17/02/2019

La gira del XXI aniversario de Mezzanine esconde una última llamada al activismo político-social: o construimos nuestro propio futuro desde abajo, o nos lo robarán desde arriba.

A su manera, con una perfecta y redonda narrativa, una banda sonora de escándalo y un mensaje sobrecogedor, Massive Attack están presentando en concierto su propio capítulo de Black Mirror en lo que comúnmente se conocerá como “la gira Mezzanine XX1”. Aprovechando los 21 años que está a punto de cumplir su obra más icónica, la mítica banda británica de trip-hop ha concretado y reforzado su voz más política y crítica, mostrándonos por una parte el oscuro reflejo del mundo de la posverdad en el que vivimos, y por otra llamándonos a la acción o, como mínimo, al despertar.

Todos los asistentes que abarrotaron Sant Jordi Club anoche en Barcelona sintieron su conciencia político-social interpelada en algún momento, de una u otra manera, a través de las imágenes –obra de Adam Curtis y Robert Del Naja– o de los mensajes directos, escritos mayoritariamente en catalá. “Estamos teledirigidos”, “empodérate de tu futuro”, “los derechos siempre emanan del pueblo”. Fue casi como un mitin clandestino antisistema; muy necesario. Una clara apología del soberanismo activista: la construcción ya de un futuro propio, nuestro, lejos del férreo y adormecedor control que ejerce el poder, de mil nuevas maneras, sobre todas las sociedades; con guiño a la causa independentista catalana, por cierto.

El homenaje y la deconstrucción del disco consistieron en reunir a Horace Andy y Elizabeth Fraser, dos de los tres colaboradores vocales externos que participaron en Mezzanine, y en interpretar el disco entero añadiendo covers de las canciones que se utilizaron como sample en su grabación. Y es precisamente durante éstas cuando se intensifica el uso del material visual, marcando los pasos clave de la narración en base a punzantes e inspiradas reflexiones.

El cuento con moraleja arrancó optimista y luminoso con ‘I Found a Reason’ (Velvet Underground), acompañado por la frase “había una vez, cuando los datos te hacían libre”; y mientras sonaban ‘10:15 Saturday Night’ (The Cure), ‘Rockwrok’ (Ultravox), ‘Bela Lugosi’s Dead’ (Bauhaus), ‘See a Man’s Face’ (Horace Andy) y ‘Where Have All the Flowers Gone?’ (Pete Seeger), el entramado de imágenes y frases nos advertía sobre la pérdida de la privacidad como nuevo fundamento de control, sobre el desvanecimiento de la frontera entre lo real y lo ficticio, entre lo pasado y lo presente, exhortándonos a reaccionar y a hacernos dueños de nuestro futuro. La propia vivencia del concierto emulaba de algún modo esa realidad, tan sobreestimulada de imágenes y de datos que ya nadie puede comprobar lo suficientemente rápido si son verdad o mentira.

Mientras tanto, en paralelo a todo ese arsenal conceptual, Mezzanine fue desgranado de manera brillante. Lo hicieron reinterpretándolo desde su perspectiva rock más oscura y cavernosa, potenciando las guitarras y el efecto pantalla de sonido. Así fue en la semi-inaugural y contundente ‘Risingson’, en una lúgubre, viva y potente ‘Mezzanine’ –que sonó incluso toolera por momentos–, en la apabullante ‘Dissolved Girl’, de final intensísimo, y en una impresionante ‘Inertia Creeps’: cuatro de los temas que más escalofríos provocaron en toda la noche. Y así fue también en ‘Group Four’, el descomunal corte final.

Por otro lado, la participación de Horace Andy y Liz Fraser confirió muchísima vida a la actuación, devolviéndosela a un disco visionario que no ha envejecido un solo segundo desde que nació. Aunque el jamaicano, de 67 años, no alcanzó los agudos en ‘Man Next Door’, condicionando buena parte de su estructura melódica, sí clavó ‘Angel’, ese tema en el que se puede morir y renacer una y mil veces, abriendo de manera monumental una recta final sobresaliente. Y en ella brilló la vocalista de Cocteau Twins.

Liz Fraser ya había aparecido en los primeros compases del concierto interpretando ‘Black Milk’, esa gota de luz en la oscuridad, cambiando las elegantes melodías, volviéndolas más exóticas y voladoras. Pero en ‘Teardrop’ y ‘Group Four’, los dos últimos cortes, no se desvió una corchea de las partituras. Su voz sonó delicada y volátil en la primera, tan mágica y nítida como siempre; y sinuosa en la segunda: un final carnal en el que acabaron apedreándonos con imágenes cargadas de mensajes y moralejas casi subliminales. Las mismas que se nos clavan en la psique cuando vemos un capítulo de Black Mirror y nos deja con mal cuerpo.

Porque el oscuro reflejo nos muestra tal como somos: materialistas, insensibles frente a los dramas que vemos en las pantallas, tal vez reales, tal vez no, sumidos en el egocentrismo, presos VIP del capitalismo. Las señales de alerta llevan sonando y repicando ya muchos años. Una de ellas, Mezzanine, ya lleva haciéndolo más de dos décadas.

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Foto. Roberto Ricciuti, de los conciertos de Edimburgo y Milán, para The Modern Records y La Stampa   Conciertos
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