05/06/2019

Más de una quincena de reseñas personales de la segunda jornada.

AJ Tracey

AJ Tracey fue anunciado un mes antes del arranque del festival, junto con los demás actos hiphoperos que acogería el íntimo escenario del SEAT Village. No tuvo la suerte de salir en el póster que muchos tomaron como referencia definitiva, atención que seguramente hubiera merecido, quizá junto a un escenario de mayor protagonismo. Pero a él no pareció importarle. Lo que tuvo de bueno ese semisecretismo de su concierto es que todos los que estaban allí sabían a lo que iban; venían a ver a la nueva joya de la corona del UK grime –escena en absoluto apogeo, y a la que sorprendentemente el Primavera no está haciendo demasiado caso–. A diferencia de lo que pasa con los raperos americanos, que en los directos simplemente se dedican a poner los temas en su versión de estudio y actuar como hypemans de sí mismos, los grimers ingleses son maestros del micrófono. Eso es porque, en los albores del grime, los MCs tenían que pelear contra enfureceidas instrumentales de garage y drum’n’bass para ser oídos. Eso requiere de un nivel de maestría en el delivery prácticamente inexistente más allá de las islas británicas. Cuna de mamá DJ y papá rapero, AJ Tracey lo lleva en la sangre, y vaya si se nota –su performance, en la que no suena su voz pregrabada, es una absoluta bomba–. ‘Ladbroke Grove‘ fue uno de los mejores momentos que he vivido en el show de un rapero. Lejos de la altanería que muchos demuestran sobre los escenarios, el de West London parecía totalmente dispuesto a pasar un buen rato haciendo lo que ama, pero, sobre todo, a hacérselo pasar a aquellos que habían venido a verle. Hizo un sólido repaso por su aún corto repertorio, pero ya cargadísimo de puros hits y que toca todos los palos del urban. Hacia la mitad del show, hizo un interludio para acabar de encender los ánimos con hits de Koffee, Skepta, A$AP Rocky y Drake —guiño también hacia el inusitado buen rollo que tiene con todos en la industria–. Una actuación redonda. Más grime en el Primavera, por favor. (Luca Dobry)

BEAK>

En la canción ‘All Mine’ de Portishead, una pequeña variación de la armonía de los vientos provoca un enorme cambio emocional, algo que podría denominarse ingeniería orgánica. Esa misma idea que emergía de la mente Geoff Barrow, la aplica con idéntica precisión en el concepto de su banda actual, BEAK>, sumergida en la psicodelia e impregnada de krautrock. Sin ningún glamour y ajeno a nuevas tendencias, el trío británico incide en esa sutil mutación de notas que se siente en las entrañas y que se basa en la ruptura de la monotonía de canciones como ‘Deserters’ y sus juegos vocales o la distorsión de ‘Wulfstan II’. Ni siquiera tuvieron que hacer un minucioso repaso a su último y alabado >>> para que su abstracto universo abdujera a todos los presentes y mostrase el aplastante poder de su música. (Carlos Marlasca)

Carly Rae Jepsen

Carly Rae Jepsen es mucho más que ‘Call Me Maybe’ o ‘I Really Like You’. Encarna un ideal pop contrario a lo habitual que, a lo largo de los años, ha sabido seguir moldeando gracias a discos como E·MO·TION o ahora Delicated. En su primera visita al Primavera Sound, la canadiense acertó con un concierto bastante ameno y divertido en el que sacó a relucir su pop festivo y jovial. El público la arropó con aplausos e inquietud con cada canción, provocando en varios momentos de la tarde una sonrisa ilusionada en la cantante, quien presentaba en directo su primer disco de estudio en cuatro años –si bien una de las canciones estrella del concierto fue ‘Cut to the Feeling’, perteneciente a la BSO de la película Ballerina. Daba igual si viejas o nuevas, la gente se las sabía todas. Empezó con ‘No Drug Like Me’ y sonaron también canciones como ‘Too Much’ o ‘Party for One’, presentando casi todo Dedicated en directo y confirmando así su excelente acogida entre fans. Por supuesto, tampoco faltó un ‘Call Me Maybe’ cantado desde y por el público. En general, un concierto sin grandes recursos escénicos pero sobrado de personalidad y canciones que relucieron por sí mismas. (Irene Méndez)

