13/12/2018

Primera parte de nuestro repaso a lo mejor del año.

MEJORES DISCOS 2018: MENCIONES DE HONOR

75. Autoescuela – Quattro

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Autoescuela definen sus brevísimas canciones lo-fi como “pop cutre”. Sin embargo, hay algo realmente cautivador en la economía de su lenguaje costumbrista, en su falsa vacuidad en realidad tan trascendente, en ese poso que en el transcurso de Quattro, su cuarto disco en solo dos años, acaban por infundir tras la escucha. No cuesta encontrar algunas de las influencias que David y Santi citan en su perfil de Facebook revoloteando por sus 25 microtemas: hay pinceladas del aniñado Frank Ocean en las segundas voces moduladas de la apertura ‘Oda al Catastro’, y la concisión autorreferencial de Frankie Cosmos y (Sandy) Alex G se respira en melancólicos minihits de indie destartalado como ‘Areces’ y ‘Jamacuco’. Los invitados cumplen religiosamente con su función: la barcelonesa Cabiria añade pinceladas tragicómicas en el corte ‘Isla Camela’, con una ensoñadora visión de “Geroge Lucas en el metro”, mientras que la voz desafecta del antihéroe murciano Marcelo Criminal logra que una canción marcada por referencias futbolísticas adquiera una profundidad inusitada. Además de fútbol, hay personajes de series, músicos olvidados, supermercados, comida basura, videojuegos y otros códigos privados que, apenas inteligibles para el oyente, acaban por evocar grandeza desde lugares pequeños y haciendo bella la normalidad cotidiana desde lugares extraños. Quizá sus mejores canciones hasta la fecha, el dúo asegura haberlas hecho “para no estar pensando en las razones que han hecho de 2018 un año de putísima mierda“. Con todo, este álbum es su personal forma de afrontar las adversidades de la adultez, que para cada vez más jóvenes se convierte en algo así como una segunda adolescencia. Pocas bandas nacionales han logrado este año archivar así la amistad, los pensamientos, los veranos encerrados en casa, la vida misma. (Max Martí)

74. Jungle – For Ever

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En la evolución, los cambios (o revoluciones) producidos no se asientan si no van seguidos del poso: la fase en la que se aposentan y afianzan los nuevos cánones. Por eso, la mejor noticia para Jungle y sus seguidores es que después de su celebrado debut homónimo haya llegado For Ever: un disco más calculado, frío y pausado, y menos explosivo y llamativo que Jungle. La receta sigue conteniendo los mismos ingredientes: neo-soul con algo de funk, pasado por un sutil y elegante filtro electrónico; pero la cocción ha sido más lenta, más sofisticada, aflorando quizás no más sabores, pero sí unos más finos y rebuscados. También se han alejado, de algún modo, de la dictadura de sus grandilocuentes influencias fundacionales, apostando por un sonido más suyo, abierto y horizontal, y acercándose a lenguajes contemporáneos variopintos como los de Tame Impala (‘Pray’), Justice (‘Heavy, California’), James Blake (‘(More and More) It Ain’t Easy’), Django Django (‘Smile’), alt-J/Glass Animals (‘Mama Oh No’) o el de cualquier pop star derivado del rollo R&B moderno (‘Casio’). Sin renunciar al espíritu añejo de los setenta –inmejorablemente plasmado en ‘Cosurmyne’–, Jungle han llevado un paso más allá la modernización del soul, sirviéndoles en este caso de base de operaciones para explorar la amplitud del universo musical. Con una fórmula en general más despejada, da la sensación de que han hecho más con menos. (Pablo Luna Chao)

73. Roosevelt – Young Romance

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No es que lo necesitara especialmente, pero que Roosevelt haya dejado entrar aún más luz en su pop electrónico de cara a su reválida lo hace aún más disfrutable. Hay poca evolución en Young Romance respecto a su debut homónimo de hace un par de años, eso es cierto, pero también lo es que Marius Lauber ha sacado la lija para que su propuesta brille aún más y se aleje de cualquier imperfección. Young Romance es un disco entretenidísimo de principio a fin, una tarde de verano cálida, sencilla y agradable en la que no hay nada fuera de lugar y que vuela muy alto en hits como ‘Under The Sun’, ‘Losing Touch’ o ‘Yr Love’. A veces son muy necesarios discos aparentemente intrascendentes como este. (Aleix Ibars)

