16/11/2019

Una veintena de álbumes seleccionados entre los meses de julio y septiembre.

Amaia – Pero No Pasa Nada

El tiempo es un bien escaso en la industria pop. Muchos pensarán que lo más valioso que ha ganado Amaia tras su paso por Operación Triunfo y Eurovisión es dinero, que también, pero, lejos de la realidad, la pamplonica ha conseguido algo más mundano: estatus para garantizarse una pausa. La extriunfita ha podido congelar el crono con respecto a su disquera y ha hecho oídos sordos a las expectativas. Mientras sus homólogos del concurso han publicado singles como churros en el último año, ella se ha contentado con unos pocos avances. Antes, ha trabajado a puerta cerrada con personas como Miqui Puig, The Free Fall Band y Núria Graham, que se ha convertido en confidente; Refree o Santiago Motorizado, productor último de Pero No Pasa Nada. Esta exploración le ha permitido salirse de las tendencias urbanas y latinas que han seguido la mayoría de sus compañeros. De los stages ha salido un disco que actúa como pegamento de géneros: directo en los mensajes, con mucho amor romántico, a la manera de La Oreja de Van Gogh, pero con un sonido twee, a ratos épico, como hubiesen hecho en 2019 La Buena Vida. A primera escucha, nadie diría que el largo de Amaia es sobrecogedor. El suyo es, simplemente, un primer disco. Reconocible en el envoltorio y valiente en algunos puntos, como el de no llevar sus posibilidades vocales, que son muchas, hasta el absurdo comercial: Amaia no canta –por suerte– todo el tiempo arriba, como le hacían hacer a Amaia de España. Y cuando hay chorro de voz, se agradece para el ritmo general: ‘Quiero Que Vengas’ es magia. Pero no, Pero No Pasa Nada no es un debut cualquiera: marca que la ganadora de OT sea capaz de hacer lo que le dé la gana en próximas entregas. Garantiza su independencia, quién sabe si hacia algo más redondo. Y eso es bueno para la liga indie. Viniendo del escaparate de lo comercial, de su jugada se pueden aprovechar para ganar fuerza propuestas de guitarras y teclados pop que van desde La Bien Querida hasta sus conocidos Carolina Durante. Amaia es puente. (Yeray S. Iborra)

Blood Orange – Dark & Handsome

Menos de un año después de la salida de Negro Swan, Dev Hynes alias Blood Orange vuelve con Angel’s Pulseuna suerte de mixtape repleta de colaboraciones que abarca todo tipo de géneros y que, en otras condiciones, quizás nunca hubiese llegado a ser lanzado ante las grandes masas. Porque Angel’s Pulse es algo así como una lanza a favor de la preciosidad de «las sobras»; un cuaderno de apuntes convertido en un conjunto de canciones que el artista, por un motivo u otro, nunca llegó a incluir en su anterior disco, y que ahora ha decidido compartir. Producido y mezclado en su totalidad por el propio Hynes, Angel’s Pulse es, en palabras del británico, “algo así como un epílogo de Negro Swan”, pero pese a ello, se distancia sobremanera de la densidad y las connotaciones más oscuras y autobiográficas de su anterior LP. Es un trabajo catártico, atrevido y experimental que toma como punto de partida la incertidumbre, y que consigue hacer de la propia libertad que Hynes se concede su razón de ser. Rodeado de hasta doce colaboradores (entre ellos están Toro y Moi, Kelsey Lu, Arca y Porches), Angel’s Pulse nos habla de la nostalgia (‘I Wanna C U’), pero también del dolor y la desesperación (‘Birmingham’); suena errático (‘Seven Hours Part 1’) a la par que luminoso (‘Dark & Handsome’). Es Blood Orange, una vez más, en todo su esplendor. (Irene Méndez)

