13/12/2019

Empezamos el repaso a lo mejor del año.

Sí, es ese momento del año: las listas. Antes de que la semana que viene empecemos a desvelar nuestro top de discos publicados durante 2019, nos detenemos un momento para hacer un acto de justicia con aquellos trabajos que no han tenido hueco en él por cosas de la democracia. Del soul canónico de Durand Jones & The Indications al patchwork electrónico de Le Parody; del rap supersónico de DaBaby al funk reluciente de Shura: unas cuantas filias personales en forma de mención de honor para diez álbumes que también han marcado este año que ya estamos a punto de dejar atrás.

DaBaby – Baby On Baby

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No es su debut (pública mixtapes desde 2015) ni su disco más popular de este 2019 (ha publicado hasta tres largos en doce meses y KIRK, lanzando en septiembre, ocuparía ese lugar), pero con Baby On Baby (publicado en marzo), DaBaby daba el (cada vez más difícil) primer asalto fuera de su hábitat natural. Mientras en los EE. UU. era un rostro conocido, rodeado de morbo (tiroteos incluidos), un next big thing al que muchos le tenían el ojo puesto, para este lado del charco nos llegaba casi por sorpresa un chico de sonrisa enorme y un empuje como hacía tiempo que no nos arrollaba. Con el “sad” y el “emo rap” copando emisoras y YouTube vía Post Malone, recuperar la fuerza, la mala leche y el enfado del hip hop de hace un lustro ha resultado casi terapéutico. Una espabilada y desengrasante a los ritmos rezagados. Ya en ‘Taking it Out‘, el primer track, no hay casi lapso de tiempo entre darle al play y empezar a oír “I’m thinkin’ ‘bout takin’ it out (for what?)”, sin intro ni regaladas a su ego. No hay pausa en ‘Suge‘, ni en los siguientes 9 minutos hasta llegar a oír a Offset en ‘Baby Sitter‘. Solo frena y se sienta en el banco en ‘Best Friend‘ con Rich The Kid; los compañeros son siempre importantes. Es media hora, y necesitamos descansar. Él sigue sin notarlo y, mientras buscamos recuperarnos, ya está arrasando con KIRK junto a Migos y Nicki Minaj. Cuando nos recuperemos de KIRK ya no sabremos por dónde va él. Corre el riesgo de derrapar y descarrilar, ya lo veremos. Pero este 2019, hemos cambiado (un poco) las lágrimas por la sonrisa de DaBaby. (Jordi Isern)

Duran Jones & The Indications – American Love Call

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Se habla de vez en cuando de un revival soul, pero no parece el término más apropiado: el soul no puede volver porque, sencillamente, nunca se ha ido a ningún lado. Durante esta década se han encargado de mantenerlo vivo gente como Leon Bridges, Michael Kiwanuka, Yola, Curtis Harding, Celeste y Durand Jones & The Indications, la excepción negra en un sello de tendencia más bien folk-rock como Dead Oceans. El pasado mes de marzo publicaban su segundo disco, American Love Call, aunque la docena de canciones que lo componen bien podrían llevar cincuenta y pico años cogiendo polvo en un desván a la espera de que alguien las encuentre y las publique: es un misterio cómo pueden sonar tan retro sin que de la sensación de que les ha aplicado un filtro vintage justo antes de salir del estudio. Este American Love Call es, básicamente, un ejercicio de estilo puro y duro, un flashback hiperrealista, un calco del legado de Al Green, James Brown o Bobby Womack, pero es imposible cabrearse con Jones y sus músicos (todos blancos, por cierto) o acusarles de plagiadores porque ellos mismos están confesando su delito en cada arreglo de cuerda, cada aportación viento-metal o cada coro góspel. No hay intención ninguna de esconder sus referentes y precisamente por eso pueden convertirse en futuros referentes de los que vengan en el futuro para seguir haciendo girar la ruleta soul. (Víctor Trapero)