72. RRUCCULLA – SHuSh

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A menudo, la prensa especializada internacional nos da alguna que otra colleja. Ha sucedido, por ejemplo, con SHuSH, uno de los experimentos electrónicos más inventivos y relevantes del panorama nacional este año –y no solo porque lo diga Pitchfork o Stereogum–. Descrito como un gran acuario en el que cohabitan peces multicolores, el último disco de la prolífica barakaldesa Izaskun González empuja los límites de múltiples géneros como el free jazz, el footwork y el math rock asiático sin casarse con ninguno. Sus canciones son como organismos vivos y polimorfos que pasan de los sonidos orgánicos a los chirridos sintéticos, o de los tonos pastel a los eléctricos: de la exhalación de helio de un pez globo a la picadura mortal de un pez araña, encontramos pinceladas del sonido de PC Music, pop deforme a lo Arca y SOPHIE, hiperrealismo marca Oneohtrix Point Never, complejidad polirrítmica con ecos a Aphex Twin e incluso el tipo de abstracciones que podríamos encontrar sobre un lienzo de Kandinsky. Bajo títulos tan sinestésicos como ‘Vestido de Párpados’, ‘Icy Blue Coral’ y ‘Cicatriz de Chocolate’, la productora y baterista Izaskun González puede ser elástica, resbaladiza y pegajosa, pero también arisca, fría y punzante. Haciendo gala de una libertad casi infantil, RRUCCULLA ha esbozado una obra para exhibir en los museos del futuro. (Max Martí)

71. David August – D’ANGELO

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En algun momento de su trayectoria nos hemos perdido, y David August ha pasado de ser un nombre habitual en el circuito de clubes, autor de tracks pisteros como ese ‘Ouvert‘ de 2016 o el destelleante ‘Epikur‘ de 2014, a entregar una obra magna como este D’ANGELO, inspirada en el David de Michelangelo. Nada menos. A través de sus siete canciones, se transpira la presión y la opacidad de un proyecto que ha trabajado a lo largo de cinco años, y lo cierto es que las canciones rezuman las mil y un versiones descartadas, los arreglos sobrepuestos, las dudas, el sudor y la angustia de un proceso creativo sufrido, pero a la vez, ese halo de satisfacción de quien ha exprimido hasta la última gota de talento. El disco abre con tres asaltos durísimos: ‘NARCISO‘, ‘D’ANGELO‘ y ‘33CHANTS’. La sombra de Nicolas Jaar está en todos ellos, cubriendo en todo momento el ritmo y la manera de cantar, con aparente desgana pero sobrada emoción. Aguantando la respiración en la oscuridad, hay un momento preciso, en la recta final de ‘33 CHANTS‘, donde por fin se libera: “We’re stuck in here / But you keep counting up the tim e/ Counting up the time”; la tensión se apodera y entonces sentencia con un “See the light”. August ha levantado la cabeza y ha mirado más allá del disco que esperábamos (si es que alguien lo esperaba). Ha mantenido intacta su intención más visceral, y además de estas tres canciones tan bien hilvandas, las cuatro restantes funcionan como capítulos a parte. Hay lugar para un paisaje crudo y nada cómodo, como es la trampa llamada ‘THE LIFE OF MERSI‘, pero también la cortinilla a un remanso de paz como son los ‘ELYSIAN FIELDS’ que captura para el final. Una obra que desborda por tamaño (la media es de 6 minutos por canción) y por la fractura impecable. El resultado es algo así como la sensación de destapar una escultura de más de cinco metros en Florencia. (Jordi Isern

70. El Petit de Cal Eril – 

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Tras el lanzamiento hace dos años del mágico y sorprendente La Força y ahora firmando su regreso con , su quinto álbum hasta la fecha, queda más que claro que El Petit de Cal Eril se encuentra en su mejor estado. Con una trilogía compuesta por tres EPs de tres canciones cada uno, la banda liderada por Joan Pons consigue encontrar de nuevo el perfecto equilibrio entre la forma y el contenido. Entre la cósmica, ensoñadora y fascinante visión de la cotidianidad de Pons y el pop-folk de matices psicodélicos que le acompaña. Una combinación exquisita que pedía a gritos —y que tiene, por supuesto— una producción cuidada y precisa que acaricia cada detalle del disco. Entre ellos, la espectacular y adictiva línea de bajo de ‘Som Transparents‘, la metafísica presente en cada una de las letras del disco y el casi susurro del cantautor de Guissona. Un recurso con el que Joan Pons, más allá de cantar, parece contarnos al oído aquello que hay en su mente. Un universo mágico y deslumbrante que evoluciona y se reformula con cada trabajo y que ha convertido a la banda en una de las perlas de la escena catalana. (Raquel Pagès)

69. Damien Jurado – The Horizon Just Laughed

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Es difícil mantener la tensión narrativa si eres Damien Jurado en 2018. Qué perecita, ¿no? Bueno, yo voy a intentar convencerles. The Horizon Just Lauged es “just another Damien Jurado album” pero no tanto. Para empezar, es el primer disco que saca tras haber parido la maravillosa trilogía de Maraqopa (que completaron Brothers and Sisters of the Eternal Sun Visions of Us on the Land). Es además el primer disco en muchos años que se autoproduce, en parte por decisión propia y en parte porque el productor de la mencionada trilogía, y gran amigo suyo, Richard Swift, murió este mismo año. Y por último, este es en cierto modo un disco que bien podría no haber existido. Así. Porque Damien Jurado ha estado tonteando con el suicidio en el último lustro. Es curiosa la sinceridad con la que habla en algunas entrevistas de sus problemas con la depresión, sus ataques de ansiedad y sus múltiples idas de olla. “Toda mi familia tiene un historial de enfermedad mental”, explica. Este mismo año, en otra entrevista, aseguraba que ahora, “por primera vez en años, o incluso por primera vez” en su vida estaba aprendiendo a quererse a si mismo. Nunca es tarde. Hay algo en estas canciones que resuena a todo eso. Jurado vuelve aquí al susurro, a su voz en primerísimo primer plano, a menudo desprovista de reverberaciones y otros artificios. Más folk, ninguna psicodelia. Uno puede escuchar el crujido de su silla en el arranque de ‘Over Rainbows and Rainier’, y casi sentir su respiración en ’1973’ o ‘Lou-Jean’, tres maravillas de pura intimidad. Súmenle la elegancia de ‘Dear Tomas Wolf’, el gancho de ‘Percy Faith’ y el hecho difícilmente incontestable de que ‘The Last Great Washington State’ está entre lo mejor que ha escrito nunca, y si no se convencen, pues malamante. (Daniel Boluda)