Bon Iver – i,i

Acostumbrados a esperar cuatro y cinco años para la llegada de un nuevo disco de Bon Iver, la aparición el pasado mes de julio de dos nuevas canciones de Justin Vernon fue recibida, al menos por mi parte, como el típico single aislado que los artistas sacan por aburrimiento o motivos puramente promocionales. La sorpresa fue grande al descubrir que no, que se trataban de los dos primeros avances del cuarto disco de Bon Iver, publicado ‘solo’ tres años después del catártico tercer álbum 22, A Million y que incluso llegó a salir con prisas, antes de tiempo: la versión digital se avanzó tres semanas hasta el 9 de agosto. No tenía sentido esperar más, reconocía Vernon en una de las pocas entrevistas que ha concedido en los últimos años, esta vez con Zane Lowe para Apple Music. Y es que el poder simbólico de este i,i es enorme. Presentado por su propia campaña promocional como su disco otoñal después del disco invernal (For Emma, Forever Ago), el primaveral (Bon Iver, Bon Iver) y el veraniego (22, A Million), más que eso parece la compleción del círculo para Justin Vernon, el trabajo con el que vuelve a casa después de haberla abandonado casi por accidente (la cabaña de For Emma, Forever Ago), de haber explorado todas sus posibilidades con el expansivo Bon Iver, Bon Iver y de haber superado el punto crítico de colapso que desembocó en 22, A Million, a todas luces su disco más críptico, visceral y oscuro hasta la fecha. Aquel disco fue concebido en un túnel: en la entrevista antes mencionada con Lowe, Vernon habla por primera vez abiertamente de la depresión que sufrió no solo durante la creación de 22, A Million sino hasta un año después de haber publicado el disco, que le llevó a cancelar una gira porque “no podía moverme, no podía salir de casa. Estaba enfermo”. La realidad de ahora es muy distinta: escuchando i,i, seguramente el trabajo más liviano y coral de su trayectoria, uno tiene la inmediata sensación de que Vernon ha visto la luz. De que ha salido del túnel y, quizá creando por primera vez desde un lugar seguro en el que no siente conflicto, este i,i le ha brotado de forma inesperada, relajada pero al mismo tiempo con esa emoción y esa prisa de las primeras veces, cuando uno vuelve a empezar. Es por eso que vemos aquí a todos los Justin Vernons de los discos anteriores combinados: la emoción cruda del primero, la onda expansiva del segundo y la experimentación electrónica del tercero. El resultado es su disco más abiertamente disfrutable de principio a fin hasta la fecha, y con conclusión en la penúltima frase de ‘RABi’, la canción final del disco: “Well, it’s all fine and we’re all fine anyway”. Bienvenido a casa, Justin. (Aleix Ibars)

Brittany Howard – Jaime

Cuando Brittany Howard tenía ocho años, su hermana mayor murió a causa de un cáncer ocular. Se llamaba Jaime, como el primer disco en solitario que ahora entrega la líder de Alabama Shakes, aunque en realidad este álbum no trata sobre su hermana. Su título debe entenderse más bien com un cálido in memoriam. Porque en realidad, el trabajo trata de no olvidar. De no repetir los errores del pasado (‘History Repeats’). De tomar conciencia de que si Dios nos quiere nos va a juzgar (‘He Loves Me’). De no sentir vergüenza ante el despertar sexual, concretamente homosexual, cuando somos niños y niñas (‘Georgia’). Sobre antirracismo y el orgullo de ser birracial y sureña (‘God Head’). A remolque del éxito del magistral Sound & Color (2015), la artista podría haber llevado un paso más allá la fórmula ganadora de su banda, pero ha optado por replegarse y recogerse, por analizarse y deconstruirse. Con la ayuda de Shawn Everett y los músicos Zac Cockrell, Robert Glasper, Dan Horton y Nate Smith, el álbum encuentra momentos para ahondar en la música americana de raíces, el soul, el funk, el jazz y el blues, pero en esa zona segura, también hay espacio para arrebatos de experimentación cargados de crítica política (‘13th Century Metal’). Y es esa visceralidad, esa ansiedad existencial tan bien canalizada, ese desgarro que mira hacia afuera y nos alerta de que para avanzar hacia un mundo mejor mañana habrá que empezar a mover los dedos hoy mismo (‘Tomorrow’), lo que hace que este disco sea tan entrañable. La voz mutante de Howard, a veces más Prince, otras cercana a Nina Simone, se siente como una liberación. (Max Martí)

Burna Boy – African Giant

African Giant es un trabajo capital, ya que a nivel de discurso y producción cultural es exactamente lo que el pop puede y debería ser: canciones para bailar pegados en el club, temas cargados de denuncia política, mezcla de lo nativo con lo global, colaboraciones elegidas con mucho criterio (Jorja Smith, Future, Jeremih, Damian Marley…), interludios con mucha intención, transiciones suavísimas… Burna Boy toca todos los palos de estilo con los que se codea su mundo con tremenda maestría, todo cantado en una genial mezcla de yoruba y pidgin. Y es que Burna es un tipo que ha estado en el Coachella de este año, que ha recibido el BET Award al mejor artista internacional, que ha sido número 1 en los charts de Reino Unido con ‘Location‘, que ha metido un tema él solo en el álbum oficial de la nueva de El Rey León hosted by Beyoncé… Es decir, es ya, o se está asentando, como un gigante de la música. Pero no por ello piensa abandonar su impulso de hacer denuncia política en su música, y eso lo podemos celebrar (como celebramos la genial campaña del gigante Bad Bunny contra Ricky Rossello). Basta con escuchar ‘Another Story‘ para hacer medio curso universitario sobre poscolonialsimo. Pero después suena ‘Pull Up‘ y es como si te entrara un rayito de sol en el alma. Ese es el milagro de esta generación de artistas nigerianos: que nos están recordando que la denuncia y el activismo son compatibles con mover el culo y sonreírle a la vida. Africa rise up! (Crítica completa) (Luca Dobry)

