18/11/2019

Crónica del concierto de presentación del quinto disco del grupo catalán, Per la bona gent.

Hace solo unos días, las periodistas Andrea Gumes y Anna Pacheco dedicaban un buen rato de su genial Ciberlocutorio en Radio Primavera Sound a (sobre)analizar y debatir sobre ‘Benvolgut’, la canción que abre el segundo disco de Manel, 10 milles per veure una bona armadura (2011). Una canción que ya tiene casi diez años de vida y sigue despertando este tipo de conversaciones no solo es eterna sino que ha dejado poso en toda una generación, especialmente junto a su debut Els millors professors europeus (2008). Y es que sin duda se trata de la cima de lo que Manel empezaron siendo: un grupo de pop en catalán con letras costumbristas con las que era muy fácil identificarse si fuiste joven en la Barcelona de Razzmatazz, la muerte de Fotolog y la llegada de la gentrificación. La canción, ya convertida en himno, retrata con la precisión inapelable del vocalista Guillem Gisbert la controvertida (y fantasiosa) relación entre el presente de una relación y el inevitable pasado, entre la pareja actual (el narrador) y todo ese bagaje sentimental de la otra persona del que uno no ha formado parte y que es fuente infinita de inseguridades y de recelos pero también de consuelo y, por qué no, de empatía.

Eso, en cualquier caso, eran Manel hasta hace poco, porque con el concierto de presentación del sábado 16 de noviembre en el Poble Espanyol de Barcelona, dentro del ciclo Cruïlla de Tardor, el cuarteto catalán pasó definitivamente página y abrió una nueva etapa en su carrera. Cimentado en el nuevo sonido sintetizado de Per la bona gent, su quinto álbum, y escenificado por la comentada ausencia en el repertorio de sus dos hits más queridos, ‘Al mar’ y precisamente ‘Benvolgut’ (entre bastantes otros), Manel doblaron la apuesta en directo: desde la inicial ‘Formigues’, que se va desplegando como un gusano perezoso entre sintetizadores, auto-tune y batería electrónica hasta terminar con un Gisbert desbocado rociando un bote de insecticida en cada mano, resultó evidente la transformación definitiva del cuarteto catalán en un combinado con base en la electrónica más que en la guitarra, en la pista más que en el teatro, confirmando todo lo que Jo competeixo (2016) ya presagiaba.

Con todo, y pese a las múltiples advertencias que nos habían dado, el choque fue contundente. Empezando por la puesta en escena, con una gran tela en el fondo del escenario que solo usaban para mostrar distintos colores degradados en la línea de la portada del nuevo disco con los miembros del grupo casi a contraluz, y siguiendo con la posición de Martí Maymó (bajo) y Arnau Vallvé (batería) en una tarima, a la que Roger Padilla (guitarra) también subía de vez en cuando, la sensación era de estar viendo a un grupo nuevo. El arranque del concierto, siguiendo con la peliculera ‘Els entusiasmats’ y con una más ligera ‘Aquí tens el meu braç’ que en este formato cobró cuerpo y más fuerza, logró que incluso ‘La serotonina’, con su intro en plan Stranger Things, adquiriese un nuevo tinte entre psicodélico y tropical. 

Hasta aquí todo podía entrar dentro de la previsibilidad, con una apuesta lógica por las nuevas canciones teniendo en cuenta que era la presentación del nuevo trabajo. Pero cuando Manel abordaron ‘Captatio benevolentiae’, que a la postre sería la única canción que tocarían de su queridísimo debut, y encima la convirtieron en un artefacto de pop electrónico coreable, y al cabo de poco dispararon ya ‘Jo competeixo’ –tema que normalmente cerraba sus conciertos–, quedaba claro que aquello no era una fase. Que estábamos viendo a unos nuevos Manel.

Por supuesto, hubo espacio para algo de distensión, especialmente para la más eufórica con las apoteósicas ‘Les cosines’ y ‘Teresa Rampell’, con ese “que ve l’amor, que ve l’amor!” que ya ha pasado a formar parte del repertorio más coreado del grupo catalán. También para ese nuevo hit que ya es ‘Boy Band’, salpicado recientemente por una polémica absurda, que en directo encarrila una recta final que corona ‘Per la bona gent’, cuyo sample de ‘Alenar’ de Maria del Mar Bonet ya es cantado a bocajarro por el público y que se apoya en otra de las interpretaciones teatrales y abrasivas de Gisbert al frente. Únicamente el sonido, con un volumen demasiado bajo especialmente al inicio del concierto (al que probablemente no ayudó la acústica discutible del Hivernacle del Poble Espanyol) y los problemas técnicos que lastraron por partida doble ‘La cançó del soldadet’ –discutible elección como única representante de su segundo disco y además interpretada en el primer bis–, empañaron ligeramente un show redondo, coherente y milimetrado que tuvo en las eufóricas ‘Tubs de ventilació’, ‘Sabotatge’ y especialmente la maravillosa ‘Per un ram de clamídies’, con esa progresión tan Chromatics, su exquisito colofón final.

Al término del concierto, un grupo del público empezó a pedir insistentemente ‘Benvolgut’. Y es lógico, siendo una canción tan importante en la vida de tanta gente. Pero lo que queda claro es que su ausencia en el concierto, igual que la de ‘Al mar’ o tantas otras, no es una boutade ni una rabieta como la que tuvieron Radiohead con ‘Creep’ en su día, sino que surge de la necesidad de seguir adelante y construir nuevas historias y nuevos himnos, como probablemente algún día acaben siendo ‘Per la bona gent’, ‘Boy Band’ o ‘Per un ram de clamídies’. Precisamente, volviendo a (sobre)analizar la canción, ‘Benvolgut’ habla de eso, de la aceptación del paso del tiempo, escenificado en ese par de frase demoledoras: “Farem adéu i marxarem i ella em dirà que t’ha vist vell / I, pas a pas, ja estaràs tan lluny”. La mejor noticia es que los nuevos Manel, despojados de su pasado, tienen repertorio para seguir brillando, incluso con más intensidad que antes.

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