68. Parquet Courts – Wide Awake!

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Parquet Courts son una cierta anomalía. Personalmente les he escuchado durante años como una banda más divertida que otra cosa. Cuatro chavales blancos de Brooklyn haciendo malabares entre el rock sucio, el post-punk y el funk. Esos de disfrutar en concierto más que en disco. A ratos difíciles de digerir y casi siempre difíciles de comprender. Superar esta segunda barrera y meterme en las letras de este Wide Awake! me ha ayudado a cambiar la perspectiva. “Somos conductores de sonido, calor y energía y seguro que pensabas que nos habías calado desde el principio”, dicen en el arranque de ‘Total Football’, que parece la banda sonora perfecta para el pogo ilustrado en su portada. Y uno dice: ok, a bailar. Pero este fútbol total no es tanto una llamada al hedonismo como una metáfora en favor del la acción colectiva, una llamada a la sociedad a practicar un “fútbol total”, jugando todos con todos, en lo que parece un alegato por el colectivismo frente al individualismo (cosa muy yanqui) “Rebels, teachers / Strikers, sweepers / Better protected whenever collected”, dicen en el primer coro. “Workers, authors / Poets, stoppers / Power resembled if we are assembled«, añaden en el segundo. Así que no: no son solo conductores de sonido, calor y energía. Wide Awake! es un álbum que entra en lo político en los Estados Unidos de 2018, con todo lo que eso significa. Pero más allá de la chapa ideológica, que a mí me parece enriquecedora, aquí hay bastante hit. La verborrea punkarra de ‘Violence’ (“Why are there no folk songs about ATM machines?”), la energía cervecera de ‘Almost Had to Start a Fight/In an Out of Pacience’, el trallazo de ‘Normalization’… Es probablemente su mejor colección de canciones y eso es decir bastante. (Daniel Boluda)

67. Julia Holter – Aviary

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No debe sentirse muy a gusto Julia Holter en los tiempos que corren. Es como si hubieran metido a Virginia Woolf en una novela de Thomas Pynchon. Ante la brevedad imperante, la producción escuálida y la escucha urgente, la estadounidense propone en el sexto disco de su carrera hora y media de música con instrumentos orquestales y voces operísticas para crear canciones que superan los seis minutos de media bajo la exigencia de una absoluta abstracción. ‘Turn The Light On’ parece un encuentro entre John Williams y Björk, los órganos psicodélicos a lo Moon Duo resuenan en ‘Wheter’ y ‘Chaitius’ podría estar firmada en pleno romanticismo del siglo XIX. Las tres canciones forman el inicio de Aviary, uno de los trabajos más experimentales y el más ambicioso de la carrera de Holter, y hablan por si solas del mandala sonoro que se esconde tras él. En la primera parte Julia Holter juega al desconcierto en el que el free jazz gaitero de ‘Everyday is an Emergency’ tiene un importante rol.  El punto de inflexión en la preciosa ‘I Shall Love 2’ con la que regresa a su pop de cámara que tan buenos réditos le ha dado pero que, en consonancia con su actual momento, es de mayor complejidad que en el sobresaliente Have You in My Wilderness. Como ejemplo de esto último está ‘In Gardens’ Muteness’ pero también hay composiciones de una belleza expansiva como ‘Words I Heard’ con su imponente sección de cuerdas. Julia Holter desafía a la actual coyuntura con un trabajo contracultural en el que se postula por enésima vez como una de las creadoras más singulares del momento. (Carlos Marlasca)

