23/08/2019

Crónica de la 27ª edición del festival portugués, un paraíso musical en el que triunfaron The National, New Order, Patti Smith, Suede y Car Seat Headrest.

Un pequeño paraíso al que pone rugiente banda sonora la mejor música del mundo. Eso es, sin dar muchas vueltas de más, el festival Paredes de Coura. Pero no vamos a desvelar ahora las bondades de una marca que lleva una trayectoria solidísima de más de 25 años a sus espaldas y en la que se ha convertido en señal de identidad el profundo respeto por la música, por el entorno y por el asistente. Parece una ecuación obvia, desde luego, pero en el complejo y cada vez más diversificado ecosistema festivalero peninsular estas tres patas fundamentales suelen brillar por su ausencia… El Paredes de Coura se hace fuerte y robusto con ellas, sobrevolando por alto las sombras de cualquier burbuja. Una vez al año, durante cuatro días con sus cuatro noches, en el bosque junto al río de la norteña localidad portuguesa se puede tocar de cerca el paraíso.

Un lugar en el que los artistas se saben protagonistas y respetados, en el que se les permite explayarse, en el que se ponen cientos de facilidades para conectar con la audiencia. Un lugar en el que poder sorprenderse a sí mismo reencontrándose con la mejor versión de unos The National que ya no son lo que eran, que han perdido mucha de la fuerza desgañitante de antaño pero que se han reservado para sí un lugar muy destacado en la historia de la música moderna.

Miércoles: El reinado indiscutible de The National

Destacaron en la jornada de apertura los australianos Parcels, aprovechando al máximo el sonidazo del anfiteatro natural del Paredes de Coura con un show técnicamente impecable que ha crecido muchísimo en el último año y una performance estudiadísima que homenajea en general a los tv shows musicales de los 70, y los congoleños KOKOKO!, siempre en su percutiva fiesta de incendio y reivindicación, cambiándose constantemente los lugares entre todo un arsenal de instrumentos fabricados con materiales reciclados. Pero el golpe en la mesa lo dieron The National. Los de Matt Berninger se esfuerzan menos ahora y dependen mucho del estado de ánimo de su cantante, o de su borrachera, como hemos visto en sus últimas presentaciones por nuestro país (Primavera 2018, este útimo Mad Cool), pero en el Paredes las estrellas se alinearon y volvió la energía de antaño, permitiendo a una audiencia entregadísima reconectar y redescubrir a una de las bandas más emocionantes y poderosas de los últimos 15 años. La presentación de su último disco, junto a Mina Tindle a la voz secundaria, cedió más espacio a clásicos favoritos de su discografía, provocando momentos de coros comunionales que verdaderamente ponían los pelos de punta, como los que sucedieron a ‘Guilty Party‘, a la recuperada ‘Pink Rabbits‘ o a ‘I Need My Girl‘. Tan cómodos se sintieron The National sobre el escenario que terminaron fundidos en un coro acústico con el público mientras hacían la joya ‘Vanderlyle Crybaby Geeks‘, justo después de haber desatado la tormenta con el catártico final que empalma ‘Mr. ‘November‘ y ‘Terrible Love‘ y haber regresado a la calma con el clímax de ‘About Today‘. Impecables.

Jueves: Car Seat Headrest, la estrella tapada del festival

La jornada del jueves estuvo marcada por los conciertos de Alvvays, enérgicos presentando los temas de su segundo disco pero ganándose especialmente al público con los mejores momentos de su debut homónimo; y Khruangbin, amenizando la tarde con psicodelia de nivel y terminando con una versión del clásico de Dick DaleMisirlou‘, famoso por aparecer en la película de Quentin Tarantino Pulp Fiction. A la noche, Acid Arab pusieron el músculo con su fusión de techno (más ácido en directo, haciendo verdadero honor a su nombre) y cantos de almuédano, llamadas a la oración y melodías de inspiración árabe, dejando uno de los mejores conciertos de after hours de esta edición.

