02/11/2018

Daniel Boluda se pasea por la edición barcelonesa del festival.

El Primavera Club es un festival extraño. El hermano pequeño del mastodonte, mitad cantera de nuevos prodigios mitad laboratorio de experimentación. Uno se pregunta cómo es posible llevar más de 40 bandas a dos ciudades separadas por 630 kilómetros, cobrar el abono a 25 euros, y sacarle algo de beneficio. 

Yo personalmente hacía tiempo que no iba a un Primavera Club. Aquí tienen la crónica coral de lo que nos pareció la cosa, pero a mí se me ha pedido que haga algo más adyacente. De un tiempo a esta parte me he pasado a abanderar el Sector Pureta de Indiespot. En general, desprecio el reggaeton, el trap me da pocas alegrías, C. Tangana no es mi ídolo y no conecto mucho con el 90% del hip hop mainstream yanki. Estoy aquí en mi casa escuchando Cloud Nothings, encargando el último vinilo de Phosphorecent por Amazon, buscando leaks del último de Anderson .Paak y poniéndole una vela a los próximos discos de Fiona Apple, Bon Iver Chromatics. Wishky en una mano y un revólver en la otra por si alguien que no sea Justin Vernon osa bañarme en autotune. Si ya me odian, no sigan leyendo. 

Mola ir de vez en cuando a Barcelona, no hablar del prusés, que al Madrid le metan cinco mientras estoy allí y encontrarme con viejos amigos. Nada más entrar en Apolo, justo tarde para ver Derby Motoreta’s Burrito Kachimba me encontré con el gran Arnau que publicó aquí sus últimas líneas hace ahora siete años. Amante del guitarreo como yo, me hizo la crónica de lo que me perdí. 

– ¿No has estado? Pues muy guapo tío. Y la sala suena de cojones. ¿No habías venido después de la reforma? 

No, pero estaba a punto. 

Antes, subimos a la uno a ver Conttra, una banda de chicos bien plantados que tocan con brío y tienen un vocalista bastante apañado. Más allá de esas virtudes, poca cosa. Lo de Franz Ferdinand pero tarde y como sin estar muy convencidos ni ellos mismos. Y eso se nota. Pasaron de pronto de estar plantados mirándose los acordes a montar un Mayumaná en cuestión de minutos, como si alguien les hubiese dicho que al show le faltaban fuegos artificiales y esa fuese su apuesta. Solo mi opinión, por supuesto.  

Abajo, acaba de empezar Alaskalaska, banda británica bastante apetecible que vino con todo el equipo, saxo incluido. Entre el público, no se lo pierdan, Antonio Luque, más conocido como Sr. Chinarro: el típico bigardo de metro noventa con pelo rizado que te jode si se te pone delante. Afortunadamente había hueco de sobra. Yo creo que le gustó al bolo a Antonio, y la verdad es que, salvo el momento en quede de pronto quisieron ser Capital Cities, estuvo bien. Y Arnau tenía razón: La (2) de Apolo suena de maravilla.

Tras la sofisticación pop nos dejamos caer por la fiesta caribeña de la Orquesta Akokán, un desparrame de ritmos cubanos ejecutados por una alineación de 12 músicos y un cantante que nos dieron el primer alegrón del festival. Imposible no mancharse con tanta salsa, no contagiarse de tanta vida. Solo por ver disfrutar a esa señora maravillosa de la primera fila ya valió la pena el bolo entero.

Nos cenamos después Gnod para volver con Hillary Woods, un concierto con el que me fue imposible conectar por culpa de los putos habladores. En serio, basta ya. A cada silencio de la artista, el murmullo se hacía evidente. Y la música de Woods tiene varios. La cosa iba a ir a peor con Tirzah, que salió con un look de domingo de Netflix a presentar unas canciones cuya escucha requiere no solo silencio, sino atención. Imposible. Había gente a mitad de pista preguntándose por la puta parentela casi a gritos. Les faltaba pedirle a la artista que parase un segundito de cantar gilipolleces que no se oían entre ellos. En fin, no nos cansaremos de decirlo: a hablar a vuestra casa. Con todo, cuando los benditos bajos ahogaban a los charlatanes, se pudieron ver ahí arriba los trazos de una artista con personalidad y un mundo interior interesante, que no obstante debería ponerle un poquito más de ganas porque a ratos parecía, ella misma, aburrida. Esperemos verla con menos falta de respeto de por medio. 

