28/10/2018

Crónica de un festival en Israel.

Por Lluís S. Ceprián

InDnegev es el festival alternativo más famoso de Israel. Uno de sus atractivos principales es la ubicación en mitad del desierto del Negev, al sur del país. Pero allí, todo el mundo se congratula por la experiencia de vivir un evento que va más allá de lo meramente musical. Así que quisimos contagiarnos, tratando de quitarnos prejuicios, encarando la vivencia con predisposición virginal.

Para empezar tratamos de contextualizar: el éxito del festival entre el público ha sido creciente, e incluso desbordante en los últimos años –en cuatro ediciones prácticamente se ha duplicado el espacio ocupado por las instalaciones-. Y es que la filosofía de los campamentos de verano se aplica al concepto de festival indie. La fórmula funciona, ¡y de qué manera! Debido a las fechas en las que se celebra -casi mediados de octubre-, la temperatura es más soportable. Equivaldría a la que tenemos aquí, a finales de junio. Todo un lujo, vaya.

Antes de continuar hay que apuntar que el concepto “indie” en Israel no es igual que el que tenemos nosotros aquí. Allí se etiqueta como “indie” a prácticamente todas las músicas fuera del espectro de las radiofórmulas –aunque esto ya sabemos que últimamente está dejando de ser así, ya que cada vez hay más vasos basculantes entre ambos mundos–. Es por tanto un concepto más amplio a nivel estilístico y engloba desde músicas con un poso tradicional importante, pero con bases electrónicas o pulsión rapera, a proyectos de death metal, house, trap, kraut rock, fuzz rock, psicodelia, kretzner y música árabe. Vendría a ser todo el abanico de músicas alternativas y mucho más.

Si el festival se caracteriza por tener unas señas de identidad estilística muy poco marcadas, lo mismo sucede con el target que lo consume. Aunque la mayoría sea gente joven, de 20 a 30 años, también hay un gran número de familias. De hecho, es un festival con constante presencia de niños por todos lados. Tampoco es raro encontrarse con abuelos y abuelas, algunos de ellos sin compañía alguna, pero como he dicho antes, lo que vale aquí es la experiencia.

Jueves. El día de la toma de contacto

Aunque los proyectos más interesantes estaban programados para el viernes, el primer día nos dejó alguna que otra sorpresa. Como fue el caso de los Crunch 22 Ft. Hahalutsim, un proyecto que impactó, sobretodo en la primera parte del concierto, cuando se presentaron como trío, cuyo set lo conformaba un órgano vintage, una batería y un DJ que iba lanzando fragmentos de ritmos y de voces. El resultado se asemejaba bastante a los temas instrumentales de DJ Shadow, con un poso sonoro setentero. Pero la segunda parte del concierto la hicieron con una pareja de raperos que no hicieron más que restar. Una lástima porque había empezado de maravilla. Antes, a WC les había pasado lo mismo sobre ese mismo escenario. Empezaron bien, con una propuesta que combinaba guitarras con electrónica y que se movía por las tierras movedizas de la escuela berlinesa de Moderat, pero luego se desinflaron con una peculiar visión multioscópica que acabó por abrumar más que enriquecer. Por último, nos quedamos con la propuesta de Alek Lee live band, que ofrecía una combinación de groove con post punk de ritmos de bajo robustos y redobles de batería, que nos remitían a los buenos tiempos de Franz Ferdinand.

Pero antes de seguir con los conciertos nos dimos una vuelta para ver que otras señas de identidad detectábamos en este variopinto festival en medio de la nada. Para empezar, vimos que el compromiso con el medio ambiente es altísimo: todo el mobiliario usado era a base de material reciclado. La limpieza era una de las características más reseñables. Y es que además de los servicios de limpieza que llevaban a cabo grupos de voluntarios, estaban algunos padres con sus hijos que se dedicaban a recoger colillas y vasos vacíos y llevar a los puntos de recogida -un hecho realmente curioso-. También había una exposición fotográfica, instalaciones y esculturas repartidas por el recinto. Pero lo que me llamó la atención fue un espacio adyacente en el que además de haber un bar con todo tipo de productos saludables, también había una carpa dedicada a la oración, y otro espacio donde se impartían charlas y se hacían reflexiones entorno a temas espirituales.