Halley – Halleywood

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Este 2019 ha sido un año de grandes éxitos para la música nacional, en gran parte a remolque del auge del reggaeton y a la escalada monumental de artistas patrios como Rosalía o C. Tangana. Sin duda alguna, la estela que estos ídolos de masas han dejado tras de sí ha impulsado a un gran número de nuevos artistas nacionales a seguir su camino, comprendiendo que la mejor forma de conseguir el éxito es ser fiel a uno mismo. Entre ellos se encuentra Halley, artista establecido en Barcelona que ha desarrollado un estilo muy personal, abarcando sonidos R&B, pop y electrónicos a su manera, con un carácter desenfadado y hedonista y a través de un imaginario que gira en torno al amor y a las situaciones del día a día que se generan a su alrededor. Aunque muchos ya le conocían por sus anteriores trabajos –Temper Drive, Outter Space o V, sus tres primeros EPs–, su primer álbum de estudio Halleywood ha supuesto un antes y un después en el compositor, productor y cantante murciano. Fruto de dos años de trabajo personal en los que ha pulido su técnica y sonido, este álbum supone una muestra del potencial que el artista atesora, plasma su capacidad para leer el momento y deja claro que es uno de los artistas a tener en cuenta en 2020. (Pablo Reguilon)

Juls – Colour

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Pronto el cambio climático no dará opción, pero por ahora, si uno quiere vivir en un eterno verano del corazón, no tiene más que llenar sus listas con destellos de la floreciente e inagotable escena afropop nigero/ghanesa para que, bien pasado septiembre, el calorcito se le propague de los tímpanos a la cadera. En el afro siempre hace sol. Quizá por eso sea tan adictivo y esté llamado a ser el relevo del trap como base rítmica omnipresente, primero del urban, y luego en el inevitable asalto al pop global. El papel de Juls en esto –DJ y productor de origen ghanés, ahora afincado en Hackney– ha sido central. Fue el responsable de desarrollar el sonido de Mr. Eazi en sus primeros hits, y entre Burna Boy, Santi, Jay Prince y demás, no hay prácticamente exponentes de la escena que no cuenten con el ya famoso tag Juls Baby! en uno de sus temas. Y no son solo los heavy hitters del maravilloso Alté –lo que vendría a ser el indie pop nigeriano; si no lo conocen, péguenle un ojo– los que cuentan con él para hacer hits. El tema más escuchado del último álbum de GoldLink está producido por él, ¡y ahí está también Tyler, The Creator! El tercer LP de Juls lanzado a principios de este verano, Colour, es un trabajo de una notabilísima calidad y, sobre todo, profundidad. Se nota que es el álbum de un producer, donde el meta del sonido prevalece sobre el desarrollo de un discurso más o menos coherente. Juls se ha preocupado de incorporar todos los elementos que componen su imaginario, y lo ha logrado genialmente. Cada tema hace reverencia a toda una herencia musical concreta; es todo lo que un joven africano-londinense sensible y con buen gusto ha podido experimentar en los variopintos ambientes donde se ha desarrollado como artista. El disco arranca con ‘Nyafu Riddim, que perfectamente podría salir de un momento virtuoso del High Life capitaneado por Fela Kuti. Sigue ‘Normal con Kojey Radical, puro hip-hopeo garage de los primeros dosmil londinenses. Tercero es ‘Like Tu Danz, un dancehall lento donde la rompe Ms Banks que es todo un hit para el dancefloor. Luego viene ‘Angelina‘, cantado en misterioso falsete por Oxlade sobre una base casi punjabi. Más adelante hay un alegre riddim de dancehall primitivo, cantado estilo raggamuffin por el jamaicano Assassin. Podríamos desgranar cada track así, trazando las conexiones culturales de toda la diáspora subsahariana en pleno 2019. Todos los temas cuentan, además, con la exquisitez de las producciones de alto vuelo popero, esas que han aprendido a minimalizar los elementos para hacerlos fácilmente digestibles y agradables, sin por ello sacrificar riqueza en los detalles y perfección en la mezcla, e incorporando siempre guiños de culto en cada instrumental. El talento de este tipo es innegable, y por ello sorprende el poco impacto de este álbum en la prensa especializada. Pero en la medida en que el afropop siga escalando posiciones en los billboards norteamericanos (los de Reino Unido ya los ha conquistado), seguro que su nombre firmará cerca de contadores de streams cada vez más abultados. (Luca Dobry)

