19/12/2019

25 álbumes para definir un año de música.

LOS MEJORES DISCOS DE 2019: DEL 75 AL 51
LOS MEJORES DISCOS DE 2019: DEL 50 AL 26

25. Vampire Weekend – Father of the Bride

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Y seis años después, Vampire Weekend nos entregaron un disco dentro del cual nos podemos pasar todo el verano. Y el otoño, y el invierno, y… Porque como reza su primer single ‘Harmony Hall’, “We took a vow in summertime / Now we find ourselves in late December”, el tiempo pasa y aquí seguimos. Y el cuarto disco del grupo comandado (ahora exclusivamente) por Ezra Koenig juega con la percepción del tiempo como pocos: nos ha hecho esperar como ningún otro y, cuando nos invita a pasar, entramos de lleno en el abundante jardín de Vampire Weekend, uno que contiene todas sus facetas, que las muestra y paladea sin prisas, y que por supuesto abre nuevos terrenos que han crecido en estos años. Rezumando clasicismo a través de sus 18 canciones (también algún destello electrónico y/o experimental, como esa deliciosa ‘2021’), en Father of the Bride encontramos canciones que podrían haber estado en sus tres discos anteriores y otras que solo podrían estar en este (las de raíz más country, con colaboraciones de Danielle Haim, o las que muestran al Ezra más crooner), pero sobre todo nos encontramos con canciones que tenían que estar aquí. Aunque a priori un disco de 18 canciones parezca excesivamente largo, un recorrido corte a corte acaba confirmando que cada canción incluida aquí luce su mejor versión y encaja en el recorrido final. Un recorrido, como cuenta el propio Koenig, que sin ser conceptual sí exhibe un paso más en la carrera y la vida de Vampire Weekend: igual que una boda marca el paso simbólico a la vida adulta, este disco nos muestra a unos Vampire Weekend finalmente asentados, con menos preguntas y más certezas, serenos e inspirados. Libres, al fin. (Aleix Ibars)

24. Solange – When I Get Home

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When I Get Home es un disco en gerundio, que siempre está pasando. Cada vez que lo vuelves a escuchar, es un álbum distinto. Encima, tienes que ir tú a por él, porque When i Get Home no se te acerca. Y tampoco se deja atrapar fácilmente: ni en las redes del soul (ni del neo-soul), ni en las del pop negro, ni en las del R&B y ni siquiera, ya puestos, en las de la música urbana. Y, sin embargo, la impresión de que Solange está ampliando y re-significando los límites de todos estos estilos está siempre presente. Si ya hubo oyentes con poca paciencia que soslayaron A Seat at the Table (2016) como un álbum simplemente de soniditos sofis (ejem…), When I Get Home es la continuación extrema de esa idea fragmentaria, elegante y sci-fi, de la aventura sonora hacia el pop desconocido. Un tema como ‘Almeda‘, por ejemplo, es trap sin trap y jazz sin jazz. Se le reconocen elementos de ambas músicas de salida (un rapeado aquí, un piano Blue Note allá; un hi-hat cerca, unas segundas voces cósmicas lejos), pero, de llegada, está lejos, lejísimos, de ambos estilos. Está en la galaxia Solange, la misma donde gravita el holograma de la Diana Ross de los 70 o flotan las producciones plasticosas del Quincy Jones de los 80. Igual que Kanye West después de My Beautiful Dark Twisted Fantasy, igual que Frank Ocean después de channel ORANGE, Solange entrega después de su gran obra expansiva su gran obra implosiva. (Joan Pons)

23. Billie Eilish – WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?

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En un tiempo récord, hemos pasado de prácticamente no saber quién era Billie Eilish a no solo reconocerla como uno de los grandes fenómenos pop de los últimos años sino directamente quedarnos sin adjetivos para definir su fulgurante ascenso. Y eso que la chica no ha llegado aún a la mayoría de edad y acaba de publicar su primer disco (que ha debutado en el número 1 en medio mundo). Sabemos que tiene carisma, que su estética conecta sin tapujos con las nuevas generaciones, que da voz a esa angustia adolescente por la que todos, en mayor o medida, pasamos. ¿Pero es WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO? un buen disco? Esa es la pregunta que hay que hacerse ahora mismo. Y la respuesta es que sí. ¿Es perfecto? No, porque Billie Eilish aún está en pleno proceso de formación como artista y aunque cada tema se sostiene por separado hay una cierta disparidad estilística que lastra el sentido global de este debut largo. Pero el disco sí deja claro que Eilish se mueve fantásticamente en varios terrenos: el del pop electrónico tenebroso y estéticamente subversivo (de ‘bad guy‘ a esa ‘bury a friend‘ que bebe descaradamente de ‘Black Skinhead‘ de Kanye West, pasando por ‘you should see me in a crown‘), el de las baladas intensas (la melodía de ‘when the party’s over‘ es imbatible, y ese triplete final de tono dramático formado por ‘listen before i go‘, ‘i love you‘ y ‘goodbye‘ casi tiene vida propia) y, sorprendentemente, también el del pop de corte clásico que asoma la cabeza en ‘wish you were gay‘, el final de ‘xanny‘ o ‘all the good girls go to hell‘. Lo que aguanta el disco y lo convierte en uno de los debuts del año es la prodigiosa interpretación de Billie Eilish acompañado de la producción rabiosamente contemporánea que firma junto a su hermano Finneas. Todo hecho desde una habitación de su casa. Y que, además de recoger el testigo de las voces del nuevo pop melodramático como Lana del Rey o Lorde, Eilish absorbe también el espíritu generacional de ese emo rap que tenía en XXXTENTACION su principal abanderado y que también se cuela en el éxito masivo de Post Malone. No es el futuro del pop… porque ya es su presente. (Aleix Ibars)

22. Bad Bunny – X 100PRE

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Este no es estrictamente un disco de 2019. Llegó como la declaración de la renta: por sorpresa. En los últimos compases del pasado año, y todavía con el recuerdo fresco de un coloso como Vibras de J Balvin, el conejo malo, aka Bad Bunny, se vio en la necesidad de decir la suya para, de paso, no poner en bandeja el cetro del pop global al colombiano. Para la disputa, el puertorriqueño decidió jugar sus cartas de forma totalmente opuesta a Balvin: uno (Balvin) hizo de su largo un producto redondo, empaquetadito y, en cierto sentido, una rara avis dentro de la escena reggaetonera, un disco con un ojo puesto en la pista de baile y otro en la crítica musical; el otro ha hecho del excentricismo, que también gasta en sus clips y en sus atuendos, una baza. X 100PRE comparte poco más que arte y libreto con un disco al uso. Es en realidad una ristra de temas, parientes lejanos, que conviven bajo una misma idea: dar que hablar. La pátina caribeña, base de la carrera del joven MC, es solo un recuerdo. En el largo se escucha trap, indietrónica e incluso punk. Dieciséis temas donde las colaboraciones demuestran amor por el pasado (El Alfa) y un pie en el presente (Drake, aunque anecdótico en ‘MIA’, cerrando el álbum, siempre es Drake). En todo caso, un disco que sobrepasa los límites del género fetiche de Bunny. Lo hace incluso en las letras, donde se cuela crítica social inédita en la primera línea de reggaetoneros contemporáneos, pese a estar muy vinculada a los inicios del estilo, con canciones como ‘RLNDT’, sobre la desaparición de Rolandito Salas Jusino. Solo el futuro dirá si los polos opuestos se atraen o si el pop global genera trincheras alrededor de sus máximos exponentes. Por ahora, 2019 no puede haber sonado más a Bad Bunny. (Yeray S. Iborra)

