12/02/2019

Phoebe Bridgers y Conor Oberst presentan un espacio ficticio pero seguro donde unirnos, escucharnos y fortalecernos en comunidad durante la era Trump.

En nuestro mundo al revés, en este universo paralelo absurdo y distópico que nos ha tocado habitar, el futuro incierto a veces nos depara regalos inesperados. No todo iba a ser nombramientos de sociópatas y políticas retromedievales; del arte siempre podemos esperar sorpresas positivas y esperanzadoras. Hace tan solo un mes, por ejemplo, nadie contaba con que Conor Oberst –líder de los inactivos Bright Eyes– y Phoebe Bridgers fueran a sacar un disco juntos, ni que fuera a convertirse en una de las mejores noticias del recién inaugurado nuevo año. Pero ahí está, ¡bendita sorpresa! 

Casi de la nada, sin campañas ni avisos mediáticos, la cantautora californiana y el músico de Omaha han presentado un proyecto a dúo interesantísimo en el que mimetizan sus respectivas y cercanas visiones del folk. Better Oblivion Community Center, el nombre elegido tanto para la banda como para su álbum de debut, hace referencia a una especie de centro ficticio de ayuda y bienestar: un lugar seguro, cálido y confortable donde hacer terapia conjunta, donde los enfermos de una extraña patología mental en retroceso llamada conciencia pueden confesar cómo y por qué han caído en desgracia. 

Aunque las diez canciones de Better Oblivion Community Center tratan temas diversos como el amor (‘Sleepwalkin’’, ‘Big Black Heart’), una relación difícil con la ciudad de Los Ángeles (‘My City’), la dicotomía entre misantropía y necesidad de conexión (‘Exception to the Rule’) o una muerte cercana (‘Service Road’, ‘Forest Lawn’), en dos de las primeras encontramos la verdadera problemática principal que ha llevado a Bridgers y a Oberst a necesitar la terapia en el centro de bienestar BOCC. Son ‘Didn’t Know What I Was in For’ y ‘Dylan Thomas’. Y la cuestión es: ¿cómo ayudo al prójimo si la conciencia me acucia? ¿Tiene sentido comprometerse en el arte? ¿Es que acaso salva vidas hacer canciones? ¿O no es más que otro ejemplo de autocomplacencia para silenciar la conciencia? Pero por otro lado, ¿qué nos queda si no? Si no queremos plegarnos a la corriente de una sociedad insensibilizada, egoísta y terriblemente materialista, ¿qué hacemos?, ¿rendirnos del todo?, ¿incluso de la vida?

¿Tiene sentido cualquier cosa que hagamos por ayudar a los desfavorecidos? Todos nos lo hemos preguntado una y mil veces, y luego pasa esto. El primer impulso, la opción A, es hacer algo, lo que sea, aun siendo conscientes de que no servirá de nada: “No sabía para qué estaba / Cuando me inscribí para esa carrera / No hay forma de que yo cure el cáncer / Pero la sudaré”, cantan a dúo Bridgers y Oberst en el primer estribillo de ‘Didn’t Know What I Was in For’. Así al menos, en la medida que puedes, te mojas. Pero luego convives a diario con esa chica de la boutique que “Dice que llora por la noticia pero en realidad no / (…) Porque hay demasiado dinero de plástico para hacer” (en referencia a “those TV refugees”), y se te cae el alma a los pies. 

Normal que en el segundo estribillo aparezcan las consecuencias extremas de la opción A: si vas demasiado lejos, si te implicas más de la cuenta, entonces la sociedad puede condenarte. “Me dijeron que me había vuelto loca / Mis brazos están amarrados en una chaqueta recta / Así que no pude salvar a esos refugiados de la televisión”, dice el dúo, justo cuando “they’re on their backs / In a bloody bath / Full of Sarin gas / On a screen”. Joder, ¿no odiáis muy fuerte ahora mismo a toda la sociedad? ¿No somos todos unos malditos hipócritas? Es en este punto cuando Bridgers y Oberst reconocen haberse quemado por excesiva exposición, por una obra artística implicada, pero que en realidad no ha servido de nada (“We get burned for being honest / I’ve really never done anything, for anyone”). Así que para dormir siguen necesitando “ruido blanco para distraerme / De lo contrario tengo que escucharme pensar”. 

Esta triste conclusión nos lleva a la opción B: rendirnos de la vida. Lo expresan de manera brillante en la fina, majestuosa y resplandeciente ‘Dylan Thomas’, valiéndose del ejemplo de la muerte del célebre poeta maldito galés –quien supuestamente se quitó la vida bebiendo harto de un mundo hipócrita– como acto de rendición existencialista e intelectual. Enmarcada en un contexto sociopolítico actual descrito en pocos pero acertados versos (“I went to hear the general speak / (…) Banners all around him / Confetti made it hard to see”), en un mundo de banderas y posverdades (“The flag pins on their lapels / The truth is anybody’s guess”) donde los voceros mediáticos avalan al rey déspota mientras se ignoran las crisis humanitarias, es tentador mandar a paseo al mundo y acabar con todo. “Tan harta de ser honesta / Moriré como Dylan Thomas / Un ataque en el suelo del bar”. O la otra curiosa forma de suicidio que proponen al final: ducharse conscientemente en el Motel Bates…

Pero entre tanto derrotismo, en medio de toda esa oscuridad, hay una lucecita de esperanza escondida en un verso: “Hay flores en los escombros / Las malas hierbas caerán”, canta delicadamente Bridgers en solitario tras un poderoso solo de guitarra. Hay una tercera opción: aguantar, callar en un “retiro silencioso”, esperar, fingir un poco a veces y confiar en que el mundo algún día verá que “ese fantasma [¿Trump?] es solo un niño con una sábana”. Y para eso se ha creado el Better Oblivion Community Center: para que los locos puedan unirse, escucharse mutuamente y seguir siendo unos locos al margen de la corriente general, sin miedo a que la tentación de acabar con todo sea cada vez más fuerte. Puede que hacer canciones comprometidas no salve vidas directa ni indirectamente, pero sí hace que los desfavorecidos, los que necesitan nuestra ayuda y quienes sufren y luchan por construir un mundo mejor se sientan un poco menos solos. 

Ojalá Matthew, el hermano de Conor Oberst, hubiera podido acudir a la terapia Better Oblivion Community Center para hablar de los problemas que le empujaron al suicidio a sus 42 años. Después de toda esa reflexión sobre cómo ayudar a los demás, a ese otro genérico que representa a colectivos ajenos, Oberst confiesa tristemente en ‘Service Road’ que no fue capaz de ayudar a su propio hermano. “Pensé que lo estaba haciendo mejor” es el verso más triste del disco. 

¿Que cómo se ayuda al prójimo? Pues, en primer lugar, haciéndole ver que no está solo, acogiéndole en comunidad y escuchándole. “Di lo que quieres decir y dilo ahora / No digas tu nombre, eso no cuenta”, reza el estribillo. Bonita e importante lección. 

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