CHAI

CHAI fueron sin duda una de las grandes sorpresas —al menos, a nivel personal— de la jornada del viernes. El cuarteto japonés se plantó con un adorable tota look rosa en el escenario adidas Originals e inundó cada esquina de una energía optimista de inicio a fin. Mana, Kana, Yuki y Yuna presentaron en constante estado de adrenalina el directo de gran parte de las canciones de su último disco, PUNK. Con un repertorio de canciones difíciles de clasificar que, aun así, podríamos decir que navegan entre el pop-rock, el garage punk y el funk, se metieron al público en el bolsillo con una propuesta que es encantadora, catchy, rompedora y adictiva a la vez. Un contraste entre algo dulce y algo afilado —debido al contenido en contra a los estereotipos sociales japonenses de sus canciones— que acaba por convertirse en una de las grandes claves de su proyecto. (Raquel Pagès)

Helena Hauff

Helena Hauff lleva unos años siendo una artista imprescindible de cualquier festival que se precie cuyo cartel incluya algo de electrónica. La artista de Ninja Tune se ha ganado estos galones a pulso gracias a su increíble técnica y selección musical a la hora de pinchar. La alemana tocaba este año en el escenario Desperados Cube, acondicionado con un sonido cuadrafónico que permitía escuchar igual de bien desde cualquier lugar del cuadrado formado por las torres de sonido. Fue una gran lástima que sonase bastante flojo y enlatado durante todo el directo. Desconociendo las razones, el escenario sonaba bastante peor que esa misma mañana, donde pudimos disfrutar de directos como el de Steffi o Courtesy sin problemas. Ese hecho hizo que el escenario se vaciara bastante y se perdiera gran parte de la energía en la pista. A pesar de las dificultades, Helena hizo una sesión bastante buena, mezclando temas de electro, breaks y techno en su línea. (Pablo Reguilon)

Janelle Monáe

Quienes, comprensiblemente, reivindican el reinado de Rosalía en el último Primavera Sound, deben aceptar que Janelle Monae, como mínimo, se lo discutió. La de Sant Esteve de Sesrovires es capaz de absorber cualquier estilo e introducirlo en el concepto creado por ella y que, a día de hoy, todo abarca. Pero la estadounidense puede actualizar épocas pretéritas sin perder un ápice de actualidad, renovando el moonwalk ideado por Michael Jackson en pleno ‘Make Me Feel’, su particular homenaje al ‘Kiss’ de Prince. Todo en uno. Irrumpió imperial con Asi habló Zaratustra y dejó su impronta en el festival con una enorme empatía con el público al que subió al escenario mientras sonaba ‘I Got the Juice’. Con un recital repleto de constantes cambios de vestuario y pertinentes reivindicaciones, si este Primavera Sound trataba de feminismo, igualdad y empoderamiento de la mujer, ¿quién puede arrebatarle el trono a Janelle Monáe? (Carlos Marlasca)

Jungle

Desde su primer concierto en el Primavera Sound 2015, Jungle se han convertido en una garantía de calidad musical y disfrute a partes iguales. Los directos de la formación británica son puro baile, y es que es realmente difícil resistirse a ese groove tan elegante. A esa fina electrónica que va de un funk moderno al soul más exquisito, y que pone el foco a las armonías vocales. Con una puesta en escena marcada por las gigantescas letras con su nombre y un set de luces rectangular — todo ello en dorado, su color—, arrancaron con ‘Smile‘, canción que abre su último trabajo For Ever. Un álbum que, a pesar de contener hits como ‘Heavy California‘, no acabó de generar la locura entre el público como sí lo hicieron las canciones de su primer disco. Prueba de ello fue el colofón final con ‘Busy Earnin’‘ y ‘Time‘, momento de fiesta absoluta en el escenario Primavera. (Raquel Pagès)

Kate Tempest

No hay rapero moderno que haya dado hostias tan gordas elevando tan poco el tono. En la edición hubo MCs más gritones, más explosivos, pero no más certeros. Kate Tempest escribe de Nobel y comunica más que Ada Colau. Eso no fue suficiente para llenar el Ray-Ban, pero sí para que los centenares que asistieron a verla se embobaran durante una hora con sus proclamas. Fueron 60 minutos donde primó la palabra, tan sólo una gran esfera detrás suyo como atrezzo, pero donde los beats adoptaron más protagonismo que en otras ocasiones. La hora mandaba: salió poco después de la una de la madrugada. En breve tendremos nueva excusa para verla: está al caer su nuevo álbum, The Book of Traps and Lessons. (Yeray S. Iborra)