21. Little Simz – GREY Area

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No hay persona viviente que se libre de sufrir la crisis vital de los veintipocos. No la ha habido y no la habrá. Ya se sabe: ese asomarse al cuarto de siglo y no solo no saber ni de dónde vienes ni a dónde vas, sino no tener claro ni tu propio nombre. Un jaleo, vamos. Por ese traqueteo emocional te toca pasar, sí o sí, aunque Kendrick Lamar, Jay-Z o Lauryn Hill te hayan puesto por las nubes. O quizá con más razón precisamente por eso: cumplir los 25 sabiendo que semejantes leyendas de la narrativa callejera esperan grandes cosas de ti no debe ser poca cosa. A esa etapa de dudas y tormentos es a lo que Little Simz llama «zona gris» en el título de su tercer álbum. La explicación cromática resulta bastante ilustrativa: a esa edad, no hay nada totalmente blanco o totalmente negro. Todo está acabando o empezando; todo es gris. A partir de incertidumbres nace un disco que aporta muchas certezas a la carrera de esta MC londinense de raíces nigerianas (justo el mismo pasaporte que Skepta) que en tiempos de trap bombástico construido a golpe de programa informático entrega una obra de aires old-school (un amigo de la infancia, Inflo, es el único productor involucrado) con mucho sabor humano: la escuchamos rapear sobre un piano, una batería, un bajo. Recubrimiento de carne y hueso para unas canciones en las que, según el rato, Little Simz puede sonar desafiante, vulnerable, confiada, melancólica o eufórica. A veces, incluso, todo a la vez. Bendito jaleo. (Víctor Trapero)

20. Manel – Per la bona gent

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Ahora que están en boga los tuits de balance de década, el meme que podríamos hacer de Manel es muy significativo: en 2010 aún veríamos a cuatro veinteañeros con ukeleles a plena luz del día en una Barcelona que estaba descubriendo la crisis, y a las puertas de 2020 encontramos a un grupo que se proyecta a contraluz, con sintetizadores, samples y bases electrónicas y en una Barcelona que solo no ha olvidado la crisis sino que ha visto cómo le explotaban en las narices un par o tres más. Esto explica que Per la bona gent, el quinto disco del grupo catalán, sea un trabajo de tonalidades oscuras que, pese a todo, va en busca de la luz. Musicalmente es la continuación lógica de lo que iniciaron con Jo competeixo (2016) y especialmente su canción homónima, pero en este caso abordan ese sonido sintético desde múltiples perspectivas: la psicodélica en ‘Formigues’, la cósmica en la espectacular ‘Per un ram de clamídies’, la sampleada en ‘Per la bona gent’ (que de la mano del majestuoso estribillo de ‘Alenar’ de Maria del Mar Bonet se revela como una de las canciones del año) o la verbenera en ‘Boy Band’. Apostando por un discurso que pasa por reutilizar en forma de sample y de paso homenajear elementos de la cultura catalana (de Maria del Mar Bonet a Els Pets o Lluís Llach, pasando por el poeta Jacint Verdaguer o una semidesconocida Maria Cinta), a nivel lírico encontramos canciones sobre gente que se se queda atrás (‘Canvi de paradigma’), llamadas a la inercia (en la perversamente dulce ‘Aquí tens el meu braç’), hormigas que devoran hogares y cuerpos (‘Formigues’) y divertimentos lingüísticos (‘Per un ram de clamídies’), pero también juegos pseudoreferenciales (‘Boy Band’), relatos intrigantes (‘Les restes’) y monólogos interiores (o no) sobre lo que supone ser buena persona (‘Per la bona gent’). Lo milagroso de Manel, y eso sigue tan intacto al inicio de la década como ahora, es que siempre se salen con la suya contando historias: sean costumbristas o tétricas, narrativas o abstractas, con ukeleles o electrónica, siempre encuentran el punto justo para convertirlas en artefactos pop irresistibles. (Aleix Ibars)

19. Kate Tempest – The Books of Traps and Lessons

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Ni siquiera Kate Tempest, una de las voces autorizadas de su generación, lo tiene fácil para hacer casar sin interferencias literatura y música. Y menos aún para hacerlo en una propuesta que mantenga 45 minutos de atención al stream (o hora y pico enchufado a su directo, como pasó en la última edición del Primavera Sound). La densidad de su cosmovisión se entremezcla con la versatilidad de sus no-rimas, un ejercicio de spoken word que la acerca cada vez más a una relatora, a la figura autorizada de un rito religioso; mucho de espiritual tiene su última entrega, una viva encomienda a encontrar las conexiones y las brechas, lo que nos hace humanos (buen ejemplo, ‘Three Sided Coin’). Su modo de recitar, sin histrionismo, compunge por cercano. Y su fórmula no caduca, cambian los debates: la inglesa no rehuye ningún miedo, conjetura política o tabú. Ni lo hace simple. Camina de lo universal, de lo macro, a lo personal. Sin más ornamento que el manejo de la palabra, la cadencia de su voz y las atmósferas musicales que la acompañan (algunas de las más impactantes, de las que consiguen que Tempest prácticamente vuele sobre ellas, en este largo: ‘People’s Faces’, dolorosamente brutal), consigue referencia tras referencia mantenernos a la expectativa. Los hay que, con similares atributos, han sucumbido a su propia fórmula. Otros compatriotas de Tempest, Sleaford Mods, aunque fieros, empiezan a sonar repetitivos. The Book Of Traps And Lessons flexibiliza las normas. Hace olvidar el debate de qué es literatura (y qué es aquello que la contiene). Cualquier cosa que toque Tempest se convierte en material expresivo de alto voltaje, ya sea un libro, una obra de teatro o, como el caso que nos ocupa, un disco. (Yeray S. Iborra)

