27/01/2020

O por qué la Recording Academy se roba a sí misma año tras año.

No, la talentosísima Billie Eilish no merecía ganar anoche en las cuatro categorías principales de los Grammys 2020 a las que optaba, o no al menos en todas ellas. Su triunfo en la 62ª edición de los premios más importantes de la música norteamericana –aunque su relevancia artística y cultural está más cuestionada– era más que previsible teniendo en cuenta que, como Lizzo y Lil Nas X, contaba con un elevado número de nominaciones, así como por el hecho de que su actuación en la ceremonia –a diferencia de las de otros nominados al premio gordo, el disco del año– estuviese confirmada con anterioridad. Pero si bien es cierto que la carismática angelina, que con 18 años recién cumplidos ya es la artista más joven de la historia en recibir los cuatro codiciados galardones, fue sin duda el fenómeno pop más importante del año pasado, es bastante discutible que su disco de debut, WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?, sea el mejor álbum publicado entre octubre de 2018 y agosto de 2019, período en el que debían ser lanzados los trabajos nominados. Quizá por el hecho de que los premios han sido acusados en reiteradas ocasiones de anticuados o poco innovadores –quién no recuerda a Frank Ocean tildando de “viejos” a sus productores en 2017–, hay que reconocer que en esta edición han prestado especial atención a las nuevas estrellas de la generación Z, con los jovencísimos superventas Billie Eilish y Lil Nas X a la cabeza en cuanto a nominaciones. Y sí, se han puesto un poco las pilas a la hora de nominar (y premiar) a más mujeres, pero cuánto trabajo queda aún por hacer…

Puede que el problema principal en estos premios siga siendo el de siempre. ¿Qué es para la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación de Estados Unidos un álbum importante? ¿Qué entienden sus expertos por una buena grabación, una buena actuación o una buena producción? ¿Con qué criterios valoran la relevancia cultural de una obra musical, su influencia y el legado que esta dejará con el paso de los años? Y, no menos importante, ¿son capaces de dejar de lado el inexorable peso de la industria y sus intereses en aras de valoraciones meramente artísticas y exclusivamente musicales? Sinceramente, no tenemos ni la más remota idea, pero basta con echar la vista atrás para sentir cierto sonrojo: ni To Pimp a Butterfly, hito de la narrativa hip hop de Kendrick Lamar cuya trascendencia en la pasada década resulta incalculable; ni Lemonade, la apoteosis de una artista pop tan importante en nuestra era como Beyoncé; ni tampoco nuestro disco favorito en 2017, Melodrama, una reválida que supo capturar los anhelos de toda una generación en voz de Lorde –de las múltiples derrotas de su productor Jack Antonoff en los Grammys hablaremos más adelante–, se alzaron con el gramófono dorado al disco del año en sus respectivas ediciones, que premiaron obras menores –o que, al menos en su momento, generaron menos consenso a nivel crítico– como 1989 de Taylor Swift, 24 de Adele y –en este caso quizá podemos hablar de robo absoluto– el más bien mediocre 4K Magic de Bruno Mars. Nadie duda de la popularidad y el peso que estos trabajos tuvieron a nivel comercial, ¿pero podemos realmente afirmar que fueron los mejores álbumes publicados en sus respectivos años?

Y no, nadie esperaba que Lana Del Rey ganase el Grammy al disco del año por su obra magna Norman Fucking Rockwell! pese a que esta culminó 2019 siendo el trabajo mejor posicionado en Metacritic y posiblemente el más aclamado por la prensa musical especializada en todo el mundo: de Pitchfork a Stereogum pasando por Gorilla vs. Bear o influyentes periódicos como The Guardian o The Washington Post… y humildemente, nosotros mismos, lo escogimos como tal. De hecho, la simple inclusión de Lana Del Rey en la categoría principal de los premios Grammy fue recibida como una sorpresa, y ni siquiera nos resultó chocante que entre los nominados no figurasen el desgarrador regreso de FKA twigs después de cinco años, MAGDALENE, o la obra de madurez definitiva de Tyler, The Creator, IGOR, que como él mismo ha denunciado públicamente ha sido relegado a la categoría de rap –donde como no podía ser de otra manera, ha ganado por primera vez–, como si el hip hop no estuviese en la cúspide de la pirámide de lo que entendemos como pop a estas alturas del milenio. ¿Racismo quizá?

