeta, tanto por su música como por sus referentes visuales. Sea consciente o no, la decisión de colocar su nombre de pila en el título de su álbum de debut, Salvador, humaniza su figura como nunca hasta ahora. El movimiento, en realidad, conecta con otros aspectos de este disco editado por NUXXE, el sello-colectivo del que es cofundador junto a otras mentes inquietas del underground londinense como Coucou Chloe y Shygirl. Tras dedicar principalmente su carrera hasta la fecha a moverse en la sombra como una presencia extraña y esquiva, normalmente produciendo para otros artistas, el Sega Bodega de carne y hueso emerge aquí. Escuchamos su propia voz a lo largo de todo el álbum, aunque sea en una versión ultra procesada y filtrada, y además conocemos sus miedos y traumas, que definitivamente son tan humanos como los de cualquiera. En ‘Masochism’ habla del alcoholismo que ya ha dejado atrás; en ‘U Got the Fever’ recuerda una relación destructiva; en ‘Calvin’ aborda el suicido de uno de sus mejores amigos. Que Salvador se publicara en San Valentín no deja de tener su simbolismo: Sega Bodega filtra emociones y sentimientos de forma más clara que nunca en un trabajo de R&B futurista como cantado en clave ASMR que se localiza entre varios mundos. Entre el pop y la experimentación, entre la habitación y el club, entre lo cálido y lo frío, entre el sueño y la pesadilla. (Víctor Trapero)

Soccer Mommy – color theory

Estructurado en tres partes distintas, a su vez representadas por tres colores y estados de ánimo distintos –el azul simbolizando la depresión, el amarillo la enfermedad y el gris la muerte–, Sophie Allison, o lo que es lo mismo, Soccer Mommy, nos presenta con color theory un autorretrato honesto e intransigente, con la lucha de su madre contra una enfermedad terminal como constante. color theory no es solo un álbum que supera las elevadas expectativas impuestas en él. Es, además, un disco que redefine a Sophie Allison como una artista más versátil, ambiciosa y compleja, que expande sus horizontes y muestra más confianza en sí misma y menos restricción. Estamos ante una Soccer Mommy más directa y penetrante que la exhibida en su «debut» Clean (2018). Una Sophie Allison que refleja, de la forma más cruda, sombría y oscura posible, las emociones y ansiedades humanas y la complejidad de las mismas. ¿Es ya ‘yellow is the color of her eyes’ una de las canciones del año? Ya nos avisó la propia Soccer Mommy: «Quería que la experiencia al escuchar ‘color theory’ fuese parecida a la sensación que uno tiene al encontrar una cinta de cassette vieja y polvorienta que se ha estropeado con el tiempo, porque eso es lo que es este álbum: una expresión de todas las cosas que me han degradado lenta y personalmente». Como si de una desaturación de su propia teoría del color se tratara. (Irene Méndez)

Somos la Herencia – Dolo

Dolo empieza como un disco de post-punk oscuro al uso, recordando a La Plata o a otros grupos del estilo, pero pronto entiendes que hay mucho más detrás. Que las perversiones electrónicas van a ponerse en primer plano aunque nunca se pierda la organicidad de una banda con sus guitarras, sus ritmos, su bajo, sus efectos y sus reverbs. Que no van a desentonar entre cualquiera de los artistas firmados, como el cuarteto madrileño, por el sello ovetense Humo: desde el clasicismo entrecomillado de Pablo Und Destruktion, Balcanes o Fiera hasta una experimentación industrial y apocalíptica como la de Fasenuova, Territoire, los inconmensurables Mecánica Clásica o los inclasificables Reserva Espiritual de Occidente. Que lo suyo es más bien el darkwave y los sintetizadores angustiosos, los ruidos que crepitan infestando la mezcla, las notas desafinadas y hasta ecos makineros (brutal ‘Parque de atenas’), pasajes industriales como los de ‘Espuma’. Que Zigurat, su EP de debut, podía y debía ser mucho más oscuro, más siniestro, y que el desafío ha sido aceptado y desbloqueado en ‘Hombres libres’, un trotón viaje por las cavernas de la obsesión. Y que aún siguen teniendo vías que explorar, como demuestra el final experimental que componen ‘Cuero rojo’ y la aún más radical ‘Entre las piedras’, que se acercan mucho más al lenguaje de transgresión electrónica de un Arca, de Aisha Devi o de Mark Luva, de los trabajos de Sinjin Hawke con Zora Jones y hasta de Shygirl, algo que ya de por sí es bastante inusual en el género. Como inusual es, en conjunto, todo Dolo. Un disco que podrá ser muchas cosas pero que no está hecho para dejar indiferente. (Diego Rubio Méndez)

