18/12/2018

Los 25 discos por los que recordaremos este año.

MEJORES DISCOS DE 2018: DEL 75 AL 51

MEJORES DISCOS DE 2018: DEL 50 AL 26

25. Los Hermanos Cubero – Quique dibuja la tristez

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Quique dibuja la tristeza, y la exterioriza y la canta y la comparte con nosotros. «El tiempo pasó / Ahogo mis penas en canciones«, empiezan cantando Los Hermanos Cubero, Quique y Roberto, en el disco más bonito y demoledor del año. Bonito porque es una preciosa, entregada y apasionada carta de amor a Olga, la mujer de Quique. Demoledor porque Olga no lo podrá escuchar ya que murió de cáncer en 2016. Como ya sucedió en ‘Amor inefable‘, canción que Los Hermanos Cubero escribieron en 2015, las canciones de Quique dibuja la tristeza están creadas desde la serenidad formal, si bien es imposible evitar que se tiñan de oscuridad y lamento. Uno puede escuchar estas baladas a guitarra acústica y mandolina (a veces también contrabajo y violín), con influencias a caballo entre su Alcarria natal y la tradición folk americana como ya venía siendo habitual en Los Hermanos Cubero, como cantos a la vida. Porque es en lo que cuentan, en sus letras, donde se revela la afectación, el drama, el amor. Se compara este disco con Skeleton Tree de Nick Cave o A Crow Looked at Me de Mount Eerie, ambos creados como respuesta a tragedias similares, pero es esa afectación esconcida la que hace que Quique dibuja la tristeza sea aún más inciviso. Para muestra, ‘Quisiera poder rezar‘, con esa proclama: «Vosotros me veis aquí, bromeando alegremente / Cantando y tocando, departiendo con la gente / No sabéis que hoy se cumplen ya seis meses / Desde que nos sorprendió la vida con la muerte«. Todo el relato captura los pensamientos posteriores, desde los recuerdos a lo que hubieras hecho distinto, del vacío al deseo de creer en algo que lo haga más soportable. Desde al «qué haré el resto de mi vida» a la conclusión final, forzada e inevitable, de «me quedo con lo bueno» al son de la melodía más luminosa de todo el álbum. Uno de los discos más humanos que escucharás jamás. (Aleix Ibars)

24. Yves Tumor – Safe in the Hands of Love

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Todavía quedan artistas merecedores de etiquetas como “inclasificable» y “camaleónico”; Yves Tumor es uno de ellos, y el que más proyección ha tenido en 2018. Adentrarse en su discografía de tres LPs es entrar en una librería que va del ambient más abstracto –para ejemplo, algunos de los temas de When Man Fails You (2016)– al soul y los coqueteos industriales en Serpent Music (2016) o la maravilla multiinstrumental y multidisciplinar de este Safe in the Hands of Love, una deriva que tras dos años que llega a buen puerto. Seguro y confiado, despliega bases como las de ‘Honesty’, que recuerdan a eso llamado witch house de los 2010, seguido por rayos de luz sonoro como son ‘Noid‘, ‘Licking An Orchid‘ y ‘Lifetime‘. A ratos, por alejado que parezca, se perfila de manera clara la figura de Bradford Cox (Deerhunter), con guitarras vaporosas, sin podamos descifrar la atmósfera electrónica junto a la fluidez de una canción pop. Un disco inspiradísimo, lleno de singles y clímax, en un género que no siempre sabe cómo empaquetar estas necesidades “comerciales”. Alrededor del amor y el desamor (el título del disco, los temas ‘All The Love We Have Now‘ y ‘Hope in Suffering‘…), pocos álbumes lo han bordado así a lo largo de este año. (Jordi Isern)

23. Kali Uchis – Isolation

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Si en su primera mixtape, Drunken Babel (2012), y su posterior EP, Por Vida (2015), Kali Uchis ya desafiaba un sinfín de géneros –neosoul vintage, reggae ahumado, R&B azucarado–, en su disco de debut se erige como nunca antes con un sonido retrofuturista genuinamente propio. Su colorida e intensa odisea podría haber presentado fallas dado el alto perfil de productores e intérpretes que la acompañan –Damon AlbarnKevin ParkerTyler, The Creator–, pero la colombiana-estadounidense logra situarse justo en la cúspide del panteón. Se desliza misteriosa desde la misma apertura, la tropical bossa nova ‘Body Language‘ en la que produce Thundercat, y nos transporta a un mundo onírico, delicado pero exuberante, sutil pero vibrante. Mordaz contra las actitudes sexistas y quienes no creyeron en su éxito en la música por ser mujer (‘Miami‘ junto al rapero BIA), a sus 24 años tiene claro que no se dejará infravalorar por nadie (“¿Por qué iba a ser Kim? Podría ser Kanye“). Se siente poderosa y segura de sí misma asistida por Steve Lacy (The Internet) en ‘Just A Stranger‘, mientras que en canciones como ‘Your Teeth in My Neck‘ saca su lado más político y anticorporativista. Pero es en cortes como ‘Dead to Me‘ donde los deliciosos giros de su voz lideran el conjunto con más atrevimiento, sin olvidar la-muy-Gorillaz ‘In My Dreams‘, cuyos beats y sintetizadores ochenteros parecen extraídos de un videojuego. Sus raíces latinas regresan en el reggaeton ‘Nuestro Planeta‘ junto a Reykon, y hay ecos dancehall en el sensual corte ‘Tyrant‘ en colaboración con Jorja Smith, pero tal mescolanza no menoscaba jamás la inteligente cohesión de un disco que, sin contar con ningún hit claro para las radiofórmulas, contiene infinitos ganchos arrebatadores. Los más destacados quizá se hallan en ‘After the Storm‘, con un Tyler en estado de gracia y el legendario bajista y cantante Bootsy Collins invitándonos a vivir en el interior de la brumosa canción para siempre. Bienvenidos al mundo de Kali Uchis. (Max Martí)