Leonard Cohen – Thanks for the Dance

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Los discos póstumos siempre son jodidos. Por un lado porque en muchos casos apestan a aprovechamiento económico del legado del artista, y por el otro porque raramente suelen estar al nivel del legado de ese artista. Con Leonard Cohen, sin embargo y como siempre, es distinto. El canadiense ya nos regaló un disco de despedida con You Want It Darker, que se publicó apenas unos días antes de su muerte y que se abría con un “I’m ready, my Lord” y se cerraba con un “It’s over now, the water and the wine”. Pero incluso en esos momentos, en los que reconocía que no podía salir de casa ni tocar un instrumento, siguió trabajando. Él mismo reconocía en una de las últimas entrevistas que dio, días antes de su muerte, que tenía muchas canciones a medias que no eran “malas”, pero que no creía que fuera capaz de terminarlas. Así que después de su muerte, y tras un tiempo de duelo prudencial, fue su hijo Adam Cohen quien las terminó, rodeado de muchísimos colaboradores, para dar forma a este disco póstumo y de homenaje al mismo tiempo que es Thanks for the Dance. Con la ayuda de Javier Mas, Feist, Damien Rice, Beck y Bryce Dessner (The National) entre otros, ha dado forma a un disco continuista a nivel sonoro respecto al anterior que, esta vez sí, nos pone los pelos de punta porque en algunos momentos parece que Leonard nos esté hablando directamente desde el otro lado. “I was always working steady / But I never called it art / I got my shit together / Meeting Christ and reading Marx”, rememora, en pasado, en la ‘What Happens to the Heart’ que abre el disco. Esa retrospectiva de su vida es la temática general del trabajo, en algunos casos para mirar hacia su pasado, para despedirse (‘The Goal’) o para dar las gracias, caso de ‘Moving On’ o precisamente ‘Thanks for the Dance’, seguramente ambas dirigidas a Marianne Ihlen, el gran amor de su vida a quien el documental Marianne & Leonard, también recién estrenado, ayuda a comprender en toda su profundidad y fatalidad. El decimoquinto y muy probablemente último disco de Leonard Cohen se cierra, como no podía ser de otro modo, con un precioso poema recitado, ‘Listen to the Hummingbird’, de alma zen y alcance infinito: “Listen to the hummingbird / Don’t listen to me”. Gracias a ti por el baile, Leonard. (Aleix Ibars)

