29/10/2019

De Born to Die a Norman Fucking Rockwell!, tratamos de entender a una de las estrellas del pop más complejas de nuestro tiempo.

Cuando Lana Del Rey irrumpió en 2012 con su disco de debut, Born to Die, no fueron pocos quienes se esforzaron en convertirla en un meme. En su habitual evaluación prematura, Stereogum definió sus canciones como “15 variaciones distintas de una chica borracha en el bar tratando de convencer a alguien de que se vaya a casa con ella”. Con una D de deficiente, la reseña de Consequence of Sound criticaba el hecho de que la autenticidad de sus labios fuese más discutida que su música para acabar manifestando que, cuando Patrick Stickles canta “it’s you, it’s you” en su versión de ‘Video Games’, suena “más honesto que Del Rey”. “Dale algún crédito: al menos no rompió a llorar en Saturday Night Live”, arrancaba la crítica de la revista Rolling Stone, y la de Pitchfork –aquí, al menos, firmaba una mujer– equiparaba el álbum con “un falso orgasmo”. “Aunque la mona se vista de seda: mona se queda”, claudicaron en Mondo Sonoro, y en Rockdelux fueron un paso más allá rubricando su texto de la siguiente manera: “No le llega ni a la suela de las plataformas a cualquier choni de barrio de 13 años”. Nosotros mismos, en el titular del único artículo extenso que le dedicamos ese año, nos referimos a Elizabeth Woolridge Grant como una “estrella fugaz”. Y aquí seguimos, esperando su caída.

 

«Maldita sea, hombre-niño
Me follaste tan bien que casi dije te quiero»

Por aquel entonces, quien escribe estas líneas leía en internet poco más que Jenesaispop, pero aún hoy, la crítica de Raúl Guillén me sigue pareciendo una de las que mejor ha resistido el paso del tiempo: “Es un disco que, cuando acabe el año, muchos de nosotros habremos escuchado cientos de veces más que el 90% de BNMs en Pitchfork. Y que dentro de unos años todavía escucharemos con un recuerdo emocionado de estos días”. También en NME osaron señalar que, “aunque no es un disco pop perfecto, marca la llegada de una nueva y refrescante sensibilidad en el pop”. Para una generación de jóvenes que vivió con emoción los primeros pasos de Del Rey, seguramente fue alentador que al menos una o dos reseñas de aquel Born to Die, que según supimos el año pasado es el tercer disco de una artista femenina que más semanas (¡300!) ha permanecido en las listas de ventas estadounidenses después de Adele y Carole King, no fuese un batiburrillo de comentarios machistas y condescendientes hacia una mujer de 24 años que, con más o menos acierto, se estrenaba en una industria hipermasculinazada e implacable. Lo que está claro es que, sin ese debut, hoy no existiría la figura de Lana Del Rey tal como la conocemos, ni algunos (ejem) estarían hablando de ella como “una de las mejores cantautoras vivas de América”.

 

«Sacaron mi tristeza de contexto
(…) Confundieron mi bondad con debilidad»

Porque pese a aquel “todo mal” fuera de control, pese al intento de convertir a la neoyorquina en una caricatura grotesca engendrada por las más perversas estrategias marketinianas, en un juguete roto para adolescentes millennials, muchos se apresuran ahora a incluir ‘Video Games’ entre los primeros puestos de las canciones de la década. Y es que aquel himno deprimente en el que Lana cantaba, precisamente, sobre sentirse ignorada por un hombre que bebe cerveza y juega a la consola, tan heredero del “sadcore” (como algunos quisieron catalogar el género) de Cat Power como clave, quizá, para allanar el camino de futuras estrellas como Lorde o Billie Eilish, abre una etapa en el mainstream cuyas consecuencias siguen por analizar. Porque ‘Video Games’ fue, sin lugar a dudas, un excelente punto de partida para una artista compleja e impredecible que, con el transcurso de la década, ha trascendido con creces la simple categoría de diva triste, nostálgica y anclada en el cliché del viejo Hollywood. Porque descifrar a Lana Del Rey se vuelve más arduo a cada disco. Sentar cátedra sobre ella, ahora mismo, resulta una odisea. Pues si antaño soñaba con ser una “Nancy Sinatra gánster”, y bien que la crítica se mofó de su ocurrencia, ahora se define como una “Sylvia Plath 24/7” para pesadilla de quienes, en su afán por reducir y encasillar, ya no entienden absolutamente nada. “¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo; soy grande: contengo multitudes”, reza en su bio de Twitter una cita del influyente escritor Walt Whitman.

