16/07/2019

Casi una treintena de álbumes seleccionados entre abril y junio.

Amyl and The Sniffers – Amyl and The Sniffers

Amyl pasa de vocoders, prefiere el flequillo corto a las extensiones y, lo que Nathy Peluso demanda en ‘Alabame’, la australiana lo asume por derecho. Así reclama su corona en el vigente matriarcado, en el que a ella y sus Sniffers les corresponde el apartado más corrosivo y camorrista. Aunque los primeros acordes de ‘Starfire 500’, el inicio de su álbum homónimo, suenen a The White Stripes, lo suyo tiene más que ver con el punk crudo de Sex Pistols o Babes in Toyland, y la revisión del género que están haciendo coetáneos como IDLES. Su debut emerge tras una buena colección de singles (‘Balaclava Loover Boogie’, ‘I’m Not a Loser’) y la producción de Ross Orton (Artic Monkeys, M.I.A.) ha dado profundidad a la distorsión guitarrera y robustez a su sonido. El cuarteto propone algún paréntesis melódico como ‘Got You’, pero en su ADN prevalece la aceleración rítmica y los riffs simples pero efectivos que ya presentaron en ‘Monsoon Rock’, el que fuera adelanto de este trabajo. Y al igual que el primer bofetón crestado de finales de los setenta, se identifican en canciones como ‘Gacked on Anger’ con una generación marcada por un futuro roído. La mejor forma de afrontarlo es vomitar sobre ese porvenir. (Carlos Marlasca)

Big Thief – U.F.O.F.

Big Thief son una banda formada en Brooklyn que para grabar su tercer álbum se ha retirado a una cabaña a las afueras de Seattle. Podría parecer de coña: Brooklyn, cabaña, Seattle, la Santísima Trinidad de (cierto) indie norteamericano; pero es verdad. Esperen pues café largo, madera vibrando y el ulular de bandas que quizás les suenen, como Grizzly Bear o Bright Eyes. Pero descuiden, Big Thief no estaría entre nuestras favoritas si no estuviesen dándonos algo más que mímica. Los de Adrianne Lenker van por la tercera joya (repasen los inmensos Masterpiece y Capacity). Aquí, más que repetir, pulen fórmula. Podría parecer que suenan a cajita de juguete, con la voz fantasmal de Lenker, las percusiones desparramadas y policromas de James Krivchenia y ese gusto por la guitarra pellizcada y bella armando melodía. Pero a esas formas, a menudo inofensivas, las invade una niebla extraña. Hay una melancolía espesa en muchas de estas canciones. Una belleza triste. Y creo que es ese juego el que enamora. Uno anda mecido por la noche de ‘Contact’ y de pronto un alarido; camina pesado por el paisaje volcánico de ‘Jenni’, y de súbito una eléctrica se encalla y por el abismo que abre salen volando recuerdos de Jason Molina o Elliott Smith. En ese registro, Big Thief apabullan. Súmenle chimeneas como ‘From’, amaneceres como ‘Orange’ y caricias como ‘Century’ y acabará por quedarles esto: otra maravilla. Tres de tres. Santísima Trinidad. (Daniel Boluda)

Bill Callahan – Shepherd in a Sheepskin Vest

Bill Callahan es un señor de 53 años que hace música de señores de 53 años. Ahora es cuando puedes dejar de leer si no te interesa esta circunstancia vital de un autor ni sus derivadas creativas. Aunque, bien mirado, deberías seguir leyendo; deberías interesarte. Porque Bill siempre ha sido un músico consecuente con su persona, incluso con su personaje. Cuando era un joven atormentado hacia una música en sintonía consigo mismo, igual que cuando fue un adulto con curiosidad por sorprender su paladar, sus sonidos también se alineaban con esta coyuntura.  Son muchos años ya haciendo música al margen de edadismos, peterpanismos y otros -ismos peligrosos. Por eso, entre otras cosas, aparece la palabra “autor”, siempre tan alegremente utilizada, en la segunda línea de este texto: como con algunos escritores, como con algunos cineastas, cada nuevo jalón en la discografía de Callahan es relevante en sí mismo y en su diálogo con sus obras precedentes. Él crea su propio contexto. En este sentido, Shepherd in a Sheepskin Vest trae a la memoria los versos que abrían Knock Knock de Smog: aquel desideratum, “Let’s move to the country, just you and me. A mule and a monkey. A goat and a flea”, es ahora una realidad. No es que el Callahan del 2019 escriba sobre fauna campestre, pero sí escribe desde una paz observacional, desde un entorno plácido (estabilidad, paternidad, madurez… llámale como quieras) que enriquece tanto sus palabras pasadas como sus palabras presentes. Las palabras, con Callahan, siempre las palabras. Pero también las imágenes que construyen esas palabras, claro. En esta ocasión, seis años después del anterior Dream River, Bill ha hecho sus disco más viñetado (impresión a la que contribuye, acaso, la portada): 20 capturas metafóricas de realidad donde cada sílaba pronunciada con el habitual tono megalítico del artista de Silver Spring rascan hasta una verdad que parece más profunda, más universal y… más verdad. Y es entonces cuando, además de conversar consigo mismo, Bill conversa también con nosotros… y hasta con otras músicas de la actualidad: sorprendentemente, este disco rima en asonante con Western Stars de Bruce Springsteen, otro disco de 2019 sobre el determinismo y las connotaciones personales del paisaje americano que existe entre dos costas. (Joan Pons)