Low

El anhelo de una experiencia mística y sobrecogedora se rompió en mil pedazos. A pesar de un sonido impoluto, Low se mostró incapaz de ahondar en aquello que se sitúa en el subconsciente. Intentaron que su inmenso Double Negative originara una catarsis de la que no hubo ningún rastro. La previsible comunión resulto imposible, debido a la escasa dinámica, la excesiva monotonía y algún pasaje instrumental sin sentido alguno. El trío estadounidense, con una discografía impoluta, no logró elevarse cuando salieron de su último álbum e interpretaron algunos de sus clásicos como ‘Always Trying To Work it Out’. Además, obviaron temas como ‘Dinosaur Act’ que podrían haber servido de acicate. Cuando sonó ‘Fly’, una de sus mejores piezas recientes, el partido ya estaba perdido. (Carlos Marlasca)

María José Llergo

El concierto de María José Llergo en el Auditori Rockdelux el pasado viernes fue uno que ella y los músicos que la acompañaron—dos frecuentes colaboradores suyos, como el productor sevillano Lost Twin y el guitarrista Marc López, con la colaboración añadida del pedal steel guitarist David Soler— habían preparado a conciencia. No era para menos. Una actuación así, para una artista autóctona tan joven, es una prueba de fuego. Como dos años atrás, el concierto en el mismo Auditori, lo fue para la catalana Rosalía (con la que la Llergo traza paralelismos que no se quedan solo en lo musical), este lo ha sido para la cordobesa.

En una era de cultura totalmente globalizada, en que las tendencias poco respetan divisiones culturales/fronterizas —y cualquiera, de cualquier lado, puede hacer cualquier cosa—, proponer algo puramente nuestro, como es el flamenco, y presentarlo como totalmente vigente, es una apuesta fuerte. También es una apuesta que estamos abiertos a recibir con cariño, aunque no sin escrutinio. Pues lo de mezclar el flamenco con formas (técnicas y estéticas) contemporáneas es un experimento que muchos han intentado sin éxito. Ese ha sido el milagro de Rosalía: hacer de la increíble herencia flamenca (una de las mayores aportaciones de lo español a la belleza) algo moldeable, permeable, fisionable con todo aquello que un veinteañero presente y despierto recibe de todas partes del mundo. A pesar de que el tándem Lost TwinMJ Llergo puede ser sospechosamente parecido al que forman El Guincho y Rosalía, no sería justo decir que los primeros copian a los segundos. Sí deben El Guincho y Rosalía recibir crédito por haber pavimentado el camino, pero no menos valor tienen los que ahora nos ocupan por hacer de ese camino un lugar reconocible.

Con la austeridad que caracteriza un concierto de flamenco, músicos y cantaora lucían impolutos sobre el escenario apenas iluminado. Desde el primer momento, supimos que íbamos a gozar de un viaje perfecto por las tierras conocidas e imaginarias que irían dibujando los artistas. El cante de María José a momentos recordaba al misticismo de las melodías árabes, mientras a otros era más claramente sevillano. Y entre medio de ambas ribas (norte de África y sur de Europa), volvió a dedicar su ‘Nana del Mediterráneo a los que perecieron cruzándolas. Luego se acercó más a la que ahora es su casa y forma de hacer, Barcelona, actuando su colaboración todavía unreleased con $kyhook —prueba de la evolución que esta chica sabrá brindar a la música–. Y, entre corte y corte, los densos y sentidos aplausos solo cesaban para que pudiera retomar el acto. Hacia el final, cuando ella mostraba su honesto agradecimiento por el cariño ante un público que, como a Rosalía, la ovacionó de pie, a alguien se oyó gritar: “¡Eres oro!”. No se equivocaron. (Luca Dobry)