«Píntame feliz y azul
Norman Rockwell
Sin hype bajo nuestras portadas
Solo somos tú y yo»

 

Para algunos, Norman Fucking Rockwell! es el disco que lo cambia todo; como si jamás hubiese existido aquella Lana Del Rey que histriónicamente gritaba “I’m fucking crazy” en The Paradise Edition (2012); esa que en Ultraviolence (2014) exigía su dinero, su fama y su gloria al mismo tiempo que reivindicaba su ascenso a la cima –suena como algo que podría haber dicho Kanye West, pero fue Lana en su melodramático segundo disco–; la que de la mano de Dan Auerbach (The Black Keys) abrazó el rock and roll y la oscuridad de PortisheadMazzy Star para revolcarse en la toxicidad del amor, el sexo y las drogas –algo que, como todos sabemos, solo se permite a los músicos hombres que encajan en la categoría del genio atormentado–. Y mientras unos pocos persistieron en esbozar con desmesurada torpeza a un personaje ficticio, patriotero y kitsch, la artista siguió trazando pinceladas de glamour cinematográfico, en ocasiones verdaderamente lynchiano, y refinando su lujosa imaginería californiana en Honeymoon (2015), cuyas baladas escapistas tanto invocan los espíritus de Leonard Cohen, Bob Dylan y David Bowie como ceden espacio al lamento de la eterna Nina Simone: “No dejes que me malinterpreten”. Pero poco parecen importarle ya las críticas en el majestuoso y orquestal Lust For Life (2017), en el que ni siquiera los destellos de hip hop que tan criticados fueron en su debut se han desvanecido por completo –The Weekend y A$AP Rocky figuran entre otros invitados como la líder de Fleetwood Mac y el mismísimo hijo de John Lennon y Yoko Ono–. En su portada, al fin, Lana posa sonriente.

 

«Y estábamos tan obsesionados con escribir el próximo mejor disco americano
Que dimos todo lo que teníamos hasta que nos acostamos
Porque sabíamos que podíamos»

Norman Rockwell, el pintor neoyorquino que inspira su sexto disco, solía quejarse a menudo de que “nunca iba a poder crear una gran obra, una obra maestra”. Sus primeros trabajos, que reflejan a modo costumbrista, casi propagandístico, la vida de las familias de clase media norteamericanas en los felices años 20, inundaron infinidad de hogares, comercios, calles y portadas de revistas en los Estados Unidos. Sin embargo, él siempre se sintió infravalorado y ajeno a las vanguardias museísticas; comúnmente, su obra fue acusada de patriotismo pop insustancial, de kitsch y de burguesa por buena parte de la crítica de la época. ¿Les suena? Sin embargo, las explicaciones de Del Rey sobre la elección de dicho título son ambiguas, irónicas, desconcertantes. “Fue extraño cómo lo decidí. Estaba improvisando sobre un par de acordes que Jack [Antonoff] estaba tocando para la canción principal, que terminó llamándose Norman Fucking Rockwell. Era una especie de signo de exclamación: así que este es el sueño americano, en este momento. Aquí es donde estamos: Norman Fucking Rockwell. Vamos a ir a Marte, y Trump es presidente, de acuerdo. Jack y yo bromeábamos constantemente sobre todos los titulares aleatorios que podríamos ver esa semana, por lo que es una pequeña referencia cultural. Pero en realidad no es algo cínico. Para mí, es esperanzador verlo todo un poco más divertido. El caos de la cultura es interesante, y espero que haya espacio para algo de movimiento y emoción dentro de ella”, explicó en Vanity Fair la artista que, junto al productor del momento, Jack Antonoff, se había propuesto un ambicioso objetivo: escribir el próximo mejor disco de América.

 

«La cultura está encendida, y si es así, me divertí»


En ciertos momentos de su carrera,
Rockwell experimentó algo así como revelaciones que le llevaron a manifestar una visión más crítica y mordaz de la sociedad en sus obras. «La mayoría de las veces, trato de entretener con mis portadas», aseveró una vez en The Saturday Evening Post. «De vez en cuando, siento la necesidad incontrolable de decir algo serio». Dichas palabras nos hacen pensar en Looking For America‘, canción que Lana estrenó por sorpresa poco antes de la publicación del álbum que nos ocupa y que no fue incluida en el mismo, pero que nos sirve, quizá mejor que ninguna otra en su catálogo, para entender a la artista. Aún conmocionada por los tiroteos masivos que tuvieron lugar en El Paso y Dayton, Del Rey llamó a Antonoff para meterse en el estudio y, en escasas tomas, grabaron esta vehemente balada sobre una América que no existe más allá de la propia imaginación de su autora: «Todavía estoy buscando mi propia versión de América / Una sin armas, donde la bandera pueda ondear libremente».

Lo canta la misma artista que cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca decidió dejar de ondear la bandera norteamericana en los visuales de sus conciertos: “Es un período de transición (…) Creo que sería inapropiado”. Y de algún modo, toda su iconografía es pura transición, metamorfosis, fantasía. Cada vez que hemos querido biografiar al personaje, desentrañar y destripar el alma de Lana Del Rey, ella ha respondido inundando el mundo de canciones en las que confluyen pasado, presente y futuro; en las que, como en la apoteosis de nostalgia y clasicismo instrumental que es ‘The Greatest‘, una falsa alerta de misil en Hawái, los incendios que arrasaron Los Ángeles o el eterno delirio de un rapero megalómano construyen una emocionante diapositiva de nuestra era; viñetas con las que nosotros mismos podemos jugar a reescribir la historia de una América que hoy se desmorona.

