08/12/2019

La catalana termina de presentarse a sí misma como una artista total, un talento de duende todoterreno, una estrella del pop con más ángulos que ninguna otra.

Lo normal, lo habitual, es que un artista gire presentando su música. Así funciona el asunto por lo general: alguien publica unos cuantos temas y viaja hasta donde cree que habrá la suficiente gente interesada en escucharlos. Hay clases y jerarquías, como en todo, pero esa es la manera en la que desarrollan su carrera los jornaleros de la música, actúen en una salita o en un recinto deportivo. A estas alturas de la película, porque lo suyo tiene que ser una película, Rosalía ya ha dejado atrás esa fase. Casi podría decirse que su trayectoria ha sido tan supersónica que ni siquiera ha llegado a hacer escala en esa fase.

Hace tiempo que la importancia de su figura, icono andante, es mayor que la de su obra. Las canciones ya son una excusa: queremos verla a ella. En lugar de presentar su música, Rosalía se presenta a sí misma y a lo que ya representa. Es lo que lleva haciendo durante el último año y medio, desde esa actuación en Sónar 2018 en la que El Mal Querer asomó la patita. 18 meses que impresionan se narren como se narren: no está claro si es más impactante hacer una recopilación cronológica de los acontecimientos (doble check en la Plaza de Colón, en la gala de los Goya, en Glastonbury, en Coachella, en Primavera Sound, en Lollapalooza, en la gala de los MTV EMA, en la lista de mejores discos de la década de Pitchfork, en los Grammy Latinos o en la 02 Academy Brixton londinense si solo hablamos de lo estrictamente musical) o trazar una elipsis que coloque la trama directamente en su vuelta a Barcelona, a casa, para llenar por dos noches consecutivas el Palau Sant Jordi. Fue imposible conseguir una entrada cuando se pusieron a la venta y, al final, todo el mundo estuvo allí. Cuando el primero de esos dos conciertos estaba cerca de su final, acotó un pelín la fotografía de su propio ascenso como si de repente lo estuviera viendo desde fuera: «ha sido el mejor año de mi vida».

Casi un par de horas antes, mientras el espacio se terminaba de llenar, después del taconeo previo de Polito y antes del inicio de su show, la de Sant Esteve Sesrovires ya estaba contando cosas entre líneas incluso antes de aparecerse. Lo hacía a través de la selección musical que sonaba por megafonía, tras la que no había precisamente un algoritmo. Camarón, Los Chichos, José Mercé, Niña Pastori, La Húngara, Moncho Chavea: así cerraba por sí misma el debate sobre si ella es la primera que se cuela en el pop con maneras aflamencadas, otro de los árboles que a menudo no ha dejado ver el bosque. Ni lo es, ni lo pretende. Siempre se le ha escuchado hablar de dónde viene con una gratitud que le sale como le sale. «El flamenco me gusta más que… más que… más que la pizza. Y eso es mucho decir», soltó tras acordarse de Chiqui de la Línea, su primer maestro de cante. «Yo no sabía nada y él me lo enseñó todo». A continuación llegó su versión a cappella de ‘Catalina‘ y cualquiera que pasara por allí entendió que, aunque es de bien nacidos ser agradecidos, hay cosas que no se pueden enseñar. Se tienen o no se tienen.

Leído todo lo leíble, escuchado todo lo escuchable, parece difícil que de la historia de Rosalía alguien pueda venir a enseñarnos algo. Sobre ella ya creemos saberlo todo; hasta lo que todavía no ha pasado, hasta lo que todavía no es. En su setlist, por ejemplo, incluye un par de canciones que no existen en el mundo real porque solo han podido escucharse en sus conciertos. ‘De madrugá‘ y ‘Lo presiento‘ no se han publicado oficialmente y quizá no se publiquen nunca, pero lo mismo da: nos las hemos aprendido viendo stories de otros y vídeos de calidad dudosa colgados en YouTube. En ese limbo vivió durante un tiempo ‘Aute Cuture‘ y a él podría sumarse pronto un tema inédito (¿con guiño a DaBaby incluido en el estribillo?) que estrenó en un vídeo casero proyectado en las pantallas, convertido directamente en el acercamiento más claro al hip-hop de toda su discografía, tanto la que existe como la que pre-existe.

En realidad, salvo por esa sorpresa y alguna otra como la adaptación pitcheada de ‘Es un secreto‘ de Plan B que funcionó como interludio antes de ‘Lo presiento‘, el concierto siguió más o menos el mismo guion que el de anteriores encuentros. El inicio con ‘Pienso en tu mirá‘, los muchos momentos de lucimiento de sus bailarinas, la citada pirueta sin red de ‘Catalina‘, el papel vital de sus coristas y sus palmeros en ‘Que no salga la Luna‘, el homenaje a Las Grecas, los focos para El Guincho, el cierre con ‘Malamente‘. Aunque es verdad que el repertorio giró de forma evidente alrededor de El Mal Querer, no estuvo de más que las tres palabras que dan título a su segundo álbum aparecieran en las pantallas con tipografía brilli-brilli justo antes de ‘Malamente‘ para recordarnos que todavía estábamos dentro de su gira de presentación, que acabará el martes en el WiZink Center de Madrid.

Hace solo un año y un mes que El Mal Querer vio la luz, pero ese período de tiempo ha seguido su propia lógica en el universo Rosalía. Cuando todavía no habíamos podido desplegar todas las dobleces de un disco infinito, llegaron esa ‘Barefoot in the Park‘ que ya es más suya que de James Blake, una ‘Con altura‘ de récord, ‘Aute Cuture‘ y su estribillo imbatible, el díptico ‘Millonària‘ – ‘Dio$ no$ libre del dinero‘, su dueto con Ozuna (‘Yo x Ti, Tu x Mi‘) y la retorcida ‘A Palé‘. Todas se superpusieron anoche para que la catalana terminara de presentarse a sí misma como una artista total, un talento de duende todoterreno, una estrella del pop con más ángulos que ninguna. Partió del flamenco, de la bulería por soléa sobre la que se levanta ‘Pienso en tu mirá‘, para llegar hasta no se sabe cuántos sitios más durante ochenta minutos que (casi) cierran una etapa mientras no dejan de abrirse otras muchas.

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