Pablo Luna, otro de plantilla, tiene la teoría de que muchos estaban ya allí para ver de cerca a Boy Pablo. Me alegro de no haber llegado yo a esa conclusión, porque hubiese entrado en el bolo con el pie izquierdo y no me lo hubiese pasado así de bien. Los noruegos, él de padres chilenos, venían con el cartel de émulos Mac DeMarco y acabaron pareciéndose más a los primeros Los Campesinos! o a Kakkmaddafakka: descarados, capaces incluso de meter un verso de Katy Perry de rondón, y divertidísimos. Comportándose como lo que son: chavales de 20 años que hacen pop hedonista, cobrando y lejos de casa. Pablo, efectivamente, tiene ese algo entrañable de DeMarco y es facilísimo conectar con su alegría. Acabaron el bolo descamisados y desatados se llevaron una ovación merecida. 

Heredó el escenario otro favorito del público, Jimothy Lacoste, que salió con dos gafas, una encima de las otras, y como 20 minutos tarde. Entiendo por qué mola y lo respeto, pero yo me sentí too old for this shit y además tenía la sensación de estar perdiéndome algo bueno con Altin Gün, así que dejé a la chavalada entusiasmada y bajé a esa marcianada filo-retro-turca salida de la cabeza de un belga millennialJasper Verhulst. Este siglo. Acierto total, no solo porque la banda sonaba como un tiro y lo pasamos bastante bien, sino porque siempre enriquece abrir los oídos a algo que no sea rabiosamente occidental. Hay variaciones melódicas ahí que solo hemos escuchado en películas. Esas lineas de bajo no las hace cualquiera. 

Al día siguiente, la buena gente del Primavera nos pidió que nos pasásemos por la Apolo prontito para hablar de su radio. Porque sí, dentro de poco habrá online una radio con programación en español e inglés creada por tu festival favorito. Con sede física, presentadores (variedad, por favor) y la intención de llevar a bandas. No nos contaron mucho más pero el proyecto es para estar atentos porque parece que va en serio. 

De paso, nos quedamos a un coloquio interesante organizado por SEAT con la presencia de dos integrantes del cartel: Jen Cloher (cantautora australiana bien entrada en la cuarentena) y Miran Belhanafi (aka Mad Miran, jovencísima DJ holandesa). En un momento de la conversación, el tema viró hacia los grandes festivales y el feminismo. ¿Se valora suficiente el trabajo de las mujeres en la música? ¿Se las pone con la misma facilidad de cabezas de cartel? ¿Se rellena la parte baja de los carteles con artistas femeninas de la misma forma que se han hecho gobiernos casi paritarios donde todas las carteras de poder (Economía, Interior, Defensa) estaban en manos de hombres? 

Es para mirarlo y la reflexión daría para un libro, así que no me meteré en el jardín, pero sí me alegró ver que lo que yo quería ver fundamentalmente ese día era Okay KayaHalo MaudCrumb y Hop Along, cuatro proyectos liderados por mujeres en un cartel, por lo demás, felizmente repleto de nombres femeninos. 

Empecé la tarde con los franceses Halo Maud, una de nuestras apuestas en el post previo al festival, y no decepcionó. Dulce pero seria, Maud supo construir las atmósferas brumosas pero enérgicas de su disco. ‘Whatever’ fue impresionante y confirmo las bondades de su notable Je suis une île. 

Bajamos después a ver a otra promesa, Kaya Wilkins, que compone bajo el nombre de Okay Kaya canciones que son casi susurros. Lo hicimos con todos los temores del mundo tras la experiencia del día anterior, esperando de nuevo los murmullos imposibles y anticipando la frustración, pero nada de eso. El público mantuvo esta vez un silencio exquisito. En las pausas de las canciones se escuchaba más el zumbido electrónico de los instrumentos mudos que la presencia del centenar largo de asistentes que allí había. Con esa premisa y el buen hacer de la noruega, su concierto resultó emocionante. Como hace en varios de sus videos, jugó a tener sobre las tablas un clon de si misma. Ella tocaba la guitarra y su clon invisible un teclado programado. “¿Vendrías conmigo a que me ponga un DIU? A lo mejor si vienes conmigo, te dejo que te corras dentro”, canta en ‘IUD’. “No soy una alcohólica, pero siempre estoy muy cansada, aburrida y me siento medio mal”, reconoce en ‘Vampire’“¿Bailas como follas? ¿O bailas como haces el amor?”, pregunta en ‘Dance Like U’. Canciones de apenas dos minutos, suaves, sexys, minimalistas y ricas en detalles. Si todas mantuviesen el nivel de esas tres, sería una revelación. Y no, pero promete. 

