03/09/2019

Crónica de su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona, el segundo en apenas medio año.

A veces, un concierto no es solo un concierto. Ni tampoco un (perdón por el topicazo) acto de comunión colectiva, o un momento definitorio para un movimiento, una escena o una generación. A veces es algo más personal, más sencillo y a la vez más profundo: a veces es una primera vez. ¿Cuál fue la tuya? El primer concierto que recuerdas, la primera película que te marcó, la primera artista con la que hiciste click o, claro, el primer amor.

Pues, vista la edad media del público, hay muchas personas, probablemente miles, que dentro de 20, 30 o 40 años podrán decir que el de Billie Eilish en el Palau Sant Jordi el lunes 2 de septiembre de 2019 fue su primer concierto, o el que de algún modo les cambió la vida. Por aquel entonces, quién sabe dónde estará esta estadounidense que con solo 17 años ha roto todas las barreras posibles: ¿encumbrada, retirada, olvidada? Cualquier pronóstico de proyección que se pueda hacer con ella se desmonta viendo todo lo que le ha pasado en estos dos últimos años, desde que publicó su EP dont smile at me en 2017. Por algún motivo (o muchos), su pop de tintes góticos ha enganchado de forma brutal, sin condiciones y en tiempo récord a toda una generación, la Z, que ha encontrado en ella a su primer gran referente musical contemporáneo. Como una versión apta para todos los públicos de esa llamada Generación Lexatin de la que ya se empieza a hablar y que con ídolos como Lil Peep o Post Malone responde ante la sobreestimulación que recibe del mundo a base de tranquilizantes y calmantes para aplacar la ingente ansiedad que le produce el exterior.

Eilish es menos transgresora pero más empática, más inofensiva y por tanto más reconfortante. Y por eso es más fácil identificarse con ella, con sus desengaños amorosos, sus pesadillas y su reafirmación constante. Fácil nivel en-marzo-de-este-año-su-primer-concierto-en-Barcelona-estaba-previsto-inicialmente-para-800-personas-y-ayer-actuó-para-16.000. Fácil nivel que hace un año muchos no habían oído hablar de ella y hoy la escuchan 50 millones de personas mensualmente, su canción ‘bad guy’ ha llegado al número 1 en Estados Unidos y es indudablemente uno de los temas del año, incluido en WHEN WE ALL FALL ASLEEP, WHERE DO WE GO?, que también se considerará uno de los debuts de pop más importantes de la década.

Pero una vez más las cifras dan igual porque para muchas y muchos, el concierto de anoche en Barcelona fue otra cosa. Fue la puerta de entrada a un mundo en el que vete a saber qué encontrarán. En el que por ahora todo es posible, nuevo, emocionante. ¿Hacia dónde estirarán el hilo sus fans más noveles? ¿Hacia una Lana del Rey que le dobla la edad a Eilish y comparte imaginario, hacia esa Florence Welch a la que ha teloneado, hacia una Lorde que también conjuga introspección y pop subterráneo, hacia Vince Staples porque colabora en un tema, hacia los Beatles, Childish Gambino o Tyler, The Creator? Qué envidia.

Por eso, que la sonoridad del Palau Sant Jordi jugara anoche muy en contra de esa producción pulcra y tensa que predomina en las canciones de Billie Eilish, para mucha gente, fue lo de menos, aunque sigue suponiendo el gran reto al que se enfrenta la artista a la hora de pulir su directo. Es cierto que la batería se escuchaba por encima de lo deseado, llegando a saturar en varios momentos, y que eso está contraindicado para el susurro inquietante que Eilish usa como tono de voz casi permanente. Es cierto también que ella llegaba con las fuerzas bajo mínimos: sufrió un esguince de tobillo solo dos días antes durante la primera canción de su anterior concierto, en Milán… pero es que el otro tobillo lo tiene lesionado desde hace un mes, como se encargó de explicar ella misma, pidiendo esa noche más energía de la habitual “porque yo no os puedo dar tanta como me gustaría”.

Si acaso, de algún modo, ese sacrificio, ese sufrimiento público de Billie Eilish, tan conectado a su obra, no hizo sino intensificar el dramatismo y, por qué no, el fulgor de realidad de esa primera vez.

Y aún así, fue arrancar con ‘bad guy’ después de la introducción de rigor y, joder, venirse abajo el Palau Sant Jordi como pocas veces antes se había visto. Cierto es que empezar con tu mayor hit es una apuesta segura y un riesgo al mismo tiempo (tanto que acaba sus conciertos volviéndolo a tocar), pero el repertorio de Eilish ya está tan plagado de canciones ganadoras (tanto reposadas, caso de ‘ocean eyes’, ‘when the party’s over’, ‘xanny’, ‘when i was older’ o ‘i love you’ –y eso que se dejó ‘lovely’– como aguerridas, al nivel de ‘bury a friend’, ‘you should see me in a crown’ o ‘wish you were gay’) que puede sostener una hora y media de show con bastante solvencia. Si bien la interpretación no fue muy distinta a la del pasado mes de marzo más allá del aspecto visual y una escenografía algo más elaborada con el uso de la cama como elemento estrella en el tramo final (al fin y al cabo, han pasado solo seis meses), lo que sí había cambiado era su alrededor.

Incluso nosotros, para bien y para mal: los que la veíamos por segunda vez en tan poco tiempo no pudimos evitar sentir un ligero déjà vu en contraposición con aquella, nuestra, descarga iniciática de marzo. Porque como el destello de la primera vez, como ese nosequé que vivieron ayer miles de chavalas y chavales, como ese momento en el que descubres que lo de Billie Eilish es otra historia, hay muy pocas cosas.

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Foto. Christian Bertrand   Conciertos
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