Brigitte Laverne – Disco China

En 2015, cuando el pop se empezaba a diluir entre aires vaporosos y los sintes llegaban a los escenarios, Brigitte Laverne ya estaba preparada con un Bandcamp de tres temas que le llevaron hasta la Red Bull Music Academy de Tokio. De allí salió un EP con el nombre de la ciudad, entregas impecables de estética Drive y ese pop de reminescinas a Chromatics o Beach House: ‘Touch‘, ‘Cities‘ y todo el imaginario de alguien en la búsqueda de objetivos y sensaciones derivadas de emociones. Un lustro más tarde, todo esto parece haber quedado atrás, y Brigitte Laverne es un proyecto prácticamente nuevo. Ahora es todo tangible y concreto, y la lírica va por la vía de las experiencias propias. Se abren puertas de una patada y las guitarras arrasan con todo lo que antes era seda. Disco China es el disco que las Charades proyectaban, o lo que podrían llegar a inspirar las Chai en PUNK. Ritmos pop y bases sintéticas, todo ejecutado con nervio y estribillo coreable. No hay tema en el que los «lololos» no puedan sustituir la letra original, en especial ‘Culpable y Feliz‘, y la entrada ‘Bienvenido al Realismo‘ ya es toda una carta de intenciones. De mirar por la ventana puestas de sol al pogo. La evolución de Brigitte Laverne en uno de los discos nacionales más destacados de este año. (Jordi Isern)

black midi – Schlagenheim

Entrar en Schlagenheim es darse un glorioso cabezazo contra la pared. Es imposible introducirse en el universo de black midi sin que sea dándote una buena hostia. De ahí que, ya con un pie dentro, o bien salgas corriendo para desprenderte rápido del picor de esa musiquita neurótica o, si te da por la curiosidad y la amplitud de miras, tal vez quieras meterte hasta el fondo. Schlagenheim es un álbum difícil de masticar y digerir, pero no empacha ni produce acidez. Su brillantez radica en el virtuosismo de black midi por descomponer la música de guitarras introduciéndose en un laberíntico espacio sonoro en el que parecen avanzar sirviéndose únicamente de la intuición. Los nueve temas que componen el álbum debut de los ingleses, en realidad, parecen trazar un camino improvisado entre la maleza. Se desprenden de la estructura, el orden y las pautas convencionales para que la música sea, en sí misma, una distorsión ensamblada con loops delirantes, progresiones que de repente caen por un agujero, armonías alteradas, riffs en conversación enajenada, ritmos sinuosos, construcciones barrocas y tramos de vértigo que hacen que, todo junto, suene a blasfemia. Cabe decir que ninguno de los componentes de la banda supera los veintiuno y, con esa negligencia juvenil que busca la ruptura y la confrontación, ellos crean desde una libertad insultante. Solo hace falta el primer riff de ‘953’, tema que abre el álbum, para sentir ese ambiente áspero y aislado que se extiende vertiginosamente hasta ‘Ducter’, pasando por la decrepitud de ‘bmbmbm’: una voz irascible que se ladra a sí misma y se retroalimenta su propio delirio. (Lluc Mulet)

Cala Vento – Balanceo

Entre sonidos multiformes de guitarras que tanto suenan a campo como a playa, silba una voz de esas que solo escuchas en conversaciones íntimas. De ahí surge el balanceo; de no quedarse mirando el ombligo y pasar la pelota: de Aleix a Joan y de Cala Vento a quien sea que quiera recoger el efecto su narración. En su primer álbum autoeditado, los del Ampurdán siguen cuidando lo que ya venían haciendo bien desde el principio: canciones generosas y directas. Esta vez, además, revestidas con una producción más ambiciosa que no interfiere en su impronta sonora, pues aunque se perciba que en Balanceo las guitarras suenan más limadas y dinámicas, Cala Vento maduran sus canciones a la luz de una autenticidad férrea. No pierden su esencia y le suman capas. De las letras se desprende un pequeño paso adelante hacia la complejidad respecto a Cala Vento y Fruto Panorama. Siguen hablando el mismo idioma, pero en su construcción brilla la capacidad de darle otra vuelta y vestir el mensaje ─como han hecho con el sonido─ de un carácter más maduro y evolucionado. (Lluc Mulet)

Carly Rae Jepsen – Dedicated

Hay canciones-boomerang que pueden propulsar tu carrera y luego volverse contra ti. Hits traicioneros que te lo dan todo (o casi todo) y más tarde pueden quitártelo. Ocho años después de lanzar ‘Call Me Maybe‘ (¿solo ocho?, ¿en serio?), puede decirse que Carly Rae Jepsen ha sobrevivido felizmente a la onda expansiva que siguió al monstruoso éxito de un tema casi convertido en meme. Lo lógico y normal es que hubiera quedado bautizada para los restos como «la del Call Me Maybe», pero la canadiense se ha sacudido de encima la siempre peligrosa sombra del one hit wonder en dos partes: primero, con E•MO•TION, el disco que publicó en 2015 y que la recolocó en el mapa pop junto a productores que se movían a ambos lados de la frontera entre mainstream y underground (de Mattman & Robin a Dev Hynes y Rostam Batmanglij); y ahora, con Dedicated, el cuarto álbum de su carrera, el que la confirma como una estrella pop de andar por casa. Aunque no lo parezca, es una virtud: imposible no conectar con esa figura cercana, vulnerable e imperfecta (en definitiva, real) que proyecta. Cuando escuchas Dedicated tienes la sensación de que Carly podría ser tu vecina, tu prima; incluso tú misma, tú mismo. Carly podría ser todo el mundo, si no fuera porque no todo el mundo tiene el olfato para el estribillo instantáneo que tiene ella. Aquí regala unos cuantos más para sumar a la colección (‘Julien‘, ‘Want You In My Room‘ o ‘Too Much‘ son flechazos de doble revival: conectan los 80 con el inicio de este siglo) en un trabajo que demuestra que hasta una artista como ella, tan estrechamente ligada al teen spirit, puede entregar una obra madura a su manera una vez pasados los 30. ¿O acaso no es un síntoma de madurez seguir haciendo lo que te gusta dándote un poco igual lo que el mundo piense de ti? (Víctor Trapero)