22. Amen Dunes – Freedom

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Resulta complicado dar con un título de disco más apropiado en este curso musical que ya acaba que el de la última entrega de Amen Dunes. Freedom suena, efectivamente, a liberación. Damon McMahon ha ido hacia la luz. Cinco trabajos le ha costado llevar su proyecto a campo abierto, a terrenos espaciosos bastante alejados de esos ambientes opresivos tan propios de su sello, Sacred Bones, en los que solía moverse cuando debutó hace ya casi una década. La metamorfosis pop iniciada tímidamente en Love (2014) se aprecia de forma nítida en su última entrega: es el primer álbum de Amen Dunes que puede cantarse, aunque su extraño vibrato, marca de la casa, sea difícil de imitar. Lo luce en esas canciones-bola de nieve que no dejan de crecer y crecer según van avanzando a base de ir añadiendo pequeños detalles. Tienden a echar a andar diminutas, acercando a McMahon al cantautor de raíces al uso, y terminan desembocando en desenlaces incontenibles, épicos, casi bailables en algún caso (‘Calling Paul the Suffering‘, ‘Believe‘, ‘Miki Dora‘). Y ahí, en pleno momento álgido que tiene bastante más que ver con la catarsis que con la euforia, uno se pregunta si lo de Amen Dunes es rock, folk, kraut, soul o synth-pop; quizá todo a la vez, quizá nada que ver. Bendita rara avis en tiempos de producción fotocopiada. (Víctor Trapero)

21. Beach House – 7

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Frente a la opción industrial, uno de los grandes encantos de Beach House reside en la forma que tienen de crear canciones como si fueran artesanos: éstas se parecen mucho unas a otras, pero todas son únicas y distinguibles por su “imperfecta” manufacturación. Impera la mano del obrero, su sello estético inconfundible, que tras siete discos se ha convertido en uno de los cánones imprescindibles del dream pop. No obstante, estamos ante uno de los trabajos más heterogéneos del dúo de Baltimore en cuanto a sus formas, que ya es decir. Desde los arrebatos pseudo-shoegazers de ‘Dark Spring’ y ‘Dive’ al aire espacial de ‘Woo’, pasando por la textura hipnotizadora de ‘Black Car’, 7 presenta muy ligeras pero suficientes novedades como para que todo siga igual. Como esos primeros versos en francés interpretados por Victoria Legrand en ‘L’Inconnue’, o el inicio viciado de ‘Lemon Glow’. En cualquier caso, la fragancia embriagadora de los Beach House más tradicionales siempre acaba imponiéndose: en la languidez imperturbable y feliz de sus atmósferas, en la caída armónica de sus escalas melódicas y, cómo no, en la confluencia de voces ásperas susurrantes, teclados y guitarras acarameladas. Características expuestas, fundamentalmente, en temas aparentemente secundarios como ‘Pay No Mind’, ‘Drunk in L.A.’, ‘Lose Your Smile’ o ‘Girl of the Year’: una serie ser joyas artesanales que, bien engarzadas en el conjunto, pueden situar perfectamente este álbum en el top 3 de toda la trayectoria de la banda. (Pablo Luna Chao)

20. Spiritualized – And Nothing Hurt

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Como todo arte, la música es un mundo de cambios, modas, influencias cruzadas, tronos perdidos y envejecimientos mal llevados. Entre tanto embrollo de innovaciones, generaciones que derrocan generaciones y nuevos reyes y reinas del mainstream, no está de más tener ciertos refugios donde “descansar”, donde plegar el tímpano a lo conocido y, por qué no, lo previsble. El de Spiritualized es uno de esos refugios y la renovación del decorado que supone And Nothnig Hurt quizás no les gane nuevos visitantes, pero desde luego que no espantará a los habituales. Jason Pierce llevaba sin vestirse de largo seis años, desde 2012, el tiempo más largo entre álbumes desde que debutase en 1992 con Lazer Guided Melodies. La pausa no ha significado revolución. La melodía sigue siendo aquí central: un riquísimo arsenal sonoro de rock sinfónico, con coros, cuerdas, vientos, guitarras, campanas y teclados, vertebra un álbum asequible para la escucha desatenta pero que satisfará también al que quiere hurgarle las enaguas. La producción es exquisita, espaciosa y clásica. Desde la bonita ‘A Perfect Miracle’, que se permite frases del estilo “reuniré a todos los pájaros para enseñarles la letra de todas las canciones de amor que conozco y haré que vuelen sobre ti y te las canten” (que lo mismo lo pilla Hitchcock y le da una vuelta); a la espacial ‘Sail on Through’, con ese coro de almohada de pluma y esa guitarra rompiéndose en una galaxia lejana. El disco gana con el tiempo, madura ese solo de ‘I’m Your Man’, acaba uno anticipando el saxo liberado del final de ‘Here It Comes (The Road) Let’s Go’, y viniéndose arriba con la energía nada geriátrica de ‘On The Sunshine’ o de ’The Morning After’, la única en todo el disco que pasa de los 6 minutos (hasta los 7:42). Si estuviésemos ante el mejor disco de Spiritualized probablemente estaríamos ante uno de los tres mejores del año, y no creo que sea el caso, pero tampoco emborrona ni por asomo su discografía. Y eso, hablando de esta banda, es decir mucho. (Daniel Boluda)

19. Courtney Barnett – Tell Me How You Really Feel

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Desde la publicación de su primer EP I’ve Got a Friend Called Emily Ferris en 2011, Courtney Barnett ha demostrado una capacidad innata para crear letras tan inteligentes y sarcásticas como reales y transparentes. Un rasgo característico que ha ido perfeccionando poco a poco hasta llegar a este segundo álbum de estudio, Tell Me How You Really Feel. Un paso adelante con el que la cantautora australiana mejora todavía más su lenguaje directo con el objetivo de crear un discurso crudo y afilado contra este mundo gobernado por hombres. Un claro ejemplo es la breve pero poderosa ‘I’m Not Your Mother, I’m Not Your Bitch‘; un minuto y cincuenta segundos de pura rabia donde la cantautora deja perfectamente claras sus intenciones. Pero más allá de eso, Courtney presenta aquí un sonido más maduro que en su anterior álbum, Sometimes I Sit and Think, and Sometimes I Just Sit. Quizás la prueba más evidente sea el corte inicial, ‘Hopefulessness‘, una canción oscura y densa a la que no nos tenía acostumbrados, así como la joya indie rock ‘Need a Little Time‘ y su sublime entramado de guitarras. La fórmula de Courtney Barnett sigue funcionando a la perfección, y ella sigue estando en primerísima línea de la música rock actual. (Raquel Pagès)