18. Bon Iver – i,i

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Acostumbrados a esperar cuatro y cinco años para la llegada de un nuevo disco de Bon Iver, la aparición el pasado mes de julio de dos nuevas canciones de Justin Vernon fue recibida, al menos por mi parte, como el típico single aislado que los artistas sacan por aburrimiento o motivos puramente promocionales. La sorpresa fue grande al descubrir que no, que se trataban de los dos primeros avances del cuarto disco de Bon Iver, publicado ‘solo’ tres años después del catártico tercer álbum 22, A Million y que incluso llegó a salir con prisas, antes de tiempo: la versión digital se avanzó tres semanas hasta el 9 de agosto. No tenía sentido esperar más, reconocía Vernon en una de las pocas entrevistas que ha concedido en los últimos años, esta vez con Zane Lowe para Apple Music. Y es que el poder simbólico de este i,i es enorme. Presentado por su propia campaña promocional como su disco otoñal después del disco invernal (For Emma, Forever Ago), el primaveral (Bon Iver, Bon Iver) y el veraniego (22, A Million), más que eso parece la compleción del círculo para Justin Vernon, el trabajo con el que vuelve a casa después de haberla abandonado casi por accidente (la cabaña de For Emma, Forever Ago), de haber explorado todas sus posibilidades con el expansivo Bon Iver, Bon Iver y de haber superado el punto crítico de colapso que desembocó en 22, A Million, a todas luces su disco más críptico, visceral y oscuro hasta la fecha. Aquel disco fue concebido en un túnel: en la entrevista antes mencionada con Lowe, Vernon habla por primera vez abiertamente de la depresión que sufrió no solo durante la creación de 22, A Million sino hasta un año después de haber publicado el disco, que le llevó a cancelar una gira porque “no podía moverme, no podía salir de casa. Estaba enfermo”. La realidad de ahora es muy distinta: escuchando i,i, seguramente el trabajo más liviano y coral de su trayectoria, uno tiene la inmediata sensación de que Vernon ha visto la luz. De que ha salido del túnel y, quizá creando por primera vez desde un lugar seguro en el que no siente conflicto, este i,i le ha brotado de forma inesperada, relajada pero al mismo tiempo con esa emoción y esa prisa de las primeras veces, cuando uno vuelve a empezar. Es por eso que vemos aquí a todos los Justin Vernons de los discos anteriores combinados: la emoción cruda del primero, la onda expansiva del segundo y la experimentación electrónica del tercero. El resultado es su disco más abiertamente disfrutable de principio a fin hasta la fecha, y con conclusión en la penúltima frase de ‘RABi’, la canción final del disco: “Well, it’s all fine and we’re all fine anyway”. Bienvenido a casa, Justin. (Aleix Ibars)

17. Weyes Blood – Titanic Rising

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De lejos su disco más sofisticado y ambicioso hasta la fecha, el cuarto elepé de Weyes Blood se postula como la confirmación definitiva de una artista con una gran capacidad de diferenciación estilística y ambición, cargada de personalidad y con una enorme cosecha de influencias clásicas. Cantado a través de una lente cinematográfica, con su consecuente abstención de realismo y su dosis pertinente de romance y culpa, Natalie Mering nos acerca en Titanic Rising hasta una nueva forma de entender el amor, el dolor y la pérdida, abordando algunos de los mayores problemas de la sociedad actual de forma claramente sentimental –el cambio climático, el capitalismo…– y construyendo un paralelismo entre ellos y el famoso hundimiento del Titanic. A través de la sutil distorsión tambaleante de ‘Andromeda’, la especialmente cinematográfica ‘Movies’ o la modernidad barroca de ‘A Lot’s Gonna Change’, Weyes Blood demuestra con este disco que no necesita de grandes recursos para triunfar; su grandeza reside en el preciosismo de sus arreglos y en su voz extraordinariamente poderosa a la par que extraña. Con esto se basta para conseguir hacer de cada una de las canciones en Titanic Rising un mundo distinto y, no por ello, menos identificable e inorgánico. (Irene Méndez)

16. Nick Cave & The Bad Seeds – Ghosteen

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En algún momento se contemplará el por ahora díptico del duelo elaborado por Nick Cave como una obra única. Será complicado que se vuelva a repetir una odisea que comenzó con Skeleton Tree y que ahora encuentra en Ghosteen algo de luminosidad, inevitablemente tenue y melancólica, pero que al menos tiene una mínima capacidad curativa. El australiano reemprende el camino que nunca debió recorrer tras el aliento de Else Torp, penúltimo suspiro de su anterior trabajo. Con el factor sorpresa diluido, aparece empeñado en alcanzar su cenit como vocalista, algo que buscó en una dimensión diferente en discos como The Boatman’s Call, y en canciones como ‘Bright Horses’, barítono y falsete se entremezclan para tratar de hallar a su hijo desaparecido. No hay espacio para los escenarios apocalípticos descritos en momentos pasados como ‘Tupelo’, solo galeones y diferentes criaturas que ocupan el particular jardín del Edén del compositor y que convergen en el astro rey, lugar que aparece en repetidas ocasiones como metáfora del encuentro soñado en algún otro mundo. El luto se vela también por Conway Savage, expianista de los Bad Seeds fallecido en 2018 a quien va dedicado el álbum. Los incontenibles lamentos por la pérdida más significativa de la maravillosa ‘Waiting for You’ y de ‘Spinning Song’ prevalecen sobre el resto de los músicos que, más allá de la labor compositiva de Warren Ellis, mantienen un respetuoso papel secundario, pero que se hacen imprescindibles para llevar a buen puerto la larga fantasía del tema que da título al álbum. Habrá que comprobar si en su nueva gira Cave recupera su halo de reverendo macabro y provocador marcando el paso de una banda aplastante. Por ahora toca recrearse en el purgatorio de un autor hegemónico. (Carlos Marlasca)

15. La Bien Querida – Brujería

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Disco a disco, Ana Fernández-Villaverde ha sabido no solo reinventarse sino también construir un imaginario y una personalidad artística reconocibles. También ha sabido hacerse respetada sin meterse en demasiados pantanos experimentales, igual que ha sabido manejar la justa medida de su exposición y su repercusión para el gran público. Ha sabido sobrevivir al colapso del indie y asentarse como una de nuestras más sublimes divas de lo alternativo, ha sacado trabajos notables sin inventar en demasía y sin renunciar nunca a su cándida melancolía. A partir de Ceremonia comenzó a invadir espacios más electrónicos, más sintéticos, y desde ahí no ha hecho sino profundizar en esa faceta, hacia un lugar mucho más oscuro e industrial en Premeditación, Nocturnidad y Alevosía y hacia una fiesta mucho más lumínica, como de tardeo Ibiza, en el climático Fuego. Ahora, con René de Axolotes Mexicanos como nuevo productor y con su banda replanteada, Brujería supone la síntesis de todos los pasos, como un disco de madurez de esos rotundos en toda regla. Nada sobresaliente, nada tan extremado como en los anteriores, pero la misma delicadeza, valentía, voz celestial, talento melódico y empuje sonoro, e incluso un paso más en el uso de las guitarras, como puede demostrar canónicamente ‘Morderte‘, de lo mejor del disco. Quizá se queda un poco corto el paraguas que lo cubre, la brujería, ya que solo aparece realmente en algunas transiciones o en algunas outros, como si hubiera sido una decisión de última hora para darle un sentido más discursivo a un disco de canciones ya planteado, que es lo que en definitiva es. Ya sea por ese primer tramo que se cocina lento y que culmina en el fantástico dúo ‘Déjame Entrar‘ junto a su antiguo teclista, ya un nombre propio instituido por sí mismo (La Estrella de David), y que recuerda mucho a ese EP colaborativo entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge (y un poco a los Arcade Fire de Reflektor). Ya sea por las baladas más atmosféricas como la progresiva ‘Miedo‘ o ‘Nubes Negras‘. Ya sean los temas más vigorosos, los dos singles, esa ‘¿Qué?‘ magníficamente mezclada y armonizada en la que La Bien Querida se arriesga a poner su voz frágil contra el torrente de Diego de Carolina Durante o ese trallazo a lo New Order que es ‘Me Envenenas‘. La brujería de verdad es lo que hace Ana con su voz, lo que hace René con los detalles sintéticos, con los arpegios, con los teclados, con las programaciones espaciales, con las baterías intensitas y los redobles épicos, con el bombo cubierto. Y, bueno, lo que hace cuando se junta con Los Planetas y suma a toda la ecuación cósmica ese sonido que tanto ha caracterizado su última etapa y Zona Temporalmente Autónoma… que termina saliendo una maravilla como ‘Domingo Escarlata‘, sin duda una de las canciones nacionales del año. Brujería no es sobresaliente, pero es el disco que haría una de las artistas más sólidas y seguras de cualquier escena. Qué sorpresa que lo saque La Bien Querida. (Diego Rubio Méndez)