Carolina Durante – Carolina Durante

Parecía una boutade. Ingeniería pop para alguien que se tiene demasiado en buena consideración. Nada más lejos de la realidad: lejos del ji-jí-ja-já de ‘Cayetano’ y ‘El Himno Titular’ había recorrido. O, como mínimo, había otras tantas canciones con gancho, con una idea de partida válida, a medio camino entre la nostalgia y el gracejo posmo. Carolina Durante han demostrado no ser flor de un día con un primer álbum homónimo que, apriorismos sobre la mesa, atufaba a relleno, pero que ha acabado demostrando desde buen inicio que había chicha (de hecho, no incluyen sus dos primeros éxitos en el largo, borrón y cuenta nueva). Algo revivalera la base, sí. Pero buenos temas, y algo de autoparodia (dígase ‘Las Canciones de Juanita’). La banda madrileña ha apartado rumorcillos y rumorazos rosas a golpe de guitarra. Sin autotune o aires lo-fi; ser un auténtico outsider del rock, quién lo iba a decir, en los tiempos que corren de hegemonía de lo urbano. Guitarras ochenteras y homologables a Los Nikis o a los primeros Radio Futura, o al pop-punk tan madrileño de Parálisis Permanente. Carolina Durante estarán hasta en la sopa. Serán uno de los grupos del verano, de los más rayados, y con motivo. Diez, en concreto. (Yeray S. Iborra)

Cate Le Bon – Reward

Reward ha sido un disco que Cate Le Bon ha tallado sin prisas y con minuciosidad. Lo ha cocinado con calma, durante unos tres años y mientras estudiaba un curso de diseño de mobiliario. Pese a las diferencias entre las dos materias, la sutilidad de su quinto trabajo tiene algo que ver con el cuidado con el que, al mismo tiempo, trabajaba la madera. Las ideas han partido de un piano, por lo que la galesa ha relevado los riffs sobre las seis cuerdas por preciosos arreglos de viento que, en ocasiones como ‘Miami’, traen a la memoria al saxo más apacible de PJ Harvey, y sintetizadores que dan forma a la discreta censura de ‘Home To You’. La compositora se permite una licencia, a modo de psicodelia de salón, en ‘Mother’s Mother’s Magazines’, sin descuidar su reconocible elegancia. La envolvente voz de le Bon y su concepción de la poesía, maravillosa al hablar de las prórrogas sentimentales en ‘Daylight Matters’ junto a cortes tan reconfortantes como ‘The Light’, son los alicientes para que este sosegado Reward actúe a modo de antídoto contra los tiempos de urgencia que corren. (Carlos Marlasca)

El Petit de Cal Eril – Energia fosca

La etapa de madurez permanente en la que está instalado Joan Pons aka El Petit de Cal Eril es de las que conviene elogiar. Disco a disco y haciendo poco ruido, el de Guissona ha ido construyendo un universo personal absolutamente único que hace mucho que dejó atrás el mal llamado folk rural de sus inicios para instalarse cómodamente en el pop metafísico que ahora promulga y comparte con coetáneos como Ferran Palau. Y con Energia fosca, ya su séptimo álbum, el artista catalán concluye una trilogía de discos que le coronan como una de las mentes más creativas y lúcidas de nuestro ecosistema musical. Encadenando giras sin acusar ningún desgaste, Energia Fosca cierra la senda abierta por La força (2016) y (2018, otra minitrilogía a su vez) moviéndose en sus coordenadas habituales: ese pop psicodélico policromático y refinadísimo, entre Tame Impala y Real Estate, que ya tiene en maravillas como ‘Ets una idea’, ‘Sento’ o ‘El sentit de les coses’ nuevos hitos que justifican todo un disco. En general, por mucha energía oscura a la que se refiera su título, estas canciones transmiten una serenidad y una paz casi místicas que deberíamos estar muy agradecidos de haber encontrado. (Aleix Ibars)

Flume – Hi This Is Flume

En Hi This Flume, el mensaje queda claro en forma: casi veinte temas sacados de golpe, con duración media de dos minutos, sin singles previos y bajo el formato en-el-que-todo-vale, una mixtape, para rebajar expectativas y posibles desajustes en excels de discográficas. Flume nos quiere mostrar cierto giro al establishment, una pataleta por cómo se deben hacer las cosas, y desencorsetarse de la presión de ser uno de los favoritos del algoritmo en Spotify (el primer tema es una sátira a las autopromos de los artistas en la plataforma). Pero lo cierto es que, en cuanto a fondo, a parte de colaboraciones algo más ásperas que los remixes archiexplotados en vídeos de influencers en Instagram –es decir, de Disclosure hemos pasado slowthai, JPEGMAFIA y SOPHIE–, y de contener experimentación en el tramo central (‘Whormhole‘, ‘71m3‘), la patina general sigue siendo el sonido maximalista, el dominio del drop, la vocación pop y la épica por el filo de la electrónica festiva. Cuesta imaginar a un fan de Flume no disfrutando de este lanzamiento, y por el lado contrario, no sabría qué grupo experimental tangente puede ahora cuestionarse si iría a verle en el próximo festival en el que coincidan. Aun así, el talento del australiano sigue intacto, aun con un techo altísimo por llegar a tocar, y son de admirar sus agallas por abrir huecos entre la música de laboratorio de likes al que cada vez más se somete a todo talento de veintipocos años. (Jordi Isern)