Clairo – Immunity

No era exactamente su primera canción, pero sí era su primer acercamiento al éxito sin todavía saberlo: en agosto de 2017, a pocos días de cumplir 19 años, Clairo colgó en YouTube un vídeo cantando ‘Pretty Girl sentada frente a la webcam de su ordenador. Outfit oficial de estar por casa, anticoreografía boba, lyrics de karaoke cutre sobreimpresionadas. El documento, puro DIY, ya visto casi 43 millones de veces, no se diferencia en nada del de cualquier otra chavala o chaval con ganas de enseñarle al mundo su música. Solo dos años después, en agosto de 2019, Claire Cottrill publicaba su primer álbum, Immunity. A Clairo la hemos visto hacerse mayor musicalmente hablando delante de nosotros, single a single, colaboración a colaboración (con Cuco, Danny L Harle o Rejjie Snow, por ejemplo). 24 meses para dejar atrás su habitación y salir al mundo. Del bedroom pop al pop sin prefijos, pop a secas. Nunca habíamos escuchado cantar tan alto y tan claro a Clairo como en Immunity, quién sabe si por falta de medios o de confianza. Ahora, visto lo visto, confianza le sobra: hace estribillos hablando de ideas suicidas (‘Alewife‘), de la artritis juvenil que sufre desde los 17 (‘Sinking‘), de enamorarse de su mejor amiga (‘Bags‘) o de sentirse muy sola con 15 años y refugiarse-fustigarse escuchando el Loveless de My Bloody Valentine (‘White Flag‘). Es posible que toda una generación ahora haga lo mismo con los medios tiempos que pueblan este Immunity que es el lógico paso intermedio entre el fenómeno de internet que ya se fue y la estrella pop que está por venir. El salto hacia delante en cuanto a sonido es evidente, pero las aportaciones de Rostam a la producción, Dave Fridmann a la mezcla y Danielle Haim a la batería son lo suficientemente sutiles como para que las cosas de Clairo todavía parezcan las nuestras. (Víctor Trapero)

Girl Band – The Talkies

Después de casi cuatro años de pausa creativa debido a los problemas de salud mental sufridos por su líder Dara Kiely, la formación irlandesa Girl Band ha reanudado su compromiso con el noise rock industrial publicando un álbum que transgrede y manipula el sonido de la guitarra y el bajo hasta convertirlo en los ecos y resonancias del metal en disparatadas fricciones. El tema ‘Prolix‘, en el que se escucha la respiración densa y agitada de un ataque de pánico, es una primera toma de contacto con un álbum que transpira la desesperación y el caos de una mente angustiada. Conjugando elementos del glam rock, el techno y el post-punk, los irlandeses han construido su propio instrumento para generar las particulares embestidas de su música: una maquinaria pesada que chirría desde el núcleo, que dilata y comprime sus tuercas, que bombea y se atasca. Por su parte, la voz de Kiely dirige la insólita orquestación desde la compleja conjunción entre la claridad y el delirio, combinando el corte de aire en los pulmones con la exhalación sobredimensionada. Sin caer fuera de lo musicalmente asumible, pero repleto de texturas sonoras que traspiran ansiedad y dureza, The Talkies se posiciona como una de las mejores piezas de art rock contemporáneo. (Lluc Mulet)