66. Saba – CARE FOR ME

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Puede parecer que la invasión absoluta del trap, sobre todo en el hip hop, con su preferencia por humores cínicos, banales y nihilistas, hace difícil encajar otros más maduros, inteligentes u honestos. Por eso, los intentos de cantar letras con cierto nivel de lirismo o gravedad sobre beats traperos suelen quedar cringey. Pero Saba demuestra, y es toda una hazaña, que sí se pueden hacer bangers escribiendo más o menos de verdad, y que quizá nos hemos acostumbrado demasiado a la porquería –cuestión que él mismo aborda en ‘GREY‘ (aunque hay que decir que si bien tantea con ello, este no es un álbum de trap). CARE FOR ME es un ejercicio de conciliación con la muerte de su primo y mejor amigo Walt (a manos de unos gamberros de poca monta en un suburbio de Chicago), evento que tiñe completamente de negro su visión de la realidad, pero que a la vez empuja su creatividad. Los diez tracks del álbum son una mezcla entre reflexiones sobre el determinismo de la vida en el ghetto y el triste estado de la cultura que lo rodea, con narraciones de los episodios que han marcado su relación con Walt. El momento álgido llega en ‘PROM / KING‘, una magnífica pieza de storytelling que parte de un episodio de juventud, el de como pierde la virginidad con la compañera de baile que Walt le ha conseguido, y acaba con el momento de la muerte de este, todo rapeado sobre jazz orgánico que acompaña el dramatismo acordemente. Entre tanto drama hay, sin embargo, luminosidad y esperanza. Y es que Saba es un devoto cristiano: los motivos religiosos son uno de los pilares del álbum, y este realmente podría leerse como un largo rezo por el alma de su difunto primo; un alma que en el último tema, ‘HEAVEN ALL AROUND ME‘, ha sido ya salvada. (Luca Dobry)

65. Christina Rosenvinge – Un Hombre Rubio

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Resulta muy emocionante y esperanzador comprobar cómo varias generaciones de mujeres están liderando en nuestro país un cambio de ritmo en el despertar de la conciencia de la igualdad entre géneros. Generaciones, varias de ellas, que han tenido en Christina Rosenvinge un ejemplo constante, musical y socialmente hablando, y un referente incalculable durante las últimas décadas. Por eso no sorprende demasiado que cuando la sociedad va, ella ya esté de vuelta. Así, en pleno debate sobre el papel de la mujer en el mundo, Rosenvinge ha publicado un álbum centrado en los roles de la masculinidad, escrito desde “un yo masculino indefinido” e inspirado –que no en homenaje– en su padre: “Un hombre horrible” que, sin embargo, “fue víctima de sí mismo”. Materializado de forma escalofriante, grave y elegante en ‘Romance de la Plata’, una de las canciones del año en nuestro país. Conjugado a través de diferentes ritmos, texturas e inspiraciones –entre las que destaca la de PJ Harvey en la inaugural ‘La Flor entre la Vía’, la de Radiohead en ‘Afónico’ y, en general, la de David Bowie–, Un Hombre Rubio prescinde de los géneros musicales y se debería postular como el primer capítulo de la era legendaria de la carrera de Christina Rosenvinge: ese con el que definitivamente ha roto su propio techo. (Pablo Luna Chao)

64. Cloud Nothings – Last Building Burning

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Texas en un estado dominado por la furibunda derecha estadounidense. Las armas son una religión y el territorio habla republicano. En uno de los múltiples ranchos esparcidos por el árido terreno, Dylan Baldi ha asimilado la hostil atmósfera que le rodea para grabar el quinto disco con la banda que dirige a su bendito antojo. Su reloj vital ha corrido más rápido de lo normal y Cloud Nothings ha erigido una coherente discografía sin que su líder aun haya cumplido la treintena. Y aunque hastiado, todavía parece que tiene cuerda para rato. Tras haber ofrecido su versión más optimista en Life Without Sound, la alma máter de la formación vuelve por sus habituales fueros y escupe un disco enrabietado en el que brama contra una realidad contemplada con rechazo. Last Building Burning es el título de un trabajo en el que el apocalipsis comienza con los ritmos y las guitarras camorristas de ‘On An Edge’. Cloud Nothings suaviza su oscura propuesta con el estribillo de ‘Leave Him Now’, un alegato contra los falsos idilios, pero los teclados de la luminosa ‘Up To Surface’ son ya una cosa del pasado. Baldi admite en ‘So Right So Clean‘: “Veo señales de vida en callejones y rincones, huelo la muerte en una calle llena de gente, siento que el último edificio viejo ardiendo, no me queda ningún sitio donde poner los pies”. La huida hacia delante se apoya en pasajes instrumentales abrasivos, como el final de ‘The Echo Of The World’, y elaborados en la extensa ‘Dissolution’, construidos todos a base de distorsiones y baquetazos. El cabreo de Dylan es tan absorbente que hay que hacer una celebración de su vomitona y empatizar con el ‘Another Way of Life’ que reclama. (Carlos Marlasca)