Tame Impala – The Slow Rush

Tiene guasa que el cuarto disco de Tame Impala se llame The Slow Rush, algo así como «El Subidón Lento», teniendo en cuenta que ha salido un lustro después de su predecesor y casi un año más tarde de la publicación de su primer single, una ‘Patience’ que para más inri al final no acabó entrando en el disco. Y tan lento, querido Kevin Parker, y tan lento. Donde sí acierta el título del nuevo disco de este perfeccionista hombre orquesta australiano (de nuevo, todo lo que suena en sus 12 canciones y 57 minutos ha sido compuesto, grabado y producido por Parker himself) es en capturar en palabras lo que su recorrido transmite: una calma expansiva, una épica tranquila, una psicodelia más rítmica que explosiva. Tras el pelotazo pop que supuso Currents en 2015, Parker da aquí un paso atrás en inmediatez pero gana en el largo plazo. The Slow Rush es un disco donde se despliega su amor por el soft rock, el hip hop, el disco y el house en detrimento del pop. Salvo ‘Lost In Yesterday’ y ‘Borderline’ no hay apenas canciones inmediatas aquí, pero es que no hace falta: su aproximación al concepto del tiempo, materializada en la portada del disco a modo de reloj de arena gigante y en títulos de canciones tan evidentes como ‘One More Year’ (que abre el disco), ‘It Might Be Time’, ‘Lost In Yesterday’ y ‘One More Hour’ (que lo cierra), nos revela que la apuesta es esa, el recorrido pausado pero cuidado hasta el más mínimo detalle sonoro. Escuchar The Slow Rush es una experiencia muy disfrutable por su profundidad técnica y evocativa, y salvo su minutaje un pelín demasiado extenso en canciones como ‘Breathe Deeper’ o ‘Tomorrow’s Dust’, se asemeja realmente a lo que sería un subidón a cámara lenta. (Aleix Ibars)

The Weeknd – After Hours

El cuarto trabajo de The Weeknd está lleno de contrastes, y supone un territorio por explorar con una dirección creativa difícil de clasificar. After Hours muestra la evolución de un villano que se retuerce en su nostalgia destapando su lado más humano y dejando atrás su pasado: sus relaciones frustradas, la soledad y hasta la mismísima ciudad de Los Ángeles. En la primera parte del álbum encontramos una paleta sonora más oscura en la que la tierna y dolorida voz de Abel Tesfaye se funde con el dream pop y el R&B marca de la casa, exhibiendo su lado más personal en baladas como ‘Scared To Live’, ‘Escape From LA’ y la introspectiva ‘Snowchild’. El new wave abraza al synth pop con ritmos más acelerados y matices ochenteros en la segunda parte, donde los sintetizadores son los claros protagonistas de hits como ‘In Your Eyes’, al que añade el sonido del saxo, y la explosiva ‘Blinding lights’, un claro acierto pop marcado por la nostalgia que está producido por el mítico Max Martin. En la versión deluxe del álbum encontramos además remixes de Chromatics, Oneohtrix Point Never y The Blaze entre otros, que completan esta arriesgada apuesta donde se reafirma una vez más la versatilidad de Tesfaye. After Hours es un paso en la evolución de The Weeknd, un viaje que abarca un sonido ecléctico y que muestra una belleza escondida en ese antihéroe en el que se ha convertido. (Fátima Conde)

