01/11/2018

La catalana hace historia presentando El Mal Querer en una abarrotada Plaza de Colón.

Justo cuando se cumplen solo cinco meses (¡cinco!) desde que el tsunami Rosalía comenzara a crecer de verdad a raíz del estreno de ‘Malamente‘, seguido después por el de ‘Pienso en tu mirá‘, uno podría pensar que ya está todo dicho sobre la catalana, que parece haber condensado en un período de tiempo supersónico los hitos que cualquiera soñaría con alcanzar en toda una carrera. Aportar algo nuevo sobre el fenómeno es, básicamente, misión imposible.

Su irrepetible escalada ya ha dejado por el camino una colaboración con J Balvin y un encuentro en el estudio con Pharrell, un salto a la todopoderosa Sony, una entrevista en Pitchfork, un anuncio en Times Square, una multinominación a los Grammy latinos, una actuación en el icónico plató de Jools Holland o un premio a mejor vídeo de música pop en los UK Video Music Awards, por no hablar de las primeras críticas del disco (5 entusiastas estrellas en The Guardian), de las insta-declaraciones de amor de Kourtney Kardashian o Emily Ratajkowski o el fichaje por la próxima película de Pedro Almodóvar: da la sensación de que se ha pasado el juego antes incluso de dejar atrás la versión demo. Lo ha hecho, además, trazando una trayectoria transversal que la saca echando leches de guetos elitistas. Después de que su vida y obra se hayan colado en espacios tan aparentemente poco cool como ¡Ahora caigo! o Tu cara me suena, es posible que tu abuela también conozca a Rosalía.

Todo ha ocurrido con El Mal Querer, su segundo álbum, producido con la ayuda de Pablo Díaz-Reixa aka El Guincho, guardado a cal y canto, milagrosamente a salvo de filtraciones. El mundo (no es una hipérbole) ha comprado el piso por adelantado: un par de fotos tiradas con gracia y el ángulo ideal han bastado para que adelantemos la primera mensualidad, tres meses de fianza, la custodia de nuestro primogénito varón y lo que fuera que se nos pidiera. Industria, crítica y público convergen de un tiempo a esta parte en un inédito acto de fe global que ha situado a la artista, de 25 años, entre el bien y el mal, en una especie de limbo imaginario en la que ella decide cómo dosifica la información y, por lo tanto, mantiene el poder.

Quizá por poco tiempo: mañana, 2 de noviembre, llegará a las tiendas El Mal Querer, que por fin se materializará en algo tangible. Autora y obra se enfrentarán al mundo real y será momento de que cada uno compare la imagen que había generado en su cabeza (con la ayuda de los dos consabidos adelantos y un tercero, ‘Di mi nombre‘, estrenado sobre la bocina) con la que finalmente recibirá. Anoche, en el centro de Madrid, en plena Plaza de Colón, la autora de Los Ángeles pudo empezar a comprobar cómo es ese cara a cara con la realidad. Expuesta a la calle, al pueblo; en un evento gratuito, democrático, abierto por igual a curiosos, haters o fans incondicionales, que, a estas alturas, la chica ya tiene de todo.

Visto lo visto, escuchado lo escuchado, hay motivos para mantener la expectación depositada en el producto final que entregará Rosalía en solo unas horas, aunque conviene marcar cierta distancia entre cómo ha sido concebido El Mal Querer en su versión de espectáculo en vivo y cómo parece haber sido concebido en el estudio de grabación. Dos conceptos que se complementan y retroalimentan, aunque bien podrían ser disfrutados por separado, de forma independiente.

Fueron testigos las 11.000 personas que agotaron las invitaciones en media hora y todo aquel que quisiera seguir la experiencia a distancia en la retransmisión en streaming para todo el globo. Una cita histórica en la que ya había mucho en lo que fijarse bastante antes de que la de Sant Esteve de Sesrovires asomara. Imposible no reparar, en cuanto uno pisaba el recinto, en la imagen más potente y provocativa de todo el show, quién sabe si accidental: el banderón de España que preside la plaza, con sus casi 300 metros cuadrados, eclipsado por la imagen a tamaño gigante de la opositora a nuestro símbolo nacional más internacional. Los tres cuartos de hora de retraso respecto a la hora fijada dieron para que, a modo de declaración de intenciones, como reivindicación de ese libro de estilo en el que caben chándal y vestido de cola, en la megafonía se dieran el relevo homenajes flamencos de todos los colores y éxitos urbanos de nueva hornada, de Lole y Manuel a Kaydy Cain.

En algún punto entre esos dos mundos se ha instalado Rosalía en esta etapa post-Los Ángeles, aunque la perspectiva cambia dependiendo de quién opine al respecto. Los aficionados al flamenco de larga trayectoria, como los que se encontró a finales de septiembre en la Bienal de Sevilla, no le terminan de ver el duende por ningún lado; para los miles de adolescentes que llenaron Colón, es, sin duda, la rareza folclórica de su Spotify; la protagonista de todo esto, a la que nadie parece escuchar en mitad de la discusión cruzada, por su parte, admite no ver tantas diferencias entre su material grabado en compañía de Raül Refree y el ideado junto a El Guincho.

Quizá el contenido de una y otra gira no difiera, efectivamente, tanto como la aparición de ‘Malamente‘ podía hacer pensar, pero el continente no admite comparaciones. De la anti-puesta en escena con la que desfiló por teatros y auditorios hace no tanto, a una exhibición audiovisual en la que todo cuenta. La vimos dirigirse hacia el escenario desde el backstage a través de las pantallas en un paseíllo casi pugilístico y, entonces, arrancaron 45 minutos de una originalidad pocas veces vista por aquí. Minimalistas y, al mismo tiempo, atiborrados de ideas. Escoltada por El Guincho, un par de cantaoras, unos palmeros y su nutrido cuerpo de baile, Rosalía, agradecida y emocionada, trazó conexiones en todas direcciones, con lo de aquí y lo de allá (visuales de anime incluidos), con el tablao y el polígono, con internet y la calle, con lo ya hecho y lo que todavía está por venir. Incluso con su propio pasado y futuro: la sobriedad de una ‘Catalina‘ casi a capela contrastó con la exuberancia de la todavía inédita ‘Bagdad‘ o, sobre todo, de ese hit de estribillo irresistible (“esto está encendío”) que, al parecer, no estará incluido en el tracklist de El Mal Querer.

Las ya conocidas ‘Pienso en tu mirá‘ y ‘Di mi nombre‘, memorizada en tiempo récord por la masa, fueron recibidas como himnos, pero ni siquiera marcaron los principales hitos de la noche. En contra de lo que suele ocurrir en este tipo de citas comunitarias, la mayoría de los presentes no parecían querer cantar, sino descubrir, debatiéndose entre el silencio sepulcral y la celebración de cada meneo de cadera, la siguiente sorpresa, el siguiente truco, la siguiente revelación, el siguiente spoiler de lo que nos encontraremos definitivamente a partir de mañana en un álbum que ya ha marcado un antes y un después en nuestra escena sin todavía haber visto la luz. La experiencia vivida ayer, la sensación de estar asistiendo al nacimiento de algo importante, aplasta el ya sobado debate que intenta aclarar si lo que hace Rosalía merece llamarse flamenco o no. Llegados a este punto, los misterios por resolver en torno a ella van mucho más allá de etiquetas. Las preguntas que más de uno debió plantearse cuando desapareció después de ‘Malamente‘ son tan rotundas que casi da miedo dejarlas aquí por escrito.

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