Le Parody – Porvenir

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Internet nos hace esclavos, pero es inevitable pensar que también ha sido el culpable de que, en la música pero también en prácticamente cualquier aspecto del mundo hacia el que queramos dirigir la mirada, podamos caminar hacia una nueva independencia. Las posibilidades que tenemos por nosotros mismos y sin movernos de nuestro salón están menos limitadas que nunca. No solo de crear, para nosotros o por el mero gusto de hacerlo, sino también para comunicar lo creado. Para ofrecer nuestra propia voz al mundo, a aquel que esté dispuesto a escuchar. Hemos diseñado nuestros propios canales y, aunque puedan pervertirlos, aunque estén perversos desde siempre como la misma naturaleza humana, están ahí puestos para recorrerlos con cautela a nuestro favor. Esas corrientes han llevado los ríos del mainstream a una cada vez mayor reivindicación o visibilización de lo local, generando una red que, repito, aunque perversa en sí misma, nos permite entender mejor que nunca el mapa de las realidades sonoras de comunidades otrora olvidadas, al mismo tiempo que permite a estas acercarse a su core. Las fronteras están desdibujadas, los sonidos son cada vez más nómadas. Un excelente ejemplo lo tenemos en toda la carrera de Sole Parody, pero especialmente en su tercer trabajo, Porvenir. Un disco desesperado y esquivo que se pregunta desolado por el futuro pero que parte de una tremenda vitalidad. La que mana de conectar las raíces de la tierra flamenca con el espíritu ravero, generando un cóctel de tradicionalismo y vanguardia que en ningún momento parece tornarse en más sesudo de lo necesario. Más espontáneo, mejor, y con esa misma espontaneidad vuela Porvenir por encima de las ruinas de nuestra vieja Europa y sobre los desiertos del norte de África, para penetrar en el Próximo Oriente y hablar entre loops infinitos del fuego y la sangre. Del infierno de Alepo, de la destrucción de las cunas de la civilización por la perfidia de Europa. Ese bucle de caos podría ser perfectamente la cama del disco, una rave berlinesa de techno oscuro y explorador del que Oscar Mulero, Jon Hopkins, Underworld o James Holden estarían orgullosos, pero lo interesante es cómo van yaciendo sobre ella cantes populares, greguerías y otras sabidurías folclóricas con forma de leitmotiv clubber, secuenciadores turbulentos, sintetizadores analógicos y procesamientos vocales, ecos, tanguillos, seguiriyas, acercándose a ánimos más experimentales que conectan con Arca, Baiuca, Holly Herndon o Acid Arab. Una colisión brutal entre lo orgánico y lo digital, entre el pasado y el futuro, entre lo volátil y minimalista de la tradición y la contundencia del bombo a negras y los compases del techno. (Diego Rubio Méndez)

Maggie Rogers – Heard It In A Past Life

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Tras el impresionante triunfo viral de ‘Alaska‘, su éxito aprobado por Pharrell Williams en 2016, la consecuente guerra de ofertas entre las principales discográficas del mundo y, poco más tarde, el lanzamiento en 2017 de Now that the Light is Fading, su primer EP junto a Capitol Records, 2019 nos ha traído el lanzamiento de Heard It In A Past Life, un disco de debut a través del cual Maggie Rogers trata de dar sentido a su figura no solo como artista sino también como persona catapultada a la fama (sin buscarlo ni quererlo) de la noche a la mañana. Tres años después de su irrupción, la de Maryland demuestra una extraordinaria capacidad para crear himnos instantáneos que crecen a cada escucha, alejándose parcialmente del electro-folk más introspectivo con el que se presentó al mundo para abrazar el pop más grandilocuente aunque, en ocasiones, quizás también demasiado agrandado. Los sintetizadores pulsantes y el suave tintineo metálico de ‘The Knife’ y ‘Burning’, el pop catártico de ‘Give A Little‘ –canción que según ha explicado está inspirada en el National School Walkout– o ‘Back In My Body‘ y ‘Light On‘ son los mayores reflejos de sus últimos tres años al frente de los focos, y Heard It In A Past Life es, pese a sus carencias, un gran primer paso en la todavía infinita carrera de Maggie Rogers. (Irene Méndez)

Michael Kiwanuka – KIWANUKA

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Otra perla de distinto color de un hombre negro en un mundo blanco. En una entrevista, Michael Kiwanuka reconocía que gran parte de su nuevo trabajo, cuyo apellido de título, consistía en sentirse confiado y confortable en la propia piel. Es también una nueva exploración con el mismo equipo de productores, Danger Mouse e Inflo, en busca de nuevas sonoridades. Tras la voluptuosidad instrumental que mostraba en Cold Little Heart, ahora se inclina hacia un soul psicodélico con las pinceladas de intimismo de ‘Piano Joint’ y ‘Solid Ground’. El reconocimiento de los últimos años y el acceso a un público mayoritario gracias a su aparición en la banda sonora de la serie Big Little Lies no ha acomodado en absoluto a Kiwanuka. ‘Hero’ ya acompaña a ‘Home Again’ o ‘Love & Hate’ en el cancionero imprescindible del músico, ‘Hard To Say Goodbye’ retrocede a los tiempos del Talking Book de Stevie Wonder y el inicio de ‘You Ain’t The Problem’  funciona como guiño a sus orígenes africanos. El tercer álbum consolida a su autor como una voz de referencia en un momento de plenitud que todos los indicios apuntan a que será de todo menos efímero. (Carlos Marlasca)