Triángulo de Amor Bizarro – oɹɹɐzıqɹoɯɐǝpolnƃuɐıɹʇ

No fallan porque no pueden, porque no entienden lo que es hacer canciones insulsas y descontextualizadas. Porque son esclavos de su tiempo, demonios al servicio de la inteligencia, garabateando acordes en su propio limbo, escupiendo azúcar pop para caramelizar a altas temperaturas, infernales, una masa de revolución post-punk. Si los años que llevan maldiciendo los han gastado en definir el espíritu más bipolar de nuestra historia musical reciente, ahora, boca abajo, ofrecen por fin su versión más monolítica. Colgando del techo y desafiando cualquier ley impuesta por la gravedad, hoy Triángulo de Amor Bizarro son a la vez caricia y puñetazo y te sumergen en su agujero negro, en una corte de música industrial y de texturas del fin del mundo. Isa Cea se retuerce con suplicante y delicada angustia en el Apocalipsis que supone ‘Fukushima’, para la que no han usado una sola guitarra, y el tema puede parecer pop pero también es oscuro, fácil pero también doloroso e indescifrable. En otro universo, patas arriba, en inversión total del que rodea a ‘Ruptura’, pero ya no mirándose frente a frente. El nuevo disco de la banda gallega es más bien el eje de un espejo, el horizonte poniéndole techo a la superficie de los mares. El punto de equilibrio entre el amanecer de un sol que quema desde cerca como la gigantesca ‘Asmr para Ti’ y la opresión que genera una ‘Canción de la Fama’ con más sievers de los que hacen falta para hacer saltar por los aires cualquier medidor. La nueva forma de los Triángulo es la de un descenso a las profundidades de un reactor nuclear con una fuga, es la crónica de un desastre nuclear sonoro en la costa de Galicia como el de La Zona. Es la narración del descalabro político, de la maldad humana, del mal menor y del daño colateral, como anuncia esquizofrénica ‘Calígula 2025’. Es el fantasma de Isa recorriendo a velocidad vertiginosa en ‘Folía de las Apariciones’  una costa de Galicia arrasada y desolada, símbolo también de una relación tan tóxica como la radioactividad. Es todo un coloso industrial de producción y texturas, como demuestra el angustioso y opresor final de la balada à la Slowdive ‘Cura Mi Corazón’, que deriva en la outro de tuneladora ‘Los Golpes Olvidados’. Esos que asesta uno de los enemigos invisibles a los que tendremos que enfrentarnos desde ahora como sociedad. Es un templo del pop mas radical y férreo, una bomba atómica y las ganas de rehacer nuestro planeta, y por eso puede permitirse hacer que el ‘Just Like Heaven’ de The Cure suene como una cantiga para la dança da morte. Es una oda al Apocalipsis y a su capacidad purificadora. Es un relato de nuestras propias ambiciones, de nuestros errores, de nuestras condenas… “Fuiste más importante para mí que toda la costa de Galicia, que todos los mares, que todos las rías (…) Fuiste más importante para mí que toda la historia humana”. Y mira adónde hemos llegado: al fin del mundo. (Diego Rubio Méndez)

