10/02/2020

Crónica del concierto de la influyente banda británica en Barcelona, que puso de manifiesto la disyuntiva entre contentar a sus fieles seguidores y mirar hacia adelante.

El movimiento de “volver” como banda tras un parón siempre lleva implícitas varias dudas y realidades. En el caso de Ride, se reunieron en 2015, y fueron protagonistas en una lona como reclamo para el Primavera Sound de ese año. Entonces se cumplian casi dos decádas de inactividad, y su nombre estaba en las vitrinas de bandas de culto del shoegaze de los 90. Un regreso por todo lo alto, pero acarreando el chascarrillo de si esa vuelta era por necesidad de generar negocio o un capricho nostálgico. Saldríamos de dudas al cabo de dos años cuando lanzaron nuevo disco (Weather Diaries, 2017), y entonces le siguieron más fechas, volvieron al Primavera Sound un año más tarde y en 2019 sacaron de otro álbum (This Is Not A Safe Place, 2019). Su vuelta, pues, quedaba consolidada y su funcionamiento como banda, más que como referencia guitarrera, era cubierta por el funcionamiento rutinario, como una banda más. Nuevo material, nuevos conciertos. Evidentemente, siempre con más galones que aquellas que empiezan, pero recuperando cierta normalidad. Todo esto se palpó en el concierto del viernes 7 de febrero en la sala Apolo.

Atrás queda la locura del regreso, ya que a pesar de que la sala se encontraba llena, no se vivió el agobio de un sold out. Como si de algún modo, estuvieran recuperando un estatus más cercano al de una banda de culto, no masiva, que al de una que encabeza grandes festivales. Y en esas dimensiones, puede que con las que han convivido más tiempo, se vieron cómodos y sueltos. No hubo grandes gesticulaciones ni artificios: una sobria pantalla y su nombre con la tipografía habitual. Tampoco en sus discursos entre canciones hubo lágrimas ni tiempo para recordar noches de gloria pasadas. Y todo esto tuvo su ejecución práctica con un setlist en el que fueron a por el presente y el futuro de Ride. De las generosas dos horas largas de concierto, solo dedicaron una cuarta parte a los clásicos añejos. El resto, puro This Is Not A Safe Place, y como banda y movimiento propio todo encaja y tiene sentido, pero como público parecía muy evidente, por la respuesta en cuanto a ovaciones, que aquello de lo que más se disfrutaba estaba siendo escaso. 

A pesar de que el último trabajo consta de grandes dosis de personalidad, coqueteo con sintes, melodías oscuras y una libertad creativa notoria, los coros de ‘Future Love‘,  las progresiones de ‘Repetition‘ o el empuje de ‘Jump Jet‘, canción con la que abrieron, carecen del alma y la precisión de cualquiera de los temas que rescataron de álbumes como Nowhere (1990) o Going Blank Again (1992). En algún momento de la parte central del concierto, como en ‘Dial Up‘ o, justo a continuación, ‘Lannoy Point‘, ambas de los discos más recientes, rozaron cierto cansancio de atención por parte del público. Fue fácil notar el contraste de esos momentos con la recta final, cuando sin que apenas se atisbara esfuerzo en la banda, como si fuera lo más natural del mundo, arollaran con ‘Polar Bear‘  y ‘Vapour Trail‘. Himnos incontestables que, más allá de matices, han aguantado dignamente el paso del tiempo. Y en el bis, el contraste aún fue más acentuado cuando enfrentaron ‘In This Room‘, con ese inicio en clave electrónica 8bit (la mano de Erol Alkon), con la final ‘Seagull‘, que les devolvió la euforia y su estatus de banda clave para cerrar con mejor sabor de boca. La duda y la realidad, el debate entre regodearse en el pasado y enfocarse hacia adelante, para Ride parece claro; falta encontrar el momento de que encaje también con el público. Esperamos la reválida: levantarse tras 19 años era lo más complicado.

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Foto. Xarlene (@carol_xrln)   Conciertos
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