Miley Cyrus

El acierto o desacierto de que Miley Cyrus estuviera allí, ocupando el mismo escenario por el que han pasado Bon Iver o Radiohead, no es lo que toca analizar. Miley estaba, y también estaba un gran público dividido entre los que llegaron hasta allí empujados por el fanatismo y los que lo hicieron por la curiosidad. Quien escribe esto se sitúa en el segundo grupo, y si el que lee es de los primeros, tal vez no encuentre aquí lo que quiere escuchar. Y es que desde el podio de la objetividad, su show sustentado gracias a hits como ‘Party in the USA’, ‘We Can’t Stop’ y ‘Wrecking Ball’ desprendió un tufo a vieja gloria a pesar de la corta edad de Miley. Además, la acompañaba una banda de esas de segundo plano, posición hermética y yo aquí estoy porque me pagan una pasta, así como unos visuales completamente desfasados. No se percibía una dirección clara en el estilo ni una dinámica con sentido entre los temas, ni la actitud desafiante y provocativa de esa Miley juguetona que llevaba coletas y bailaba con osos de peluche gigantes, sino más bien una artista que busca que se la tomen en serio pero que no aporta un valor que pueda competir con el torrente de nuevas propuestas que está emanando del pop actual. (Lluc Mulet)

Mura Masa

Pocos artistas en el ámbito de la electrónica han visto crecer tan rápido su popularidad como Mura Masa lo ha hecho en los últimos tres años. Alex Crossan, joven productor británico nacido en Guernsey, puede presumir de contar ya (y con solo 23 años) con una gran variedad de canciones a sus espaldas; canciones de carácter experimental creadas como un cruce ambiguo entre la música EDM, la música dance y los ritmos del funk y el R&B. Su talento excepcional también se traslada en sus directos, en los que trae consigo una batería electrónica y teclado además de su set de bases. Durante el concierto, su interacción con el público es mínima. Y tampoco le hace falta, ya que las canciones hablan por sí solas. Del sonido colorista a la vez que tétrico de ‘Lotus Eater’ a la euforia convertida en canción de ‘Move Me’, Mura Masa se muestra como el alumno aventajado de la música que es. Cae la sentimental ‘Complicated’ (su reciente colaboración con NAO) y, ya hacia el final, entrelaza una tras otra ‘What If I Go?’, ‘Love$ick’ y ‘Firefly’. (Irene Méndez)

Peggy Gou

Las comparaciones no nos gustan, pero esta sale por inercia: si esa etapa final que va de las cuatro a las seis de la madrugada en el Ray-Ban, la noche anterior, la ocupó Nina Kraviz con un set demasiado leal a su estilo –duro, seco y poco melódico–, Peggy Gou entendió que, a pesar de buscar la electrónica, esa plaza no pedía lo habitual de un club sino abrirse de mente y estirarse de cuerpo. Y así jugo y deleitó. De la oscuridad más pistera en la que pudimos detectar el tema ‘Only Human‘ de Four Tet bajo el alias de KH, a la transición con el cielo cambiante al ritmo de Donna Summer y su eterno ‘I Feel Love‘, pasando por coqueteos al italo, al house más petardo y algún que otro tema menos agradable pero bien encajonado. Su ascención en popularidad en solo dos años y ese Boiler Room en Dekmantel la han llevado a lo más alto de la escena clubber, y quizás, de forma precipitada, a un escenario tan grande como el anfiteatro del Fòrum, pero estas apuestas siempre serán bienvenidas, y más si los artistas, como hizo Peggy Gou, también ponen de su parte. Un viernes saboreado hasta al final. (Jordi Isern)

Robyn

Muchos recordaremos esta edición del Primavera Sound como la del gran momento protagonizado el viernes por Robyn y su clásico ‘Dancing On My Own’ en la gran explanada del Fòrum, mudada entonces en una gran pista de baile ochentera en la que no hubo tregua para el entreacto. El público, uno de los más pletóricos de toda la jornada, fue testigo del esperado regreso de Robyn tras cinco años sin una actuación suya en solitario en Barcelona (la última vez llegó acompañada de Röyksopp para actuar en el Sónar), con un concierto en el que la nostalgia y la sensualidad se dieron de la mano para jugar con la música de baile y los ritmos cambiantes y retros. La tristeza y la alegría se entrelazaron a través de canciones como ‘Ever Again’ o ‘Love Is Free’, y al igual que con su música, en el concierto se creó cierta dualidad entre la serenidad exhibida por la cantante y el caos del público; una sensación de calma en medio de una gran tormenta de hits que, ya en la recta final, llegó a su punto más álgido con esa ‘Dancing On My Own’ en comunión con un público totalmente entregado, además de ‘Missing U’, ‘Call Your Girlfriend’ y ‘With Every Heartbeat’. Una tras otra. (Irene Méndez)