Jay Som – Anak Ko

El segundo disco. El de la confirmación. El tópico que se cumple y la marabunta de comentarios evidentes que podrían venir sobre Jay Som terminan aquí. Anak Ko sirve para mucho más que mostrar la ambición de Melisa Duarte –con Everybody Works (2017) ya se hizo con un sitio en Double Denim y nos visitó en el Primavera Sound–; destapa facetas y recursos que hasta ahora solo conocía ella misma. Como si huyera de todo lo malo que puede tener trabajar desde casa –ya saben: el sonido chustero camuflado bajo el nombre de bedroom pop–, se percibe un esmero tremendo en hacer que todo suene impoluto, con arreglos elegantes, reforzando melodías con lo que haga falta. Hay cuerdas, teclados y percusiones que parecen de una banda totalmente rodada, y Duarte se lanza sin miedo a dar protagonismo a la parte instrumental. Pero tampoco hay que quedarse en ese zoom: Jay Som sigue siendo pop. Redondo, meloso y cantable; destacan por igual los punteos tan 2019 y tan Mac DeMarco, como si la guitarra se estuviera deshaciendo en una bañera. Por ejemplo, en temas como ‘Devotion‘ o ‘Tenderness‘. También mantiene esas píldoras de rock de universidad de L.A. en los 90, como en ‘Superbike‘, que nos recuerdan de alguna manera a los Yuck del increíble primer disco, pero lo que le resta espacio en el conjunto lo deja en manos de aquello que decíamos de su talento instrumental y su cuidado a la producción. Hay varios picos en esto: la homónima ‘Anak Ko‘ y ‘Crown‘, que van seguidas en el tramo más experimental de la media hora larga de duración del álbum. Pero sobre todo se percibe en ‘Peace Out‘, donde incluso parece que cambia el tono de su voz. En fin, un disco con etiqueta de habitación que en realidad crece como una catedral. (Jordi Isern)

Jenny Hval – The Practice of Love

Resultará complicado encontrar este año discos tan bien trenzados como The Practice of Love. En la era de los singles sueltos, del “está bien pero se hace muy largo” y de esconder las prisas por publicar algo juntando cuatro temas y llamándolo mixtape, Jenny Hval ha lanzado ocho canciones que apenas necesitan silencio de separación entre pistas, ni títulos distintos más allá que el del disco. Nos explicamos. Es como si todas estuviesen bajo la misma nube gris y temperatura fría y desprendieran la misma voluntad de intentar apartarla en busca de calidez. Un optimismo moderado, más bien frustrado, que a ratos gana la batalla, y a otros se rinde por completo. Hasta cuatro voces nos cuentan esta aventura en el disco: Vivan Wang, Félicia Atkinson, Laura Jean y Jenny Hval. Una aventura, la del amor, que adopta mil caras, todas ellas poco recurrentes; la de la conversación entre dos amigas por Skype sobre un embarazo de mal final en ‘Accident‘, o el metasueño hecho canción de ‘Ashes to Ashes‘, o la descripción por la naturaleza en la canción que abre, ‘Lions‘. Si siempre hemos relacionado a Hval con música poco accesible y paisajes imposibles (su anterior EP contaba con un tema de 10 minutos, y sus discos siempre han sido más bien oscuros), parece que en este The Practice of Love ha querido darle otro giro: le da la vuelta y queda completamente entregada a la melodía y el ritmo, resultando una obra compleja con un discurso lleno de matices, pero siendo accesible y realmente placentera. De tan retorcido y oscuro, el disco resulta brillante y disfrutable. (Jordi Isern)

La Bien Querida – Brujería

Disco a disco, Ana Fernández-Villaverde ha sabido no solo reinventarse sino también construir un imaginario y una personalidad artística reconocibles. También ha sabido hacerse respetada sin meterse en demasiados pantanos experimentales, igual que ha sabido manejar la justa medida de su exposición y su repercusión para el gran público. Ha sabido sobrevivir al colapso del indie y asentarse como una de nuestras más sublimes divas de lo alternativo, ha sacado trabajos notables sin inventar en demasía y sin renunciar nunca a su cándida melancolía. A partir de Ceremonia comenzó a invadir espacios más electrónicos, más sintéticos, y desde ahí no ha hecho sino profundizar en esa faceta, hacia un lugar mucho más oscuro e industrial en Premeditación, Nocturnidad y Alevosía y hacia una fiesta mucho más lumínica, como de tardeo Ibiza, en el climático Fuego. Ahora, con René de Axolotes Mexicanos como nuevo productor y con su banda replanteada, Brujería supone la síntesis de todos los pasos, como un disco de madurez de esos rotundos en toda regla. Nada sobresaliente, nada tan extremado como en los anteriores, pero la misma delicadeza, valentía, voz celestial, talento melódico y empuje sonoro, e incluso un paso más en el uso de las guitarras, como puede demostrar canónicamente ‘Morderte‘, de lo mejor del disco. Quizá se queda un poco corto el paraguas que lo cubre, la brujería, ya que solo aparece realmente en algunas transiciones o en algunas outros, como si hubiera sido una decisión de última hora para darle un sentido más discursivo a un disco de canciones ya planteado, que es lo que en definitiva es. Ya sea por ese primer tramo que se cocina lento y que culmina en el fantástico dúo ‘Déjame Entrar‘ junto a su antiguo teclista, ya un nombre propio instituido por sí mismo (La Estrella de David), y que recuerda mucho a ese EP colaborativo entre Nacho Vegas y Christina Rosenvinge (y un poco a los Arcade Fire de Reflektor). Ya sea por las baladas más atmosféricas como la progresiva ‘Miedo‘ o ‘Nubes Negras‘. Ya sean los temas más vigorosos, los dos singles, esa ‘¿Qué?‘ magníficamente mezclada y armonizada en la que La Bien Querida se arriesga a poner su voz frágil contra el torrente de Diego de Carolina Durante o ese trallazo a lo New Order que es ‘Me Envenenas‘. La brujería de verdad es lo que hace Ana con su voz, lo que hace René con los detalles sintéticos, con los arpegios, con los teclados, con las programaciones espaciales, con las baterías intensitas y los redobles épicos, con el bombo cubierto. Y, bueno, lo que hace cuando se junta con Los Planetas y suma a toda la ecuación cósmica ese sonido que tanto ha caracterizado su última etapa y Zona Temporalmente Autónoma… que termina saliendo una maravilla como ‘Domingo Escarlata‘, sin duda una de las canciones nacionales del año. Brujería no es sobresaliente, pero es el disco que haría una de las artistas más sólidas y seguras de cualquier escena. Qué sorpresa que lo saque La Bien Querida. (Diego Rubio Méndez)

