01/10/2019

Crónica de la exhibición de improvisación, ruido, math-rock con todas las licencias posibles y comedia que los británicos perpetraron en Madrid. BO-LA-ZO

Cualquiera que viera a los niñatos malcarados de Londres el pasado martes en la sala El Sol de Madrid se daría de bruces con una evidencia: la evolución es brutal. Y no digo brutal por poner un adjetivo vacío que amplifique el efecto black midi; de efecto esta gente va sobrada. Ya sea si los has visto solo en vídeo, de KEXP a la gala del Mercury Prize; ya sea si los cazaste en el Mad Cool o en el Paredes de Coura 2019, te habrá sorprendido ver cómo van engrandeciendo su sonido, cómo va mejorando la intensidad mientras las progresiones enlazan mejor y la complicidad mejora, cómo aprenden a bajar, a planear y a volver a levantar el vuelo. Pues no te sorprendas: son un colectivo en constante perfeccionamiento. En cada ensayo y en cada concierto dejan volar sus alas de ruido y van cincelando sus canciones en un constante non finito. Y lo que hace poco menos de un año era un drop painting que estaba por terminar de ordenarse dentro de su caótico sentido, en la Sol es ya un Kandinsky de mucho cuidado.

 

 

Utilizo muchos términos artísticos y a lo mejor hago mal, porque invita a pensar que estos jinetes del apocalipsis punk hacen algo demasiado arty, elevado, inaccesible, pretencioso. Y a veces puede parecerlo: que se lo digan a todos esos fans entregadísimos que se esforzaban por hacer pogos que luego se veían abruptamente ralentizados por la banda, siempre juguetona e impredecible. Pero no, no son arty porque, precisamente, les encanta jugar. Y su juego es la improvisación salvaje, y en ese juego consiguen hacer incluso comedia. Y es quizá ahí donde black midi se pasaron este bolo.

Porque antes de meterse en la espiral destructiva de una improvisación de más de diez minutos que pasa del metal al country se permiten el chistazo de riffear la intro de Friends, porque después de hacer math-rock-headbanger se tiran un riff con el jingle de Los Simpson, porque montan ‘Ducter‘ en post-punk cavernoso, porque empiezan ‘Of Schlagenheim‘ y no sabes nunca por dónde van a salir, engañando a los que pretenden saberse las canciones y con Geordie siempre mirando de recelo, con algo entre lascivia, disfrute perturbador y desafío. No son arty pero puede parecerlo, porque su única idea durante la hora y poco que dura su concierto es poner a prueba a tus oídos.

 

 

Con solo un disco y prácticamente diez temas en repertorio, me atrevería a decir que black midi no han dado un solo concierto igual, no han recurrido al tan manido guion ni una maldita vez. Al menos ni uno de los que yo he visto. Los momentos álgidos los marcan casi siempre ‘Speedway‘ y la por lo general más climática ‘bmbmbm‘ (¿quizá su “canción” más reconocible?), pero lo mejor que tienen es que aparecen en formas diferentes, siempre dinámicas y cambiantes, no solo infieles a sí mismas sino a cualquier posición prefijada en el set. No salen bandas como esta todos los días, todos los años. Cojámonos un buen pedo en honor a estos chavales, que se lo merecen.

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Foto. @aitornova   Conciertos
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