De Crumb reconozco tener un recuerdo más bien vago y en el bloc de notas de mi móvil solo pone “flojetes”, lo que quiere decir que me aburrí. Digo esto escuchando ‘Recently Played’, de su EP del año pasado, y me imagino a mi mismo ahí bebiendo una caña de esas de a casi cinco euros y pensando lo bien que quedan las luces cuando combinan los colores del logo de Instagram. Creo que en parte fue cosa mía, pero está el negocio del indie guitarrero, siempre a punto de pasar de moda, como para conciertos “flojetes”, la verdad. 

Espero que Crumb se quedasen al alarde de Hop Along, que aplicaron sobre las tablas del Apolo toda la energía que se nos había negado poco antes. Notas de mi móvil, aquí sí: “Vozarrón”, “energía”, “guitarrazzzzza”. De lo primero tiene culpa Frances Quinlan, que suena a la vez a Fiona Apple y a Alanis Morrisette, con una voz rasgada fascinante, llena de expresividad y matices; y de lo último Joe Reinhart, que no tiene nada que envidiarle a los grandes guitarristas del género: rápido, creativo y todo un nervio. Juntos dirigen una banda rodadísima que es puro canon de indie rock. Escuchen ‘How Simple’, ‘Somewhere a Judge’ o ‘The Fox in Motion’, las tres apabullantes en el directo del sábado, y apúntense a la enésima resurrección del género. 

Por motivos que no vienen al caso uno tuvo que recogerse pronto, así que acabamos la noche con Esteban & Manuel, de los que no sabía muy bien que esperar. Vestidos uno de azul y otro de rojo, como en sus videos, los gallegos salieron dispuestos a que se hablara de ellos y a fe que lo consiguieron. La extraña sensación de que estarías riéndote de ellos si los fichan en el cartel de las fiestas de tu pueblo en Segovia dejó paso enseguida al desparrame. Percusiones programadas, punteos tropicales atropellados, tecladitos caribeños… Todo regado sudor, cumbia y autoune hasta el empacho.. La broma acabó en crowdsurfing. Quizás no vuelva a escucharles en la vida, pero me lo pasé como un enano. 

Arrancamos la jornada de clausura del festival con Stella Donnelly y diré que su EP es probablemente lo que más he escuchado desde que acabó el festival. La australiana tiene la capacidad narrativa y la mala hostia de Courtney Barnett y el despliegue vocal de Julien Baker. En serio, canta increíble. Y lo combina con una simpatía un poco loca, mucho sentido del humor y mucha reivindicación feminista. Un combo irresistible. Por si fuera poco, ¡sus canciones son buenas! ‘Mechanical Bull’‘Boys Will Be Boys’ y ‘Mean To Me’ no parecen composiciones de una debutante. Sorpresón. 

Tras ella nos quedamos con Ama Lou, de cuyas virtudes ya hemos hablando y no tengo nada que añadir; pasamos a ver a Cupido, también incluidos en nuestra lista de mejores bolos del festival, amados por este site bendito, y sobre los que me reservo un voto particular (versos dignos del último tramo de Primaria rebozados en el peor autotune y defendidos por una banda, esta sí, sobresaliente, para un resultado global que navega entre el guilty pleasure y la vergüenza ajena), y cerramos con Snail Mail, posiblemente el concierto más esperado del día por muchos. La razón era, obviamente, Lush, el disco debut de esta muchacha de Baltimore y que también a nosotros nos tiene enamorados. Por desgracia, Lindsey Jordan no canta en directo con la maestría del álbum, su banda suena un poco a proyecto de instituto y para colmo, la batería, en concreto el bombo, estaba tan pasado del volumen que disfrutar de aquello se hizo difícil. Indudablemente, ‘Pristine’ moló, pero no creo que el bolo en general llegase a las expectativas de los enamorados del álbum. Con todo, la chica promete y sus canciones molan, así que ya estamos deseando volver a verla y cambiar de opinión. 

En definitiva, una buena edición con conciertos para todos. Presentes los estilos clásicos del festival, presentes los nuevos sonidos y los nuevos talentos y aderezado todo con propuestas como la de la Orquesta Akokán o Altin Gün para celebrar la música, explorar fronteras menos transitadas, y sacar al indie de su zona de confort. Irreprochable. Per molts anys.

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Foto. Daniel Boluda   Festivales. Opinión
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