05/07/2019

Su explosivo concierto demuestra que lo suyo no es solo latino o urbano: el pop (a secas) tiene en el portorriqueño a la nueva superestrella de toda una generación.

Llevaba ya un rato Bad Bunny, Benito Antonio Martínez Ocasio, sobre el escenario del festival Río Babel y, por motivos puramente físicos, no le quedó otra alternativa que bajar el ritmo de su explosivo show, que hasta ese momento le había dejado pocos momentos para respirar: «gracias por hacerme exitoso», dijo con ese acento arrastrado que ya es el-acento-de-Bad-Bunny. La frasecita suena a proclama populista de 1º de Show Business, pero, en el fondo, explica muchas cosas. En realidad, casi parece que la gente (su gente) haya puesto más empeño que él mismo, siempre en mood perezoso, para llegar hasta aquí. Un ejemplo: hace unos días, a propósito del lanzamiento de Oasis, se publicaban una entrevista con el locutor-estrella Zane Lowe en las que, a ratos, daba la sensación de que Bad Bunny quería escaparse de allí. Como si la cosa no fuera con él. J Balvin, su socio en Oasis, en cambio, se esforzaba por cumplir con la que, a fin de cuentas, es una parte de su trabajo.

Más allá de alguna evidente diferencia entre el portorriqueño y el colombiano que puede dar alguna clave sobre el contraste entre sus respectivas formas de afrontar la promoción (Balvin tiene 9 años más que Bad Bunny y lleva una década más que él en este mundillo), es evidente que el portorriqueño, más cerca de la generación Z que de esos millennials que ya nos hemos quedado definitivamente viejos, no termina de verle la utilidad al formato tradicional de entrevistas. Sabe que la promo ya se la hacen los seguidores de esa nueva religión que proclama: su éxito no se ha cocido en los periódicos o en la radio, sino en la plaza, en el parque, en la puerta del instituto. En las stories de Instagram, en las playlists de Spotify (donde esta semana se llevaba el récord de mayor número de reproducciones en 24 horas con 3’6 millones), en un móvil post-adolescente que ya se ha quedado sin datos a mitad de mes. «No me carga la nota de voz, pero estamos bien«.

Le han hecho exitoso y él, que hace cuatro días se dedicaba a reponer estanterías en un supermercado, se muestra bastante más agradecido que chulesco encima del escenario, donde sí parecen entrarle ganas de hablar. «Si os la sabéis, cantadla; si no, simplemente disfrutadla», soltó varias veces durante 90 minutos de concierto, aunque la segunda opción estaba de más: siempre se la sabían. De esa ‘Diles‘ publicada en el verano de 2016 hasta el repaso express, en formato medley, del recientísimo Oasis («¿cómo puede ser que os las sepáis si todavía no me las sé ni yo?», dijo), el coro que abrigó a Bad Bunny y su característico barítono fue masivo aunque a muchos entre el público no les hubiera cambiado todavía la voz. A decir verdad, fue lo único de lo que se rodeó: salvo en un par de excepciones como ‘Soltera‘ o ‘I Like It‘, no hubo rastro de pregrabados o segundas voces enlatadas en un show que no tiene el despliegue logístico que podría imaginarse en una superestrella de su estatus. Dispara alguna llamarada y le acompañan un dj y seis bailarinas, sí, pero el show, a fin de cuentas, es él. Que no hubiera invitados y apenas hiciera hueco en el setlist a temas ajenos en los que ha participado durante su carrera tiene todo el sentido del mundo: el concierto era un ratito entre él y los que le han hecho exitoso.

Bad Bunny (aunque a ratos, como en el emocionado speech previo a ‘Como antes‘, parezca ser más Benito que su alter ego) es introducción, nudo y desenlace dentro de una ceremonia no tan entregada a la fiesta como a la comunión pura y dura, casi primaria. El baile, perfectamente dosificado entre los muchos momentos introspectivos que pueblan X 100PRE,  no es tanto fin como medio: es solo una forma como otra cualquiera de conectarse con el otro. «Dadle un abrazo a la persona que tenéis al lado», pidió el conejo poco antes de despedirse. Atrás quedaban casi una treintena de himnos y la certeza de que lo suyo va mucho más allá de etiquetas como «latino» o «urbano». El pop (a secas) tiene en el caribeño a la nueva superestrella de toda una generación. A las otras les puede costar entenderlo y es bueno que así sea: esa es la historia de la música desde que el mundo es mundo. El rock & roll, el punk, el reggaetón, el trap. Todo, aunque no lo parezca, sigue siendo como antes.

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Foto. Hara Amorós (Festival Río Babel)   Conciertos
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