10/03/2019

Reflexiones acerca de su debut en Barcelona: no es la estrella de mañana, es la estrella de hoy.

Y llegó el momento de la verdad: la cita con Billie Eilish, anoche, en Barcelona. Hasta ahora, a nuestros ojos, esta californiana de 17 años vivía en una especie de realidad paralela, en un limbo. Apareció de la nada hace cuatro días y, por lo tanto, parecía existir solo en Soundcloud, en Instagram, en YouTube; quizá en ninguna parte. En la prácticamente inédita escalada que protagoniza desde mediados de 2018 (cuando su popularidad pareció acelerarse definitivamente a partir de su colaboración con Khalid, ‘lovely‘) ya ha dejado atrás varias leyendas urbanas: alguna, incluso, ha resultado ser cierta. Dicen que en cinco minutos agotó el aforo de La [2] de Apolo, donde estaba previsto que se celebrara su concierto, organizado por Primavera Sound; que repitió la jugada en menos de ocho horas en el Sant Jordi Club, donde finamente pasó a celebrarse; que desde el lunes pasado ya había fans haciendo cola en la puerta. Dicen bien.

Muchos no hemos advertido este fenómeno hasta que nos ha explotado en la cara. Lo que nos convierte automáticamente en viejos. Es evidente que nadie acumula 14 millones de seguidores en Instagram, 260 millones de plays en su videoclip más visto (el de la citada ‘lovely‘, estrenado en abril) o sold outs por todo el mundo de la noche a la mañana. Hace mucho tiempo que en el universo Billie Eilish están pasando cosas (su primer hit, ‘Ocean Eyes‘, lleva tres años colgado en Soundcloud y todavía sigue recibiendo comentarios cada día), pero nosotros no nos habíamos enterado. Posiblemente, porque no teníamos que enterarnos. De hecho, no vive en ninguna realidad paralela, no está fuera de ningún sitio. Es, más bien, al revés: nosotros somos los que empezamos a estar fuera de esta realidad en la que ya manda esta chica de color de pelo cambiante, look de skater de diseño y mirada entre pasota y compungida.

El mundo lleva cuatro o cinco años haciendo coñas, columnas de opinión y series sobre los millennials como si detrás de nosotros no fuera a llegar nadie más y, cuando nos hemos querido dar cuenta, los que vinieron después, los nacidos entre mediados de los 90s y mediados de los 2000s, nos han pasado por encima. Una generación, la Z, a la que, por inercia, por herencia, se le ha encasquetado todo lo que rodea a la etiquetita ni-ni, aquello de ni estudian-ni trabajan, casi antes de que tuvieran edad de hacer alguna de las dos cosas. A lo de ni-ni, en realidad, se le podría dar otro significado: ni se les entiende-ni se les quiere entender.

Quizá por eso no nos hemos interesado de verdad por Billie Eilish hasta que no ha quedado más remedio, aunque más de uno ha querido acercarse a ella y sus canciones entre el sueño y la pesadilla siguiendo las reglas de toda la vida. Circula por ahí una entrevista en la que le preguntan por el primer CD que compró en su vida y ella (que nació en 2001, recordemos) se parte de risa. Normal: no ha comprado ni uno. ¿Dónde se supone que iba a escucharlo? ¿En un discman? Urge cambiar el chip. Las normas ya son otras. Son las suyas; también las de recién llegados que parecen veteranos a su lado como Bad Bunny (1994), Troye Sivan (1995), Jorja Smith (1997), Becky G (1997), el ¿retirado? Lil Yachty (1997), Bad Gyal (1997), Cuco (1998), King Princess (1998), Clairo (1998) o el propio Khalid (1998): Eilish se ha plantado aquí sin ni siquiera hacerle falta un disco al uso. Lo publicará a finales de este mes, aunque tiene más pinta de trámite que de necesidad. El álbum, WHEN WE ALL FALL SLEEP, WHERE DO WE GO?, será un presumible éxito, pero será, en todo caso, un libro de instrucciones para los que necesitamos que nos lo den todo bien explicado y concentrado. Es posible que sus amigas no se lo compren.

El goteo de singles es lo que le ha traído hasta aquí. Hasta conseguir que solo haya 26 artistas más escuchados que ella en Spotify alrededor del globo. Su carrera se entiende a partir de canciones-momento: una forma de expresión fragmentada que, en el fondo, tiene mucho que ver con las stories de Instagram o con las notas de audio de WhatsApp. Mucho de eso hubo anoche en su estreno en Barcelona. Un concierto 3.0 que va mucho más allá de la audiencia presencial: es imposible calcular la audiencia colateral que pudo ver a Eilish, con su outfit verde flúor, escoltada por un batería y su hermano (Finneas O’Connell) a la guitarra y el teclado, correr de un lado a otro del escenario desde redes sociales. Sería un error subestimar a todos aquellos que lo siguieron desde el móvil: ellos serán los que llenarán su tercera visita. Para la segunda, la que la traerá de nuevo a Barcelona y Madrid en septiembre, ya no quedan entradas.

Para entonces, posiblemente, veremos a otra Billie Eilish. Por delante tiene meses y meses de gira que la llevarán con sus himnos a cuestas (‘bellyache‘, ‘when the party’s over‘, ‘bury a friend‘, esa catártica ‘COPYCAT‘ que ayer en desembocó en pogo) por Estados Unidos, Australia y Europa, paradas en Coachella, Pukkelpop o Reading & Leeds incluidas. Un aprendizaje intensivo que le sentará muy bien a su show, tanto en lo estrictamente musical como en lo visual, un factor vital en su propuesta. Lo de anoche, si bien se presentaba como un calentamiento venido a más (la gira oficial del disco arranca a mediados de abril), estuvo rodeado de la impagable mística de las primeras veces: su primer concierto aquí, justo cuando se respira en el ambiente que no estamos ante una estrella de mañana, sino de hoy, de ya; frente a ella, chavalas y chavales para los que quizá era su primer concierto, en general. Una atmósfera iniciática que a uno le hacía sentirse viejo y joven a la vez, si es que eso es posible.

Hay, evidentemente, margen de mejora (su hermano Finneas y el batería Andrew Winghart llegan hasta donde llegan y hay bastante sonido pregrabado), pero también hay un magnetismo de serie y una especie de anti-carisma, un molar sin esforzarse ni un poquito, que se tiene o no se tiene. También, claro, una capacidad para contagiar instantánea: sus historias son exactamente las mismas que las de su público, y viceversa. Todos, cantante y fans, las cantan como si no fueran a tener mayores problemas en su vida. Es decir, como debe ser, como les corresponde. La protagonista de todo esto las presenta con unas sorprendentes ganas de disfrutar y hacer disfrutar, mucho mayores de las que sugieren algunas de sus letras y sus fotos promocionales. Da la sensación de que Billie Eilish está pasándoselo muy bien en mitad de la fiesta que ha montado. Menos mal: porque parece que está bastante lejos de acabarse.

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Foto. Christian Bertrand   Conciertos. Opinión
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