Lana Del Rey – Norman Fucking Rockwell!

Cada vez que hemos querido desentrañar y destripar a Lana Del Rey, ella ha respondido inundando el mundo de canciones en las que confluyen pasado, presente y futuro; en las que, como en la apoteosis de nostalgia y clasicismo instrumental que es ‘The Greatest‘, una falsa alerta de misil en Hawái, los incendios que arrasaron Los Ángeles o el eterno delirio de un rapero megalómano construyen una emocionante diapositiva de nuestra era; viñetas con las que nosotros mismos podemos jugar a reescribir la historia de una América que se desmorona. ¿Hace más calor solamente en Los Ángeles, o está ardiendo todo el planeta? ¿Es solo Kanye, o estamos todos cada vez más perdidos? Lejos de responder a estas preguntas, Lana Del Rey logra que nos las hagamos nosotros. Ella, con la clarividencia de quien baila en un mundo al borde de su propia extinción, simplemente escribe versos sangrientos en las paredes de su habitación mientras busca consuelo en un Hollywood en ruinas; en una California que ya no existe, que ahora es más bien un estado mental. Sus musas casi siempre son topónimos –el Laurel Canyon, el Mariners Apartment, la playa de Venice, la calle Sunset Boulevard–, y revive la mitología de estos lugares de la mano de Joni Mitchell, Neil Young, Elton John, Led Zeppelin o los Beach Boys. Consciente de que, al menos a corto plazo, su ritual de brujería para sacar a Trump de la Casa Blanca no va a surtir efecto, su refugio son ahora las palabras; la magia que estas poseen. 

Y en su sexto disco, Norman Fucking Rockwell!, Lana emplea las palabras como nunca lo había hecho, o como siempre lo hizo, aunque quizá no estábamos escuchándola con la atención que merecía. Porque el cuadro que empezó a pintar en 2012 no está ni de lejos terminado; su creación no es el póster estático que algunos quisieron ver, sino un lienzo en constante transformación y movimiento. Sus canciones pueden ser viajes que nunca terminan, pero te quedarías en ellas para siempre; como en los benditos diez minutos de épica, catarsis y alucinaciones terriblemente bellas y evocadoras de ‘Venice Bitch‘, que arranca como una balada acústica de la antigua radio, nos revuelve las entrañas con referencias a la poesía de Robert Frost y nos hace surfear entre colosales olas de ácido, solo perforadas por los rayos de sol californianos. Nos acercamos a unos nuevos años 20 –no sabemos si felices, ya que esta vez no estará Norman Rockwell para ilustrarlos–, pero antes de dar paso a esta era desconocida, dicen que oscura, Lana Del Rey ha querido dejar, en forma de disco, un valioso testimonio del fin de ciclo. Un álbum que sigue acentuando sus aristas, sus luces y sus sombras, pero que diluye cualquier duda acerca de su talento. (Crítica completa) (Max Martí)