18. Tirzah – Devotion

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La londinense Tirzah Mastin ha ido dejando rastro aquí y allá desde 2013 a través de una serie de EPs enfocados a la música de baile. Pero es ahora, cinco años después del primero de ellos, I’m Not Dancing, cuando esta revelación del underground británico ha eclosionado por completo en formato largo con un documento sonoro único e irrepetible: un fascinante álbum debut titulado Devotion. Su amiga de la infancia y colaboradora de siempre, la infalible Mica Levi aka Micachu, vuelve a ser la encargada de revestir su voz cruda y vulnerable a través de una producción sutil pero compleja, que lejos de pulir las asperezas e imperfecciones de Mastin las potencia para sumergirnos en un paisaje de intimidad austera, directa y frágil. El pop que ambas confeccionan es extraño y de baja fidelidad, pero se siente siempre cercano, atractivo y sugerente, distinto a cualquier otra cosa que hayamos escuchado en el pasado. No es de extrañar que el mismísimo Arca haya declarado estar obsesionado con el trabajo, que posiblemente figurará entre los álbumes más aclamados por la crítica a finales de año. El cóctel texturizado que entraña es inesperadamente ganador: del funk sintético deconstruido de ‘Holding On‘ a las cuerdas orientales dispersas de ‘Basic Need‘ pasando por el R&B desorientado de ‘Go Now‘, sin olvidar los arrebatadoramente melancólicos sencillos ‘Gladly‘, ‘Affection‘ y ‘Devotion‘ junto otra distintiva voz inglesa como es Coby SeyTirzah encuentra infinitos matices entres las voces y los silencios insondables del amor y la ruptura. (Max Martí)

17. Janelle Monáe – Dirty Computer

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Hasta qué punto lo ha logrado es discutible, pero es obvio que Janelle Monáe queria convertir Dirty Computer en su gran disco, al menos hasta el momento. Tuvo algo de suspense, ya que la cantante se encontraba embarcada en sus proyectos como actriz el pasado año –cuando estaba previsto el lanzamiento del álbum–, se puede vanagloriar de contar con la huella de Prince en ‘Make Me Feel‘ y su recuerdo de ‘Kiss‘, la factura de colaboradores incluye a Stevie WonderBrian Wilson o Pharrell Williams y el álbum vino precedido por una película denominada por la cantante “emotion picture”. Todo hubiera sido inane sin el estado de euforia creativa que Monáe transmite en ‘Crazy, Classic, Life‘ y del que se contagia su tercer álbum, que combina una producción sobresaliente y cristalina con la condición de manifiesto ideológico pensado en un principio para exhibir la identidad queer de la artista. Sexualidad en ‘Screwed‘, reivindicación racial en una ‘Django Jane‘ que obedece a los actuales cánones urbanos, empoderamiento feminista en ‘Take a Byte‘ o política en una ‘Americans‘ demasiado grandilocuente pero impecable como homenaje final al genio de Mineápolis. Entre medias queda una excelente ‘Pynk‘ que vuelve a unir a Grimes con Janelle Monáe (ya colaboraron en  ‘Venus Fly‘ del Art Angels de la primera) en una actualización de la canción del mismo nombre (con ‘i’) de Aerosmith, y con un puente guitarrero que complacerá a Steven Tyler y los suyos. La cantante es un látigo contra los Estados Unidos de Trump, pero como ella misma cuenta, no se trata de una pesadilla, sino del sueño americano, quizá en su mejor versión. (Carlos Marlasca)

16. The 1975 – A Brief Inquiry Into Only Relationships

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Para entender quiénes son The 1975, primero es necesario conocer a su líder, vocalista y letrista Matt Healey, una estrella del pop tan prototípica como contradictoria, tan orgullosa de serlo como avergonzada de ello, y con una personalida histriónica a la par que reflexiva. Siempre carismático, jamás cínico, el británico viene de pasar un tiempo en rehabilitación para poner fin a su destructiva adicción a la heroína. “La autoestima requiere acciones estimadas. Diciendo la verdad. Creo que este enfoque en la verdad es lo que está en el disco”, se sincera en una entrevista reciente para Billboard. Está hablando de A Brief Inquiry Into Online Relationships, un tercer álbum ecléctico y ambicioso que, donde los anteriores sonaban rígidos, inofensivos y faltos de imaginación, se convierte en una obra clave para la nueva generación. Ya con su primer adelanto, ‘Give Yourself a Try‘, el artista se refleja en la cultura milenial entre escuálidas líneas de guitarra a lo Joy Division para rebatir los clichés autoimpuestos al rockstar con una súplica que suena auténtica, y que de algún modo parece decirnos que ya está bien, que “vamos a querernos de una puta vez”. Una sonoridad más post-punk les permite jugar en esa línea ambigua entre la banda de pop irónica y el grupo de rock indulgente, por eso más tarde desconciertan envueltos en el narcisismo de las redes sociales y en una producción afrotropical de No Rome en ‘TOOTIMETOOTIMETOOTIME‘. Habrá quien a estas alturas ya se haya bajado del tren de The 1975, pero hay mucho más: tanto la ya habitual introducción homónima como ‘I Like America & Ameriac Likes Me’ nos remiten al Bon Iver de 22, A Million, y la segunda es un homenaje al SoundCloud rap norteamericano y una crítica mordaz contra la venta de armas en EE. UU. ‘Sincerity is Scary‘, en cambio, nos sumerge en brumosa instrumentación soul y jazzística mientras Healey le susurra suavemente al oído de sus fans incondicionales que no hay por qué ridiculizar la sinceridad. Que podemos con tanta inseguridad y ansiedad. Que la posmodernidad no era solo esto. Y luego, el hit, o la luz al final del túnel que es ‘Love It If We Made It‘, una joya de melodías ochenteras que parece alertarnos, desde un gran estadio, que ya vale con apoyar a Trump, Kanye. Que qué vergüenza el racismo, y las muertes en el Mediterráneo. Y que el bueno de Lil Peep se fue demasiado pronto, aunque, por suerte, aún hay poesía en las calles. (Max Martí)