Pero los que destacaron de verdad el jueves fueron New Order y Car Seat Headrest. Los primeros, aun empezando con algunos problemas y teniendo que enfrentar incluso la aparición súbita de un fan bastante perjudicado encima del escenario, consiguieron encarrilar un concierto en el que, más que repasar su discografía (faltaron cortes muy importantes de Movement, Power, Corruption & Lies y Technique), se concentran en presentar su último disco con sonidazo, dar rienda suelta a sus mejores momentos como banda (no se entiende su clímax sin ‘Bizarre Love Triangle‘, sin ‘Blue Monday‘ y sin esa catedral del pop electrónico que es ‘Temptation‘) y, sobre todo, homenajear a Joy Division y a Ian Curtis, llegando a interpretar hasta cuatro temas de la banda que les sirve como simiente, incluidos ‘Transmission‘ y ‘She’s Lost Control‘, y reservando para ellos el bis con ‘Atmosphere‘ y la eterna e inolvidable ‘Love Will Tear Us Apart‘. La nostalgia es esto.

Y los segundos vinieron a pasarse el festival. Poco más se puede decir. Carisma a raudales encima del Palco Vodafone, se escuchaba a algunos comentar “cantan todos bien”, y es que tanto el batería como los dos flancos y como el propio Will Toledo pueden presumir de vozarrón y de una energía única. El sonido acompañó en todo momento, muy cercano a la perfección, igual que lo hizo el público, dejando uno de los momentazos del festival en ‘Drunk Drivers/Killer Whales‘, entre coros unísonos y pogazos con cada estallido, y crowd surfing, y una polvareda generada por el movimiento en el foso entre la que se podían intuir reflejadas las sombras de los integrantes. Casi sin querer y contra muchos pronósticos, Car Seat Headrest terminaron coronándose como una de las mejores actuaciones de este Paredes de Coura, y saldaron con nosotros la relativa deuda de su pasado concierto en Primavera Sound 2018, demasiado pronto y con dificultades para conectar.

Viernes: Clases medias, pogos y una reivindicación de las guitarras

El viernes resultó ser el día más completo pero a la vez el que más adoleció la falta de un verdadero cabeza de cartel, toda vez que Father John Misty, que tenía para sí reservado ese slot, terminó rubricando un concierto algo descafeinado, lejos ya de los esperpentos personales de sus viejos días de amor propio (aunque sigue liándose consigo mismo; hay cosas que nunca cambian) y mucho más parapetado tras la guitarra acústica. Las explosiones que tan bien sirven para definir a su banda se quedaron quizás cortas y, aunque el sonido, como en prácticamente todos los conciertos del Paredes de Coura y gracias al efecto conseguido por el anfiteatro natural (que recuerda de cerca a Red Rocks pero en versión “Green Woods”), fuera espectacular, echamos en falta intensidad especialmente hacia el final. Igual que echamos de menos la presentación de temas nuevos, y no un más de lo mismo de lo que ya vimos en versión mejorada tanto en su gira de salas de finales de 2017 como en el Primavera de 2018.

El testigo y la responsabilidad de liderar la asumieron con nota Spiritualized con un concierto que siempre resulta frío por la puesta en escena y la actitud indolente y distante de Jason Pierce pero que expone brutalmente todas las virtudes de la banda, su muro de sonido, su soul incendiario en voca de tres coristas y sus himnazos de britpop. ¿Quizá el grupo que mejor aprovechó las virtudes sonoras de espacio? Seguramente.

Antes de ellos, Deerhunter hicieron lo suyo como mejor saben y como mejor pueden sonar (en la línea del Apolo que hicieron en este pasado Primavera Sound), los sevillanos kinggizardianos Derby Motoreta’s Burrito Kachimba (con Nuria Capote aka Kiberly Nur Wong de Furia Trinidad al bajo en sustitución de Soni) habían tumbado la carpa con pogos y wall of deaths, y nos había dado tiempo a asistir a la coronación de Balthazar, que dieron tras caerse de este Sonorama uno de los grandes conciertos del Palco Vodafone.FM, recordando muchas de las cosas por las que nos enamoramos de Foals, con un indie rock saltarín y colorista, melódico, con trazas electrónicas y mucho groove pero igualmente con disonancias experimentales y mucha fuerza guitarrera.