«L.A. está en llamas, hace calor
Kanye West es rubio y está perdido
‘Life on Mars’ no es solo una canción
Oh, el live stream está a punto de empezar»

 

¿Hace más calor solamente en Los Ángeles, o está ardiendo todo el planeta? ¿Es solo Kanye, o estamos todos cada vez más perdidos? Lejos de responder a estas preguntas, Lana Del Rey logra que nos las hagamos nosotros. Ella, con la clarividencia de quien baila en un mundo al borde de su propia extinción, simplemente escribe versos sangrientos en las paredes de su habitación mientras busca consuelo en un Hollywood en ruinas; en una California que ya no existe, que ahora es más bien un estado mental. Sus musas casi siempre son topónimos –el Laurel Canyon, el Mariners Apartment, la playa de Venice, la calle Sunset Boulevard–, y revive la mitología de estos lugares de la mano de Joni Mitchell, Neil YoungElton JohnLed Zeppelin o los Beach Boys. Consciente de que, al menos a corto plazo, su ritual de brujería para sacar a Trump de la Casa Blanca no va a surtir efecto, su refugio son ahora las palabras; la magia que estas poseen.

Y en Norman Fucking Rockwell!, Lana emplea las palabras como nunca lo había hecho, o como siempre lo hizo, aunque quizá no estábamos escuchándola con la atención que merecía. Porque el cuadro que empezó a pintar en 2012 no está ni de lejos terminado, y por eso siempre debimos creer en ella. Porque su creación no es el póster estático que algunos quisieron ver, sino un lienzo en constante transformación y movimiento. Sus canciones pueden ser viajes que nunca terminan, pero te quedarías en ellas para siempre; como en los benditos diez minutos de épica, catarsis y alucinaciones terriblemente bellas y evocadoras de ‘Venice Bitch‘, que arranca como una balada acústica de la antigua radio, nos revuelve las entrañas con referencias a la poesía de Robert Frost y surfea entre colosales olas de ácido, solo perforadas por los rayos de sol californianos.

Nos acercamos a unos nuevos años 20 –no sabemos si felices, ya que esta vez no estará el bueno de Rockwell para ilustrarlos–, pero antes de dar paso a esta era desconocida, dicen que oscura, Lana Del Rey ha querido dejar, en forma de disco, un valioso testimonio del fin de ciclo. Un álbum que sigue acentuando sus aristas, sus luces y sus sombras, pero que diluye cualquier duda acerca de su talento. ¿Será 2020 el año en el que los hombres dejemos de cuestionar constantemente la capacidad artística de las mujeres? ¿En el que desterremos de una vez por todas el sobreanálisis de conceptos como «autenticidad» y «honestidad» cuando hablemos de ellas? Seguro que no. Definitivamente no. Y aquí es donde Lizzy Grant, con aquella sabiduría natural de quien ha recibido más de un golpe de la prensa («Escriben que soy feliz, saben que no lo soy / Pero en el mejor de los casos, puedes ver que no estoy triste»), nos da una importante lección de fortaleza ante la catástrofe. Y lo hace, por ironías de la vida, el mismo año en el que Kanye West ha decidido dedicarle un disco a Dios, o dedicárselo a sí mismo, para buscar la salvación. El mismo año en el que ha muerto el mito del genio.

«Me voy del cañón, conduzco hasta el club
Fui una cosa, ahora estoy siendo otra»

 

Porque del mismo modo que, bajo el mandato de un presidente misógino, la bandera norteamericana no puede ondear como lo hacía antes, aquellos hombres crueles y abusivos que la atormentaban en Ultraviolence ya no pueden seguir disimulando, a estas alturas de 2019, la masculinidad tóxica que subyace en su intento de parecer siempre fuertes, como tampoco pueden culpar a las noticias de su mala poesía. Como las grandes naciones, estos hombres se están hoy derrumbando, pero Del Rey, que no ha perdido un ápice de empatía, deja que todos ellos lloren en su regazo. Quien fuera acusada de antifeminismo en sus inicios, hoy susurra un desafiante «I’m your man»; la artista que una vez dijo que «desearía estar muerta» al rememorar a sus héroes más autodestructivos, Kurt Cobain y Amy Winehouse, hoy exclama un I ain’t no candle in the wind» que está lleno de vida. ¿Pueden oírla en el sobrio pero elegante cierre de Norman Fucking Rockwell!? Dice que ve venir «una nueva revolución, una fuerte evolución». Si pese al ensañamiento mediático, pese a que todavía ve monstruos debajo de la cama, esta gran mujer ha podido hacer las paces con su pasado y conserva la esperanza intacta, ¿cómo no vas a poder tú, pequeño hombre-niño?

«La esperanza es una cosa peligrosa para una mujer como yo
Pero la tengo
La tengo
La tengo
Tengo»

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