15. Ferran Palau – Blanc

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Ferran Palau es un músico pequeño, como apocadito, con las mejillas picadas y la voz algo nasal cuando habla. Al cantar, se transforma. Parece vestirse de camisa cara y tela suave, color borgoña. Su música es un tratado de elegancia: suave, lenta, cálida. Podría sonar en ese amanecer que evoca en ‘A dins’, en ese momento donde ya clarea el cielo pero el sol aún no calienta. Él lo llama pop metafísico, un oxímoron aparente si aceptamos que el pop es popular y la metafísica un departamento de universidad. Y sin embargo en Blanc está la síntesis. Canciones de cajita de música con letras naturalistas. Caricias melódicas para secuencias de super 8 hechas de palabras. El inicio de ‘Tornar a començar’ (“Ara ets dins la cuina capficada en mil detalls, amb els colzes a la taula i amb el cap arrepenjat, el que donaria per poder-m’hi capbussar, o amb només una paraula se n’anés el maldecap, i tornar a començar, jo aprendria a caminar“) es casi cine. Si uno no se fija diría que ahí hay una voz y una guitarra. Es lo que sesiente. Pero el minimalismo es sólo aparente. Ferran se doble la voz, hay un bajo susurrando detrás, una batería que levita, un rumor melódico, una segunda guitarra… Todo grabado en casa, con una producción exquisita. ‘Cavall blanc’ suena a cueva cálida, con esa gota sónica formando estalagmitas, ‘Serà un abisme’ huele a mañana de primavera y pan recién hecho, ‘Res’ a un cuerpo más caliente que el propio, ‘Granit’ a iglesia ventilada… La capacidad de evocación de estas canciones es increíble. Es todo tan reconocible y a la vez tan especial que parece magia. Y parece que hay mago para rato. (Daniel Boluda)

14. Jorja Smith – Lost & Found

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Jorja Smith tiene esa ingenuidad de quien apenas supera la veintena, pero a la vez parece plenamente consciente de que la juventud puede ser un regalo envenenado. “¿Por qué todos caemos con la inocencia todavía en el suelo?”, se pregunta en el corte de apertura homónimo de Lost & Found, su elegante y reflexivo debut largo, quien incluso antes de publicarlo ya se codeaba con los astros Drake (More Life) y Kendrick Lamar (Black Panther). Jorja tiene, diga lo que diga, los pies en la tierra: en el álbum descarta sus ya conocidos sencillos ganadores junto a Preditah y Stormzy, renunciando a efectismos y asentando su sonido a medio camino entre el soul y el jazz clásicos y el R&B y el trip-hop contemporáneos. En ese sentido, la inclusión de los triunfantes adelantos ‘Teenage Fantasy’, ‘Where Did I Go?’ y ‘February 3rd’ resulta un claro acierto. Pero Smith tiene, sobre todo, una de esas voces atemporales, vertiginosas, que se proyectan sin esfuerzo tanto cuando susurran como cuando se rasgan. Jorja, como antaño lo hicieron unas jovencísimas Amy, Sade o Lauryn, no lucha por hacerse escuchar; simplemente es oída. Jorja Smith tiene todas esas cosas y muchas otras: se hace acompañar de una banda en vivo para sumergirnos en una eterna jam session, coquetea con sonidos jamaicanos (‘On My Own’) y brasileños (‘The One’), se defiende rapeando (‘Lifeboats (Freestyle)’) e incluso recala en el góspel tradicional (‘Tomorrow’). Smith tiene, además, compromiso: ni el alma más terca se resiste a su alegato contra la brutalidad polical ‘Blue Lights’, una joya en la que samplea ‘Sirens’ de Dizzee Rascal. Jorja lo tiene todo, y no necesita buscarse porque a cada paso, mientras se pierde en sus propias contradicciones, se encuentra a sí misma. El futuro es suyo. (Max Martí)

13. DJ Koze – Knock Knock

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Todo lo que se puede esperar de DJ Koze queda saciado en Knock Knock. Y lo que se esperaba del gran Stefan Kozalla no era poco tras cinco años de espera. En este paso de tiempo desde Amygdalda (2013) han habido pequeñas porciones y otras entregas, como el DJ-Kicks y algunos hits (‘XTC‘ de 2015 o el remix del ‘Operator‘ de Läpsley en 2016), pero nada fluye tan bien como cuando abre las puertas a su repertorio. De manera reposada, con texturas melosas y siempre con un punto ácido y afilado en los bajos, Knock Knock da muchas vueltas al carácter contemplativo y experimental del personaje. Al escuchar un disco de Koze, es inevitable el intentar acertar cuál usará en su próximo set, y son varias las canciones que en este funcionan a la perfección y tienen el ritmo de apertura de disco o de sesión: de ‘Moving in a Liquid‘ a ‘Bonfire‘, con el sampler estelar de la voz de Justin Vernon en ‘Calgary‘ de  Bon Iver, e incluso llegando ya al primer tercio, ‘Music on My Teeth‘, tema en el que se respira la sensación de ir adentrándonos a algo grande de manera paulatina, esta vez con la voz de José Gonzalez –otro de los invitados que, junto a Róisín Murphy o Kurt Wagner de Lambchop, se pasean por el disco sin restar brillo ni desmarcar de su escena a su hoster–. A pesar de estos nombres, DJ Koze sigue sin dispararse fuera de los límites que marcan su limbo entre el culto y el revientapistas. De esto tampoco falta, y ha vuelto a colarse en las maletas de medio mundo con ‘Pick Up‘, un loop de sonido clásico que repite un mantra representativo de la noche y cualquiera de sus sesiones: «It’s sad to think / I’m guessing neither one of us / wants to be the first to say goodbye«. Y nadie se va. En definitiva, el confort que se recoge en las 16 pistas de Knock Knock parece ser el mismo que DJ Koze ha encontrado en el estudio. Y no se intuye, desde aquí, que vaya a moverse, por mucho que llamen a la puerta grandes invitados. (Jordi Isern)

12. Low – Double Negative

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La síntesis de lo todo lo que hay detrás de Double Negative está en su última canción. Con su pulsión nerviosa y su necesidad de encontrar una nueva vía ante el panorama apocalíptico que dibuja, ‘Disarray’ es un resumen de lo que Low han buscado en su decimosegundo trabajo de estudio. También es la culminación de la relación con el productor BJ Burton, quien, al igual que hizo con Bon Iver y su 22, A Million, ha dado una nueva sonoridad a los estadounidenses con la abstracción rítmica y, de nuevo, el uso del vocoder de los que la inicial ‘Quorum’ es una buena muestra. Ones and Sixes (2015) fue una primera toma de contacto entre ambos y ahora han completado un concepto basado en responder “con más caos a un mundo cada vez más caótico”, como subrayaba el propio Alan Sparhawk en una entrevista reciente, en referencia a la elección de Donald Trump como presidente. Ante la densidad y el oscurantismo electrónico de ‘Dancing and Blood’, el piano de ‘Fly’ o las guitarras de ‘Dancing And Fire’ actúan a modo de bálsamo en un disco que encuentra el equilibrio entre la belleza y el abatimiento y que, en lo lírico, avanza desde lo conceptual a lo concreto. La celebración del cuarto de siglo desde la formación de Low no es su disco más accesible pero probablemente sea el que mejor hable de su dimensión. (Carlos Marlasca)

