22/03/2019

La diva británica mantuvo intacta la magia de un cuento de hadas con ella como protagonista en su paso por Madrid.

En la parte final de su concierto en Madrid y mientras cantaba ‘Delilah’, Florence Welch corrió entre el público, se abrazó con algunos de sus incondicionales y entonó algún estribillo subida a hombros de un afortunado. Poco antes había recordado su primer concierto en España, en la sala Razzmatazz de Barcelona, a las cuatro de la mañana, y en el que confesó que no le pagaron con dinero. El trayecto entre esos dos momentos y el interrogante que se abre en su camino son cuestiones que surgen ahora, diez años después de su abrumador debut y cuando su consagración es desde hace tiempo una realidad.

El High as Hope que le lleva de gira es un trabajo más meditativo que sus anteriores y que ella misma engrandece sobre el escenario. Por mucho que esa sea la condición del disco, el vestido de la británica comenzó a ondear poco después de que el suave inicio de ‘June’ dejara paso a ‘Hunger’. Si alguien esperaba algo de contención, quedó descartada inmediatamente. Después de que haya insistido en subrayar una recién estrenada abstemia, de que en la preciosa ‘The End of Love’ pretenda mantener los pies en el suelo o de que sea contagiosa la simpatía con la que se desenvuelve sobre las tablas, la único que es evidente es que la condición de diva le sienta bien a Florence. 

Ella es el centro único de gravedad sobre el que gira un sobresaliente directo con pocas sorpresas. Su banda acepta, parece que sin ninguna resignación, un inmaculado papel secundario. Todo lo que suena lo hace de modo solemne, como si fuera así desde hace décadas. Pero los espacios para la improvisación son estrechos, más allá del reconocible show de la indeleble ‘Dogs Days Are Over’, abrumadora y adornada a día de hoy por un fraternal abrazo entre desconocidos impulsado por la incontestable maestra de ceremonias.  

Además del homenaje a Patti Smith en la deliciosa ‘Patricia’, y de la buena conexión que es lógico que haya entre ambas (Florence ha editado ya un libro que incluye poesías), el discurso de una y otra converge.  Temas recientes como ‘South London Forever’ permiten también a su autora reivindicar su posición contraria al Brexit, hacer un llamamiento al derrumbamiento de las fronteras y convertirse en otro azote para Theresa May, los tories más recalcitrantes y algunos laboristas a unos cuantos kilómetros de Londres y Bruselas. La política ya mereció dardos musicales en otras épocas. Y lo que queda.   

Con todo lo dicho, resta por ver qué hay en el horizonte de Florence + the Machine. Una de las posibles respuestas puede estar en la reciente ‘Moderation’, la sobresaliente versión negra de la intérprete. Otra es que su natural virtuosismo vocal, que apenas parece que suponga esfuerzo alguno, siga dando satisfacciones. Aparecen pocas candidatas cuando se intenta pensar en alguien del actual panorama con un manejo similar de su registro. O quizá pueda seguir buscando inspiración en colaboradores como Sampha, Tobias Jesso Jr. o Jamie xx, presente este último en otra joya de la noche como fue ‘Big God’. 

La cantante se valió de sus abismos personales para crear himnos que, como el cierre de ‘Shake it Out’, esconden una historia menos amable que el optimismo que desprenden. Ha salido airosa de la transición hacia un lugar que por el momento se desconoce. Con la falta de algún guiño más gamberro o de una mayor relevancia de su banda, su directo mantiene la magia de un cuento de hadas con ella como protagonista. Solo queda esperar que a su reloj artístico le quede tiempo para marcar las doce de la noche.  

Publicidad

Foto. Christian Bertrand (concierto de Barcelona)   Conciertos
Publicidad