28/01/2020

En su regreso a Barcelona, la cantautora estadounidense nos sumió en una terapia colectiva a través de las canciones oscuras e introspectivas del excelso All Mirrors.

Revisionar el recorrido de los discos de Angel Olsen según los escenarios por los que nos ha visitado en Barcelona es bastante ilustrativo de su carrera. Tanto de su éxito en ascenso como de su firme identidad a lo largo de los años. La primera vez fue en la clausura del Primavera Sound de 2014, en la sala Barts, con el desgarrador y casi acústico Burn Your Fire for No Witness. Repetiría unos meses después en La (2) de Apolo de ese mismo año. Con Woman (2016) volvería al Primavera Sound del año siguiente, esta vez en el escenario Ray-Ban, confirmando su posición de artista ya consolidada. Una artista consolidada que consigue captar interés por toda su obra, y que puede girar ofreciendo repertorios de “caras b” y descartes, como hizo en la Barts con Phases (2017). Y la última, la del domingo 26 de enero de 2020 en la sala principal de Razzmatazz con All Mirrors (2018) a modo de culminación. Hasta ahora, claro.

En este tiempo todo ha ido a más, y a pesar de criterios subjetivos, también podemos decir que ha ido a mejor. O en todo caso, a más grande, a más fuerte y a más expansivo, pero nunca a más accesible. Siempre leal a su esencia. Y en esta tensión entre la forma, cada vez más grandilocuente –en esta ocasión eran hasta siete los músicos sobre el escenario, con cello y violín incluidos–, y el mensaje de sus canciones, que se mantiene introspectivo y oscuro, es donde se genera el hechizo que Angel Olsen, más allá de sus excelsos discos, tan bien traslada al directo. A pesar de que ahora cuenta con más público (esta vez, cabe decir, bastante reservado y sosegado durante las interpretaciones) y con todos los arreglos, lo que sigue captando los sentidos no son las catedrales musicales que arma, sino la emoción que transmiten esas canciones.

Vestida de negro, como el resto de la banda, como si saliese directamente de la portada del All Mirrors, empezó con la misma homónima del disco, del que apenas dejó un par de temas sin tocar. La seguirían ‘Spring‘ e ‘Impasse‘, y luego llegaría la catarsis con ‘Lark‘, apertura del disco en la que desciende a lo más hondo de un luto para subir de nuevo e imaginar otra vida. A partir de ese momento, todo el concierto quedó contenido en esta trascendencia y fuerza emocional. A pesar de que sus comentarios buscaban la distensión y dieron juego al público para pedir temas, mostrando además el encanto de su carisma (“entendemos que queréis que sigamos tocando, ¿no?»), todo el recorrido por All Mirrors se viviría apretando los puños. Ni cuando recuperó la rockera ‘Shut Up Kiss Me‘ del anterior álbum o ‘Forgiven/Forgotten‘ de los años lo-fi consiguió relajar esa tensión que destila la parte oscura del último álbum. Y de hecho, la emblemática ‘Unfucktheworld‘ parecía ganar significados en esta dirección cuando ella cantaba “you may not be around, I am the only one now”, literalmente sola en el escenario. Por méritos propios y porque ella, en ese momento, lo quería así.

Volvería la banda al completo para poner un cierre casi cinéfilo, con la última canción del disco, ‘Chance‘, y con algunas luces ya encendidas, ahora sí, soltando la respiración y, de algún modo, ajustando el espacio entre forma –dócil y sin ser tan punzante– y mensaje –cuenta que no vale la pena anticipar situaciones por el lado negativo–, rebajando la tensión y disfrutando de hasta dónde ha llegado, y hasta dónde la hemos visto llegar. Una terapia colectiva.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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