11. Jon Hopkins – Singularity

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Singularity es el quinto disco de Jon Hopkins, pero en muchos aspectos es solo el segundo. Su anterior obra, Immunity, además de suponer su consolidación como figura de referencia de la electrónica mundial, fue también la primera obra redonda, incluso podría decirse que conceptual, del artista británico. Esa colisión entre techno inclemente, pizcas de acid house y piezas de ambient ensoñador se convirtió en el nuevo hogar de Jon Hopkins. Así que de cara a Singularity, disco que ha tardado cinco años en concebir, decidió que iba a redoblar esa misma apuesta: más épica, más mística, más viaje. Singularity, como sus directos y como esa portada que muestra un amanecer, es un trayecto en su conjunto, un disco que agarra al oyente y lo va llevando por una suerte de montaña rusa de sensaciones con largas subidas, explosiones contadas pero brutales, y largos descensos hasta llegar a la estación base. Es expansión, estallido y contracción. Claro que puedas escuchar trallazos como ‘Emerald Rush’ o ‘Everything Connected’ por su cuenta, como también puedes regodearte en la experiencia trascendental de ‘Feel First Life’ o ‘Luminous Beings’ (podría ser música para meditar), pero es finalmente en su conjunto, en el encaje de todas sus canciones y pequeños viajes, donde Singularity consigue esa rareza que pretende: doblegarte y abrigarte, abrumarte y hacerte mejor. (Aleix Ibars)

10. Cardi B – Invasion of Privacy

Del club de striptease a la cima del Billboard 200. De un turbulento reality show a desvelar su embarazo en Saturday Night Live. De las pandillas del Bronx al cartel del Primavera. Nadie negará que Cardi B, quien tras el éxito de su sencillo ‘Bodak Yellow’ protagonizó uno de los ascensos más meteóricos que se recuerdan en el mundo de la música, ya es un fenómeno cultural en sí misma. Y aunque en parte eso se debe a su personalidad implacable, descarada y carismática, su predominancia como rapera en el todavía hipermasculinizado panorama musical de 2018 no se sustentaría sin las toneladas de talento que demuestra en su debut largo, Invasion of Privacy, donde fluctúa entre el trap y el pop mediante una estética lista para ser consumida y asimilada por las masas y, al mismo tiempo, desvela una narrativa divertida, inteligente y provocadora. Se acabaron los filtros de Instagram: Cardi no se avergüenza de su pasado (‘Get Up 10’), pero en su relato hipermaterialista se vanagloria de enfundarse en un Versace y aparcar su Bentley (‘Money Bag’). Sin embargo, también muestra sus aristas y complejidad en ‘Be Careful’, donde adopta una actitud amenazadora respecto a su amante infiel mientras samplea a Lauryn Hill; en ‘Best Life’ en colaboración con Chance the Rapper, donde se regocija del éxito de su perseverancia frente a quienes la querían ver caer; o en ‘I Do’ junto a SZA, una reflexión sobre sentirse una mujer emancipada y triunfadora. Además, la neoyorquina no olvida sus orígenes colombianos y se deja abrazar por dos eminencias del sonido latino de nuestros tiempos, J Balvin y Bad Bunny, para reformular con desparpajo a Pete Rodriguez en ‘I Like It’, temazo indiscutible de este verano. Su reinado ha empezado, ahora toca arrodillarse. (Max Martí)

9. Yung Beef – A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4

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Este es el dinero del alcalde y tengo 3.000 más pa quemar”, espeta Yung Beef a una chica que, en un vídeo grabado tras un bolo que corre por YouTube, le exige no quemar billetes sino cambiar la sociedad con su música. En realidad sucede más bien a la inversa: es el haber pisado barrio, el haber tanteado ya la implacable industria y el haberse dado cuenta de que ahí arriba está todo más podrido que en la periferia, lo que en todo caso cambia la forma de hacer música de Yung Beef. De hecho, en esta mixtape se respira una extraña sensación de pureza, incluso para quienes no estábamos familiarizados con la obra anterior de Fernando Gálvez, Fernandito Kit Kat o simplemente El Seco, profanos tanto de sus inicios en Kefta Boyz como más tarde junto a PXXR GVNG aka Los Santos. Y es que A.D.RO.M.I.C.F.M.S. 4 no necesita de intermediarios más allá de La Vendición y el internet para calar hondo: desde su magistral ‘Intro’, cada uno de los cortes entra como buen tiro. En todos ellos, el granadino se desgañita incluso cuando las dosis de auto-tune son ingentes, aunque para erigirse como el Rey del Underground cuenta con la inestimable ayuda en las bases de LOWLIGHT, Los Del Control, Kiid Favelas, 808 Mafia, PD Beats, Brodinski y un inconmesurable Steve Lean que, definitivamente consagrado como el mejor productor de trap nacional, es el responsable de adulterar con sus beats el mayor número de píldoras contenidas en el tracklist. De algo tan nítidamente pop como ‘Me Perdí en Madrid’ al reguetón subterráneo de ‘Infierno’ pasando por una distorsionada revisión de ‘La Plata‘ en homenaje a Rosalía o highlights (más high que lights) de coordenadas más cercanas al trap de Atlanta, como ‘Cold Turkey x Solté Tu Mano’ y ‘Rosas Azules’, A.D.R.M.I.C.F.M.S. 4 es una obra abrasiva, visceral y finalmente revulsiva; una nebulosa de imágenes psicotópricas, sexuales y románticas con las que Yung Beef ha exprimido toda su alma, pero no la ha vendido. (Max Martí

8. Snail Mail – Lush

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Me conozco a mí misma y sé que nunca amaré a nadie más”, canta Jordan en ‘Pristine’, primer sencillo estrenado de su debut Lush y uno de los cortes más resplandecientes del mismo. Es una declaración quizá algo abrupta y exagerada para alguien que apenas se acaba de graduar en secundaria, pero no hay que tomarse a Lindsey Jordan al pie de la letra. El hecho de que pueda hablar de sus propias emociones con tanta franqueza, sin miedo a hacer el ridículo, más bien la honra en una generación cada vez más proclive a ocultar sus verdaderos sentimientos en aras de las apariencias y los filtros de Instagram. Su solemnidad vocal impostada, casi sarcástica y acompañada por el rugir cristalino de su guitarra, da paso en el álbum a la más suave y susurrada ‘Speaking Terms’, un lamento ante la grisácea vida en los suburbios. Su música no dista tanto de la de aquella Lorde que en Melodrama experimentaba sus primeras decepciones en el campo del amor pero que, aun así, quería vivirlas por completo. Porque al final, a quien debemos querernos siempre, pase lo que pase, es a nosotros mismos.