Flying Lotus – Flamagra

Siempre ha dado la sensación de que Steven Ellison va un par de pasos por delante del resto de seres humanos cuando se calza el disfraz de Flying Lotus: a pesar de ser claramente deudores del legado de J Dilla, discos como Los Angeles (2008), Cosmogramma (2010) y Until the Quiet Comes (2012) estaban llenos a rebosar de ideas avanzadas todavía extrañas para el oído medio. Pero algo hizo click en la cabeza del californiano con You’re Dead, su anterior álbum, publicado en 2014. Pasó de ser un productor a ser prácticamente un sonido con patas, casi un género en sí mismo (¿space jazz-hop funky?). Pasó de vivir en una versión futura de este mundo a construirse directamente el suyo propio. Todavía dando vueltas a través de él le encontramos en Flamagra, su sucesor, un trabajo al que quizá muchos entrarán seducidos por su lujosa lista de invitados (Solange, Tierra Whack, Anderson .Paak, Toro y Moi, Denzel Curry…). De la puerta de salida hay que olvidarse: no hay. Flamagra es un laberinto de espejos en el que la mayoría de caminos ni siquiera llevan a ningún lado… o no llevan al sitio al que parece que van a llevar. Donde debería haber un estribillo, hay una jam; cuando da la sensación de que va a llegar una coda, aparece otro puente. Un álbum como Flamagra no se puede entender. Incluso habrá quien diga, tras una escucha rápida o simplemente tras comprobar que el minutaje supera la hora de duración, que no puede ni disfrutarse. Pero el regreso de FlyLo tampoco va de eso: discos infinitos como este no existen para entenderse o disfrutarse; existen para hacernos sentir pequeños de vez en cuando, que viene muy bien. (Víctor Trapero)

Fontaines D.C. – Dogrel

Con su álbum debut Dogrel, los dublineses Fontaines D.C. no solo han actualizado el punk rock grosero y destartalado de los 70, resultando de ello un imaginario en el que The Fall o los Stooges habrían pasado por el conservatorio; también han revisado el manual del inconformista adoptando una actitud comprometida y constructiva ante los desajustes políticos que están pervirtiendo a esa jovencita echada a perder a la que llamamos Europa. Ante las desavenencias de un poder corrupto y un sistema asentado en el eterno desequilibro, ellos ya no hacen la rabieta, sino que empatizan con la injusticia y en base a ello energizan su música y poetizan sus letras. El resultado es una imagen de Dublín pasada por un filtro gris con la que tratan de dignificar su sociedad y su cultura. De algún modo, en la línea de IDLES o Shame, cierran esa tarea que el punk dejó inconclusa por no entender que en sus pataletas estaba ese empujón para dejar de dar palos al aire con la mera protesta. “My childhood was small, but I’m gonna be big”, escupen en el tema ‘Big’ entre percusiones agresivas y un acorde atascado en el metal, demostrando que ellos no se alimentan ni de la rabia aislada del punk ni de la pasividad pura del romanticismo, sino que buscan el sentimiento que hace pobre, le ponen el foco y desde allí construyen sobre las ruinas. (Lluc Mulet)

Holly Herndon – PROTO

PROTO, que cobrará vida este fin de semana en el Sónar de Barcelona (no se lo pierdan), no es un disco normal. Es más bien un experimento, una indagación electrónico-naturalista en la que se ponen en oposición tangible los horizontes de posibilidad de la tecnología y las milenarias habilidades vocales del ser humano, consiguiendo un trabajo tan ancestral y emocionante como futurista, vibrante y desafiante. Y es que Holly Herndon, junto a su pareja, lleva dos años entrenando a Spawn, una pequeña criatura de Inteligencia Artificial diseñada y creada por el investigador Jules LaPlace, con la idea de que forme parte activa y de forma espontánea y natural, humana, de toda una coral de voces que se levantan por todo el álbum, desde las profundidades alienígenas de ‘Alienation‘ o ‘Crawler‘ a las más robotizadas ‘Fear, Uncertainty, Doubt‘ o ‘Godmother’ y pasando por el organicismo radical de ‘Eternal‘ o la descomunal ‘Frontier‘. Puede resultar obtuso, inaccesible e incluso borrar del mapa cualquier absceso de melodía que pudiéramos encontrar en el también experimental pero más concreto Platform, pero PROTO es sin duda la demostración de que su autora siempre prefiere mirar hacia adelante y proponer nuevos caminos para la tecnología desde su experiencia y programación humana y a través de la música electrónica y el mundo digital. Es la exploración de un territorio inhóspito todavía en fase inicial en el que lo tecnológico y lo humano colaboran en armonía y simbiosis, en el que el transhumanismo parece la primera frontera superable. (Diego Rubio Méndez)

Jamila Woods – LEGACY! LEGACY!

Hablar de Jamila Woods como una simple voz bonita es quedarse en la más absoluta superficie. O hundirse en la más irrelevante de las miserias, según cómo se mire. La de Chicago, que todavía no alcanza la treintena, es entre otras cosas poeta, cantante, activista y profesora, y cada uno de estos ámbitos en los que destaca puede percibirse en su envolvente neo-soul de matices R&B, funk, jazz y hip hop. Sí, quizá muchos llegamos a ella a través de sus colaboraciones con Chance the Rapper, bendecidos poco más tarde por su disco de debut HEAVN (2017), pero es a través de esta reválida, LEGACY! LEGACY!, cuando empezamos a entender mejor quién y cómo es Jamila. Y no solo porque a lo largo del álbum desvele vicisitudes sobre ella misma y sus antepasados, a quienes agradece poder transitar hoy por ciertas corrientes tanto musicales como sociopolíticas, sino también por cómo logra imprimir la opresión y las adversidades de las personas de color a lo largo de un trabajo en el que voz, instrumentación y producción se han cuidado al detalle. Cada corte del álbum lleva el nombre de un icono cultural que inspiró y allanó su camino (cantantes y músicos como Betty Davis, Miles Davis, Muddy Waters, Eartha Kitt y Sun Ra, pero también poetas, escritores, activistas y artistas como Zora Neal Hurston, Nikki Giovanni, Sonia Sanchez, Jean Michel-Basquiat, Octavia Butler y James Baldwin). Y ahora sí, podemos hablar también de esa preciosa voz que te derrite el alma. (Max Martí)

