15/04/2019

Ahondamos en la trayectoria de una de las grandes cantautoras de nuestra época, Greta Kline. Mañana actúa en Madrid (El Sol) y el miércoles en Barcelona (Razzmatazz 3).

2019 ha sido el año en el que la etiqueta bedroom pop ha dejado de tener sentido. Si años ha resultaba un término en el que englobar a los cantautores lo-fi de la generación Tumblr, catapultados por la histórica recopilación de Orchid Tapes, la progresiva mercantilización de la etiqueta la ha ido convertido progresivamente en un término vacío donde entra absolutamente todo pop que suene remotamente intimista. Si ya fenómenos como Clairo daban la impresión de que la industria musical tenía un plan para capitalizar un fenómeno que nacía del aburrimiento generacional, las limitaciones económicas y el exceso de horas en internet, a día de hoy la etiqueta lo mismo te sirve para la aventura indie pop de un trapero que busca reconducir su sonido que para cualquier cosa que recuerde remotamente a Mac DeMarco. Si hacemos balance del fenómeno nos quedan, eso sí, un puñado de canciones memorables y artistas de gran personalidad. En esa categoría entra gente como (Sandy) Alex G, Girlpool, los recientemente extintos Free Cake for Every Creature o, sin lugar a dudas, Frankie Cosmos. Se podría decir que ahora que, en gran medida, el fenómeno del bedroom pop languidece como tal (o más bien, muta hacia algo radicalmente distinto), es cuando se criban los grandes artistas de la generación. Y es en este momento en el que se nota que el proyecto dirigido por Greta Kline trasciende su nicho, en el que es capaz de erigirse como una de las grandes compositoras pop de nuestra época.

Sería injusto no hacer mención al origen de Greta. No podría decirse que tuvo una infancia estándar: el Kline de su apellido viene de su padre, Kevin, eterno secundario del cine americano. Su madre, Phoebe Cates (la Kate de Gremlins), es otra habitual del cine yanqui. La crianza de Greta, en el seno de una familia de puritita burguesía cultural neoyorquina (no en vano su familia materna era amiga de nada menos que Andy Warhol) explica muy bien el desarrollo de su carrera. Su mundo referencial (plagado de referencias artísticas y poéticas, tierno, despreocupado y al mismo tiempo lleno angustia posadolescente) enlaza con ese mundo de las universidades de letras estadounidenses, de habitaciones de residencias estudiantiles donde todo el mundo lee a Frank O’Hara y John Ashbery, de paseos por el Greenwich Village y futuros lofts en Brooklyn. Es una hija de su lugar y su circunstancia, y en su obra se transparenta. Si algo impresiona al echar la vista atrás es su impresionante producción. Si uno solo está atento a su discografía oficial puede parecer estándar (tres elepés y un puñado de epés en cinco años). Pero si nos metemos en su Bandcamp nos encontramos con decenas de discos caseros semiimprovisados, llenos de perlas pop cortísimas, de melodías que se captan al vuelo y envuelven y dan calor. Porque el gran éxito de Greta es la calidez de sus canciones, la sensación de que te envuelven y te transportan al hogar.

Si nos ceñimos (por aquello de la economía de palabras) a sus discos oficiales, no sorprende que sacara Zentropy en 2014, si tenemos en cuenta que para entonces ya tenía un catálogo de cientos de canciones que poder mostrar. Entrar en sus discos es entrar en su intimidad, pero no en la autoconfesionalmente dolorosa, sino en los pequeños detalles. Las canciones de Zentropy hablan de sus amigos, de su perro, de sus padres, de lo que hace una vida más allá de nuestras miserias: es una exploración del día a día, es emotivo en su sencillez y no pretende jamás ser profundo. Si hay un requisito para poder disfrutar de su música es el dejarse llevar por conocer a alguien. Uno puede poner barreras («y a mi qué me importa su puto perro») o simplemente meterse en un disco que dura un suspiro, lleno de melodías memorables y arreglos sutiles pero efectivos. Desde entonces, su producción se ha refinado y ha ido abandonando progresivamente lo destartalado para instalarse en un pop que no deja de ser twee tierno para el siglo XXI, melodías accesibles, acordes mayores y rasgueos suaves. Puede achacársele ser inofensiva, pero, por ejemplo, ‘Embody‘, de su álbum Next Thing (2016), es uno de los más bellos cantos a la amistad, a la necesidad de confraternización y a los vínculos afectivos más allá del romanticismo que se han escrito en el pop contemporáneo. Resulta fácil encontrar canciones que hablen explícitamente de nuestros conflictos amorosos, pero no tantas que reclamen a la amistad como una institución necesaria para poder sobrevivir, y mucho menos cantándola desde esta tierna fragilidad.

En 2019 y después de el levemente decepcionante Vessel, al que se le puede achacar un excesivo mimetismo con todas sus referencias previas, y que tanto crítica como público acogieron con tibieza, ha comenzado a lanzar por partes Haunted Items, una colección de epés de dos canciones (cortísimas, para variar) en las que se enfrenta a solas con piano y voz a sus temas más maduros, sin abandonar la ternura y delicadeza melódica. Es con estas canciones con las que se enfrenta a sus primeras cuatro fechas en sala en España (ya había debutado el año pasado en el mastodóntico Mad Cool, en el que pegaba tanto como Taburete en el Viña Rock). Después de haber actuado el pasado día 10 en San Sebastián (Dabadaba) y el 13 en A Coruña (Garufa Club), mañana 16 de abril la tendremos en Madrid (El Sol) y el día 17 pasará por Barcelona (Razzmatazz 3); la oportunidad de ver a una gran escritora de canciones que aún está en dulce. Merece la pena.

Publicidad

Foto. Thomas Levinson   Conciertos. Nuevos grupos
Publicidad