León Benavente – Vamos a volvernos locos

Una radiografía de la soledad, la apatía de los excesos o la furibunda resignación. Abraham Boba ha optado porque el tercer largo de León Benavante sea una crónica de la desilusión en la contemporaneidad, aquella que nos obliga a colocarnos ante el mundo ‘Como la piedra que flota‘, pesada y sin rumbo, que el cantante comparte con Maria Arnal. Así que todo en este Vamos a volvernos locos está orientado a detallar la demencia de nuestro tiempo y levantar incómodos espejos que surgen de la autorreferencial ‘La canción del daño’ y la inmediata empatía que provoca. No es un cancionero adecuado para una resaca tras la confesión de que ‘Ayer salí’, pero sí un decálogo para corroborar que aquello que encontró su simiente junto a Nacho Vegas se ha convertido en una de las bandas más sólidas del panorama nacional. El devastador encanto de su lirismo lo completa una robustez instrumental mediante sintetizadores post-punk y latigazos distorsionados como el del clímax de ‘Cuatro monos’, un tema que deja en bandeja la salida a las tablas en su recién estrenada gira. Además de la autora de ‘Tu Qué Vienes a Rondarme’, Boba requiere en su travesía por el desencanto el apoyo de Miren Iza (Tulsa) y Eva Amaral, a la que confiesa que “amo tu lado más tierno, también el más hijo de puta”. Amar, pese a todo, como antídoto, o al menos alivio, porque nada hay más cierto que la afirmación que cierra este disco: “Es tu vida en directo y no hay ni habrá quien la comprenda”. (Carlos Marlasca)

Marika Hackman – Any Human Friend

Tras haber viajado por terrenos algo más experimentales e introspectivos con sus dos primeros trabajos (We Slept at Last y I’m Not Your Man), Marika Hackman regresa con Any Human Friend: una disección exhaustiva de la cantautora de Hampshire sobre su personalidad, sus relaciones y su sexualidad, entre otras cosas. Un análisis profundo, claro y franco que, en ciertos momentos, podría crear la falsa sensación de que conocemos, como si de una amistad se tratase, a Marika. Pero a pesar de su innegable talento compositivo, esta característica ha sido y sigue siendo el gran denominador común de su proyecto. Entonces, ¿qué es aquello que realmente diferencia este tercer trabajo de los anteriores y lo convierte en su mejor disco hasta la fecha? La apuesta por un sonido más dinámico, fresco y potente influenciado, sobre todo, por un indie pop-rock ochentero con más presencia de guitarras y sintetizadores. Un nuevo atuendo sonoro que perfila con la coproducción de David Wrench (Frank Ocean, FKA twigs, The xx) y que brilla especialmente en la reflexiva ‘the one‘ o la sexualmente libre ‘hand solo‘. (Raquel Pagès)

Medalla – Medalla

Desde su irrupción con Emblema y Poder en 2017, Medalla dejaron bien claro que eran una de las claras promesas del panorama rock nacional. Pero la verdad es que ahora mismo, tras la publicación de su segundo largo homónimo, esta “categorización” se les queda muy corta. El cuarteto catalán regresa con un trabajo más redondo, sólido y consistente que el anterior. Eso sí, sin perder la gracia con la que confeccionan sus rotundos hits. El disco arranca con ‘El Tajo’, una canción camaleónica que tanto respira densidad en su inicio como se embarca hacia sorprendentes cambios de tempo y texturas a medida que llega a su final. Hay una clara intención en encontrar el dinamismo en cada una de las canciones del álbum. Pero más allá de esta tendencia fluctuante, el broche de oro lo consiguen con la perfecta conjunción entre las melodías, claramente más pop esta vez, y las armonías y la instrumentación, cada vez más robusta y afilada. Una combinación ganadora que hace que Medalla, más que una promesa, sean ya un referente. (Raquel Pagès)

Purple Mountains – Purple Mountains

Que David Berman muriera apenas tres semanas después de la publicación de su disco como Purple Mountains ha cambiado inevitablemente la forma en la que este disco ha sido recibido por el público, pero lo cierto es que incluso en el momento de su lanzamiento ya era un acontecimiento tremendamente especial. Se trataba del retorno a la música de Berman tras una década de silencio y retiro absoluto, desde que en 2009 desmanteló esos Silver Jews que en su día nacieron, recordemos, junto a Stephen Malkmus y Bob Nastanovich de Pavement. Historia del indie rock estadounidense, vaya. Se trataba, eso sí, de un retorno agridulce, cuando no directamente agrio, puesto que Berman ya reconocía en las canciones de su nuevo proyecto, escrito tras la ruptura de su matrimonio de 20 años, que ‘All My Happiness Is Gone’, que todo era ‘Darkness and Cold’ y que ‘Maybe I’m The Only One For Me’. Pero lo hacía con tanta vitalidad melódica, ahora con los vientos de ‘Margaritas at the Mall’, con la plácida elegancia acústica de ‘I Loved Being My Mother’s Son’ (compuesta tras la muerte de su madre), con las cuerdas de ‘All My Happiness Is Gone’ o el casi optimismo de ‘Storyline Fever’ –donde percibimos la mano a la producción de Jeremy Earl y Jarvis Taverniere de Woods–, que casi nos creímos que había vuelto para quedarse. Su muerte el 7 de agosto de 2019, finalmente catalogada como suicidio a solo tres días de empezar la gira de presentación del disco, no solo nos deja con un vacío enorme sino con la duda sobre el sentido final de este disco: ¿fue Purple Mountains su regalo final antes de irse o un intento fallido de volver a empezar? En cualquier caso, le estaremos agradecidos eternamente. (Aleix Ibars)