14. Nilüfer Yanya – Miss Universe

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Apunten bien su nombre…”. Así empecé el primer artículo publicado en esta página web sobre Nilüfer Yanya. No era para meterle gancho al asunto. Era porque las escasas canciones que la joven londinense había publicado hasta ese momento me habían hecho vibrar sobremanera. Ella también debe vibrar mucho por dentro, o así me gusta imaginarlo. En Miss Universe, uno de los debuts más sólidos del primer tramo de este año, se empeña en confirmarlo desde su misma apertura, ‘In Your Head’, que se erige como una canción de pop-rock canónica mediante su impresionante rango vocal y ráfagas de guitarras y batería que rezuman paranoia crujiente, rabiosa y adictiva. ‘Paralysed’ sigue enfocándose en aquellos momentos en que la ansiedad moderna hace que la claridad mental sea prácticamente imposible, pero Yanya parece resolverlo todo bien con su fusión de jazz, soul y guitarras eléctricas. De la apasionada ‘Angels’ a la minimalista ‘Paradise’, con un excelso saxofón de su colega Jazzi Bobbi que ubica el tema en coordenadas casi funk para acabar entregándolo a un esplendoroso final punk-rockero, pasando por la eufórica ‘Baby Blue’, corte R&B que deja entrar beats contundentes, coros cósmicos y samples a lo Jamie xx hasta conferir a la británica su aspecto más bailable, no hay tema que no convenza más allá de los numerosos interludios, a veces salgo tediosos, en los que ella misma interpreta el contestador distópico de un centro de salud mental. Los claroscuros emocionales también afloran a través de inquietante synth-pop (‘Heat Rises’ o ‘Tears’) o de momentos baladescos-aunque-tampoco-mucho (‘Safety Net’ o ‘Monsters Under the Bed’). Aunque el cierre del disco, ‘Heavyweight Champion of the Year’, trata sobre autoponerse límites, es improbable que ella lo consiga. Asusta imaginar de lo que todavía es capaz. (Max Martí)

13. Helado Negro – This is How You Smile

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Roberto Carlos Lange es uno de tantos hijos de emigrantes latinos que, mal que le pese a Donald Trump, es ciudadano estadounidense con todas las de la ley. Sus padres son ecuatorianos, pero nació al sur de Florida en 1980. Creció en Miami, desde donde más tarde se mudaría hasta Brooklyn. Hace años que en la escena musical del borough neoyorkino más popular se le conoce como Helado Negro. Con ese alias viene publicando pequeñas grandes canciones desde 2009, aunque pocas veces se le ha visto utilizarlas como instrumental abiertamente político (más allá de aquella ‘Young, Latin and Proud‘ que llegó puntual a la victoria de Trump en las elecciones de 2016). Sin embargo, su concepción de la música es una humilde pero orgullosa reivindicación de la mezcla, de la fusión, del mestizaje: castellano e inglés, raíces y experimentación, pasado y futuro, instrumentos «reales» y electrónica, campo y ciudad, costumbrismo y misticismo. Todo convive en su propuesta tal y como convive en sí mismo. Una propuesta perfeccionada definitivamente en This is How You Smile, disco que toma su título de un cuento publicado por Jamaica Kincaid en The New Yorker en 1978 que narra los consejos que una madre emigrante le da a su hija en base a sus vivencias. Sus 40 minutos, que pasan entre rasgados de guitarra acústica que parece mentira que no se le hayan ocurrido antes a alguien, sintetizadores que aparecen y desaparecen mágicamente, notas de piano que se quedan suspendidas para siempre en el aire y algún arrebato de funk suavecito, suenan precisamente a eso: a esa batallita que tu hermano, tu madre o tu abuelo nunca contarán las suficientes veces; al poder siempre infravalorado de lo familiar. La primera vez que escuchas canciones como ‘País Nublado‘, ‘Running‘ o ‘Two Lucky‘ ya tienes la sensación de estar recordándolas. Helado Negro crea un clima de confianza desde la inicial ‘Please Won’t Please‘, desde que arrastra la e final de ese segundo «pleaseee», y te cuenta su vida al oído para que mejore la tuya. (Víctor Trapero)

12. Jamila Woods – LEGACY! LEGACY!

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Hablar de Jamila Woods como una simple voz bonita es quedarse en la más absoluta superficie. O hundirse en la más irrelevante de las miserias, según cómo se mire. La de Chicago, que todavía no alcanza la treintena, es entre otras cosas poeta, cantante, activista y profesora, y cada uno de estos ámbitos en los que destaca puede percibirse en su envolvente neo-soul de matices R&B, funk, jazz y hip hop. Sí, quizá muchos llegamos a ella a través de sus colaboraciones con Chance the Rapper, bendecidos poco más tarde por su disco de debut HEAVN (2017), pero es a través de esta reválida, LEGACY! LEGACY!, cuando empezamos a entender mejor quién y cómo es Jamila. Y no solo porque a lo largo del álbum desvele vicisitudes sobre ella misma y sus antepasados, a quienes agradece poder transitar hoy por ciertas corrientes tanto musicales como sociopolíticas, sino también por cómo logra imprimir la opresión y las adversidades de las personas de color a lo largo de un trabajo en el que voz, instrumentación y producción se han cuidado al detalle. Cada corte del álbum lleva el nombre de un icono cultural que inspiró y allanó su camino (cantantes y músicos como Betty Davis, Miles Davis, Muddy Waters, Eartha Kitt y Sun Ra, pero también poetas, escritores, activistas y artistas como Zora Neal Hurston, Nikki Giovanni, Sonia Sanchez, Jean Michel-Basquiat, Octavia Butler y James Baldwin). Y ahora sí, podemos hablar también de esa preciosa voz que te derrite el alma. (Max Martí)

