01/12/2019

Crónica del concierto de presentación de Father of the Bride en Barcelona, casi una década después del anterior.

Han pasado tantas cosas en los años transcurridos hasta el regreso de Vampire Weekend que era casi de esperar que nos encontráramos ante un grupo nuevo en su primer concierto en Barcelona en casi una década (el anterior, recordemos, fue en 2010, dentro de la gira de presentación de Contra, su segundo disco). La urgencia infecciosa que destilaban esos dos primeros discos (su debut, Vampire Weekend, fue mejor disco de 2008 en Indiespot) ha ido mutando a lo largo de los años, primero de la mano del sensacional Modern Vampires of the City (2013), a todas luces su disco de madurez, y más tarde en Father of the Bride, publicado este mismo año tras una larga espera y que ya les sitúa como un grupo en plena vida adulta, con inquietudes distintas y una aproximación mucho más plácida a su música.

Pero si decía que han pasado tantas cosas en estos años transcurridos es porque en los seis años que han separado Modern Vampires of the City de Father of the Bride, Vampire Weekend no solo vieron cómo uno de sus miembros clave, Rostam Batmanglij, abandonaba la formación, sino que de repente su cantante, Ezra Koenig, pasaba abiertamente a ser el único miembro público del grupo en entrevistas y fotos promocionales, relegando a un segundo plano definitivo tanto al bajista Chris Baio como al batería Chris Tompson. Y, con ello, abría también el proceso compositivo de su cuarto disco a Ariel Rechtshaid, ya su productor de confianza, pero también a Danielle Haim, Steve Lacy de The Internet o BloodPop. El resultado, Father of the Bride, es un disco de 18 canciones que en realidad son tres discos en uno (o más), respondiendo a esos seis largos años en los que Koenig ha ido acumulando canciones que han acabado incluidas en un mismo disco a modo de recorrido lustroso y panorámico por más de un lustro de creación de uno de los mejores grupos estadounidenses de los últimos años.

Era por eso que su concierto de presentación en Barcelona, en una sala Razzmatazz que se llenó hasta cotas pocas veces vistas, suponía una cierta incógnita. ¿A qué Vampire Weekend de Father of the Bride nos encontraríamos? ¿Los que seguían la senda más o menos previsible del grupo con temas como ‘This Life’, ‘Bambina’ o ‘Unbearably White’? ¿A los que se abren a sonidos country de ‘Hold You Now’, ‘We Belong Together’ o ‘Harmony Hall’? ¿O a los que experimentan con otros géneros como el funk en temas como ‘Flower Moon’, ‘Sunflower’ y ‘Sympathy’?

La respuesta, ofrecida en un generoso concierto de más de dos horas, fue que nos encontramos más bien a los Vampire Weekend de la tercera opción, a todas luces los más desconcertantes para los que hemos vivido la progresión de la banda disco a disco. Acompañados por hasta cuatro músicos más allá del trío inicial (incluyendo un segundo batería de dudosa necesidad), el combo comandado por Ezra Koenig se dio un auto-homenaje como viene haciendo durante toda esta gira del nuevo disco: cambiando el setlist cada noche y dejándose llevar por el espíritu de las jam sessions y una cierta improvisación, lo que da como resultado conciertos completamente opuestos a los de aquellos Vampire Weekend explosivos, concisos y certeros de sus primeros discos. Donde antes había tensión, ahora hay relajación.

Y no es que de repente se olvidaran de las canciones que los definen, sino que la elección de los temas se encaminaron mucho más a mostrar por qué camino se ha decidido Ezra Koenig en vez de responder a lo que Vampire Weekend siempre nos habían enseñado que eran. Como muestra, la inicial ‘Flower Moon’, ‘Sympathy’ y ‘Sunflower’ sirvieron algo así como piedras angulares del concierto, abriendo momentos de jam session, solos de guitarra y momentos de épica cercanos al AOR, algo que incluso hicieron también en el tramo final con la delicadísima ‘2021’, un interludio a modo de pop experimental (construida con sample de la canción ‘Talking’ del artista japonés Haruomi Hosono) que engrandecieron y alargaron sin ninguna necesidad. Por el contrario no hubo sitio para ninguna de las tres canciones en las que canta Danielle Haim, que ofrecen la cara más country y pop del disco, algo que se podría haber abordado con alguna voz invitada como se hace habitualmente, ni para temas más clásicos como ‘Unbearably White’, ‘How Long?’ o ‘Stranger’.

Y sí, el sonido fue del mejor que se ha escuchado en Razzmatazz, y la profesionalidad de los músicos que rodeaban a Koenig fue intachable. Pese a la cierta distancia de este en su conexión con el público, cuando Vampire Weekend recordaban obras cumbres de su historia tanto pasada (‘Step’, ‘Unbelievers’, ‘Cape Cod Kwassa Kwassa’, ‘Oxford Comma’) como reciente (‘This Life’, ‘Harmony Hall’), volvimos a ver a los Vampire Weekend que conocíamos. Y cuando encadenaron ‘Diane Young’, ‘Cousins’ y por supuesto la eterna ‘A-Punk’, seguidas de la maravillosa ‘Hannah Hunt’ (la joya escondida de su tercer disco), la explosión fue tal que parecían una banda completamente distinta. Pero luego volvieron los rescates de canciones más bien secundarias en su trayectoria como ‘California English’ o ‘One (Blake’s Got a New Face)’ en detrimento de tantas otras (‘M79‘, ‘Campus‘, ‘Ya Hey‘, ‘White Sky‘, ‘Horchata‘…), la apuesta por las versiones (‘Late in the Evening’ de Paul Simon se puede entender por el guiño a una de sus referencias principales, pero ‘I’m Goin’ Down’ de Bruce Springsteen y ‘Son of a Preacher Man’ de Dusty Springfield en los bises no hicieron más que alargar el minutaje innecesariamente) e incluso la autoversión que vimos con ‘Giving Up The Gun’, despojándola de toda su emoción pop, y la sensación final que quedaba era que Vampire Weekend habían envejecido unos cuantos años más de la cuenta de golpe y cada vez se reflejan más en esos Grateful Dead que el propio Koenig reconoce como fuente de inspiración de su último disco.

¿Puede estar la respuesta a esto en la marcha de Batmanglij de la banda? Es posible, puesto que a Koenig se le ve muy cómodo en esta posición de director de una orquesta que cada vez se lo pasa mejor cuando más se aleja de sus coordenadas habituales. Ni el final con la apoteósica ‘Walcott’ sirvió para quitarse el sabor agridulce de boca de estar viendo que una de las bandas de una generación se encaminan hacia un lugar que pocos hubiéramos imaginado incluso después de haber escuchado su último disco.

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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