(Sandy) Alex G – House of Sugar

Solo 25 años y nueve discos lanzados. Obviamente, Alex Giannascoli es uno de los grandes artistas de su generación, un músico definitorio en la forma DIY de hacer las cosas y un permanentemente inquieto creador. Su carrera ha ido evolucionando dentro de su idiosincrasia excéntrica, pero lindando siempre con una idea bucólica y a veces un poco distante del pop. Como el que se siente en la Tierra pero se ha quedado en la Luna. Y ahora, por primera vez, parece que (Sandy) Alex G ha conseguido aterrizar con un House of Sugar que nos muestra su versión más accesible, más centrada, pero que no renuncia a lo weird y a lo experimental. La apertura estilística aquí es ilimitada, las posibilidades que le ha dado a Alex poder mejorar todas sus herramientas es notoria y, sobre todo, el abanico de instrumentos y formas de enfrentar por tanto la composición se ha desplegado como nunca, mostrando a un músico más liberado, más ¿feliz?. Más confiado. Consciente de su lado oscuro, las adicciones y cómo se ambientan con producciones más tenebrosas (‘Sugar‘), pero también más mucho más esperanzado. Dejando entrar un lado brillante que se traduce en las melodías de temazos como ‘Gretel‘ o ‘Southern Sky‘ y en rendiciones más folkie como ‘Bad Man‘ o ‘Cow‘, muy Neil Young, así como en producciones mucho más electrónicas como ‘Project 2‘. Aventurándose en viajes complejos de apenas dos minutos como el de ‘Bad Man‘, dejándose llevar por el procesamiento vocal a lo Frank Ocean, a quien acompañó a la guitarra en la gira de Blonde tras haber participado en su proceso de grabación. Quizá aprendió mucho de aquello, y quizá aprendió tras haber visto morir a su compañero de piso por una sobredosis de Fentanyl, como relata en ‘Hope‘. Quizá ha aprendido de todo en general. Y lo que ha hecho con todo ello ha terminado resultando en una de las mejores reinvenciones modernas de la americana; hacia lo espacial, lo sintético, lo extraño del cosmos. Su última reinvención. Su mejor disco. (Diego Rubio Méndez)

Sleater-Kinney – The Center Won’t Hold

Si se oye el nombre de Annie Clark y luego se escucha ‘The Dog / The Body’, es fácil deducir que algo ha pasado con Sleater-Kinney. La canción podría haber salido de la cocina de HAIM, pero St. Vincent, ínclita productora de este The Center Won’t Hold, lo considera una evolución natural en la carrera del trio, aunque los tentáculos del pop de FM, ahora extendidos, no han llegado a abrazar a una de las formaciones abanderadas del llamado riot grrrl. La furia de la que han hecho gala las rockeras desde hace más de dos décadas irrumpe en el final de la canción que da nombre al disco y en la excelente ‘Bad Dance’, pese a que hayan atemperado su carácter. Aún resuenan rugosos riffs guitarreros junto a un mensaje reivindicativo presente con anterioridad en temas como ‘Price Tag’, y que ahora encuentra una nueva forma más luminosa en ‘Can I Go On’, en la que cantan “Eeveryone I know is funny / But jokes don’t make us money / Sell our rage, buy and trade / But we still cry for free every day”. El contenido no merma por cambiar las roídas tachuelas por un aseado vaquero. Un atuendo con el que también se puede censurar el aislamiento social provocado por la tecnología en ‘The Future Is Here’, otro de los temas que hacen del noveno álbum de las de Olympia una absoluta delicia y que aciertan con clausurar con la desnuda intensidad de ‘Broken’. Solo queda darle la razón a St. Vincent: el cambio de look que le ha hecho a Sleater-Kinney amplifica su incidencia y avala la categoría del actual matriarcado. (Carlos Marlasca)

