11/12/2018

Empezamos el repaso a lo mejor del año.

Como manda la tradición, arrancamos el repaso a lo mejor de 2018 con aquellos discos que, pese a no haber entrado en nuestra lista final de 75 álbumes del año, sí han ocupado un lugar especial en los corazones de cada uno de los miembros de nuestra redacción. En total, 12 joyas que vale la pena escuchar antes de que termine el año, y que ampliaremos con la lista final dentro de nada. Empezamos a repasar los mejores discos de 2018.

Baiuca – Solpor

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La edad de uno y la vida de esta página certificarían ya como género propio los falsos debuts. Aquellos primeros discos de proyectos que vienen de lejos. En esta categoría, a nivel nacional, hay un disco destacado este 2018: Solpor, el falso debut de Baiuca. Un estreno de un viejo conocido como es Alex Casanova. Gallego afincado en Madrid, de referentes claros y marcados en cada nueva aventura, es un talento de aquí que, a pesar de contar ya con un buen puñado canciones, se mantiene en una segunda fila en cuanto a los focos se refiere. Si antes se fijaba en la tropicalia de El Guincho y presentaba cierta cadencia a lo Animal Collective, en esta ocasión no ha necesitado mirar tanto a fuera; lo ha hecho de reojo homenajeando sus raíces. Solpor es un compendio de folklore gallego que –sin entrar en los mil detalles de instrumentos que no conocemos– queda marcado por el protagonismo de los vientos y las grallas, así como en evidentes referencias a su lengua en los títulos.  Un retrato melancólico del carácter del norte de la península por vía de ritmos tribales sin contaminar que cuenta co hits de pista de baile como ‘Arume‘ o la fuerza femenina de ‘Solaina‘, y también medios tiempos punzantes como ‘Morriña‘ y ‘Arrieiro‘. Un álbum que es una aportación de lo más interesante al panorama actual y que, de no conseguir romper la barrera hacia un mayor público, quedará en este 2018 como desengrasante al uso del Auto-Tune, las guitarras y los beats más recurrentes que hemos visto este año a nivel estatal. Siempre al margen, siempre aportando. (Jordi Isern)

Empress Of – Us

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Con la salida de su segundo disco de estudio, Us, Empress of ha querido crear espíritu de comunidad y rendir homenaje a sus raíces hondureñas. A diferencia de su debut Me (2015), autoproducido y escrito únicamente por ella, Lorely Rodriguez ha decidido rodearse en Us de nombres como los de Dev Hynes, Pional, DJDS, Cole M. G. N.Georgia para aportar también su visión desde la producción, encontrándonos, como resultado, con un disco mucho más accesible que su predecesor, entregado al pop más explícito y actual en lugar de a lo emocionalmente aislado. Lorely Rodriguez parece haber averiguado por fin cómo y quién es Empress Of y lo refleja en un disco asombrosamente sincero y desenvuelto. Su apertura ‘Everything to me’ ya marca distancias frente a su predecesor: la atención al detalle es constante, y por primera vez, oímos una voz que no es la de Rodriguez: la de Dev Hynes. Pese a ello, existen puentes con su primer elepé y la habilidad distintiva de Lorely Rodriguez para la producción nítida y las melodías ingeniosas siguen ahí. Los ritmos texturizados y las frases engañosamente simples de ‘I Don’t Even Smoke Weed’, la insistente ‘I’ve Got Love’… Con Us, Rodriguez deja de mostrarse a sí misma ante un espejo para regalarnos un disco en el que poder proyectar nuestras propias experiencias, no solo a los demás sino también a nosotros mismos. (Irene Méndez)