Fiebre del viernes noche

Aquí los horarios son diferentes a lo que estamos acostumbrados. A las 9:30 h de la mañana, los altavoces instalados en la zona de acampada se conectan con la primera sesión de la jornada, que para este día se dedicó a sonidos jamaicanos pretéritos. El maestro de ceremonias fuer Kore Dada. El trap estuvo muy representado a lo largo de la jornada del viernes. Primero, con la sesión-espectáculo a cargo de Katlan que concentró al mayor número de adolescentes de todo el festival. Lo suyo no iba más allá de una DJ que pinchaba con su ordenador portátil y que de vez en cuando disparaba algún efecto. La gracia residía en la comitiva que le acompañaba, consistente en un crew de desaliñados que compartían su fiesta con el resto de la muchachada. Luego fue momento para los estiletes del género en aquel país: Zulud, con un espíritu muy canalla y muchos más puntos en contacto con la tradición del trap del norte de África que con el norteamericano. Y, por último, en el escenario central, Eden Derso & Dj Mesh, estos en cambio mucho más americanizados, presentaron una propuesta a medio camino entre la sesión de DJ y el espectáculo con cantante invitada. Sonaron muy sofisticados y consiguieron lleno absoluto.

También hubo tiempo para propuestas más “convencionales”. Acollective se presentaron como una suerte de banda a medio camino de los actuales Editors y los primeros Phoenix; entre ambas cotas se movieron, en uno de los conciertos con mayor despliegue de recursos lumínicos. Peled, que cogió el testigo, en cambio propició un espectáculo anclado en el rock de los 60, con un repertorio clásico con referencias a Jimi Hendrix, The Animals, Grad Funk, Bo Diddley, Iron Butterfly… Por lo visto se trata de uno de los múltiples proyectos de uno de los trotamundos más importantes de la escena rockera israelita, un tipo que lleva en el negocio desde los 70, y que todavía se atreve a seguir la estela de nuevos revitalizadores del rock psicodélico como Tame Impala.

El desenlace

La última jornada, la del sábado -que en Israel es como el domingo en España- transcurrió mucho más sosegada que las dos anteriores. Eso no quiere decir que no hubiera movimiento en el recinto desde las 9:30 horas de la mañana. Sí, sí. Suena todo muy raro, pero a partir de las 7.30 h el sol empieza a achicharrar, y una hora más tarde se hace prácticamente imposible permanecer dentro de la tienda de campaña. Así que lo mejor es dejarse llevar por el ritmo del campamento, y eso es pasar por el WC, y luego hacer cola para usar las duchas, que como en muchos otros festivales, están al aire libre. Resultaba curioso ver tan clara la obviedad de la diferencia entre sexos: a un lado los hombres se disponían en múltiples filas apelotonadas junto a los distintos surtidores de agua, y justo al lado, las mujeres se disponían en una única y ordenada cola. A nivel musical, pasamos de un extremo a otro, con peajes en Tamarada y su afrobeat con pop, JonZ y su propuesta de indie-folk de ínfulas electrónicas lo-fi, y The White Scream y su máquina robusta de hacer rock stoner.

A partir de ahí, poco a poco, el festival se fue apagando, y lo digo en sentido literal. Uno a uno los escenarios fueron dejando de tener programación, mientras que la gente se retiraba a la zona de acampada a recoger la tienda, los fogones, las ollas, los sofisticadísimos sistemas de alumbrados de leds que hacían de este espacio todo un espectáculo de luces nocturno, y numerosos cascos de botellas de cerveza, que habían permanecido durante los tres días milimétricamente bien dispuestos en batería junto a las tiendas, a modo de micro menhires de bienvenida. Además, las barras habían dejado de vender alcohol cuatro horas antes de la finalización del último concierto. ¿Por el Sabbath?, le pregunté a uno de los camareros; él me contestó que no, que lo hacían para asegurarse que nadie conducía bebido de vuelta a casa. Así se acabó la edición de este año del festival, mientras en el cielo rompían la barrera del sonido los enésimos cazas del ejército israelí.

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Foto. Gaya Saadon   Festivales
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