 

 

Y no, tampoco esperábamos que una banda tan atípica como Big Thief, liderada además por una mujer, fuese a coronarse anoche con el galardón al mejor disco alternativo, quizá porque lo que se entiende por música alternativa en los Grammys es bastante abstracto, o quizá bastante poco importante en sí mismo. Ni el propio Ezra Koenig de Vampire Weekend parecía creerse del todo el cuento al recoger el prestigioso gramófono, con escasos signos de efusividad, junto a sus compañeros de banda; de hecho, no nos habría sorprendido que lo recogiese Bon Iver, o James Blake, o Thom Yorke. Nos habría dejado pasmados, eso sí, que lo recogiese una persona tan ajena al glamour de las alfombras rojas y los despachos de A&R como Adrianne Lenker, quien para nosotros fue la frontwoman del grupo del año tras la proeza de lanzar dos discos tan excepcionales como U.F.O.F. y Two Hands, que situamos en cuarto lugar de nuestra lista de los mejores discos de 2019 por, como bien explicaba nuestro editor Aleix Ibars, «ser obra de un grupo que no solo está nadando a contracorriente por aquello de seguir haciendo música con guitarras sino que lo hace a todos los niveles, desafiando los tempos y rigores de la industria, recuperando la fe en lo que se puede llegar a generar cuando cuatro personas que se comprenden de verdad se reúnen en un mismo tiempo y lugar». Y para qué engañarnos, estos chicos habrían desentonado en el tiempo y el lugar de esta gala.

Precisamente hoy se cumplen ocho años de la publicación de Born to Die, el debut largo de Lana Del Rey, que aunque fue un disco ciertamente cuestionado, fue también «clave para allanar el camino de futuras estrellas como Lorde o Billie Eilish», como traté de explicar en el artículo Por qué siempre debimos creer en Lana Del Rey al señalar que en ese momento se abrió «una etapa en el mainstream cuyas consecuencias siguen por analizar». Una de las consecuencias las vimos ayer televisada: Billie Eilish, con una proyección infinita pero solo un disco a sus espaldas, se alzaba en las cuatro categorías principales otorgadas por la Academia a la vez que su hermano FINNEAS recibía el Grammy al productor del año. Cabe preguntarse si WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO? es la cumbre de una artista de solo 18 años con el futuro más prometedor que se recuerda en el pop en mucho tiempo, o si quizá habría valido la pena esperar a ver qué más pueden ofrecernos ella y su hermano. En esta casa, aun a riesgo de que nos tilden de boomers antes de tiempo, nos parece mucho más interesante cómo Del Rey ha culminado (o no) su viaje artístico tras una década construyendo su propio universo lírico, sonoro y estético, a la altura de las grandes cantautoras, o cómo el productor Jack Antonoff, de forma casi invisible, ha sabido leer las ensoñaciones de dos generaciones tan parecidas como distintas, las de Lorde y Lana, y plasmarlas en lo musical.

Para terminar, no está de más recordar aquello que dijo Frank Ocean sobre la poca importancia de ganar premios Grammy cuando en 2017 renunció a rendir tributo a su admirado Prince –¿no ha sido acaso el homenaje protagonizado por Usher y FKA twigs, a la que ni siquiera se le pidió cantar, totalmente innecesario?– y decidió no inscribir en los Grammys el que probablemente fue el disco del año y, según muchos críticos, de la década que acabamos de dejar atrás: «Ganar un premio de televisión no me bautiza como exitoso. Me llevó algo de tiempo aprender eso. Compré todos mis másteres (para recuperarlos) el año pasado en el mejor momento de mi carrera, eso es tener éxito. ‘Blonde’ vendió un millón de copias sin sello, eso es tener éxito. Soy joven, negro, talentoso e independiente… Ese es mi tributo». Por último, dejémoslo claro: Billie Eilish no ha robado ningún Grammy a nadie, y es precisamente ella (o la también galardonada Rosalía) la esperanza de una industria con claros signos de fatiga, ya que nos recuerda que todavía se puede tener éxito con cierta independencia creativa. Son los Grammys, como institución cada vez más obsoleta, los que se roban a sí mismos año tras año, perdiendo credibilidad y recordándonos que hay espacios paralelos mucho más óptimos para abrazar el arte en mayúsculas. Al fin y al cabo, quizá es una buena noticia que nunca ganen los mejores.

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