63. JPEGMAFIA – Veteran

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Veteran es un glitch armonioso. Es como el punk de 2020 debería sonar. El punk para aquellos que, en vez de con guitarras y cassettes, crecieron con Windows XP y versiones piratas del Fruity Loops. Para los que en vez de Reagan y Thatcher sufren a Trump y a Bannon. Un atentado sonoro contra todo lo cómodo –quien pilla más aquí son los hypebeasts y demás yuppies de Williamsburg que beben café de 9 dólares la taza y escriben críticas en Pitchfork–. Nada de corazoncitos y estrellitas, el que representa a JPEG es el ‘Panic Emoji‘. A la mierda el sentimentalismo de estos nuevos emos sin ningún tipo de trasfondo, necesitamos agitadores de verdad, como el ODB más crudo que JPEG samplea. Este álbum es como una mala digestión de toda la purria de la cultura postinernet, que al ser vomitada queda sorprendentemente estética: un Pollock con logos de Supreme, SoundCloud, 4Chan o Wholefoods. Además, este tipo es un llanero solitario, un verdadero Juan Palomo: cero features, da capo alla fine producido únicamente por él mismo –en el Apolo de Barcelona se presentó completamente solo en el escenario, ¡no tenía ni DJ!–. Será que en la catastrófica era ultra-neoliberal-hiperrealista-posthistoria uno no se puede fiar de nadie cuando maneja un proceso creativo con cierta profundidad, porque igual te lo intentan vender. Pero nosotros, de JPEG(one-man)Mafia sí que nos fiamos. Qué ganas de que venga al Primavera y que, mientras unos ponen cara de asco, otros estemos disfrutando uno de los mejores pogos del festival. (Luca Dobry)

62. The Blaze – Dancehall

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Los franceses The Blaze ya venían con mucho jugado y ganado el año pasado: ‘Virile‘, ‘Juvenile‘ y ‘Territory‘, de ese EP de seis canciones que toda influencer usó para sus vídeos de las vacaciones, hicieron mucho a favor de su popularidad, pero también mucho en contra de su exposición. Nos encantan The Blaze, pero su sonido se gasta rápido. Sintes hinchados, voces moduladas, épica por los cuatro costados… Todos contentos, pero también con necesidad de aire y de nueva cosecha. En ese limbo del éxito y el morir de éxito ha llegado su disco largo, y parece que algo conscientes de ese riesgo, han hecho lo más inteligente: cambiar sin perder su identidad. Un buen tópico que es fácil de explicar. Todas las canciones de Dancehall, que así se llama el disco, son fáciles de reconocer y atribuir a The Blaze, pero le han dado algo más de velocidad y desnudez en varios de los hits. Rebajando épica, ganando fiesta: ‘She‘, ‘Queens‘ o la distorsionada ‘Faces’, que finalmente los encamina a llegar a ser el grupo electrónico oscuro para las masas, un hueco que era de Moderat y que, por qué no, ahora podría ser suyo. Canciones y espectáculo de luces no les faltan. (Jordi Isern)

61. Car Seat Headrest – Twin Fantasy

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Volver a grabar íntegramente un disco siete años después de su publicación y que no pierda su frescura no es algo precisamente fácil. Will Toledo lo ha conseguido dándole la vuelta a su obra más aclamada durante su época en Bandcamp, el álbum Twin Fantasy, y lo ha grabado de nuevo dejando atrás esa producción lo-fi tan característica de sus primeros trabajos, pero manteniendo toda su personalidad y sentido. Twin Fantasy (Mirror to Mirror) fue el primer álbum conceptual –hasta entonces sus trabajos no eran más que recopilaciones de canciones– que publicó como Car Seat Headrest, y ya cuando lo lanzó en 2011 en la plataforma de streaming cautivó a todos quienes le seguían. En la primera versión de Twin Fantasy, grabada en su totalidad por él mismo, se reflejaba de una forma íntima y personal el duro momento en que se encontraba Toledo con tan solo 19 años. Un adolescente solitario que luchaba contra la depresión y las dificultades que vivía en su relación con otro chico. Con la publicación de este remake, Toledo ha madurado como músico e interiormente. Ha conseguido hacer mejor a un ya de por sí gran disco, puliendo el diamante en bruto que se antojaba en él, y convirtiéndolo así en un álbum de referencia para próximas generaciones. Destacan, sobre todo, las dos composiciones que superan los 10 minutos, ‘Beach Life-In-Death‘ y ‘Famous Prophets (Stars)‘. (Sergi Cuxart)

60. PAVVLA – Secretly Hoping You Catch Me Looking

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Cuando entrevistamos a PAVVLA con motivo del lanzamiento de su primer disco, Creatures, nos contaba que ya tenía algunas canciones en mente para el segundo. Eso era hace dos años justos y su sucesor, Secretly Hoping You Catch Me Looking, no ha llegado hasta ahora, lo que significa que en una artista tan joven como ella ha habido tiempo para que cambien muchas cosas. Y se nota: SHYCML son unos cuantos pasos adelante de golpe, el claro ejemplo de que a veces el segundo disco sí puede ser el de la primera madurez. Huyendo de la inocencia que destilaba su debut, SHYCML no es solo un disco de autoafirmación personal y un cierto desafío sino que además conjuga atmósferas más oscuras con melodías que van calando poco a poco. Ahí quedan piezas tarareables como ‘Something New’ y ‘The World Stopped The Day You Were Born’ con destellos experimentales como los de ‘It Could Be’ o ese final muy James Blake de ‘Dance Alone’. Al final si pot algo destaca especialmente es por haber conseguido esa homogeneidad entre canciones y discurso que convierten a SHYCML es una obra completa, que ya es mucho decir. (Aleix Ibars)

