12/11/2019

Crónica de la novena edición del festival de electrónica y artes digitales barcelonés, la última en Fabra i Coats.

No es fácil acomodar un festival en Barcelona fuera de temporada estival, con una voluntad artística que escapa de las masas y algo lejos del centro. Sin embargo, el MIRA Digital Arts Festival 2019, que del 5 al 9 de noviembre ha celebrado su ya novena edición, parece haberse instaurado como una referencia en la que estos tres elementos forman parte de su identidad. Siempre en otoño, en un espacio a medida como es la Fabra i Coats –pero en un barrio periférico como es Sant Andreu– y con nombres de la electrónica más experimental. Cada año parece ser el de su consolidación, no tanto en grandes cifras, ya que parecen ser muy conscientes de su envergadura y del espacio que ocupan, pero sí en la sensación de estar dando en el clavo con los nombres que son pilares de lo que está pasando –este año hemos visto a referencias como Clark, Floating PointsB12 entre otros– y propuestas a punto de estallar –700 Bliss, Kali Malone o el proyecto de Ylia con People You May Know–. Y como siempre, todo ello redondeado con instalaciones artísticas en los pisos superiores y exteriores del recinto, entre las que este año destacaba Un Hilo de 11W de Antoni Arola, que iluminaba en su recorrido la entrada al festival. 

La bienvenida musical la tuvimos con Ossia, proyecto de Dan Davies desde Berlín, que estrenaba directo del disco Devil’s Dance. Una propuesta con personalidad 100% MIRA: electrónica oscura, industrial, contundente y sin concesiones en ninguna de sus formas; visuales también toscos y en su mayoría en blanco y negro. Potencia, músculo e introspección. Lo dicho: puro MIRA. En contrapartida, uno de los grandes reclamos de esta edición, Floating Points, puso hasta los topes el recinto de Fabra i Coats el jueves con una fórmula más fluida y pistera, acompañado por visuales que parecían dibujar esas melodías entre acuarela y tonos pastel. El inicio de su live, con una larga intro de contención, parecía alejarse de la presentación de su reciente Crush, pero los destellos de ‘Last Bloom‘ situaron de nuevo el protagonismo en este segundo álbum de Sam Shepard. Un directo más fotogénico que contundente, y quizás más accesible de lo que estábamos acostumbrados, pero aun así muy disfrutable y bailable. El despliegue visual de Hamill Industries, encargados de aportar las proyecciones, elevó las ascensiones de ‘LesAlpx‘ hasta más allá de las columnas del main stage.

El dúo de danesas Smerz, que publicó el aclamado Have Fun en 2018, supo trasladar las melodías entrecortadas del disco como ‘Oh my my‘ y reconstruir ‘Girl 2‘ con elementos orgánicos y sus voces, claramente protagonistas en esta propuesta de R&B de otro planeta. No parecieron encontrar feeling entre el público, o quizás el escenario grande no era el adecuado, pero eran uno de los nombres que se había escapado a otras citas, y fue una alegría poder disfrutar de su directo. Más cómodos estuvieron B12, pioneros de la IDM inglesa noventera que coquetea con Detroit, en el Espai Zero, que se llenó hasta arriba empañando cristales y sumando vapor al ya condensado ambiente. Apenas se distinguieron samples de ‘Infinie Lites‘ y otras joyas de su legado, pero su sonido inconfundible resultó en un gran homenaje a las raves de años atrás. Menos vaporoso y melancólico fue Clark. Últimamente más centrado en la composición de bandas sonoras para series, el de Warp supo dar un paso al frente en su papel de cabeza de cartel (¿en qué otro festival debe ser uno de los grandes reclamos?) y se autohomenajeó repasando su paleta techno más pistera a lo largo de un set de casi hora y media. A destacar el gran trabajo a los visuales de la artista eslovaca Evelyn Bencicova: ofreció más texturas y túneles caleidoscópicos, dando como resultando una simbiosis muy encajada a las pulsaciones.

Para el sábado y tras varias jornadas de BPMs altos, Biosphere (uno de los nombres a la sombra del ambient, y en sintonía con KLF o Brian Eno), dio una lección de minimalismo y levitación. Biosphere, que a pesar de tener uno de esos discos que marcan una trayectoria (Substrata, 1997), sigue destacando por su incontinencia creativa en los más recientes The Hilvarenbeek (2018) y The Senja Recordings (2019), series en las que compone a partir de sonidos de trabajos de campo. Y en contrapartida, el nombre de Beatrice Dillon, reconocida como merece y ya con una larga carrera de grandes sets, mutó en especialista de de IDM en el MIRA, dejando un poco de lado su bagaje agresivo para lanzarse a lo más experimental. Un lujo en esas cortas distancias. Más tarde, la garra de 700 Bliss, a pesar de algunos contratiempos y a la falta de fluidez, fue toda una declaración de intenciones del rumbo de la electrónica en su expresión urbana.

En definitiva, una nueva edición del MIRA –la de mayor afluencia de su historia según la nota de prensa– que, con más de 50 actividades y 120 artistas, nos dejaba con la sensación de haber visto en directo una fotografía del panorama electrónico que no siempre encuentra los focos mediáticos, pero que dejó claro que, en tiempos de grandes cifras y homogeneización de estilos, propuestas como la suya son cada vez más necesarias. Por este motivo, será fundamental que la cita ponga rumbo al futuro con valentía y encuentre su lugar más allá del recinto de la fábrica Fabra i Coats, sobre todo de cara a su ilusionante aniversario previsto para 2020.

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