Y aunque Snail Mail aborda sus composiciones desde esa perspectiva y refleja las vicisitudes de su propia generación, su brillante enfoque compositivo y guitarrístico encuentra muchas más similitudes con las bandas de rock de los 90: voces desafectas, ritmos lentos y melodías de guitarra instantáneas que tanto beben tanto de su profesora Mary Timoty y su admirada Liz Phair como de bandas como Pavement, Dinosaur Jr.Sonic Youth. Ese espíritu unido a una capacidad sobrenatural para crear ganchos pop se cristaliza, quizá como en ningún otro corte del disco, en ‘Heat Wave‘, un himno de verano que pese a sus soleados riffs de guitarra expresa su angustia y desasosiego (“Ojos verdes, no sé qué hacer“) por el amor no correspondido. “Algo que se pierde te pertenece / Alguien debería pagarlo / Bueno, no sé quién“, canta con esa sabiduría que solo se aprende tras la primera ruptura en otra de las joyas de la corona, la balada ‘Let’s Find An Out‘. Sin embargo, en ‘Full Control’, que cuenta con un poderoso estribillo que no desentonaría en los primeros discos de Avril Lavigne –de quien aprendió que ellas también pueden tocar la guitarra–, parece encontrar la fuente del autoconocimiento: “Tengo el control total / No estoy perdida / Incluso cuando es amor / Incluso cuando no lo es“. Este 2018 ha retratado mejor que nadie ese momento de revelación interna tan necesario para seguir adelante. Para madurar y crecer. (Crítica completa) (Max Martí)

7. Arctic Monkeys – Tranquility Base Hotel + Casino

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Tranquility Base Hotel + Casino es un disco fantástico. Es inspirado, poético, rico en matices, apabullante interpretativamente. Suena apasionado, más que cualquier interpretación anterior de Alex Turner, incluso junto a Miles Kane. Es una borrachera plácida, una calurosa noche de verano, una fábula borrosa que combina fantasía, actualidad y un monólogo interior de nuestro narrador, que se abre aquí como nunca lo había hecho. Escuchando las 11 baladas de Tranquility Base Hotel & Casino, uno tiene la sensación de que Turner es un hombre de 60 años atrapado en un cuerpo de 32. Y no es, como dirán sus detractores, porque haya hecho un disco “aburrido” o “monótono”, sino porque todo en este disco desprende una visión nostálgica y serena, entre el cinismo y la revisión, casi como el que ya está de vuelta de la vida. Sin ser explícitamente un disco conceptual, sí hay un concepto detrás del disco: Tranquility Base es el lugar donde aterrizó el Apolo 11 en el primer viaje exitoso a la Luna, y aquí Turner se imagina un futuro cercano en el que la colonia humana ya ha construido allí “un vulgar templo del consumo” como es un hotel con casino. No hay ninguna trama central que convierta el disco en una serie sobre un hotel en la Luna, pero la idea se repite lo suficiente a lo largo de las canciones como para tomarlo en serio: además, Turner ha explicado que la decisión de llamarlo así es porque considera que sus discos favoritos se convierten en lugares que puedes visitar y que te acogen, y quería darle esa pátina a este. Lo ha conseguido. (Crítica completa(Aleix Ibars)

6. Mitski – Be the Cowboy

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A estas alturas, ya no es cuestionable: Mitski se ha convertido, por méritos propios, en una de las compositoras más consistentes y prometedoras del panorama del indie rock actual. Capaz de transmitir intensidad e intimidad de forma extrema (y muchas veces a la vez), trata la vulnerabilidad como pocos. Pero, seamos claros: puede que Mitski esté constantemente mostrándose como alguien vulnerable y expuesto, pero lo tiene todo bajo control. En Be the Cowboy, su quinto disco de estudio en solo seis años, la estadounidense-japonesa se mantiene fiel a su excéntrica visión sónica, perfeccionando su extraordinaria capacidad para revelar sus vulnerabilidades sonando, al mismo tiempo, más fuerte y resistente que nunca a través de 14 canciones breves pero robustas que parecen explorar la personalidad de Mitski –tanto la real como la ficticia–. Su voz suena menos apagada, la instrumentación más clara. Be the Cowboy es un mosaico de géneros musicales en el que el pop ecléctico y moderno sobresale por su inteligencia; un disco crudo, épico y emocional canalizado y hábilmente unido por una artista irreprimible y en su máximo apogeo. Be the Cowboy es, sin duda, su álbum más ambicioso hasta la fecha, y también la culminación de todo su trabajo hasta hoy. (Irene Méndez)

5. J Balvin – Vibras

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Para que un disco pueda redefinir un género, tiene que poner las cartas sobre la mesa. Vibras lo hace desde el primer minuto con una canción homónima, ‘Vibras‘, cantada por la mexicana Carla Morrison, que contiene 20 segundos icónicos: cuando aparece el riff sintetizado y poco a poco se van reduciendo el tono y las revoluciones hasta ajustarlo al tempo de ‘Mi Gente‘, el segundo corte. Con ello, el colombiano J Balvin parece estar sentando las bases de su juego: “Quizá el mundo se movía a más velocidad hasta ahora”, parece estar diciendo, “pero ha llegado la era del baile lento, de los 100 bpms, del perreo para todos”. En poco menos de 45 minutos, Vibras se puede escuchar amablemente de arriba a abajo, del tirón. Un paseíto, salpimentado con algún temazo caderón de tanto en cuando, que en una primera escucha para alguien ajeno al género puede resultar algo monótono y repetitivo. Ahí reside precisamente su gran baza: que en general es un disco de detalles pequeñitos, de sutilezas, de exquisiteces a nivel de producción que van descubriéndose con el tiempo. Al margen de las evidentes –y ganadoras– ‘Mi Gente’, ‘Peligrosa’ y ‘Machika’, el saco de canciones restantes calan con las escuchas: ‘Ambiente’ con sus aires jamaicanos, el traje urbano de ‘Tu Verdad’, la más experimental ‘Noches Pasadas’ o la clasicorra ‘No Es Justo’. Superada la barrera inicial, todas tienen potencial para ser tu canción favorita de la semana. Y luego, en la parte central, está el café para los más cafeteros: la voz de Rosalía en ‘Brillo’, la canción del highlighter, da paso a una maravillosa pieza donde se conserva solo un leve suspiro de la voz de la catalana: ‘En Mí (Interlude)’, pura luz con atmósferas celestiales que no esperarías jamás de un reggaetonero más. Esa plaza quilométrica que te deja ver después con eficacia un temarral sin género como ‘En mí’, que además define a nivel lírico el disco con esa aproximación romántica del amor y la seducción: monotema como exige el género pero también lo suficientemente distanciado de sus tópicos más explícitos y/o agresivos. Y con elementos, quizá casuales o quizá no, como el hecho de contar con artistas femeninas en tres puntos clave del disco: el arranque, con Carla Morrison; la pieza central, con Rosalía; y el cierre, con Anitta. (Crítica completa(Yeray S. Iborra y Aleix Ibars)