59. Deafheaven – Ordinary Corrupt Human Love

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Es raro encontrar en esta casa artículos o reseñas sobre discos de black metal. No es harina de nuestro costal habitual. Pero cuando una banda logra desbordar su género de tal manera como ha hecho Deafheaven, siendo éste tan periférico, merece la pena prestarle atención. Su aproximación a los focos no es de ahora: ya con New Bermuda, hace tres años, cosecharon críticas soberbias en círculos amplios, refrendadas ahora con una nueva entrega aún más interesante y, sobre todo, más accesible. ¿Por qué? En primer lugar, porque las manifestaciones metaleras más radicales –redobles infernales, gritos afónicos, excursiones de trekking de las guitarras– representan no más del 40% de la hora total de duración del álbum, cosa que ayuda a los más ajenos al género. Y en segundo lugar porque el otro 60% de la música nos conduce dulcemente por territorios post-rockeros instrumentales/progresivos preciosos: esos etéreos e inmaculados que tan bien han dibujado siempre los seminales MonoExplosions in the SkyYndi Halda o The Evpatoria Report. ‘Near’, en su totalidad (“apenas” cinco minutos y medio), es el mejor ejemplo; pero también lo son los últimos cuatro minutos de ‘Honeycomb’, los primeros tres de ‘Glint’, la primera mitad de ‘Worthless Animals’ o casi toda ‘You Without End’, donde los gritos pueden leerse como una capa instrumental más, al servicio del efecto épico de la culminación de la progresión. Sin olvidar la espectral ‘Night People’, cuyas coordenadas fuera del mapa sugieren posibles horizontes más próximos al mainstream. (Pablo Luna Chao)

58. Ex:Re – Ex:Re

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La lluvia llevándose el último resquicio del amor que ya no es y cambiando la apariencia de quien lo vivió es una escena recurrente. Así era el final de la historia del fotógrafo que tiene que retratar unos puentes y acaba entregando a la mujer que conoce una instantánea de lo que esta añora vivir. Elena Tonra presenta su proyecto paralelo a Daughter tras un cristal empañado por gotas y el reflejo de un fluorescente para cantar unas cartas acerca de escenarios en los que “está la persona en la memoria o la notable ausencia de esa persona en el momento presente”. La compositora ya había entregado con ‘Youth’ uno de los indiscutibles himnos de este siglo a base de metáforas. Las utiliza ahora desde la madurez en un trabajo más personal que el que lleva a cabo con su banda, pero de una intensidad abrumadora. Bajo el seudónimo de Ex:Re (pronunciado «Ex-Ray»), Tonra diseña un debut en solitario en el que da rienda suelta a su intimidad acompañada por las sutiles notas del violonchelo de Josephine Stevenson y el productor del sello 4AD, Fabian Prynn. Se trata de un disco inspirado en la necesidad urgente de retratar esos espacios de soledad ya patentes en el exquisito y frágil inicio de ‘Where The Time Went’. Con una presencia preeminente de instrumentación analógica, las percusiones programadas de ‘Romance’, uno de los temas más destacados, son una rara irrupción que evoca el incómodo tartamudeo con el que se inicia la misiva. La voz de la británica y su capacidad para escribir letras incisivas, tan hirientes como las de Julien Baker, tienen un protagonismo absoluto y elementos como las delicadas teclas de ‘The Dazzler’, un hotel en el que ahogar en la bebida la penúltima decepción, y el piano de la sobresaliente ‘5AM’ ahondan en los vacíos de su memoria. El efecto catártico que para Tonra ha debido de tener la exposición de sus desengaños, supone, para quien los escucha, una inmersión en la nostalgia. (Carlos Marlasca)

57. BROCKHAMPTON – iridescence

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BROCKHAMPTON han pasado este 2018 por su prueba de fuego. La “boyband favorita de América”, como ellos no paran derepetir en sus temas, estaba obligada a dar un paso adelante después del derroche creativo que fue la publicación de la trilogía SATURATION en su extremadamente fértil 2017 (uno de los hitos del hip hop reciente, sin lugar a dudas). Pero la energía adolescente ya no es combustible suficiente y la expulsión del grupo de Ameer Vann tras un espantoso caso de abusos sexuales hacían que lo que poco antes parecía un grupo en pleno apogeo se convirtiera en una incógnita: ¿se convertirían BROCKHAMPTON en un fósil, en un divertido souvenir de 2017, o había grupo para largo? Su principal arma desarmante sigue siendo el alejarse del tradicional bragadoccio hiphopero para asumirse desde una posición de fragilidad, de exploración introspectiva sin miedo alguno a exponer intimidades y miserias. Su relato (tan generacional) es el de los hijos putativos del 808 & Heartbreak de Kanye, el de los que entendieron el rap como vehículo de expresión de neurosis, y como tal funciona. Lo hace excepcionalmente a ratos, como en la arrebatadora ‘San Marcos‘, sin lugar a dudas uno de los temas más emotivos del año. El álbum mantiene el fértil ecleticismo de los SATURATION, le añade reposo y reflexión,y le quita algo de candor adolescente. Un disco importante, a su manera. (Santi Fernández)