Sticky M.A. & Steve Lean – 5ta Dimensión

Siento que este es mi año / Noto como si algo se me sale de mi cuerpo”, canta –auto-tuneadísimo– el madrileño Sticky M.A. en ‘Poli M.A.’, uno de los temas de 5ta Dimensión, su mixtape a medias con el ex-PXXR GVNG Steve Lean. Y puede que más allá de la retórica habitual del género esta vez esté en lo cierto, porque con esta ya son dos las mixtapes excelentes que encadena el compañero de C. Tangana en Agorazein, tras un ascenso lento de varios años que tampoco parece haber incomodado demasiado a Stickyto. Tras la colosal ‘Humo y Alcohol’ y la colabo con Yung Beef en ‘Diablo’ del año pasado, la aventura de este año pasa por la asociación con Steve Lean, uno de los mejores productores –si no el mejor– de la escena trap española. Y el resultado es espectacular: bases apoteósicas con su dosis justa de épica y elementos cósmicos, un Sticky que sigue siendo imbatible haciendo volar estribillos por los aires (‘Shooters‘, ‘Atrás‘, ‘Piensa en mí‘ y ‘Rockestar‘ se transforman en himnos al directo) y colaboraciones de estrellas al otro lado del charco como el argentino Duki o el chileno Polimá Westcoast con la vista fijada en el asalto más allá del Atlántico. Por el camino, sold outs en la mayoría de su gira por salas españolas y la sensación definitiva de que, ahora sí, ha llegado su momento. (Aleix Ibars)

The Murder Capital – When I Have Fears 

La ciudad de Dublín y, más ampliamente, el embate de lanzamientos que se circunscriben a la nueva ola de post-punk europeo encabezada por IDLESShame o Fontaines D.C., no dejan de sumar bandas que amplían la mirada crítica y poética de la situación sociopolítica actual que cultiva la escena. El pasado mes de agosto se lanzó When I Have Fears de la mano de Human Season Records, álbum debut de The Murder Capital y muestra de que hay un sentimiento ligado al post-punk más visceral que en algún momento se traspapeló, pero que ahora resurge con todas las de calar más allá de la mera proliferación musical del género; sentimiento que se adscribe a la voluntad de observar y digerir la realidad sacrificando comodidad por conciencia. El resultado es un álbum de corte sombrío que, a su vez, contiene su opuesto en la claridad de una poética construida a base de enroscadas metáforas combinadas con mensajes crudos, directos, tales como el “no te aferres a la vida / no hay nada en el otro lado” de ‘Don’t Cling To Life‘, el “si te diera lo que quieres nunca estarías satisfecho” de ‘More Is Less‘ o «soy una estrella sin brillo / corroída a través del núcleo” de ‘For Everything‘, tema que abre el disco dando muestra de su carácter desgranado y su sonido afilado, brutalista, que a momentos cede para que las guitarras suenen en armonías más amenas o para que un piano colapse la dinámica instrumental del álbum en ‘How The Streets Adore Me Now‘. La banda irlandesa compuesta por los jovencísimos James McGovernDamien TuitCathal RoperGabriel Paschal y Diarmuid Brennan, hermanada con el reciente éxito de Fontaines D.C., remueve el caldo existencialista –al que ya se vincularon grupos como Joy Division– para drenar disonancias actuales como la gentrificación de las ciudades y otras tan atemporales como la transgresión emocional que supone el suicidio de un amigo cercano. (Lluc Mulet)

Whitney – Forever Turned Around

Además del nombre de su banda, Whitney ha resultado ser una óptima excusa para que Max Kakacek y Julien Ehrlich compartan el impío paso del tiempo. Su segundo álbum se fraguó en la carretera y se completó en el sótano de Ziyad Ashrar, antiguo compañero en Smith Westerns, antes de pasar definitivamente por el estudio de Ehrlich. Con este Forever Turned Around retoman esos ‘Golden Days’, hallados finalmente tras su debut, y el lo-fi sinfónico de los de Chicago también funciona a la hora de explorar las inquietudes de madurez, como en ‘Song For Ty’ y sus paralelismos con Fleet Foxes, o el vínculo entre ambos que se adivina en ‘Friend Of Mine’. El disco abre interrogantes sobre lo que está por llegar y el tratamiento de los vínculos afectivos, del que el sosegado inicio de ‘Giving Up’ es un buen ejemplo. Es más trascendental. El falsete de Ehrlich, suena extraordinario en ‘Before I Know It’, una canción que exhibe, junto a ‘Rhododendron’, todo el poderío instrumental del dúo. Con el único añadido en la producción de Brad Cook (Bon Iver, His Golden Messenger), que forma equipo junto a Jonathan Rado de Foxygen, Whitney se asienta en un territorio ya conquistado pero que es lo suficiente extenso como para poder recrearse en él. (Carlos Marlasca)

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