17/06/2019

Por méritos propios, calidad y coherencia, el evento crece y se sitúa ya como la mejor referencia de la capital.

El Paraíso ha llegado para cubrir la interminable orfandad de Madrid para acoger un evento de este tipo. La capital tiene ahora un festival que nace con un concepto claro y que en solo dos ediciones ha engordado sin desviarse de su idea original. Solo el VillaManuela había partido con una premisa así, pero su apuesta, tan loable como arriesgada, no fue suficiente para mantenerlo en el tiempo. El incremento en un 40% de público asistente y su asociación con el Sónar barcelonés hacen prever que, después del FIB, los hermanos Morán mantienen las fuerzas para crear otra gran criatura.

Bailar por encima de todo. Esa es la propuesta clara de un certamen que convoca a públicos de todas las edades. Para los más canosos, Cerrone preparó un memorable repaso al disco de los setenta que comenzó con ‘Cerrone’s Paradise’ y en el que revisó lo mejor de toda su carrera, como ‘Give Me Love’, ‘Supernature’ o ‘Je Suis Music’, que contó con la espléndida voz de Barbara Tucker. No defraudó el francés en su condición de leyenda.

La mayor concentración de millennials, por otro lado, la convocó IAMDDB, certificando la conexión de las nuevas generaciones con los ritmos urbanos y su fusión con el R&B. En su primera visita a Madrid, la británica Diana DeBrito estuvo imponente en voz y actitud, sacando todo su potencial a temas como ‘Urban Jazz’ o la celebrada ‘Shade’. Otro de los llamados a convocar al mismo público era Channel Tres, pero su show, sin músicos y con dos bailarines como único acompañamiento, no fue más allá de un espectáculo coreográfico que tuvo un buen fondo musical cuando sonaron temas como ‘Topdown’ y ‘Controller’.

Brillaron también los principales cabezas de cartel. Lo fácil con CHVRCHES es subrayar lo almibarado de su música, pero los escoceses, con una Lauren Mayberry a caballo entre Anna Pavlova y Lindsay Kemp, defienden de forma notable un repertorio en el que sus canciones más recientes, como ‘Get Out’ o ‘Miracle’, no alcanzan la misma repercusión que las que, como ‘Recover’ o la sobresaliente ‘The Mother We Share’, salieron de su inmenso debut.

Si algo quedará en la memoria de este Paraiso será el duelo mantenido por Rhye y Charlotte Gaingsburg para erigirse como el nombre con más clase de esta edición. En los primeros, la eminente voz de Mike Milosh comparte ahora protagonismo con el despliegue instrumental de temas que mutan sobre las tablas, alargando canciones como ‘The Fall’ o ‘Taste’ hasta el éxtasis. La banda tiene ahora una concepción coral y es evidente que ha crecido desde su paso por el Primavera Sound del pasado año. De la francesa y los suyos solo puede decirse que continúan en la misma línea que ya mostraron en el certamen barcelonés y que es difícil de superar. La combinación de los temas más decadentes como la inicial ‘Lying With You’ con el pop próximo a Madonna de ‘Paradisco’ o la fuerza de ‘Deadly Valentine’, junto a la magnífica escenografía, hacen que la hija de Serge y su banda sean una garantía absoluta. Lo único que hubo que lamentar fue la coincidencia con Peggy Gou, que, a tenor de lo que se escuchaba, compensó a aquellos que descartaron la opción principal.

En la cabina también los hubo que derrocharon elegancia. Se dieron inexplicables problemas por el aforo en el acceso al escenario de Nicola Cruz. Gracias a su reciente Siku, el francés residente en Ecuador se ha convertido en uno de los nombres de cabecera de la electrónica actual. De ese trabajo sonó algún tema como ‘Arka’, en una sesión calmada, intensa y de previsible acento andino. También el sabor latino tuvo alguno de los ritmos dispuestos por Kalabrese en un set trotón y amable que acabó con el celebrado ‘Close To Me’ de The Cure.

Superorganism supuso una de las principales decepciones. La banda, cuyo leitmotiv es una renovación del indie pop juguetón de Architecture in Helsinki o Tilly and the Wall, tiene un lastre en su cantante, Orono Noguchi. Pese a su apariencia pueril, cuenta con una veintena de años, algo que debería darle mayor presencia. Es la que menos gracia tiene de todo el septeto y eso, añadido a alguna descompensación en la mesa de mezclas, hizo que un set con sus mejores composiciones como ‘SPRORGNSM’ o ‘Everybody Wants To Be Famous’ sonara inane y que solo ‘Something For Your M.I.N.D.’ se salvara de la quema. Junto a los ingleses, la sesión de Jaques Greene tampoco emocionó, excesivamente plana y con algún inconveniente con los altavoces.

Bob Moses es una de esas bandas que aportan pocas novedades pero cuyo cancionero se sostiene por si solo. Deudores obvios del legado de Depeche Mode, el dúo tiene en ‘Battle Lines’, ‘Listen to Me’ o ‘Back Down’ elementos suficientes para solventar con eficacia su directo. Maribou State estuvieron un peldaño más arriba, y brillaron con banda al completo y una maravillosa voz femenina adornando lo mejor de un repertorio que concluyó con una extraordinaria ‘Turnmills’.

En cuanto a los sets de más pegada, John Talabot añadió bombos a su electrónica cerebral, quizá influido por la sesión de Moscoman. Duro también el tracklist de Or:la, con matices rugosos y cierta proximidad con Helena Hauff. Pional combinó su faceta más introvertida con hits más festivos como ‘Locomia’. El emperador Laurent Garnier optó por una sesión menos luminosa que la del cierre del pasado Sónar en la que incluyó algunos de sus mayores éxitos como ‘Crispy Bacon’ o ‘The Man Wirth the Red Face’ con canciones habituales en su set como el ‘Domino’ de Oxia. Estuvo lastrado por una obligada reducción de volumen y, al contrario que en otras ocasiones, su despedida fue fría. El final algo decepcionante del francés no ensucia el buen hacer de un festival que por méritos propios, calidad y coherencia se sitúa ya como la mejor referencia de Madrid.

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Foto. Cortesía de Paraíso Festival   Conciertos. Festivales
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