56. Soccer Mommy – Clean

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Llamada a liderar en unos años la primera línea del indie rock junto a compañeras de escena como Julien BakerLucy Dacus y Snail Mail, el nombre de una joven resuena con fuerza entre la infinita cantidad de cantautoras de canciones tristes compuestas en el dormitorio que durante los últimos años han emergido a través de Bandcamp. Y es que con solo 20 años, la solidez artística de Sophie Allison es directamente proporcional a la fragilidad inherente en sus delicadas composiciones herederas tanto de la escuela Elliott Smith como de Taylor SwiftClean no es propiamente su disco de debut, aunque sí su mejor carta de presentación al mundo. Desde su corte de apertura, ‘Still Clean‘, sentimos que algo ha cambiado para siempre en su forma de componer, cantar y aprovechar todos los recursos del estudio: un sonido más diáfano, ganchos cercanos a los de las baladas pop-punk (‘Cool‘) y una lírica sencilla pero arrebatadoramente honesta que tanto trata sensaciones aparentemente cotidianas de las relaciones de pareja como sus aspectos más tóxicos (‘Your Dog‘), contribuyen a que este álbum cale hondo. Y aunque en Clean hay una lucha contra la idealización del amor cuando este se torna en salvaje y despiadado, también es un disco sobre el enamoramiento en toda su plenitud (‘Blossom (Wasting All My Time)‘), y pese a la vulnerabilidad que evoca Soccer Mommy en sus letras sobre querer aparentar ser quien no es (ojo a la catártica ‘Scorpio Rising’), finalmente acaba encontrándose a sí misma (‘Wildflowers‘) y alcanzando un estatus mucho más poderoso como mujer y como cantautora. (Max Martí)

55. Big Red Machine – Big Red Machine

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Pocos proyectos paralelos y colaborativos habían dado como resultado la suma exacta de sus partes como este. Sí es el caso de Big Red Machine, esa aventura surgida de forma natural entre Justin Vernon (Bon Iver) y Aaron Dessner (The National), fruto de sus constantes encuentros para construir reductos en los márgenes de la industria musical y de festivales actual: la plataforma de streaming sin ánimo de lucro PEOPLE (con su propio festival en Berlín), el festival Eaux Claires en Wisconsin… Todo orbita alrededor de las figuras de Vernon y Dessner, convertidos con Bon Iver y The National en pilares de la escena independiente masiva y convencidos de aprovechar su posición privilegiada para plantear nuevos modelos. Big Red Machine se enmarca en esa filosofía, la de crear un proyecto común en el que puedan colaborar otros artistas y que sea algo así como un organismo viviente, en constante evolución. El primer paso ha sido Big Red Machine, disco de 10 canciones que suena, como decíamos, a la mezcla exacta entre el Bon Iver post-22, A Million (experimental y cautivador a partes iguales) y la épica marca de la casa de The National. El resultado, lejos de lo que podíamos temer, es un disco deliciosamente accesible y estimulante a partes iguales, que probablemente contentará a los fans de ambos lados gracias a perlas instantáneas como ‘Deep Green’ o ‘Lyla’ y a viajes atmosféricos como ‘OMDB’ o ‘Forest Green’. (Aleix Ibars)

54. Thom Yorke – Suspiria 

(Escúchalo)

No es fácil que la banda sonora de una película funcione como disco de forma autónoma. Pero el disco que Thom Yorke ha compuesto para el remake del film Suspiria a cargo de Luca Guadagnino se publicó, sin ir más lejos, antes de que la película se estrenase. Y yo lo he escuchado unas cuantas veces y no he visto ni el remake ni la peli original. Pero según explica el propio Yorke, esto no es una banda sonora al uso: gran parte de sus canciones se escribieron antes de que la película se rodara, a partir del guión y de las primeras ideas, y sería cuanto menos curioso intentar analizar cuánto ha influido la obra de Luca Guadagnino en la de Thom Yorke y viceversa, que no será poco. El caso es que en este doble disco hay sitio para todo: para cortes instrumentales ambientales con sus buenas dosis de tensión pensados para acompañar a esas imágenes que aún estaban en su cabeza, pero también para canciones al uso que podrían formar parte de un disco de Radiohead, caso de la exquisita ’Suspirium’ al piano, ‘Unmade’ o ‘Has Ended’. Se agradece que, por una vez, Thom Yorke haya aparcado ese carácter de experimentador constante e inclemente en su carrera en solitario y nos haya regalado un disco más amable, arriesgado en momentos cercanos a la abstracción electrónica y la improvisación (especialmente en el segundo disco) pero también emocionante, cinematográfico y vigoroso. (Aleix Ibars)

53. Christine and the Queens – Chris

(Escúchalo)