Erika Wennerstrom – Sweet Unknown

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Erika Wennerstrom le ha dado a la ayahuasca. No es una expresión: le ha dado bien. Fue en 2015, en una suerte de retiro “emocional” en el Amazonas al que fue empujada por sus propios fantasmas y una tristeza profunda. “Me ayudó a ser libre conmigo misma y a elaborar mi disco más honesto hasta la fecha. Me solía costar bastante llegar a ese punto de vulnerabilidad desde el que escribir, pero esa vez llegué más rápido. Fue mucho más fácil, más natural”, dice. El caso es que del viaje al Amazonas y otros paseos por América volvió con más de 400 notas de voz que ha transformado en este debut en solitario llamado Sweet Unknown. Quizás sea este un disco de esos que tiene que pillarte en un momento concreto de la vida porque el mensaje no es ambiguo. Va por: para, respira y quiérete (que según te pille te vale para parodia o para cambio de filosofía vital). Todo muy recogido en la magnífica ‘Extraordinary Love’, donde cuenta lo de la mandanga (“I drank the potion and saw my life in motion”), el amor extraordinario (“a love that only comes from withinside”) y la calma (“when you are living your life in constant motion remember to breathe”). Se lo cree tanto, se nota que le sale tan desde los pies, que la canción te pega en la cara como un vendaval. Todo el disco tiene un pie en la liberación y otro en un esfuerzo grande, y quizás algo artificial, por convencerse de un cambio. Como si ella estuviese diciéndose a si misma que su vida ha cambiado, que se ha dado cuenta de lo importante, que se ha mirado bien adentro, pero no terminase de sentirlo (“I needed to fill this void in my life and I don’t know where I’m going, but I’m moving on”). Es esa tensión. Pero psicoanálisis al margen, la vocalista de Heartless Bastards deja aquí canciones descomunales de baterías gordas y guitarras rudas. Recuerda a Torres, a Jolie Holland, a esas voces curtidas, reposadas en barrica. Escuchen los 10 minutos de ‘Good to be Alone’ y que no les suba algo por la espalda. Nosotros tampoco sabemos dónde vas, pero de momento el camino mola. (Daniel Boluda)

Kero Kero Bonito – Time ‘n’ Place

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Que no les engañe un mal bolo a horas intempestivas en los actos de homenaje de la sala Razzmatazz. Que no les engañe tampoco la falta de viralidad de las canciones del nuevo álbum, todas alejadasde las cifras estratosféricas de aquel ‘Flamingo‘ que aupó /mu/ y una pléyade de memes que hicieron que los Kero Kero Bonito fueran una simpática broma de temporada para muchos. El segundo LP oficial del combo japobritánico es una obra de muy señor mío, un disco imprescindible para cualquier paladar popero en búsqueda de talento melódico y desarrollos musicales inesperados. Si la fórmula inicial del grupo había sido hibridar el j-pop con el europop –una osadía que solo se podía haber dado en un grupo, como no, londinense– este LP deja (relativamente) de lado samples y sintetizadores para dar peso al grupo pop de batería, guitarra y bajo; con momentos en los que parecen un grupo twee desbocado y con tendencia maximalista. El tono, eso sí, es tristón, apagado, de autoexploración y de curar heridas con betadine y diazepam. Sin embargo late en él una tierna esperanza, un “de esto se sale” que hace que su escucha sea gozosa, ya sea en hits punk pop como ‘Only Acting‘, en la melancolía de ‘Make Believe‘ (sin duda, una de las canciones del año) o en ese ‘Sometimes‘ que podría ser de los Small Faces. Son uno de los grandes grupos de pop de nuestra era y este era el paso que necesitaban para demostrarlo. (Santi Fernández)

Ross From Friends – Family Portrait

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Si tu padre te llevaba al Calderón de pequeño, es normal que seas del Atleti (aunque se lo preguntes luego en el coche); si tu padre, por el contrario, construía en casa sistemas de sonido analógico, aparatos eléctricos, sintetizadores y grababa cintas de electrónica primitiva y lo-fi, lo lógico es que te pase como a Felix Weatherall y acabes tú también jugando con cacharros y haciendo música. Family Portrait, el debut en largo del británico –que se estrena en Brainfeeder, sello de Flying Lotus–, es un homenaje a ese particular ambiente familiar: una atmósfera de baja fidelidad donde todo son rincones sinuosos, bóvedas de house flotante y pilares de beats menudos. Pero no se imaginen el espacio resultante como algo vacío y frío, todo lo contrario. La decoración interior recurre a elementos orgánicos y vivos: samples de soul, instrumentaciones (sobre todo de viento) con alma, melodías con raíz en lo analógico ochentero y texturas cálidas y amables; pero sin renunciar, de todas formas, a emprender escaladas de techno y reservar zonas de baile. El álbum hace gala de una uniformidad de sonido considerable durante sus 53 minutos, envolviéndote en su coherencia estética desde la escurridiza ‘Thank God I’m a Lizard’ y su saxo de soledad nocturna, hasta la templada y muy de ocaso ‘R.A.T.S.’, atravesando pasajes que parecen secretos como los de ‘The Knife’, ‘Family Portrait’ o ‘Parallel Sequence’, otros donde lo clubber se encuentra con lo orgánico (‘Wear Me Down’, ‘Project Cybersyn’) o el de ‘Pale Blue Dot’, esa especie de jungla de electrónica doméstica donde la vegetación, aunque abundante, también refleja el espíritu lo-fi. La primera vez que oigan hablar de él lo recordarán por el nombre (les haga gracia o no); en cuanto le dan al play, lo recordarán por su deslumbrante obra inaugural. (Pablo Luna Chao)