11. Carolina Durante – Carolina Durante

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Parecía una boutade. Ingeniería pop para alguien que se tiene demasiado en buena consideración. Nada más lejos de la realidad: lejos del ji-jí-ja-já de ‘Cayetano’ y ‘El Himno Titular’ había recorrido. O, como mínimo, había otras tantas canciones con gancho, con una idea de partida válida, a medio camino entre la nostalgia y el gracejo posmo. Carolina Durante han demostrado no ser flor de un día con un primer álbum homónimo que, apriorismos sobre la mesa, atufaba a relleno, pero que ha acabado demostrando desde buen inicio que había chicha (de hecho, no incluyen sus dos primeros éxitos en el largo, borrón y cuenta nueva). Algo revivalera la base, sí. Pero buenos temas, y algo de autoparodia (dígase ‘Las Canciones de Juanita’). La banda madrileña ha apartado rumorcillos y rumorazos rosas a golpe de guitarra. Sin autotune o aires lo-fi; ser un auténtico outsider del rock, quién lo iba a decir, en los tiempos que corren de hegemonía de lo urbano. Guitarras ochenteras y homologables a Los Nikis o a los primeros Radio Futura, o al pop-punk tan madrileño de Parálisis Permanente. Carolina Durante están hoy hasta en la sopa. Son uno de los grupos del año, de los más rayados, y con motivo. Diez, en concreto. (Yeray S. Iborra)

10. Sharon Van Etten – Remind Me Tomorrow

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Como tan bien explica nuestra compañera Raquel Pagès, la nueva mudanza de piel de Sharon van Etten nos ha traído su mejor versión. En un momento vital de plenitud tanto personal como profesional, la autora norteamericana ha aprovechado los cinco años de silencio desde Are We There para cumplir varios retos: estudiar psicología en la universidad, desarrollar su carrera como actriz, centrarse en su pareja (Zeke Hutchins, batería de la banda y ahora también mánager) y, sin buscarla especialmente, la maternidad. También para afrontar la composición desde una posición diferente a la de siempre: desde el sinte. Así, ayudada en la producción por el infalible John Congleton, ha transformado su lenguaje musical, solidificándolo y superando definitivamente la fase, digamos, más desnuda y vulnerable, a la vez que ha reconstruido su discurso en la misma línea. Remind Me Tomorrow es el limpio y orgulloso reflejo de la propia Van Etten: una reconciliación consigo misma y con todas aquellas vivencias que, al fin y al cabo, le han conducido a donde está ahora, a quien es ahora. La mirada atrás de la elegante (hola, The National) y catártica ‘Seventeen’, a la Sharon con 17 años que recorría Nueva York, es la mejor prueba de ello; así como también la poderosa ‘Comeback Kid’. Aun siendo más sintético y electrónico que sus precedentes, en Remind Me Tomorrow no hay renuncia alguna al dramatismo melódico y vocal, con joyas subterráneas como ‘Jupiter 4’, ‘Memorial Days’ o ‘Hands’; pero desde una fortaleza que esperamos que ya nunca abandone. (Pablo Luna Chao)

9. Clairo – Immunity

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No era exactamente su primera canción, pero sí era su primer acercamiento al éxito sin todavía saberlo: en agosto de 2017, a pocos días de cumplir 19 años, Clairo colgó en YouTube un vídeo cantando ‘Pretty Girl sentada frente a la webcam de su ordenador. Outfit oficial de estar por casa, anticoreografía boba, lyrics de karaoke cutre sobreimpresionadas. El documento, puro DIY, ya visto casi 43 millones de veces, no se diferencia en nada del de cualquier otra chavala o chaval con ganas de enseñarle al mundo su música. Solo dos años después, en agosto de 2019, Claire Cottrill publicaba su primer álbum, Immunity. A Clairo la hemos visto hacerse mayor musicalmente hablando delante de nosotros, single a single, colaboración a colaboración (con Cuco, Danny L Harle o Rejjie Snow, por ejemplo). 24 meses para dejar atrás su habitación y salir al mundo. Del bedroom pop al pop sin prefijos, pop a secas. Nunca habíamos escuchado cantar tan alto y tan claro a Clairo como en Immunity, quién sabe si por falta de medios o de confianza. Ahora, visto lo visto, confianza le sobra: hace estribillos hablando de ideas suicidas (‘Alewife‘), de la artritis juvenil que sufre desde los 17 (‘Sinking‘), de enamorarse de su mejor amiga (‘Bags‘) o de sentirse muy sola con 15 años y refugiarse-fustigarse escuchando el Loveless de My Bloody Valentine (‘White Flag‘). Es posible que toda una generación ahora haga lo mismo con los medios tiempos que pueblan este Immunity que es el lógico paso intermedio entre el fenómeno de internet que ya se fue y la estrella pop que está por venir. El salto hacia delante en cuanto a sonido es evidente, pero las aportaciones de Rostam a la producción, Dave Fridmann a la mezcla y Danielle Haim a la batería son lo suficientemente sutiles como para que las cosas de Clairo todavía parezcan las nuestras. (Víctor Trapero)

8. Fontaines D.C. – Dogrel

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Con su álbum debut Dogrel, los dublineses Fontaines D.C. no solo han actualizado el punk rock grosero y destartalado de los 70, resultando de ello un imaginario en el que The Fall o los Stooges habrían pasado por el conservatorio; también han revisado el manual del inconformista adoptando una actitud comprometida y constructiva ante los desajustes políticos que están pervirtiendo a esa jovencita echada a perder a la que llamamos Europa. Ante las desavenencias de un poder corrupto y un sistema asentado en el eterno desequilibro, ellos ya no hacen la rabieta, sino que empatizan con la injusticia y en base a ello energizan su música y poetizan sus letras. El resultado es una imagen de Dublín pasada por un filtro gris con la que tratan de dignificar su sociedad y su cultura. De algún modo, en la línea de IDLES o Shame, cierran esa tarea que el punk dejó inconclusa por no entender que en sus pataletas estaba ese empujón para dejar de dar palos al aire con la mera protesta. “My childhood was small, but I’m gonna be big”, escupen en el tema ‘Big’ entre percusiones agresivas y un acorde atascado en el metal, demostrando que ellos no se alimentan ni de la rabia aislada del punk ni de la pasividad pura del romanticismo, sino que buscan el sentimiento que hace pobre, le ponen el foco y desde allí construyen sobre las ruinas. (Lluc Mulet)

7. Purple Mountains – Purple Mountains

Que David Berman muriera apenas tres semanas después de la publicación de su disco como Purple Mountains ha cambiado inevitablemente la forma en la que este disco ha sido recibido por el público, pero lo cierto es que incluso en el momento de su lanzamiento ya era un acontecimiento tremendamente especial. Se trataba del retorno a la música de Berman tras una década de silencio y retiro absoluto, desde que en 2009 desmanteló esos Silver Jews que en su día nacieron, recordemos, junto a Stephen Malkmus y Bob Nastanovich de Pavement. Historia del indie rock estadounidense, vaya. Se trataba, eso sí, de un retorno agridulce, cuando no directamente agrio, puesto que Berman ya reconocía en las canciones de su nuevo proyecto, escrito tras la ruptura de su matrimonio de 20 años, que ‘All My Happiness Is Gone’, que todo era ‘Darkness and Cold’ y que ‘Maybe I’m The Only One For Me’. Pero lo hacía con tanta vitalidad melódica, ahora con los vientos de ‘Margaritas at the Mall’, con la plácida elegancia acústica de ‘I Loved Being My Mother’s Son’ (compuesta tras la muerte de su madre), con las cuerdas de ‘All My Happiness Is Gone’ o el casi optimismo de ‘Storyline Fever’ –donde percibimos la mano a la producción de Jeremy Earl y Jarvis Taverniere de Woods–, que casi nos creímos que había vuelto para quedarse. Su muerte el 7 de agosto de 2019, finalmente catalogada como suicidio a solo tres días de empezar la gira de presentación del disco, no solo nos deja con un vacío enorme sino con la duda sobre el sentido final de este disco: ¿fue Purple Mountains su regalo final antes de irse o un intento fallido de volver a empezar? En cualquier caso, le estaremos agradecidos eternamente. (Aleix Ibars)