Algo le dejó grabada la década en la que nació a Héloïse Letissie. En aquel 1988 los Pet Shop Boys reinaban y ‘Cross My Heart’ de Eight Wonder sonaba en todas las emisoras. La hegemonía pertenecía a los sintetizadores y solo había sutiles pinceladas de guitarras. Tres décadas después, es algo que también ocurre en ‘Girlfriend’, una de las mejores piezas del reciente disco de Christine and the Queens, que no por casualidad está escrita junto a Dâm-Funk, reconocido productor estadounidense del género incluido en su alias. La compositora y artista visual no baja el listón en su segundo Chris, un disco creado a partir de la confianza generada por su debut. En Chaleur Humaine miraba a la década del videoclip con más disimulo, pero este Chris, un título de reafirmación, es un álbum de synt pop sin paliativos y repleto de sexualidad y rebeldía, temas principales que aparecen en el potente arranque de ‘Comme si’ y en la estupenda ‘5 dollars’. Una de las virtudes del álbum es el equilibrio de canciones más rítmicas, entre las que también está ‘Doesn’t matter (voleur de soleil)’, con otras más contenidas, pero de enorme belleza. En la deliciosa ‘The Walker’, Christine acata las consecuencias de la honestidad y de huir de cualquier temor con una minimalista armadura instrumental, ‘What’s-her-face’, con su precioso contrapunto entre bajos y voces, cuenta el escaso efecto del éxito en el yo interno, y ‘Make some sense’ es el cierre de la tríada intimista con la plenitud de las cuerdas vocales de Letissie. Las coreografías de sus directos son un síntoma más de su apego a la década en la que reinaban Michael Jackson junto a The Buggles o Ultravox y de su deseo de reivindicar un pasado que toma como propio. (Carlos Marlasca)

52. Khruangbin – Con Todo El Mundo

(Escúchalo)

Para la psicodelia no existen las fronteras ni las direcciones prohibidas. Allá donde haya una fuente de inspiración cuyo principio activo genere sensación de trance, de allá beberán los Tame Impala, Pond, Unknown Mortal Orchestra, Kikagaku Moyo, Temples, MGMT, Ty Segall, King Gizzard & The Lizard Wizard, Animal Collective, The Black Angels y un largo etcétera, porque la oleada actual de neopsicodelia es importante y variada, atacando en frentes de pop, rock, garage y electrónica. Ahora bien, cuando hablamos de fuentes de inspiración, en el caso del trío tejano Khruangbin hacemos referencia a una serie de coordenadas geográficas tan variopintas como Tailandia (con su pop de los 60), España (y lo que fue el Virreinato de Nueva España), los desiertos de Medio Oriente o los Estados Unidos afroamericanos (con su funky y su soul), encrucijando un sonido transversal en la baja frecuencia del dub y del chill instrumental. Gracias a su segunda entrega, Con Todo El Mundo, han roto el cascarón y han entrado en el circuito mediático-comercial, grabando importantes muescas en sus instrumentos por sus visitas a KEXP, KCRW o los Tiny Desk Concerts de NPR, o por éxitos rotundos de público en capitales como Londres o Estambul. La clave está en haber cristalizado su propuesta en lo que parece un viaje psicotrópico sin turbulencia alguna, como si tu mente pudiera gestionar el colocón: apacible, soleado y suave. Si acaso, puede que las caderas se contagien del groove de ‘Even Find the Third Room’ –no dejen de escuchar el dance edit deWissai–, del trote de ‘María También’ o del serpenteo tarantinesco de ‘Lady and Man’. Pocas veces unas fronteras tan distantes habrán armonizado tan bien sus extremos. (Pablo Luna Chao)

51. Kacey Musgraves – Golden Hour

(Escúchalo)

¿Que a ti eso del country no te va? ¿Que te parece una música desfasada, aburrida, demasiado folclórica? ¿Que cuando piensas en el género solo te vienen a la cabeza sombreros vaqueros, chalecos con flecos, cinturones con hebillas y letras más bien machistas? ¿Que en su acepción más pop crees que solo existen Taylor Swift y Shania Twain? Dale al play a este Golden Hour y deja solo unos segundos de su corte inicial, ‘Slow Burn’. Verás que inmediatamente te transportas a un lugar de lo más reconfortante: te absorberán sus suaves guitarras, unos banjos cosquilleantes y, sobre todo, la voz cálida y elástica de Kacey Musgraves. Pronto te verás inmerso en un universo en el que revolotean steel guitars, violines, reverberación y coros celestiales; una espiral de puro amor y psicodelia a caballo entre la meditación zen y un buen viaje de ácido. Y ya no querrás irte: estarás sintiendo mariposas en el estómago con ‘Butterflies’, resbalando entre voces robóticas a lo Daft Punk en ‘Oh, What a World’ y experimentando con el LSD mientras tu madre te manda un whatsapp con ‘Mother’. Sin que apenas te des cuenta, los ganchos ultrapegadizos de ‘High Horse’ harán que no puedas dejar de tararear el tema, e incluso, si te quedas más rato, podría convertirse en una de tus canciones del año. Aunque si la prefieres más clásica, con la pianística ‘Rainbow’, su personal diálogo con la comunidad LGBT+, te recordará a Elton John. Y lo aceptarás: Golden Hour es una obra ambiciosa, cohesiva, romántica y vulnerable que nos vuelve más humanos en la escucha. Es, desde ya mismo, el crossover country-pop definitivo. (Max Martí)

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