Stella Donnelly – Thrush Metal

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Seguirá sucediendo, por mucho que el mundo cambie y lleguen nuevas modas y la juventud descubra otras maneras de expresarse. Seguirá sucediendo que alguien coja una guitarra y, solo con su voz, consiga captar toda nuestra atención. Enmudecernos. La australiana Stella Donnelly explica que intentó grabar las canciones de su debut, Thrush Metal, acompañada de una banda y arreglos más elaborados, por aquello de celebrar que el sello Secretly Canadian quisiera editarlo. Pero que no funcionó. Que sus canciones, dulces píldoras de realidad post-millennial, querían sonar así, solas, reducidas a su esencia, porque era la mejor manera de que transpirara su crudeza, sus dudas, su belleza. Quedó claro en su maravilloso concierto en el Primavera Club de este año. Como la Emmy The Great de los inicios, escondidas entre estas nanas folk se encuentran historias sobre desamor juvenil pero también reivindicaciones feministas y denuncia social. El nuevo folk protesta. (Aleix Ibars)

Superorganism – Superorganism

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Estamos totalmente inmersos en la era de la tecnología, de internet y de las redes sociales y, como cualquier otra época, esto tiene sus pros y sus contras. Quizás lo primero que se me pase por la cabeza sean las múltiples desventajas de este período pero, luego, alegra saber que hay quienes saben aplicar sus virtudes. Y el debut de Superorganism es un claro ejemplo de ello. El colectivo formado por ocho miembros afincados en Londres consigue apropiarse de la estética millennial, los videojuegos y los colores brillantes para confeccionar un pop electrónico que destaca por ser luminoso, original y retro. Samplers divertidos, melodías catchy –cantadas con una gran elegancia por la jovencísima Orono Noguchi– y ritmos adictivos que convierten cualquier canción del grupo en todo un hit. Algo que ya anticiparon con su primer single, ‘Something For Your M.I.N.D‘, y que queda demostrado en el resto de su repertorio (‘Nobody Cares‘, ‘It’s All Good‘, ‘Nobody Wants to Be Famous‘…). Y por si fuera poco, fueron “bendecidos” por Frank Ocean y Ezra Koening. Así que solo nos queda por decir una cosa: Superorganism son una las grandes sorpresas musicales del 2018. (Raquel Pagès)

Tony Molina – Kill the Lights

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14 minutos, menos de un cuarto de hora. Nadie puede discutir que el tercer disco de Tony MolinaKill the Lights, es breve, un visto y no visto, pero, si se repasa su trayectoria, casi puede decirse que es largo: sus predecesores, Dissed and Dismissed (2014) y Confront the Truth (2017), son todavía más fugaces. ¡Todavía! Poco a poco, el californiano ha desarrollado una habilidad especial para fabricar obras diminutas que son mucho más que una anécdota. Kill the Lights cabría en un 7″, pero estamos ante un álbum con todas las letras. No hablamos de una ocurrencia gratuita; ni mucho menos de una frikada. Uno escucha sus diez cortes, un caramelo para fans de Elliott Smith o Big Star, y al instante comprende que cada uno dura exactamente lo que debe durar, ni más ni menos (el más extenso del lote, ‘Look Inside Your Mind / Losin’ Touch‘, no alcanza los dos minutos y medio). Son pequeñas grandes canciones con entidad y significado propios, por imposible que parezca. Ejercicios de síntesis que no tienen pinta de haber sufrido un apaño de última hora por exigencias del guion: no los ha buscado, le han salido. Joyas como ‘Nothing I Can Say‘ o ‘Jasper’s Theme‘ dejan inevitablemente con ganas de más, pero su final nunca es abrupto, no te coge desprevenido. Llega porque tiene que llegar, como el de la relación sentimental a la que Molina le canta sin dar rodeos. En realidad, no sabe darlos: pa esa puta mierda ya no tiene tiempo. (Víctor Trapero)