Ultraísta – Sister

Puede que nadie esperara un segundo disco de Ultraísta, uno de aquellos “supergrupos” que sin tener contexto nunca sabremos de dónde nacen, pero que en 2012 juntó a Nigel Godrich (Radiohead, Atoms for Peace), el músico de estudio Joey Waronker (R.E.M., Beck) y la vocal Laura Bettinson, que con su proyecto FEMME y su hit ‘Fever Boy’ llegó a girar con Charli XCX. El caso es que de Ultraísta y ese primer disco llegaron a conseguir atención con una introspectiva pieza de nombre ‘Smalltalk’, de la que Four Tet sacaría con un remix con bajos sincopados y la dotaría de profundidad con aire clubber. Pero más allá de esto, como grupo y disco no dejaron un gran poso. De allí hasta este 2020 en el que han publicado este Sister en Partisan Records (IDLES, Cigarretes After Sex, etc.) y parecen haberse situado en un contexto que les acompaña para su sonido. Entre la calidez de la voz de Laura y las armonías etéreas, muy a lo lejos hay dejes de Radiohead, que tan bien sientan estos días. El disco abre de manera un poco abrupta y poco acogedora (‘The King’), con arrebatos épicos y subidas al trote, pero más allá hay premio y va a mejor. Con ‘Save It til’ Later‘ consiguen amansar y el desarrollo de ‘Ordinary Boy’ convence. Hay matices y una producción muy cuidada en cada canción, si bien es cierto que por momentos el disco peca de una firma demasiado clara, el sonido se vuelve monótono y de alguna manera es como si se percibiera que no son un equipo de liga regular, sino una selección que tanto puede deslumbrar, como que se le notan a veces las costuras. Pero centrémonos en lo bueno: para el recuerdo de estos días quedarán ‘Marielle’, la más radioheadera ‘Bumblees’ y el tema favorito de cierre, la bonita balada ‘The Moon and Mercury’. (Jordi Isern)

U.S. Girls – Heavy Light

Que U.S. Girls no es el mismo proyecto musicalmente hablando antes y después de In a Poem Unlimited, uno de los mejores trabajos de 2018, es algo que se detecta rápidamente con una escucha transversal de su discografía. Meg Remy puso ahí una frontera que ya había tanteado en Half Free: de proyecto unipersonal de pop experimental pasó a big band de nueva canción protesta. La canadiense explicita ahora esa metamorfosis en Heavy Light, su séptimo LP, incluyendo tres canciones que ya editó o tocó años atrás, cuando su banda se reducía a una caja de ritmos. ‘State House (It’s A Man’s World)’ y ‘Red Ford Radio’ ya las publicó a principios de la década pasada; en YouTube hay algún vídeo que prueba que ‘Overtime’ ya formaba parte de sus conciertos hace cinco años. Las diferencias, sobre todo en el caso de ‘Overtime’, se hacen especialmente evidentes así: dejado atrás definitivamente su karaoke lo-fi, en las sesiones de grabación de Heavy Light ha estado acompañada por una veintena de músicos. Estas canciones quizá sean menos exuberantes que las de In a Poem Unlimited, pero continúan desplegándose como una muñeca rusa infinita. Siempre hay algo más dentro: un teclado disco, un solo de saxofón, una percusión caribeña, un coro góspel. La unión sigue haciendo la fuerza. (Víctor Trapero)

Waxahatchee – Saint Cloud

Saint Cloud es un disco para salir de los excesos y reflejar una lucha interior. Una confesión a lo High As Hopes de Florence + The Machine aunque al estilo recién estrenado de Katie Crutchfield. El nuevo disco de Waxahatchee comienza en pleno Primavera Sound de 2018, donde ella sitúa el punto de inflexión, ese “hasta aquí hemos llegado”. Y es probable que continúe con un largo viaje por carretera por Estados Unidos. Por decirlo de otra manera, Crutchfield hace ahora más migas con Joana Serrat que con Courtney Barnett, aunque el universo de la estadounidense siempre ha sido más bisoño que el de la australiana y esa inocencia adolescente sigue presente («En mi soledad, estoy encerrada en una habitación / Cuando me ves, soy miel en una cuchara, canta en ‘Can’t Do Much’). Entre folk y americana, la compositora captura bellos instantes de sus diatribas y muestra dotes vocales en ‘Fire’, una de las piezas que rompe con la tónica instrumental del trabajo y un canto a la aceptación de la vida tal y como venga. Las guitarras acústicas dominan un disco que tiene el atributo de una honestidad brutal, de ahondar en sensaciones y experiencias sin abrumar, para, como dicta la preciosa ‘Arkadelphia’, «contarnos a nosotros mismos lo que es bello y bueno”. El estado de sobriedad e introspección, que queda resumido con el final de dos joyas como ‘Ruby Falls’ y ‘St. Cloud’, le ha sentado bien a una Waxahatchee que acomete etapas más adultas con su atractiva aura de joven inconformista. (Carlos Marlasca)

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