Kate Tempest – The Books of Traps and Lessons

Ni siquiera Kate Tempest, una de las voces autorizadas de su generación, lo tiene fácil para hacer casar sin interferencias literatura y música. Y menos aún para hacerlo en una propuesta que mantenga 45 minutos de atención al stream (o hora y pico enchufado a su directo, como pasó en la última edición del Primavera Sound). La densidad de su cosmovisión se entremezcla con la versatilidad de sus no-rimas, un ejercicio de spoken word que la acerca cada vez más a una relatora, a la figura autorizada de un rito religioso; mucho de espiritual tiene su última entrega, una viva encomienda a encontrar las conexiones y las brechas, lo que nos hace humanos (buen ejemplo, ‘Three Sided Coin’). Su modo de recitar, sin histrionismo, compunge por cercano. Y su fórmula no caduca, cambian los debates: la inglesa no rehuye ningún miedo, conjetura política o tabú. Ni lo hace simple. Camina de lo universal, de lo macro, a lo personal. Sin más ornamento que el manejo de la palabra, la cadencia de su voz y las atmósferas musicales que la acompañan (algunas de las más impactantes, de las que consiguen que Tempest prácticamente vuele sobre ellas, en este largo: ‘People’s Faces’, dolorosamente brutal), consigue referencia tras referencia mantenernos a la expectativa. Los hay que, con similares atributos, han sucumbido a su propia fórmula. Otros compatriotas de Tempest, Sleaford Mods, aunque fieros, empiezan a sonar repetitivos. The Book Of Traps And Lessons flexibiliza las normas. Hace olvidar el debate de qué es literatura (y qué es aquello que la contiene). Cualquier cosa que toque Tempest se convierte en material expresivo de alto voltaje, ya sea un libro, una obra de teatro o, como el caso que nos ocupa, un disco. (Yeray S. Iborra)

Kevin Abstract – ARIZONA BABY

Durante los últimos días del mes del Orgullo, Lil Nas X salió poco a poco del armario a través de tuits crípticos que al final se revelaron no tan crípticos. El autor del megahit ‘Old Town Road‘, que ya había recibido backlash por la osadía de mezclar trap con country (o lo que es lo mismo, un producto cultural blanco con uno negro), ahora sumaba otra fechoría contra la moral mormónica norteamericana. Ser negro, gay y hacer hip-hop con guiños a géneros más “blandos” no es una posición de ventaja, ni en EE. UU., ni en ninguna parte del mundo: es garantía de insulto y prejuicio constante. A eso mismo es a lo que se ha enfrentado toda su vida Clifford Ian Simpson, nombre legal de Kevin Abstract (quien dice odiar su apellido así como su pasaporte, y todo lo que representa), tejano de tan solo 22 años que, junto a su revolucionaria boyband BROCKHAMPTON, ya ha probado la miel de ser parte de un álbum #1 en Billboard haciendo música abiertamente radical: el glitched trap que cada vez más se está asentando como el nuevo punk. Al escaso año del release de ese LP, iridescence, Abstract se ha regalado con este genial ARIZONA BABY, que es tanto una atrevida declaración de intenciones en lo musical –mezcla R&B, lo-fi trap y rock– como una extensa carta abierta que redime sus traumas (y los de toda una generación) y explota contra los causantes de estos (los ataques homófobos tanto de la institución como de su familia y entorno). Es el perfecto ejemplo del artista polifacético (la denostada figura del rapper-producer) y agitador punzante y agudamente adaptado a su tiempo, tanto por su estilo sonoro y estético como por su contenido belicista y activista. La exquisita producción del álbum corre a cargo, en parte, del múltiple ganador del Grammy Jack Antonoff, quien es colaborador habitual de Lana Del Rey –algo que se deja notar en la ensoñación de los acordes que tienden hacia un abismo como de purgatorio: ni particularmente alegre ni falto de esperanza–. ARIZONA BABY ocupa un espacio extraño a medio camino entre el pop y el queercore, y como la tremenda ascensión de BROCKHAMPTON el año pasado demostró, es quizá justo lo que necesitábamos del hip-hop en 2019. Un auténtico rollercoaster emocional. (Luca Dobry)

Lorena Álvarez – Colección de Canciones Sencillas

Hay veces que el pasado emerge de repente con fuerza y parece hablarnos desde una de sus múltiples encarnaciones, pequeñas cárceles en las que lo retenemos a modo de recuerdos. Es a lo que alude Almodóvar en su última película cuando el protagonista decide regresar al cine gracias encontrarse con un dibujo de su infancia, y es lo que le ocurrió a Lorena Álvarez cuando, con las canciones prácticamente escritas y repartidas por varias carpetillas en su casa, dudaba sobre cuál era la mejor forma de grabarlas, de encararlas. Quería dar un salto hacia delante, producirse mejor, sonar más ambiciosa… pero se encontró con un dibujo de ella que le había hecho su abuela. Salía sola, armada solo con su guitarra acústica, y le hizo recordar aquello que es verdaderamente importante, lo esencial. Las canciones, esas historias sencillas que pueden convertirse por la fuerza de lo que son, de lo que dicen, en gigantescas epopeyas. Precisamente esta historia está narrada en ‘La Nube‘, una de esas canciones sencillas que componen esta colección, y marca el tono de toda ella. Una exposición naturalista y cruda de sentimientos muy humanos, sobre la pertenencia, la falta de expectativas, la persistencia de la memoria, la placidez de la vida tranquila y humilde, la importancia de las cosas pequeñas y valiosas, la capacidad para dar valor a las cosas que de verdad lo tienen. Jardines, flores, soles, estrellas, noches y días de calor. Paseos, bailes, viajes, contemplación. Un ver pasar la normalidad que pocos hacen tan normal como Lorena. (Diego Rubio Méndez)