Troye Sivan – Bloom

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Bloom no es un disco perfecto, pero sí necesario. Necesario porque el pop, en 2018, necesitaba una figura como la de Troye Sivan. Si con Blue Neighbourhood (2015), su más que interesante debut, el exyoutuber y actor australiano se presentó al mundo con una aproximación a la música comercial de lo más delicada y genuina, con este segundo largo emerge definitivamente como un icono queer de la nueva generación posmilenial. Son muchos los artistas LGBTQ+ que a lo largo de la historia han escondido su orientación sexual para llegar al gran público, si no por completo, al menos sí aquellas características de su identidad menos aptas para penetrar en la corriente principal, como podrían ser el amaneramiento o las conductas homoeróticas más explícitas. Sin embargo, en la apertura de este disco (‘Seventeen’) Sivan rememora el flirteo prohibido con hombres mayores a través de la aplicación Grindr, mientras que en el adictivo y burbujeante corte homónimo del álbum (‘Bloom’) nos habla metafóricamente del momento en el que perdió la virginidad por detrás. En este florecer, el artista se ha arropado por productores como Ariel Rechtshaid (Haim), que potencia su lado más tierno en la preciosa balada ‘The Good Side’, con ecos a Sufjan Stevens, o Jam City (Kelela), responsable en ‘Animal’ de un deslumbrante puente que no desencajaría en Blonde de Frank Ocean, además de otros nombres que contribuyen a adornar de nostalgia ochentera canciones tan inolvidables como ‘Plum’, ‘What a Heavenly Way to Die‘ y ‘Lucky Strike’. Destaca además una adorable colaboración con Ariana Grande (‘Dance to This’) que, lejos de pretender asaltar radiofórmulas, se convierte en el himno perfecto para bailar en casa, a oscuras, con tu mejor amiga. Sin olvidar la joya de la corona, ‘My My My!’, una oda al deseo carnal con uno de los coros más memorables que nos ha brindado la música pop en 2018. (Max Martí)

Wild Pink – Yolk in the Fur

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Pasar por alto Yolk in the Fur de Wild Pink sería algo así como que el cielo se volviera púrpura y no querer alzar la vista, o como correr las cortinas de una habitación con vistas; tal vez como verlo a Él o a Ella al final de la barra de un bar, decirte a ti mismo que ahora no estás para esas cosas y largarte, convencido de que allí no has perdido nada. Pasar por alto Yolk in the Fur, si es que todavía reaccionas al indie rock edulcorado, no sería un drama mayor, pero te estarías perdiendo una buena dosis de belleza. En su segundo álbum, el trío de Brooklyn somete sus guitarras y sintetizadores a un estado de timidez casi permanente con la intención de generar una atmósfera aireada en la que John Ross pueda articular esa voz a lo Mark Kozelek que lo dice todo dulce y flojito: que el amor es mejor que cualquier otra cosa en ‘Love is Better‘ o que no sabe qué pasará después (pero espera encontrar la paz) en ‘There is a Ledger‘. Con cierto aire a The War On Drugs pero más oxigenados y minimalistas, Wild Pink se marcan diez temas de piel fina con los que deberías levantar la vista, correr las cortinas o quedarte un rato más, a ver qué sucede, que nunca se sabe. (Lluc Mulet)

XXXTENTACION – ?

