13/09/2019

Nos sentamos con el músico de Filadelfia para charlar sobre su nuevo trabajo, House of Sugar, pero también sobre procesos creativos o el culto a los “America's greatest living songwriters”.

El pasado miércoles nos atravesaba como un cuchillo roído y oxidado la noticia de la muerte de Daniel Johnston. Aquel poeta maldito que junto a otros grandes como Jeff Mangum, Robert Schneider, Phil Elvrum, Will Cullen Hart, Bill Doss o Will Oldham representaría la transición entre el grunge y el indie, el heroísmo del do it yourself y de la baja fidelidad, generando un culto morboso, a veces incluso tenebroso. Tras ellos, muchos han flirteado con esa idea casi abstracta y mitómana del artista de culto, del cantautor condenado, del epítome de la independencia y de la sinceridad underground, del deconstructor subversivo de la canción pop, pero la gran mayoría se han quedado en tótems del folk o incluso han conseguido, como Beck, sin ir más lejos, mimetizarse con esa corriente que me imagino como un remolino tubular que es el mainstream. Y entre toda esa maraña, quizá un artista ha sabido destacar precisamente por hacer todo lo contrario.

Cimentando una carrera absolutamente personal, transitando desde una intención lo-fi la psicodelia, el folk, el pop, el rock, el funk y hasta el hip hop, y aplicando cada vez más y más capas de perfección y brillantez a su sonido, Alex Giannascoli ha terminado ofreciendo el disco que nadie esperaría de él, el que puede que ni él mismo se viera capaz de sacar. Uno que según él puede ser más poppy, un poco bubblegum. Pero también una especie de sublimación personal en la que le vemos más seguro que nunca, más abrigado y producido, pero en la que seguimos asistiendo a una catarsis creativa de pura independencia y gusto íntimo de hacer las cosas. Sin dejar de hacer lo que quiere y sin dejar de expresarse desde una primera persona única, (Sandy) Alex G consigue con House of Sugar dejarnos su mejor disco. Y a lo mejor ni siquiera es consciente, porque él solo ha hecho el disco que necesitaba hacer en este momento. Así me lo cuenta, siempre tranquilo y muy reflexivo, quizá parándose a pensar solo durante esas semanas de promo y entrevistas en lo que puede llegar a significar su nuevo trabajo. Suspira, se quita la gorra de camionero de Wisconsin, se acaricia el pelo lacio azabachado, algo graso pero limpísimo, y se la vuelve a poner, y sigue contestando mis preguntas calmado pero con un discurso muy claro. Nos sentamos con Alex Giannascoli para adentrarnos junto a él en esta casa del placer que es su noveno disco de estudio, el tercero lanzado con Domino.

Primero de todo, tengo curiosidad por saber cómo trabajas en el estudio…
(SANDY) ALEX G:
Mi estudio es básicamente un micrófono y mi portátil, y cuando necesito grabar unas baterías simplemente conduzco hasta casa de un amigo que tiene instalada una batería y me mando las grabaciones. La guitarra la hago donde sea y lo mismo, me la envío al portátil y listo. No hay mucho más, no tengo ningún método concreto. Simplemente escucho, ¿sabes? Grabo una guitarra, por ejemplo, lo escucho y pienso que necesita, yo qué sé, un teclado o algo así. Lo grabo y lo incluyo. Excepto eso, quizá todo lo demás es más estándar.

¿Y los arreglos? Porque este es tu disco, digamos, más “arreglado”.
Pues generalmente empiezo sobre una idea de teclado o de guitarra, pero muy aleatoriamente tocados. Normalmente acabo tropezando con algunas combinaciones de acordes que me suenan bien y empiezo a construir lentamente sobre ellos. Según veo que va funcionando o que tiene sentido para mí, empiezo a tararear una melodía hasta que tengo un boceto ya bien formado. Supongo que al final es producto de repetir mucho esas combinaciones de acordes, de escucharlos, de interiorizarlos y darles muchas vueltas, de encontrar esa melodía más adecuada. Cuando tengo eso, el boceto, una grabación con unos acordes básicos y una melodía, simplemente empiezo a construir sobre eso de nuevo. Vuelvo a escucharlo, añado unas pequeñas guitarras, algunos coros u otros detalles vocales, y vuelvo a construirlo de nuevo, y le doy más vueltas y lo sigo escuchando. Entonces quito cosas, añado otras, retoco algunas… Supongo que al final es para hacer el tema de algún modo perfecto, o al menos perfecto para mí en ese momento.