Mark Ronson – Late Night Feelings

Siempre surge una duda con Mark Ronson: ¿tiene talento o solo sabe rodearse de él? En realidad, lo segundo también es un talento en sí mismo. Y, además, uno que no conviene subestimar. A este británico ya más que asentado en Nueva York le ha valido para convertirse en algo parecido a una rockstar desde la siempre difícil posición del productor: aparecer en los créditos del brillante debut de Lily Allen y el eterno Back to Black de Amy Winehouse, los dos publicado en 2006, le ha visibilizado durante una década y pico. Desde entonces, moviéndose entre el chaqueterismo y la polivalencia, quizá más oportunista que visionario, ha publicado un par de discos por su cuenta, ha producido a Lady Gaga o Adele, ha pegado un pelotazo interplanetario en compañía de Bruno Mars, se ha sacado de la manga un proyecto del que no se ha vuelto a saber nada junto a Diplo (otro que siempre está rápido para arrimarse a donde debe) y ha participado en la premiada banda sonora de A Star is Born. Todo bien, ¿no? Pues no, todo no: Ronson también ha pasado por un divorcio y de esa experiencia vital sale Late Night Feelings, su quinto disco, un break-up album atípico porque se desarrolla bastante cerca de la pista de baile, un lugar que parece históricamente reservado para la euforia. Aquí, en cambio, se utiliza como diván. Este Late Night Feelings sirve para que Ronson exorcice sus fantasmas siempre por boca de otras: da un paso al lado para que Lykke Li (protagonista por partida doble en el tracklist), Miley Cyrus (más cercana que nunca a su madrina Dolly Parton en ‘Nothing Breaks Like a Heart‘), Alicia Keys, Camila Cabello, Angel Olsen (una voz que sobre el papel no asociaríamos a Mark Ronson), la prometedora King Princess y la no demasiado conocida YEBBA, entre otras artistas, sean las que se luzcan en esta mezcla de funk, disco, soul y, en general, pop absolutamente vigente. Mark Ronson vuelve a dar la sensación de que corre detrás de la tendencia en lugar de marcarla, pero desde la tristeza y la melancolía, desde lugares aparentemente alejadísimos de la diversión en cualquiera de sus formas, ha terminado haciendo uno de los trabajos más entretenidos del curso. (Víctor Trapero)

$kyhook – Moonchies

Es curioso que en un periodo de tiempo muy concreto hayan salido dos discos parecidos en esencia: Moonchies de $kyhook y TITU de Lil Moss han visto la luz como discos con una o dos colaboraciones por tema y de algún modo tratando de condensar el estado actual de la escena urbana española. Es algo que habla, y bastante bien, de la temprana consolidación que está viviendo la escena y que también ejemplifica la red de apoyo y colaboraciones que muchos de estos artistas han tejido entre ellos. Y mientras el disco de Lil Moss acaba resultando más dispar y permeable a las múltiples colaboraciones que recibe, en el caso del del productor zaragozano $kyhook destaca especialmente su visión como productor a la hora de crear un viaje más conectado internamente que al mismo tiempo es capaz de adaptarse a las distintas personalidades que acoge. Ahí es donde Moonchies resulta vencedor y donde se asienta como la verdadera carta de presentación del (ahora mucho más que) beatmaker. Apostando por el encuentro entre la electrónica taciturna pasada por la estética del trap más atmosférico, encontrar en este disco a apuestas clarísimas del futuro inmediato de la escena como María José Llergo (que borda el corte de apertura), Sticky M.A., Aleesha o Morad hacen que este Moonchies sea apetitoso tanto a nivel conceptual como por dentro, a lo largo y a lo ancho. (Aleix Ibars)

The National – I Am Easy to Find

Empecemos por lo secundario. El mediometraje que nació paralelo al octavo disco de The National y que tiene su mismo nombre, I’m Easy to Find, traza la línea vital de una mujer interpretada por Alicia Vikander deteniéndose en los puntos de inflexión de su existencia. De la misma forma, Matt Berninger pudo pensar en dar un giro a la discografía de The National a partir de un nuevo concepto, un trabajo que desde el inicio se planteó como coral con la idea original del director y coproductor Mike Mills y que, como la protagonista de la película, se detendría en diferentes instantáneas vitales. Como consecuencia, estamos ante la obra más intimista (y extensa) de los de Ohio que además realza su encomiable valentía de explorar nuevas vías. Diversas voces femeninas, entre las que esta una monumental Gail Ann Dorsey (aun huérfana de David Bowie) que brilla en temas como ‘Roman Holiday’, Sharon Van Etten, Kate Stables (This Is The Kit), maravillosa en la canción que da título al disco, o una Mina Tindle imprescindible en la emotiva ‘Oblivions’, arropan a un Berninger que, por mucho que lo pretenda, nunca es secundario. Aunque escuchando la parte instrumental de ‘Duet Swirls in Strange Light’ uno se pregunta si la identidad de The National se basa en las cuerdas vocales del barítono o en las baquetas de Bryan Davendorf, lo cierto es que el cantante cede protagonismo para entablar diálogos sobre los horizontes difusos, las pérdidas y los vacíos emocionales. No se trata de un disco fulminante como el notable Sleep Well Beast, sino de una mirada introspectiva que indaga en los propios fantasmas. Aunque si hay quien busca motivos para estremecerse, que espere al final de ‘Light Years’. (Carlos Marlasca)