6. Ferran Palau – Kevin

(Escúchalo)

Hace poco el algoritmo de YouTube ha considerado que pueden hacerme gracia los vídeos de cocineros italianos enfadados. Hoy mismo me ha recomendado uno en el que varios de ellos son sometidos a la tortura de ver cómo los vídeos más vistos con recetas de carbonara son, sin excepción, sacrílegos. Ajo, beicon, pimienta, más ajo, perejil… No se dan cuenta, exclama uno, que la cocina romana es pobrísima. Tiene poquísimos ingredientes. La carbonara talibán solo lleva, pasta aparte, yemas de huevo, guanciale y queso. Ese minimalismo autoimpuesto, esa austeridad protegida como un tesoro, me fascina. Habrán adivinado ya que la sinapsis con Kevin me saltó por ahí. Porque como en un carbonara romana, Ferran Palau mantiene aquí los ingredientes al mínimo y el plato vuelve a salir delicioso. Vuelve a cantarte casi al oído y sus canciones vuelven a ser habitaciones a oscuras. Banda sonora para un coche que flota. ‘Kevin’ recuerda a ese segundo glorioso de Oso Leone. ‘Una Llum’ o ‘Què serà de mi?’ descansan composiciones geniales en un manejo de las texturas y los espacios sonoros que las hacen más grandes todavía. Y en ‘Flora’, Palau se deja influir por el trap y entrega una de mis canciones favoritas del año. El disco, en fin, pasa como un suspiro. Actúa como un ansiolítico. Te baja las pulsaciones, te reconcilia con la calma y te invita a un mundo, solo un rato, en el que puedes respirar profundo y alguien te acaricia el pelo. Y al final, como anuncia en ‘Univers’, funciona como funcionan los medicamentos: només em necessites una mica mes. (Daniel Boluda)

5. Angel Olsen – All Mirrors

(Escúchalo)

Angel Olsen ha demostrado de largo ser una artista que se deja llevar por el corazón. De ahí sale el salto dado entre el introspectivo y receloso Burn Your Fire For No Witness y la magnificación expresiva y musical que supone My Woman, un disco en el que, diseñando su propio imaginario de rock atemporal, expandió todos sus límites y se puso en primer plano, dispuesta a enfrentar lo que viniera, sin miedos y forzando siempre el cara a cara. Y del mismo dejarse llevar viene este All Mirrors despampanante en el que la cantautora de Missouri sigue sus instintos y vuelve a esquivar nuestras expectativas. Mientras giraba extensamente aquel trabajo, Olsen se encontró con una demoledora ruptura y se desprendió de nuevo de sí misma. Empezó a escribir canciones de rabia y de desolación mientras terminaba el tour, y en cuanto pudo se encerró consigo misma en Anacortes para encontrarse de nuevo con sí misma. Guitarra y papel en mano, de ese retiro espiritual, personal y artístico salieron muchos de los temas que Olsen recuperó para su disco de joyas y rarezas en forma de canción que es Phases, un estudio de sí misma como autora, y de esa epifanía surge también la base lírica de All Mirrors. Las canciones, desnudas, pedían hacerse más grandes, como la propia Olsen, y ella y John Congleton (su productor habitual) tuvieron el pálpito de probar con arreglos de cuerdas. Le llevaron el disco a Ben Babbitt para convertirlo en una catedral barroca de art-folk-pop brumoso y sintético y cerraron unas cuantas sesiones en el Studio A de la United Recording de Los Ángeles con Jherek Bischoff como conductor. Cuenta Angel que el segundo día de aquellas sesiones coincidía con su cumpleaños, un 22 de enero, y que fue entonces cuando recordó que, cuando tenía 9 o 10 años, su madre la llevó, precisamente por su cumpleaños, a ver El Cascanueces, cerrando quizá un ciclo premonitorio. Que le da la razón a Olsen, que siempre se dejó llevar por el corazón. All Mirrors es su cumbre como autora, una nueva versión de sí misma y en el fondo la misma de siempre, pero más madura que nunca, asumiendo la madurez como algo que no terminará de llegar nunca. Es un glorioso manifiesto de amor propio y realización personal, y el cenit de la forma de escribir cinemática de Angel Olsen, abrazada ahora por una compleja envergadura de cuerdas y entre pulsos sintéticos, lirismo épicamente contenido y oscuridad noir. Un disco que habla del paso del tiempo y cómo este nos hace cambiar en todos los aspectos (‘All Mirrors‘, ‘Spring‘), incluso en la forma en la que nos vemos a nosotros mismos o vemos a otros (‘Endgame‘). Que habla de las malas interpretaciones que hacemos del amor (‘Too Easy‘, ‘New Love Cassette‘, ‘What It Is‘), de autoconocimiento (‘Lark‘, ‘Impasse‘), de pérdida y de la necesidad de reconectar con uno mismo (‘Tonight‘). De la depresión (‘Summer‘) o de la tan necesaria aceptación de las propias necesidades emocionales (‘Chance‘). De “estar” («It’s hard to say forever love / Forever’s just so far / Why don’t you say you’re with me now / With all of your heart?»). All Mirrors es todas las versiones de uno mismo que somos a la vez y a través de los años. Es todas las caras que vemos de los demás, del mundo que nos rodea y que muta frente a nosotros con más frecuencia de la que somos capaces de asumir. Un disco importantísimo de una de las artistas más definitorias de la década que dejamos atrás. (Diego Rubio Méndez)

4. Big Thief – U.F.O.F. / Two Hands

(Escucha U.F.O.F. / Escucha Two Hands)