¿Y cómo has trabajado este disco en concreto?
Pues muy de la misma manera, de verdad. Supongo que si tengo un método es ese, es al final lo que más se ajusta a lo que podría ser mi método desde siempre. Para esta grabación he contado con un micro nuevo, y también con un portátil nuevo. También me he instalado la última versión del programa que suelo utilizar siempre para componer y grabar, el GarageBand, que no la había utilizado nunca, así que me ha costado más tiempo acostumbrarme y eso, aprender a utilizarla bien. Creo que, por culpa de eso, por estar menos familiarizado con las herramientas, he tenido que prestar más atención a todos los pasos. He salido de mi zona de confort, digamos, y quizá esa ha sido la mayor diferencia entre este proceso de grabación y los anteriores.

Quizá veo en el disco una mezcla entre el organicismo y la instrumentación de tus primeros discos y el tratamiento electrónico e incluso más experimental de Rocket (2017). ¿Has madurado con este disco?
Me encantaría tener una respuesta superartística a esta pregunta, a la relación que al final puede haber entre el sonido más viejo y mis últimos discos, pero realmente ha sido una cosa que ni he pensado ni he madurado, ha sido muy aleatoria. La mayoría de las canciones que he escrito siempre han empezado con una guitarra, y siempre han terminado teniendo un rollo un poco folkie, o un poco country, o un poco rock o lo que sea dentro de ese espectro. Pero, si partes de un teclado, lo normal es que termines acercándote a un sonido más electrónico simplemente por la naturaleza de los propios instrumentos. Obviamente siempre hay excepciones, como ‘Bad Man‘, que la escribí desde el estribillo y es prácticamente una construcción sobre esa idea pequeña, pero al final creo que está definido todo por la aleatoriedad de coger un instrumento u otro para empezar una canción. En cuanto a la parte experimental, ya te digo que lo que hago es escuchar y escuchar y construir y construir, y supongo que con los años ahora estoy mucho más experimentado y soy capaz de imaginar más allá, de traspasar ciertos límites y de llevarme más lejos. Ahí sí que se puede hablar de madurez, pero más bien de experiencia: puedo experimentar más porque tengo mucha más experiencia. He probado más estilos de música y puedo encontrarme más cómodo llevando las cosas en la dirección que quiero.

¿Qué ideas querías transmitir esencialmente?
Pues realmente, no lo sé. Normalmente mi proceso se resume simplemente en sonar bien. No me preocupo ni siquiera por las reacciones que puedo esperar de la música. Quiero decir, no me obsesiono con sonar divertido, por ejemplo, o con sonar triste, nostálgico, melancólico… No me obsesiono con tratar de conseguir ningún mood más allá del sonar bien. No es que quiera transmitir nada concreto con mis discos, simplemente quiero que cada canción suene bien, que sea bonita, disfrutable, que se pueda bailar un poco, tanto como te permita escuchar más allá de las palabras.

¿Hay alguna situación personal que haya motivado escribir este disco?
No exactamente. Siempre escribo música, es parte de mi identidad, de lo que siento y de lo que soy. Así que esto es lo que ha salido esta vez.

Hay un gran sentido de la cotidianidad en tus canciones, ¿Qué es para ti lo cotidiano? ¿Qué haces cuando no estás componiendo, tocando, girando?
Pues la mitad del tiempo estoy de gira, así que ahí la rutina es muy de despertarse pronto, conducir como unas seis horas, dar un concierto y volver a hacerlo al día siguiente, y al siguiente… Cuando estoy en casa es diferente. Me levanto cuando quiero, aunque suelo hacerlo pronto. Me preparo un buen café y empiezo a tocar algo, voy a la piscina, quedo con amigos, tomo algo… supongo que lo normal. Cuando estoy de gira compongo con más nervio y, cuando estoy en casa, pues lógicamente estoy más relajado.