North State – Before the Silence

La genética suele ser celosa a la hora de repartir las cualidades que los hermanos heredan. No es el caso de Laia y Pau Vehí, que con su proyecto conjunto North State acaban de firmar su primer álbum de estudio Before the Silence. Tras su estelar debut en 2017 con ‘I Know You‘ (también editado en el sello Club Ruido) y habiendo actuado en festivales como Primavera Sound, Bilbao BBK Live o el FIB, North State se visten de largo para presentarse con una propuesta sólida, gestada con mucho cariño durante casi dos años, entre Londres y Barcelona. Los hermanos Vehí han sabido leer muy bien el contexto musical en el que vivimos, consiguiendo un sonido que se mueve entre un pop electrónico sin edulcorar y un R&B actual y cargado de sentimiento. Sus letras hablan desde lo más profundo de su interior, narrando sus miedos e inseguridades, como si de un proceso catártico se tratara –por ejemplo, en ‘Inner‘ o ‘We A War‘–, pero también sobre la actualidad, mostrando su visión de las nuevas tecnologías y cómo estas están afectando a las relaciones interpersonales en ‘PC Age‘. Con Before the Silence, North State no solo muestran madurez sonora, sino también un salto de confianza enorme en ellos mismos. Seguro que seguiremos oyendo hablar del dúo catalán este año. (Pablo Reguilon)

slowthai – Nothing Great About Britain

Hace apenas un año que slowthai sacó ‘T N Biscuits‘, primer single de su primer álbum ‘Nothing Great About Britain‘. Por aquel entonces, y a pesar del éxito del tema en UK, era difícil imaginar la repercusión mediática que este proyecto iba a adquirir a lo largo del siguiente año. Nada de esto sorprende tras la salida del disco el pasado mes de mayo, en el cual el artista de Northampton se muestra de la forma más cruda y real, hablando de su infancia en una familia desestructurada en ‘Northampton’s Child‘ o ‘Grow Up‘, o de su vida desenfrenada a través de las drogas y la fiesta en ‘Drug Dealer‘ o ‘Doorman‘. Avalado por colaboraciones con Mura Masa, Skepta o Jaykae, slowthai también realiza una radiografía de la Inglaterra actual, mostrando su parte más oscura y decadente: el racismo, las drogas y la violencia están presentes en el día a día de millones de personas que buscan salir de la pobreza de los barrios marginales alejados de la high society británica, de la cual a diferencia de la gran mayoría de raperos, slowthai parece renegar. (Pablo Reguilon)

Thom Yorke – ANIMA

Los sueños, las pesadillas y las distopías tecnológicas siempre han cobrado presencia en el universo sonoro creado por Radiohead en las últimas décadas, así como en la trayectoria de su líder en solitario. Pero no ha sido hasta ANIMA, tercer disco de Thom Yorke con su propio, cuando uno de los narradores más carismáticos de nuestro tiempo ha mostrado al mundo su identidad más completa, una que parece coexistir al margen de su banda –y que nos lleva a preguntarnos hasta cuándo esta será necesaria– pese a exprimir múltiples recursos del pasado; una que, de algún modo, acaba por limar junto a su productor y compañero habitual en el crimen, Nigel Godrich, aquellas ideas inconclusas que empezaron a asomar la patita en sus dos álbumes anteriores, The Eraser (2006) y Tomorrow’s Modern Boxes (2014). Gestados a través de una metodología creativa que busca dar salida a la propia (y extrema) ansiedad, otra vieja conocida en la obra del británico, los nueve cortes del trabajo se esculpen mediante sintetizadores rítmicos que avanzan extenuados, percusiones electrónicas que se desintegran, melodías alienadas, coros espectrales, teclados habituales y guitarras ocasionales, siempre con la vista puesta en las referencias más introspectivas de la música de baile –de vez en cuando, uno percibe reminiscencias que van de Flying Lotus a Four Tet pasando por el sello Border Community de James Holden–. Además, su voz imperfecta, jadeante y casi siempre distorsionada sirve de anclaje al conjunto a través de una lírica a caballo entre el monólogo interior onírico y el ensayo social de corte más apocalíptico, generando a menudo imágenes melancólicas que ya se han convertido en marca de la casa. Por ejemplo en ‘Dawn Chorus’ (la canción que cierra el cortometraje de Paul Thomas Anderson que acompaña el álbum), una suerte de balada-spoken word lenta, progresiva y devastadora, pero abrumadoramente bella, que merece entrar desde ya mismo en la categoría del mito hecho canción. (Max Martí)