4. U.S. Girls – In a Poem Unlimited

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Siempre ha sobrevolado un aroma político y social, especialmente palpable en el notable Half Free (2015), sobre las canciones que Meghan Remy firma como U.S. Girls, pero nunca ha sido tan evidente como en In a Poem Unlimited, su sexto álbum. Curiosamente, cuanto más abiertamente combativo se ha ido haciendo su discurso, más amable se ha tornado la cubierta musical que lo recubre. De sus primeros pasos en los abstractos Introducing (2008) o Go Grey (2010) a esta clarísima deriva pop media todo un mundo de distancia. Prácticamente parece que hablamos de proyectos diferentes. Y, en realidad, es así: jamás ha estado Remy tan rodeada como en este In a Poem UnlimitedU.S. Girls es, a día de hoy, casi una banda al uso, el resultado de una sinergia, no tanto el proyecto unipersonal a golpe de software que era cuando echó a andar. No hay corte del disco que no tenga alguna aportación externa, aunque ninguna parece tan trascendental como la de Cosmic Range, colectivo de funk y jazz de Toronto que hace sonar a Remy más expansiva, radiante y exuberante que nunca, prácticamente festiva por momentos. Este envoltorio hace que no siempre sea fácil captar el ácido mensaje que se esconde en un libreto en el que, salvo por alguna colleja para la hipócrita administración Obama (‘M.A.H.‘), se centra en denunciar los abusos que acechan a las mujeres a todos los niveles (‘Incidental Boogie‘, ‘Pearly Gates‘, ‘Velvet 4 Sale‘). Ese contraste entre forma instantánea y directa y fondo más punk que el propio punk convierte a In a Poem Unlimited en un maravilloso Caballo de Troya: no es un artefacto hecho para asaltar listas, sino conciencias. (Víctor Trapero)

3. A.A.L (Against All Logic) – 2012 – 2017

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Sin que nos diésemos cuenta, Nicolas Jaar lo ha vuelto a hacer. Con una colección de temas grabados durante el tramo central de esta década y lanzados sin previo aviso, el chileno-estadounidense nos ha hecho emprender un viaje instantáneo hacia las raíces del house (ya nos advierte en la misma apertura, ’This Is Old House’) que bien vale la pena enmarcar en la galería de tesoros del género. Bajo un alias ni siquiera instaurado en el imaginario colectivo como es A.A.L, renunciando tanto a la densidad moteada de rock clásico y psicodelia de su difunto dúo Darkside como al texturizado, ecléctico y hasta político collage sónico que fue su último largo, Sirens, en esta ocasión el imaginativo compositor y productor electrónico nos transporta hacia territorios mucho más cálidos desvelando una personalidad más diáfana y directa –que no por ello simple–, hasta la fecha solo conocida por quienes frecuentan sus noches en el club y rastrean insaciablemente en el catálogo de su sello Other People. No se dejen engañar por las agresivas trompetas de su enmarañado inicio: agradables guitarras funk, eufóricas voces soul, enérgicos hi hats y bombo que da gusto salen rápidamente al rescate tras el primer minuto y ya no nos abandonan. Aunque la destreza en el arte del sampleo no es nueva en Jaar, jamás había funcionado tan bien en el centro de la pista de baile como en las extremadamente grooviesSome Kind of Game’ y ’Now U Got Me Hooked’ o en el más punzante acid house de ‘You Are Going to Love Me and Scream’, donde resuenan los 70 con muestras de Pastor T. L. BarrettThe Dramatics y The Delfonics, sin olvidar tampoco la locura mutante ’Such a Bad Way’ en la que ha sido empastado Kanye West. Y ojo a la contorsión vocal y sintética que es ‘I Never Dream’, capaz de eclipsar cualquier rompepistas reciente de Four Tet o Daphni. Contra toda lógica, a golpe y porrazo, sin comerlo ni beberlo, el maestro Jaar nos ha endiñado el disco que más nos hará bailar este 2018. (Max Martí

2. IDLES – Joy as an Act of Resistance.

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En pleno declive del indie y el punk rock, van IDLES y publican Joy as an Act of Resistance, un disco que suena a metralla. Un álbum agresivo que es como bailar sobre la pólvora. Pero sobre todo un manifiesto: pura declaración de valores en tiempos en los que la tendencia musical tira muchas veces hacia el “Oh I need the dollars (I said I like it like that)”. Y detrás de todo esto: el yo-contra-mí-mismo de Joe Talbot. La vida detrás de la obra, o más bien dentro de ella. Porque Joy as an Act of Resistance es sin duda un acto de honestidad, de proyección y, al fin y al cabo, el producto no tanto de una experiencia personal dolorosa sino de una actitud que pasa por querer mejorarse a uno mismo a base de compasión y autoconocimiento. Si el ‘I Like It‘ de Cardi B significa una huida estratégica del dolor, lo de Joe es más bien un “quédate sentado y a ver cómo arreglamos todo esto”. “Esto” es una infancia solitaria de niño regordete y con una deformación en los pies que lo obligó a someterse a once intervenciones quirúrgicas y a las burlas de sus compañeros. “Esto” es una madre enferma a la que tuvo que cuidar hasta su muerte (coincidiendo con el proceso de creación de Brutalism) y su paralela adicción al alcohol y a las drogas con la que pactó para aliviar el peso de esa responsabilidad. “Esto” es dejar que el dolor te convierta en un capullo narcisista que acaba jodiéndose a sí mismo y a los demás. “Todo esto” te lleva al límite y desde allí buscas desesperadamente una salida: terapia, mindfulness o escribir un álbum en el que reconoces tu vulnerabilidad, la de un colectivo y la de un país entero sometido a malas políticas.