Snail Mail

Los primeros minutos del concierto de Snail Mail fueron un engaño. Lindsey Jordan salió al escenario con una imagen muy distinta a la que recordamos los que estuvimos en el Primavera Club 2018: teñida de castaño y con grandes gafas de sol, enérgica y segura. Una potente intro instrumental acompañaba esa sensación de que el bolo iba a tomar un carácter más maduro y evolucionado, pero primero fueron los problemas técnicos: cuando el arranque guitarrero se difuminó para que Lindsay tomara el relevo, el primer acorde de su guitarra sonó mudo, cortando en seco algo que parecía que arrancaba bien. En las primeras canciones se la percibió intranquila y su guitarra, a ratos, sonaba fuera de tiempo. Y si bien en el Primavera Club había compensado la falta de control vocal con una emoción determinante, esta vez flaquearon ambas partes hasta los últimos temas, cuando tal vez logró salvar la intranquilidad inicial y demostró que la etiqueta del 90’s indie rock no se defiende con técnica sino con determinación y veracidad. (Lluc Mulet)

Tame Impala

Aunque parezca estar totalmente fuera de lugar decir esto al inicio de una crónica, ahí va. Me considero fan de Tame Impala. Y lo digo porque veo necesario matizarlo antes de entrar en cuestión. Dicho esto, el concierto de esta edición de la banda australiana me pareció simplemente correcto. El grupo liderado por Kevin Parker ofreció un buen directo con una ejecución adecuada, un setlist efectivo —aunque con su repertorio de hits sería casi imposible que no lo fuera— y unos visuales psicodélicos muy cuidados que encajaban a la perfección y eran el broche perfecto. Tampoco faltó una buena dosis de confeti tanto en el inicio del concierto (‘Let It Happen‘) como en su conclusión. Pero la sensación fue de estar viendo el mismo concierto que en años anteriores. Algo que, tal vez, tendría una menor importancia si se tratara de otro grupo, pero a Tame Impala, referentes del pop y el rock psicodélico desde hace más de diez años, se les debería exigir un poco más. Cierto es, pero, que hubo espacio para sus últimas y más recientes canciones, ‘Patience‘ y ‘Borderline’. Sin embargo, esto no fue suficiente como para refrescar la fórmula. Así que, por ahora, hará falta esperar a su próximo disco para ver si así nos ofrecen un directo distinto al que nos tienen acostumbrados. (Raquel Pagès)

Yves Tumor

La última vez que pude ver a Yves Tumor, nos ofreció un solo show dantesco en el cual el ruido fue el único protagonista de un espectáculo punk llevado al extremo. Esta vez se personaba con la banda al completo, presentando su exitoso último álbum Safe in the Hands of Love, editado por el sello Warp. El artista salió al escenario acompañado de su inseparable peluca y de un pantalón adornado con miles de cristales Swarovski, diseñado por el barcelonés Guillem Rodriguez. El factor sorpresa es un elemento que siempre ha acompañado a Sean Bowie, nombre real del artista con mil caras, del cual te puedes esperar cualquier cosa cuando se sube a un escenario. Y es que Bowie –no podía haber nacido con mejor estrella– representa justamente esa ambigüedad, tanto musical como personalmente. Sus canciones surgen del corazón y del estómago, con una visceralidad y una crudeza que se palpa en todas las texturas de sus canciones, que ensucian de forma poética tanto la lírica como las instrumentales. Una ambigüedad que se hizo muy presente en temas como ‘Noid‘ o ‘Licking an Orchid‘ (junto a James K), en el cual trata temas como la depresión o el sentimiento de soledad, siempre con una voz dulce, rodeada de capas de gritos ahogados o ruidos estridentes. Yves Tumor nos demostró una vez más porque es, junto a otros artistas como Mykki Blanco o JPEGMAFIA, uno de los abanderados de la nueva ola punk. (Pablo Reguilon)

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Foto. Pablo Luna Chao / Jordi A. Sintes / Irene Méndez   Conciertos. Festivales
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