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No es un mártir, fue más bien un demonio. La causa irresuelta por dar una paliza a su novia embarazada es imposible de perdonar, teniendo en cuenta que todo indica que las acusaciones son completamente verídicas –Kanye West opina lo contrario, pero las cosas que viene diciendo el Kanye de 2018 son más bien risibles, si no directamente deplorables–. Por eso, aunque X haya muerto asesinado a la tierna edad de 20 años, no resulta lícito ponerlo en un pedestal, al menos moralmente. Lo que tiene el arte, sin embargo, es que una vez creado toma cierta autonomía en relación con su autor, y aunque ciertamente apoyar la obra de según quién es legitimar a esa persona, muchas veces es difícil no reconocer el valor intrínseco de esa obra. En lo artístico, Picasso y Bertolucci son seguramente más meritorios del debate sobre si su obra debe ser motivo de escarnio por su demostrada deferencia y abuso a mujeres que XXXTENTACION, pero el espectacular éxito e impacto que este último ha supuesto en la música y en la cultura de los adolescentes contemporáneos, así como su prematurísima muerte, hacen que se haya ganado un lugar en el foco. Y qué lugar: según Wikipedia, a día 1 de noviembre de este año X acumulaba 41 mil millones de reproducciones en Spotify, siendo el catorceavo artista más streamed del mundo por delante de Ariana Grande, Justin Bieber y Selena Gómez. 17, su primer álbum de estudio, más una mixtape que un trabajo completo, le valió un contrato de seis millones de dólares solo por la exclusividad de la distribución de su siguiente disco ?, que se podría considerar como su primer y único álbum real. Los números son igual de apabullantes: debutó en el número uno del US Billboard 200 y rápidamente fue disco platino certificado. Musicalmente no es gran cosa, y se nota a la legua su pretenciosidad (en la apertura ‘Introduction‘ X dice, literalmente, que debes abrir la mente para poder apreciar su genio). Pero lo que X hizo en ? es a la vez causa y síntoma de toda una nueva escuela de estilo, pregonada por su quinta de SoundCloud rappers y toda su prole: una mezcla bastante divertida y resultona entre trap, emo rock, heavy metal e incluso reggaetón. Es un Tupac meets Slipknot meets Evanescence meets Chief Keef. Desde Juice WRLD hasta Goa, de Billie Eilish a Jaden Smith, hay toda una camada artística que bebe directamente del legado de XXXTENTACION, y muchos no muestran pudor en reconocerlo (La Zowi viene de versionar ‘Moonlight’ en su último EP): para cientos de miles, X es una leyenda indiscutible. (Luca Dobry)

Montero – Performer

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La historia de Bjenny Montero es la del tipo que pasaba por allí. El dibujante que dedica algunas de sus cómics a Mac De Marco decidió un día meterse en el estudio con su compatriota y miembro de Tame Impala, Jay Watson. Existe en el australiano la necesidad de buscar la felicidad en lo anodino, de evitar la enfermedad del personaje de una de sus viñetas, que, postrado en la cama y rodeado de atenciones, alega que todo es una cuestión de tristeza. El músico se presenta en los escenarios envuelto en cuatro trapos sin fecha de caducidad y canta como si fuera un quehacer cotidiano. Con esas premisas, a primera vista insustanciales. ha compuesto un álbum sobresaliente de neopsicodelia. Más expansivo que su anterior The Loving Gaze por la influencia de su nuevo socio en la producción, Performer es un viaje placentero que se inicia a bordo de ‘Montero Airlines’ y continúa sobrevolando el océano sobre las guitarras etéreas de ‘Aloha’. La música de Montero fluye con naturalidad, sin pretensiones ni excesos. Un onirismo preciso con el que el compositor rechaza salir de su hábitat autogestionado dejando clara esa voluntad en los sutiles adornos de ‘Caught Up In My Own World’. ‘Vibrations’ es la perla memorable de este disco y un acercamiento hacia Bowie que hubiera enorgullecido al Duque Blanco. El falsete irresistible de ‘Performer’ o el cierre de ‘Pilot’ con sus bellísimas armonías y su hipnótica línea de bajo vislumbran un sonido que bebe de bandas pretéritas como The 5th Dimension. El nuevo trabajo del polifacético artista afincado en Grecia es su confirmación después de haber firmado canciones notables como ‘Adriana’, una buena solución para aquellos que ante la profundidad magnética de Wooden Shjips o los efluvios electrónicos de Animal Collective tan solo quieren esbozar una complaciente sonrisa. (Carlos Marlasca)

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