¿Eres un músico prolífico?
Creo que sí, ¿no? Quiero decir, técnicamente y según los estándares humanos de lanzamientos (se ríe), sí. Pero realmente pienso que todos los músicos, todos los artistas en general son prácticamente igual de prolíficos. La diferencia entre unos y otros es lo que sale a la luz. Hablando por mí, yo he hecho música desde muy pequeño, he escrito canciones desde muy pequeño y nunca me he puesto demasiados filtros a mí mismo. Tenía acceso a algún mínimo software de grabación, grababa y rápidamente se lo daba a mis amigos, lo enviaba por email o lo subía a MySpace… o lo que fuera, pero siempre me ha gustado sacar todo lo que iba haciendo, aunque no fuera a llegar a ningún lado. Otros artistas no tienen acceso a esas posibilidades de grabarse, por ejemplo, y se ven obligados a sacar menos cosas. Otros son más particulares y simplemente no quieren porque prefieren reservarse cosas para ellos. Pero al final la diferencia es esa, no está en la cabeza de los artistas o en la inspiración, creo. Está en lo que deciden sacar o no.

En ‘Hope’ parece que hablas de un amigo que perdiste por el Fentanyl. ¿En qué medida está esto inspirado en una historia personal tuya?
Sí, está dedicada a una persona querida mía que murió de sobredosis.

¿Qué opinas de esta nueva plaga? La de los antidepresivos, los tranquilizantes, este tipo de medicamentos…
No lo sé… Algunos conocidos han muerto en los últimos dos años, sé que es un asunto muy peligroso, pero no sé, no quiero dar una opinión sin saber y arriesgándome a caer en generalizaciones baratas. Es un problema muy serio, pero es que el mundo está lleno de problemas jodidísimos, tío.

¿De dónde sacas la inspiración para tus historias y tus personajes?
Supongo que de mi día a día, de las cosas que veo, de las historias que oigo, incluso de otra música… Prácticamente cualquier cosa que me rodea y que consumo, ¿no? Pero vamos, que cuando estoy haciendo música tampoco pienso en de dónde vienen las historias o la inspiración, simplemente la hago. No me paro a pensar en si estoy picando esto de esta canción, o de esta película o lo que sea.

Pese a un cada vez más evidente perfeccionamiento sonoro, sigo respirando esa esencia lo-fi / DIY en el disco. ¿Es algo que te resistes a perder?
No es que me sienta especialmente relacionado con esa etiqueta de sonido lo-fi. Siempre ha estado ahí, quizá simplemente porque he grabado siempre todo por mi cuenta y a mi manera, pero mi intención siempre ha sido y siempre será hacer las cosas en hi-fi (ríe). Al final, los conceptos DIY y lo-fi están relacionados por las implicaciones de cada cosa, por las propias limitaciones de las grabaciones caseras, pero son fronteras que se están diluyendo mucho. Pero ya te digo que mi intención siempre es hacerlo en hi-fi, y ojalá algún día pueda decir que hago efectivamente hi-fi, pero supongo que, de la manera en que trabajo, normalmente solo, es difícil llegar a ese hi-fi. Sigo aprendiendo maneras nuevas de grabar y sigo perfeccionando mi manera de componer y grabar, así que creo que tengo un camino largo por delante hasta llegar a hacer ese hi-fi, pero ese es mi objetivo.

Sugar House es un casino de Filadelfia, ¿no? ¿Por qué le pusiste este nombre al disco?
No es solo por el casino. Quizá sí engloba de alguna manera la idea, que encaja con otro puñado de ideas que estuve barajando. Pero realmente el título viene de un relato de la escritora surrealista argentina Silvina Ocampo, The House Made of Sugar, que me encantó. Y puedes relacionarlo también con la historia de Hansel y Gretel, en la que la bruja vive en una casa de caramelos. Por eso creo que este disco ha terminado sonando quizá un poco más chicle, incluso más poppy, si quieres, que cualquiera de mis discos anteriores. Por todas esas cosas que estaban flotando en mi cabeza antes de empezar con House of Sugar. Es un disco quizá más evocativo, no con razones claras o más concreto, como sí podía ser Rocket.

¿Por qué la portada?
Pues es mi hermana (ríe). Cuando era más joven hacía patinaje artístico, y me topé de nuevo con esta foto así como por casualidad, me gustó mucho y le pedí permiso para pintarla. Básicamente destrocé la foto y la puse de portada (vuelve a reír). Pero bueno, creo que ha quedado muy bien y que encaja perfectamente con la idea del disco.

Tu carrera recuerda un poco a la de Beck…
Genial, ¿no?