También vio la tarde del viernes la psicodelia de cocción lenta de Jonathan Wilson o la enésima demostración de genialidad de los ínclitos jinetes del apocalipsis experimental británico, black midi.

Sábado: Viva el rock

Aparte del show de Mitski, del que teníamos muchas ganas tras el fallido show en Primavera Sound 2017 y el discazo que es Be the Cowboy y que terminó con todos algo contrariados por el excesivo protagonismo de la performance, que distrae la atención de la música en sí misma (devastadora y brutal, por otro lado), dos actuaciones se llevaron la palma de la jornada y casi del festival, con permiso de Car Seat y The National. La de la legendaria Patti Smith y la de los míticos Suede. En el caso de Patti y fuera ya de los (por otra parte magníficos) corsés de Horses, la clave fue la energía y la conectividad, una magia extraña que pocos controlan como la madrina del punk. Celebrando su carrera y el rock de su generación, de la que actúa casi como una eterna voz fantasmagórica, cede el espacio de composiciones propias para homenajear a Neil Young (‘After The Gold Rush‘), Jimmy Hendrix (‘Are You Experienced?‘), Midnight Oil (‘Beds Are Burning‘), los Rolling Stones o Lou Reed (en un medley entre ‘I’m Free’ y ‘Walk On The Wild Side‘). Y ataca sus grandes clásicos sin complejos, consiguiendo siempre que resulten actualizados y protegidos por el estupendo sonido del festival: es imposible no emocionarse al escuchar ‘People Have The Power‘, ‘Dancing Barefoot‘, ‘Pissing In A River‘, ‘Gloria‘ o ‘Because The Night‘. Pero, sobre todo, es imposible no emocionarse asistiendo a la memoria de un mundo de lucha y de revolución que simboliza Patti Smith con su recuerdo de que la verdadera unidad es posible, y quizá la única manera de salvar el mundo que ya hemos condenado casi definitivamente.

Para Suede la clave fue Brett Anderson. Porque no solo no para en ningún momento y enfrenta cada canción como si fuera la última, entre contoneos histriónicos, bajadas al público, baños de masas y saltos de todo tipo. Sino porque se encontró con un público algo desconectado, desconcertado tras la exhibición de Patti Smith y el consiguiente bolazo de Freddie Gibbs & Madlib, que pese a unos graves mortuorios y a un buen recuerdo de las glorias del gansta rap no consiguió terminar de definir una linealidad con demasiado sentido entre dos mitos del rock, perdiendo muchos puntos por contexto, y supo levantarlo. En primer lugar gracias a temazos de su discografía reciente como ‘Outsiders‘ o ‘Life Is Golden‘, que vienen a demostrar el excelente estado de forma de los británicos. Pero sobre todo gracias a su actitud como frontman. Si no te metías, Brett bajaba a recordarte que estabas en un concierto de Suede, que fuck off, que te lo goces mientras puedas, que aunque no te sepas las canciones y sea un poco tarde y los niños (y los gemelos) estén cansados merece la pena echarse los últimos saltos y corearse los últimos “oh-oh-ohs”. La recta final de su bolo puede aparecer perfectamente como la mejor ejecutada de todo el festival, la verdadera exhibición a la que asistió el Paredes de Coura, combinando todas las virtudes de lo que debería ser por antonomasia un ejercicio de concierto: ‘Trash‘, ‘Animal Nitrate‘, una rendición acústica de ‘The Wild Ones‘ y la climática ‘The Beatiful Ones‘, justo antes de abandonar el escenario y volver a tomarlo solo Anderson armado únicamente con una acústica para hacer la preciosa balada ‘She’s In Fashion‘, tras la que se unió la banda entera para clausurar con ‘New Generation‘. Al final, terminó por caerse el Paredes de Coura, que se quedó en silencio coreando los estribillos de Suede antes de ponerse a bailar con el tech house implacable de Jayda G. Como a eso de las cuatro y media de la madrugada desapareció entre las sombras solo para volver a aparecer cinco minutos después ya desquitada de complejos para cerrar con pachanga indie el festival, con temazos de Blur, Yeah Yeah Yeahs, The Strokes o LCD Soundsystem.

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Foto. Hugo Lima (Paredes de Coura)   Festivales
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