Tyler, The Creator – IGOR

Igor –monstruo incomprendido y falto de amor– es solo el último de los muchos personajes paria y semipsicópatas en los que Tyler se ha refugiado en su música desde que fue un Goblin en 2011. Ocho años y seis álbumes más tarde, parece seguir sintiéndose un extraño en su cuerpo y hasta en su propia mente, aún incapaz de habitar un lugar que sea sosegado, familiar y de paz. Pero, ¿cuál es la marca del genio y artista, sino la de alguien en profundo conflicto consigo mismo y su inadaptación al mundo que le rodea, y la necesidad que surge de esto de expresarse a través de su increíble talento creativo? El tremendo conflicto que le acosa –que muy probablemente tenga que ver con su difícil relación con la propia sexualidad– es el que tiñe, precisamente, de rosa y negro (la paleta del artwork del álbum) todo este proyecto: por un lado, el glamour decadente setentero/ochentero que tanto le gusta, y por el otro, el punk y la fuerza del hip-hop oscuro con esa rabia que le caracteriza. Con su capacidad para vomitar sus entrañas y proyectar sus visiones ensoñadas, Tyler, The Creator es sin duda, a sus aún escasos veintiocho años, uno de los artistas más influyentes de nuestra generación. Los mundos que él ha inventado –que van del oscurantismo suicida-trendy de ‘Yonkers‘ a los coloridos patrones de florecitas de su marca Golf– han creado escuela. Pero aunque ha aportado tantísimo a la paleta estética de una generación entera, es como si toda su obra fuera un guiño a bromas que solo él entiende perfectamente. Por eso su música es honesta y a la vez hermética. Uno no sabe si debería tomárselo en serio, y apreciar cada matiz, o si es todo una parodia, en cuyo caso serías estúpido tratando de intelectualizar su movida; uno no sabe si todas esas instrumentales emulando soul y funky costero, o esas letras que hablan tan punzante y directamente sobre desamor, son realmente lo que parecen, o si tienen una segunda intención irónica devastadora. Es un poco un caso de Pedro y el lobo: Tyler es tan cool que abruma, por eso cuando se muestra humilde y vulnerable cuesta creerle. Sin embargo, IGOR puede haber puesto fin a todo eso. En un álbum con un trabajo instrumental tan genial y cuidado, con unas letras tan reveladoras, con unas colaboraciones tan serias, resulta imposible no tomarle cien por cien enserio y pagarle reverencia. Para lograrlo, ni siquiera ha tenido que desviarse de su propio estilo (que es muchos a la vez) y complacer tendencias recientes del hip-hop. IGOR ahonda aún más en la rareza que es Tyler, pero esta vez de forma más madura, matizada, segura de sí. Más allá del maravilloso ‘EARFQUAKE‘ –122 millones de reproducciones en Spotify hasta la fecha–, por lo antipop de sus estructuras, este es un álbum sin hits que ha debutado en el #1 de Billboard. Él mismo insistía a su release en que hay que escucharlo da capo al fine y estando bien atento. Y la verdad es que es como un buen cuadro: cada vez que lo revisitas detenidamente te vas dando cuenta del genio, el color y la profundidad que contiene. Es una genialidad, y como tal, no es inmediatamente digerible. Pero cuando entra bien, entiendes que Tyler es una de esas joyas que hay que proteger a toda costa. (Luca Dobry)

Vampire Weekend – Father of the Bride

Y seis años después, Vampire Weekend nos entregaron un disco dentro del cual nos podemos pasar todo el verano. Y el otoño, y el invierno, y… Porque como reza su primer single ‘Harmony Hall’, “We took a vow in summertime / Now we find ourselves in late December”, el tiempo pasa y aquí seguimos. Y el cuarto disco del grupo comandado (ahora exclusivamente) por Ezra Koenig juega con la percepción del tiempo como pocos: nos ha hecho esperar como ningún otro y, cuando nos invita a pasar, entramos de lleno en el abundante jardín de Vampire Weekend, uno que contiene todas sus facetas, que las muestra y paladea sin prisas, y que por supuesto abre nuevos terrenos que han crecido en estos años. Rezumando clasicismo a través de sus 18 canciones (también algún destello electrónico y/o experimental, como esa deliciosa ‘2021’), en Father of the Bride encontramos canciones que podrían haber estado en sus tres discos anteriores y otras que solo podrían estar en este (las de raíz más country, con colaboraciones de Danielle Haim, o las que muestran al Ezra más crooner), pero sobre todo nos encontramos con canciones que tenían que estar aquí. Aunque a priori un disco de 18 canciones parezca excesivamente largo, un recorrido corte a corte acaba confirmando que cada canción incluida aquí luce su mejor versión y encaja en el recorrido final. Un recorrido, como cuenta el propio Koenig, que sin ser conceptual sí exhibe un paso más en la carrera y la vida de Vampire Weekend: igual que una boda marca el paso simbólico a la vida adulta, este disco nos muestra a unos Vampire Weekend finalmente asentados, con menos preguntas y más certezas, serenos e inspirados. Libres, al fin. (Aleix Ibars)

Weyes Blood – Titanic Rising

De lejos su disco más sofisticado y ambicioso hasta la fecha, el cuarto elepé de Weyes Blood se postula como la confirmación definitiva de una artista con una gran capacidad de diferenciación estilística y ambición, cargada de personalidad y con una enorme cosecha de influencias clásicas. Cantado a través de una lente cinematográfica, con su consecuente abstención de realismo y su dosis pertinente de romance y culpa, Natalie Mering nos acerca en Titanic Rising hasta una nueva forma de entender el amor, el dolor y la pérdida, abordando algunos de los mayores problemas de la sociedad actual de forma claramente sentimental –el cambio climático, el capitalismo…– y construyendo un paralelismo entre ellos y el famoso hundimiento del Titanic. A través de la sutil distorsión tambaleante de ‘Andromeda’, la especialmente cinematográfica ‘Movies’ o la modernidad barroca de ‘A Lot’s Gonna Change’, Weyes Blood demuestra con este disco que no necesita de grandes recursos para triunfar; su grandeza reside en el preciosismo de sus arreglos y en su voz extraordinariamente poderosa a la par que extraña. Con esto se basta para conseguir hacer de cada una de las canciones en Titanic Rising un mundo distinto y, no por ello, menos identificable e inorgánico. (Irene Méndez)

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