¿Podemos esperar de ti un giro comercial como el suyo en el futuro? ¿Qué opinas de ese giro comercial de Beck?
Quién sabe, puede. Es un poco la misma cuestión que el lo-fi versus hi-fi de antes. Yo nunca he tratado de ser raro, no sé si lo soy y, si lo soy (que yo me considero bastante normal), no ha sido nunca algo que haga a propósito. La música que hago es la mejor música que se me ocurre en el momento en que la hago, así que quizá en algún momento mi idea de lo que es bueno se encuentre con la idea que el mundo tiene de lo que es bueno. Recuerdo leer una entrevista con Jeff Tweedy en la que hablaba del lanzamiento de Yankee Hotel Foxtroty comentaba que, cuando le llevaron el disco a la discográfica, les respondieron que estaba muy bien pero que no habían escrito ningún single… Wilco contestaron que para ellos todas las canciones que habían escrito eran singles. Para mí tiene que ser así. Siempre que saco un disco digo: “Ey, tío, esto son temazos, es un gran disco”. Pero es que para mí lo es. Y no es incompatible con la idea de que, como te he dicho antes, siempre esté intentado conseguir una versión mejor de mí mismo. Es raro, pero supongo que así es como funciona.

¿Cómo enfrentas el hecho de ser considerado como uno de esos “America’s greatest living songwriters”, casi un músico de culto?
Yo creo que es algo que se dice de mucha gente, ¿no? Tampoco es que le dé mucha mayor importancia. Obviamente me siento halagado y me hace sentir genial, pero tampoco creo que sea muy preciso lo de músico de culto (ríe). Es muy subjetivo y hay muchísimos compositores que son geniales, que merecen a su manera un culto particular. ¿Sabes? Tienes McDonald’s, Wendy’s, Burger King… Y yo soy de Burger King pero tampoco te vas a poner en plan “Burger King tiene la mejor cheeseburger”. Porque es muy subjetivo. Así que eso, me halaga pero es absurdo comparar y hablar de cultos y eso.

¿Cuál debería ser la posición del indie rock ante el avance del trap y la música urbana?
Pues no lo sé, pero personalmente yo pienso que el trap es increíble. De hecho, seguramente sea lo que más escucho cuando estoy conduciendo, ¿eh? Y estoy un poco seguro de que la música indie va a empezar (si no ha empezado ya) a copiar cosas del trap y de la música urbana. Es que es complicado porque hay muchos elementos que analizar… No sé, el trap es una música muy satisfactoria, con recompensas muy rápidas, muy enérgica, vigorizante incluso; te da directamente y exactamente lo que quieres. La música indie es más reposada… no sé, no sé cómo decirte. También pasa un poco que el indie rock, ese tipo de música, ha terminado convirtiéndose en algo quizá un poco esnob, de gente mayor, que al final puede ser una consecuencia de que la gente que empezó joven en esto ha ido haciéndose vieja y se ha puesto en plan “viejos rockeros”, tipo “el indie rock era lo mejor y estos chavales haciendo trap no tienen ni idea” y tal. ¿Sabes lo que te digo? Es algo como generacional… (piensa un largo rato). Por otro lado, también creo que el trap tiene algo que el indie rock nunca va a tener, que es esa fiereza interior, esa rabia. No puedes capturar esa energía con guitarras, baterías, voces… Tengo muchísimo respeto por ese tipo de música, de verdad.

Hablando precisamente de sonidos urbanos, ¿cómo fue girar con Frank Ocean?
Pues muy guay, tío. Es un currante obsesivo, de verdad que es superinspirador verle trabajar de cerca.

¿Te ha inspirado?
Sí, desde luego. Es que es algo muy inspirador ver de cerca a una persona tan devota de su trabajo, tan exigente con todo.

¿Cómo llegó hasta ti?
Pues simplemente su manager o su agente me escribió un mail mientras yo estaba de gira diciéndome “ey, ¿quieres trabajar con mi cliente, Frank Ocean?”. Y yo dije: “Ey, pues sí”. Y ya está, la verdad que fue bastante fácil.

Recuerden que (Sandy) Alex G actuaré el jueves 27 de febrero en la Razzmatazz 3 de Barcelona y el viernes 28 en El Sol de Madrid. Las entradas están a la venta al precio de 15 € en Redtkt y Ticketmaster.

 

Publicidad
Publicidad