24/02/2020

Siete años después de su última visita, el canadiense presentó en Madrid su disco más íntimo, afligido y minimalista.

El dolor es algo pasajero: una cuestión de tiempo, se suele decir. Para Patrick Watson, ese periodo ha sido fructífero. Un descalabro sentimental y dos pérdidas irreparables reflejadas en su disco más íntimo y minimalista.  Sobre las tablas, el canadiense escenifica su complicada travesía y también la última redención en forma, cómo no, de amor. Lo trágico se mitiga con un manto de una enorme belleza mientras que la nostalgia del pasado más luminoso conecta con la plenitud vigente.

Wave, octavo álbum de estudio del compositor, sonó casi al completo en su primer concierto en Madrid en siete años. Una de las premisas fue mantener a los seres queridos en un lugar privilegiado. El inicio cargado de emotividad con ‘Dream for Dreaming’, el sueño del que no quiere despertar, el calor aún tangible de quien le dio la vida, precedió a una sobrecogedora ‘The Wave’. Fue una temprana declaración de intenciones: palpar entraña, estimular conducto lacrimal y demostrar, a fin de cuentas, que cualquier narrativa, por decadente que sea, puede tener un halo de luz. Por supuesto, tenue. 

A pesar de la introversión inherente a las canciones, Watson resultó ser un tipo desenfadado y sin pretensiones. La primera vez que lo demostró fue al errar en la procedencia de Simón Díaz, en quien está basada su ‘Melody Noir’. La globalización es omnipresente y hubo algún reproche, se deduce que de venezolanos, al atribuirle al compositor la nacionalidad colombiana. El fallo se arregló en disposición de ranchera, con cuatro de los seis músicos rodeando el micrófono y celebrando “the sweetest melody I ever sung”.  Su corista Kyla Charter, maravillosa como telonera con su versión solo con guitarra del ‘Respect’ de Aretha Franklin, sonaba imponente. 

El falsete como máxima expresión de una profunda sensibilidad. Bon Iver como heredero contemporáneo, pero también Andrew Bird como coetáneo con pocas fisuras en su extensa obra. Mirando atrás, Watson recuperó, entre otras maravillas, ‘Slip into Your Skin’, de un trabajo con más orientación pop como Close to Paradise, que contó con la ayuda coral del público, o la arpegiada ‘Hearts’, que detalla la otra cara de aquello que ha sido su última tabla de salvación. Entre medias, siguió cayendo su catálogo más reciente, con una expansiva ‘Drive’, el intimismo de ‘Here Comes the River’ y, sobre todo, la estremecedora ‘Broken’, la pieza más notable de su último trabajo.

Para la traca final y en uno de los balcones laterales para el público, músico y banda interpretaron prácticamente a cappella una coreada ‘Big Bird in a Small Cage’ y, a petición popular, el cierre sobre las tablas fue para ‘Lighthouse’ y ‘To Build a Home’, su colaboración con The Cinematic Orchestra, ambas profundas y dirigidas a ese lugar interior en el que todo repercute. Y así, a media luz, tras carcajadas y recuerdos, dramas y romances, el canadiense entregó su última sonrisa. Un compendio de todo lo que contiene la vida y que se contempla con nitidez cuando la aflicción forma parte del recuerdo.

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Foto. Adolfo Añiño (IG: @adolf_ito)   Conciertos
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