Que Big Thief son el grupo del año es algo que no tiene discusión: no hay más que mirar en este propio top 10 para comprobar que, salvo Fontaines D.C., el resto está poblado por artistas en solitario. Eso sí, ningunx de ellxs puede decir que ha publicado dos discos, y sobresalientes además, este mismo año. El cuarteto formado por Adrianne Lenker, Buck Meek, Max Oleartchik y James Krivchenia sí puede decirlo, y con una historia que aún hace más atractiva la escucha conjunta de U.F.O.F. (publicado en mayo) y Two Hands (publicado en octubre): según han explicado, se trata de dos discos gemelos, y mientras el primero es el hermano celestial, el otro es el retoño terrenal. De ahí que, aunque funcionen como obras independientes, se puedan considerar una sola obra en espíritu como hemos decidido hacer en esta lista. Porque más que dos discos, U.F.O.F. y Two Hands son dos caras, dos expresiones de un mismo momento para Big Thief: un instante de plenitud creativa total. Decir que están en estado de gracia es un poco redundante, pero es que lo están: tras dos primeros discos solidísimos como Masterpiece y Capacity, sin olvidar el álbum en solitario de Lenker, este año han dado rienda suelta a su creatividad en estas 22 canciones (13 en U.F.O.F., 10 en Two Hands) que van desde el folk místico de ‘Open Desert’ al desgarro de ‘Not’, del country clásico de ‘Cattails’ al canto pop de ‘Forgotten Eyes’, de la tensión nocturna de ‘Jenni’ a la confesión cristalina de ‘Two Hands’. Todas comparten un rasgo común: una capacidad enorme de llegarte, sea arañándote o abrazándote, y siempre, siempre, un derroche de empatía sobrenatural. Un disco, U.F.O.F., grabado en una cabaña en el bosque al norte de Estados Unidos; el otro, Two Hands, capturado apenas unos días después en el sur del país, con la sequedad y el calor del desierto como telón de fondo. Uno más cálido y ensoñador, el otro más crudo y despiadado. Uno que nos muestra al grupo en portada a media distancia, con un frondoso bosque como fondo; el otro que se acerca a ellos hasta un primer plano, donde aparecen arremolinados y con tonos ocre de fondo. Pero, al fin y al cabo, los dos son obra de un grupo que no solo está nadando a contracorriente por aquello de seguir haciendo música con guitarras (de nuevo, miren este top 10) sino que lo hace a todos los niveles, desafiando los tempos y rigores de la industria, recuperando la fe en lo que se puede llegar a generar cuando cuatro personas que se comprenden de verdad se reúnen en un mismo tiempo y lugar. Porque, realmente, no hay un grupo ahora mismo mejor que Big Thief. (Aleix Ibars)

3. Tyler, The Creator – IGOR

(Escúchalo)

Igor –monstruo incomprendido y falto de amor– es solo el último de los muchos personajes paria y semipsicópatas en los que Tyler se ha refugiado en su música desde que fue un Goblin en 2011. Ocho años y seis álbumes más tarde, parece seguir sintiéndose un extraño en su cuerpo y hasta en su propia mente, aún incapaz de habitar un lugar que sea sosegado, familiar y de paz. Pero, ¿cuál es la marca del genio y artista, sino la de alguien en profundo conflicto consigo mismo y su inadaptación al mundo que le rodea, y la necesidad que surge de esto de expresarse a través de su increíble talento creativo? El tremendo conflicto que le acosa –que muy probablemente tenga que ver con su difícil relación con la propia sexualidad– es el que tiñe, precisamente, de rosa y negro (la paleta del artwork del álbum) todo este proyecto: por un lado, el glamour decadente setentero/ochentero que tanto le gusta, y por el otro, el punk y la fuerza del hip hop oscuro con esa rabia que le caracteriza. Con su capacidad para vomitar sus entrañas y proyectar sus visiones ensoñadas, Tyler, The Creator es sin duda, a sus aún escasos veintiocho años, uno de los artistas más influyentes de nuestra generación. Los mundos que él ha inventado –que van del oscurantismo suicida-trendy de ‘Yonkers‘ a los coloridos patrones de florecitas de su marca Golf– han creado escuela. Pero aunque ha aportado tantísimo a la paleta estética de una generación entera, es como si toda su obra fuera un guiño a bromas que solo él entiende perfectamente. Por eso su música es honesta y a la vez hermética. Uno no sabe si debería tomárselo en serio, y apreciar cada matiz, o si es todo una parodia, en cuyo caso serías estúpido tratando de intelectualizar su movida; uno no sabe si todas esas instrumentales emulando soul y funky costero, o esas letras que hablan tan punzante y directamente sobre desamor, son realmente lo que parecen, o si tienen una segunda intención irónica devastadora. Es un poco un caso de Pedro y el lobo: Tyler es tan cool que abruma, por eso cuando se muestra humilde y vulnerable cuesta creerle. Sin embargo, IGOR puede haber puesto fin a todo eso. En un álbum con un trabajo instrumental tan genial y cuidado, con unas letras tan reveladoras, con unas colaboraciones tan serias, resulta imposible no tomarle cien por cien enserio y pagarle reverencia. Para lograrlo, ni siquiera ha tenido que desviarse de su propio estilo (que es muchos a la vez) y complacer tendencias recientes del hip-hop. IGOR ahonda aún más en la rareza que es Tyler, pero esta vez de forma más madura, matizada, segura de sí. Más allá del maravilloso ‘EARFQUAKE‘ –122 millones de reproducciones en Spotify hasta la fecha–, por lo antipop de sus estructuras, este es un álbum sin hits que ha debutado en el #1 de Billboard. Él mismo insistía a su release en que hay que escucharlo da capo al fine y estando bien atento. Y la verdad es que es como un buen cuadro: cada vez que lo revisitas detenidamente te vas dando cuenta del genio, el color y la profundidad que contiene. Es una genialidad y, como tal, no es inmediatamente digerible. Pero cuando entra bien, entiendes que Tyler, The Creator es uno de aquellos artistas imprescindibles que hay que proteger a toda costa. (Luca Dobry)

2. FKA twigs – MAGDALENE

(Escúchalo)

Hasta ahora, la música de Tahliah Barnett aka FKA twigs parecía no entenderse del todo de forma independiente: necesitaba el complemento de un videoclip o de una puesta en escena para generar las emociones que aparentemente buscaba y no quedarse, simplemente, en un ejercicio de alucinante ingeniería sonora. La prueba de esto es que el lanzamiento de M3LL155X, su EP de 2015, estuvo acompañado de un corto de 16 minutos que ponía imágenes a cuatro de sus cinco cortes. La revolución que supone MAGDALENE, su segundo álbum, el primer material que edita precisamente desde ese M3LL155X, es total. No es solo que sus nueve canciones no necesiten un añadido visual, sino que directamente son capaces de generar sus propia película en la cabeza de cualquiera que las escuche. Quizá sea porque, a pesar de que en su portada luzca menos humana que nunca, los sentimientos que empujan el nuevo disco de la británica son absolutamente humanos: no cuesta ver su música porque también habla de nosotros aunque nuestro ex o nuestra ex no sea una estrella de Hollywood. Barnett acostumbraba a usar su voz como un instrumento más, pero aquí, por primera vez en su carrera, la usa para contar cosas. Imposible no trazar un paralelismo entre la figura de María Magdalena, quizá el personaje histórico más juzgado de todos los tiempos, y la de la propia FKA twigs, que de repente, entre 2014 y 2017, se vio en los tabloides ingleses por su relación con Robert Pattinson. Ese episodio y los problemas de salud derivados de unos fibromas en el útero ya superados marcan este MAGDALENE, tal y como ha contado su autora. Esta es, por lo tanto, una historia de dolor, pero también de curación y resurgimiento. «El tiempo de una mujer para abrazarse, ella debe ponerse a sí misma en primer lugar», canta en ‘mary magdalene‘. El personaje bíblico no ha podido contar su propio relato, pero twigs quiere contar el suyo por encima de sus circunstancias vitales y de las circunstancias de este disco: no hay sonido dispuesto por la lujosa plantilla de productores (Nicolas Jaar, Oneohtrix Point Never, Benny Blanco, Skrillex, Kenny Beats, Cashmere Cat: ahí es nada) que desplace a la voz de FKA twigs, que no deja de hacer piruetas durante los casi 40 minutos que van desde ‘thousand eyes‘ y sus melodías vocales que se despliegan en cascada como si fuera canto gregoriano venido del futuro hasta el cierre insuperable de ‘cellophane‘. Entre un momento y otro, la frontera que separa clasicismo y vanguardia se difumina. FKA twigs entra en MAGDALENE como una artista y sale de él descompuesta en varias. Ya ni siquiera podemos decir con exactitud que hace R&B. Tendíamos a ponerla en conversación con otras voces como Solange o Kelela, pero ahora solo corresponde emparejarla consigo misma. (Víctor Trapero)