El que podría ser el tema central del disco, ‘Danny Nedelko‘ (escrita desde las tripas para el miembro de la banda Heavy Lungs, inmigrante ucraniano y compañero de Joe), descarga contra las políticas inmigratorias a través de un mensaje directo y visceral: que todos estamos hechos de la misma carne (“He’s made of bones, he’s made of blood / He’s made of flesh, he’s made of love”); sin duda uno de los temas de sonoridad más fresca y refulgente junto a ‘Great’, pieza construida sobre una línea de bajo en loop que aborda el conflicto del Brexit (“Burning bridges and closing doors”) y cierra con una propuesta optimista y conciliadora: que sí, joder, que estamos juntos en esto. Cuestiones más personales se exploran en ‘Love Song’, canción que Joe escribe para su pareja desde la más apasionada y rabiosa entrega (“You give me power: you’re like a gun or a knife / Be my wife”), o ‘June‘, pieza de corte fúnebre escrita para su hija Agatha, quien murió durante el parto. Concluyen IDLES con ‘Rottweiler’ llevando su sonido industrial al límite en un apoteósico epílogo instrumental que Joe remata antes de que se haga un silencio atronador: “Keep going, keep fucking going…”. (Crítica completa) (Lluc Mulet)

1. Rosalía – El Mal Querer

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Es probable, casi irremediable, que todo el ruido propio y ajeno que ha rodeado a Rosalía, para bien y para mal, desde el lanzamiento de ‘Malamente‘ haya despistado a más de uno. Aquello de los árboles y el bosque, ya se sabe. Conviene, llegados a este punto, recordar algo que quizá parezca una obviedad: detrás de los luminosos en Times Square, los memes, los rodajes con Pedro Almodóvar, los contratos con Yves Saint Laurent o las actuaciones en galas de premios hay un disco que sostiene todo. Y menudo disco. El Mal Querer será lo que quede cuando el ruido, al fin, desaparezca.

Mientras Rosalía paseaba su debut, Los Ángeles (2017), por teatros y auditorios hace no tanto, mientras comenzaba el hechizo con ‘Catalina‘, El Mal Querer ya llevaba un tiempo cociéndose en la sombra. Hablamos de una obra tan ligada a su autora, tan personal, que casi podría decirse que la de Sant Esteve Sesrovires ha estado dándole forma toda su vida, 25 años. Incluso desde antes de que ella misma fuera consciente y la convirtiera en su proyecto de final de carrera. No es un álbum, es un diario: casi da cosa desmenuzar una historia tan íntima. Sus doce capítulos, bautizados con título y subtítulo, estaciones del vía crucis que significa una relación tormentosa, la convierten en una rareza en tiempos de consumo on demand. Rosalía, hija de su tiempo, experta en nuevas herramientas, se sale por la tangente, en una decisión prácticamente contracultural, con un disco en el sentido más romántico y tradicional del término.

Desvirtuar la estudiadísima línea narrativa es poco menos que un pecado imperdonable, pero tiene su gracia abrir el libro por la sexta página. Ahí espera ‘Preso‘, un fugaz interludio casi a capella que parece anecdótico. Parece: nada lo es en el relato que ha tejido la catalana con la ayuda de Pablo Díaz-Reixa (El Guincho), su socio principal en el estudio. “Te atrapa sin que te des cuenta. Te das cuenta cuando sales. Piensas: ¿cómo he llegado hasta aquí?”, dice una voz que resulta ser la de Rossy de Palma. La actriz habla, claro, del (des)amor, el motor que empuja toda esta estructura, pero su cita bien podría ser una metáfora de la sensación que genera El Mal Querer tras un par de escuchas. Uno, que no sabe distinguir una seguiriya de un fandango, que da palmas malamente, que de duende va más bien justito, se ve sorprendido por un trabajo absorbente que no acaba cuando deja de sonar. A decir verdad, empieza de verdad cuando llega al final, en tu cabeza. Sus 30 escasos minutos son, en realidad, infinitos. Te miran, te cogen de la pechera y te advierten: de aquí no sales, chaval. Nada, no hay manera.

El suceso no entiende de fronteras de ningún tipo. Colocar esta docena de canciones en mitad de un debate sobre etiquetas, escenas o mundos es quedarse rematadamente corto. Rosalía sigue bien cerca de la tradición flamenca, puede que más de lo que cabía esperar después de escuchar ‘Malamente‘, pero no la utiliza como fin, sino como medio hacia otros terrenos. Por el camino, en una maravillosa carambola, refresca y menea cantes y palos históricamente herméticos, pero su logro es mucho mayor. Si no ha entregado algo completamente nuevo, poco le ha faltado. Su universo es genuino, propio; tan exuberante que no cabe en subcompartimentos. La pirueta resulta especialmente impresionante si la contraponemos con el minimalismo extremo de ese Los Ángeles que se levantaba solo sobre la guitarra de Raül Refree.

El despliegue de medios en esta reválida que toma inspiración de un libro anónimo del siglo XIV, Flamenca, es inabarcable. Tan pronto samplea a Justin Timberlake (‘Bagdad‘) como a La Paquera de Jerez (‘Que no salga la Luna’); lo mismo cede el protagonismo rítmico a las palmas como a la Roland TR-808; reivindica el auto-tune como un instrumento que va mucho más allá de la simple correción tonal, pero no tiene problema en reclutar al coro infantil del Orfeó Catalá. O, directamente, se monta su propio coro doblando, triplicando o cuadruplicando su voz, con la que juega y experimenta sin descanso hasta hacernos pensar que El Mal Querer no es más que un pequeño adelanto de todo lo que puede estar por venir. Rosalía se pasa media hora lanzándose al vacío, proponiendo desafíos para los que quieran aceptarlos, como ese perverso juego de empatía imposible en el que pone sus letras en boca de un maltratador (‘De aquí no sales‘, ‘Pienso en tu mirá‘). Disfruta, y se nota, enfrentando universos aparentemente opuestos para generar una tensión de la que siempre sale vencedora. Los resultados que obtiene a base de fusionar lo infusionable son tan memorables que parece mentira que a nadie se le hubiera ocurrido hacer algo así antes.

Tratar de analizar un disco como este, en todo caso, no es más que limitarlo. Es pasar de puntillas por las inagotables conexiones que traza en todas direcciones, muchas todavía por descubrir. Con el tablao y el polígono; con los volantes y el chándal; con lo blanco y lo negro; con lo espiritual y lo terrenal; con la realidad y lo virtual; con los charts y los márgenes; con lo propio y lo remoto; con el pasado y el futuro, que será suyo o no será. (Víctor Trapero)

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