Shura – forevher

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La noción de amar a alguien para siempre, en este caso a otra mujer, puede a veces llegar a rozar el absurdo. La propia Shura lo sabe. Pero son precisamente esos momentos de felicidad poco consciente, intensamente vívidos, los que dan alas y título a su segundo disco, forevher, con el que se gradúa con un notable más que alto tres años después Nothing’s Real. Si bien ese disco de debut encapsulaba el despertar de una nueva generación de artistas queer con himnos synth-pop como ‘Touch’, la ansiedad y las dudas estaban latentes la mayor parte del tiempo para Aleksandra Denton. Pero por cosas de la vida, ahora está perdidamente enamorada, y dicha transformación emocional ha afectado a cada una de sus nuevas pistas. Desde ‘side effects’ plasma esta nueva seguridad en sí misma: los arreglos de discotequea lo-fi han dado paso a una producción funk sorprenentemente rica en texturas, y su voz, incluso embriagada de Auto-Tune, se impone siempre en primer plano. En el single ‘BKLYNLDN’ podemos sentir sus anhelos fervientes tras una relación a distancia; su producción se ha vuelto menos arisca, más corpórea, con una sección de cuerdas que provocan cosquilleos en el estómago, un saxofón eufórico y ritmos que simulan el latido de su propio corazón. Atrás quedan las vergüenzas en ‘religion (you can lay your hands in me)’, en la que pide a su amante que se entregue por completo mientras los coros se elevan y el groove va en aumento. Y aunque hay  momentos de desaceleración (‘tommy’ o ‘princess leia’), con los “shalala” de ‘flyin’’ dejamos atrás cualquier miedo y tocamos el cielo, mientras que con ‘forever’ sentimos el impulso irresistible de sentir lo que Shura está sintiendo. ¿O solo yo me he puesto así de tontorrón? (Max Martí)

Tool – Fear Inocolum

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Entre vaciles, rumores, declaraciones contradictorias e informaciones veraces, hemos tenido que esperar 13 largos años entre el cuarto y el quinto disco de Tool. Casi 5.000 días en los que el discurso musical de los californianos no se ha movido una sola micra. Bajo el mismo halo de trascendencia espiritual, en este caso sí más terrenal al tratar asuntos como el cambio climático –ya abordado por Maynard James Keenan en Eat the Elephant con A Perfect Circle–, se desatan sus inconfundibles progresiones geométricas, nos envuelven sus riffs y arpegios de guitarra, mientras nos pasean por el laberinto de sus vigorosos entramados rítmicos. Como continuación lógica de 10.000 Days, Fear Inoculum avanza en la espiral cada vez más abierta de su propuesta post-metalera, ganando proyección y desarrollo el apartado puramente instrumental. En otras palabras: crean estructuras rítmico-melódicas reiterativas y geométricas para reventarlas por la cinética de sus progresiones, como siempre, pero esta vez explayándose más en largos finales instrumentales. ‘Descending’, una de las cumbres compositivas de Tool, es el mejor ejemplo: siete minutos de estructura discursiva y otros seis de trance instrumental. O la gigantesca ‘7empest’, en calve iracunda, con un final tormentoso que recuerda a la Khaleesi pasando a fuego a sus enemigos. ‘Pneuma’, ‘Culling Voices’, ‘Invencible’ y la homónima ‘Fear Inoculum’ completan una sobresaliente dosis de Tool capaz de hacernos esperar otros 13 años hasta la siguiente. (Pablo Luna Chao)

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