1. Lana Del Rey – Norman Fucking Rockwell!

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Norman Rockwell, el pintor neoyorquino que inspira el sexto disco de Lana Del Rey, solía quejarse a menudo de que “nunca iba a poder crear una gran obra, una obra maestra”. Sus primeros trabajos, que reflejan a modo costumbrista, casi propagandístico, la vida de las familias de clase media norteamericanas en los felices años 20, inundaron infinidad de hogares, comercios, calles y portadas de revistas en los Estados Unidos. Sin embargo, él siempre se sintió infravalorado y ajeno a las vanguardias museísticas; comúnmente, su obra fue acusada de patriotismo pop insustancial, de kitsch y de burguesa por la crítica de la época. ¿Les suena? Sin embargo, las explicaciones de Del Rey sobre la elección de dicho título son ambiguas, irónicas, desconcertantes: “Es una pequeña referencia cultural”. En ciertos momentos de su carrera, Rockwell experimentó algo así como revelaciones que le llevaron a manifestar una visión más crítica y mordaz de la sociedad en sus obras. «La mayoría de las veces, trato de entretener con mis portadas. De vez en cuando, siento la necesidad incontrolable de decir algo serio», aseveró en una ocasión. Dichas palabras nos hacen pensar en ‘Looking For America‘, canción que Lana estrenó por sorpresa poco antes de la publicación del álbum que nos ocupa y que no fue incluida en el mismo, pero que nos sirve, quizá mejor que ninguna otra en su catálogo, para entender a la artista. Aún conmocionada por los tiroteos masivos que tuvieron lugar en El Paso y Dayton, Del Rey llamó a su productor Jack Antonoff para meterse en el estudio y, en escasas tomas, grabaron una vehemente balada sobre una América que no existe más allá de la propia imaginación de su autora: «Todavía estoy buscando mi propia versión de América / Una sin armas, donde la bandera pueda ondear libremente».

Cada vez que hemos querido biografiar a Del Rey, desentrañar y destripar su personaje, ella ha respondido inundando el mundo de canciones en las que confluyen pasado, presente y futuro; en las que, como en la apoteosis de nostalgia y clasicismo que es ‘The Greatest‘, una falsa alerta de misil en Hawái, los incendios que arrasaron Los Ángeles o el eterno delirio de un rapero megalómano construyen una emocionante diapositiva de nuestra era; viñetas con las que nosotros mismos podemos jugar a reescribir la historia de una América que se desmorona. ¿Hace más calor solamente en Los Ángeles, o está ardiendo todo el planeta? ¿Es solo Kanye, o estamos todos cada vez más perdidos? Lejos de responder a estas preguntas, Lana logra que nos las hagamos nosotros. Ella, con la clarividencia de quien baila en un mundo al borde de su propia extinción, simplemente escribe versos sangrientos en las paredes de su habitación mientras busca consuelo en un Hollywood en ruinas; en una California que ya no existe, que ahora es más bien un estado mental. Sus musas casi siempre son topónimos –el Laurel Canyon, el Mariners Apartment, la playa de Venice, la calle Sunset Boulevard–, y revive la mitología de estos lugares de la mano de Joni Mitchell, Neil Young, Elton John, Led Zeppelin o los Beach Boys. Consciente de que, al menos a corto plazo, su ritual de brujería para sacar a Trump de la Casa Blanca no va a surtir efecto, su refugio son ahora las palabras.

Y en Norman Fucking Rockwell!, Lana emplea las palabras como nunca lo había hecho, o como siempre lo hizo, aunque quizá no estábamos escuchando con la atención que merecía. Porque su creación no es el póster estático que algunos quisieron ver –el cuadro que empezó a pintar en 2012 con Born to Die no está ni de lejos terminado–, sino un lienzo en constante transformación y movimiento. Sus canciones pueden ser viajes que nunca terminan, pero te quedarías en ellas para siempre. Como en los benditos diez minutos de épica, catarsis y alucinaciones terriblemente bellas y evocadoras de ‘Venice Bitch‘, que arranca como una balada acústica de la antigua radio, nos revuelve las entrañas con referencias a la poesía de Robert Frost y nos hace surfear entre colosales olas de ácido, solo perforadas por los rayos de sol californianos. Pero también como en la sombría balada retrosetentera ‘Mariners Apartment Complex‘, donde la artista que tantas veces fue catalogada como diva triste y anclada en el cliché del viejo Hollywood asegura que sacaron su tristeza «fuera de contexto»; donde quien una vez dijo que «desearía estar muerta» al rememorar a sus héroes más autodestructivos, Kurt Cobain y Amy Winehouse, exclama que no es «una vela en el viento» y está llena de vida; donde la mujer que en sus inicios fue acusada de antifeminismo susurra hoy un desafiante «soy tu hombre».

Porque sí, el ensañamiento público hacia Lana Del Rey a principios de la década fue sangrante y las críticas que recibió, en muchos casos, machistas. Pero del mismo modo que bajo el mandato de un presidente misógino la bandera norteamericana ya no ondea en sus conciertos, aquellos hombres crueles y abusivos que la atormentaban en Ultraviolence no pueden seguir disimulando, a estas alturas de 2019, la masculinidad tóxica que subyace en su intento de parecer siempre fuertes, como tampoco pueden culpar a las noticias de su mala poesía. Como las grandes naciones, estos hombres se están hoy derrumbando, pero Del Rey, que no ha perdido ni un ápice de empatía –tampoco la esperanza, como canta solemnemente en el cierre–, deja que todos ellos lloren en su regazo. Nos acercamos a unos nuevos años 20 –no sabemos si felices, ya que esta vez no estará el bueno de Rockwell para ilustrarlos–, pero antes de dar paso a esta era desconocida, dicen que oscura, Lana Del Rey ha querido dejar, en forma de disco, un valioso testimonio del fin de ciclo. Un álbum que sigue acentuando sus aristas, sus luces y sus sombras, pero que diluye cualquier duda acerca de su talento. «Y estábamos tan obsesionados con escribir el siguiente mejor disco americano / que dimos todo lo que teníamos hasta el momento en que nos acostamos / porque sabíamos que podíamos», proclama en el décimo corte de este irrepetible testamento para las futuras generaciones. Y oye, lo ha conseguido. (Max Martí)

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