23/10/2018

Crónica de la presentación en Barcelona de su séptimo disco, Bottle In, junto a su banda The Violators.

Kurt Vile podría ser el típico bicho raro, un ser ensimismado en su propia obra que habita mundos sonoros solitarios y solo siente conexión con el instrumento. Pero lejos de ser así, a sus 38 años encaja a la perfección en los moldes de la música rock de nuestra generación: de grabar CD-Rs de baja fidelidad mediante guitarra, amplificador y técnicas de dormitorio hace ya una década hasta el reciente Bottle In, su más ecléctico y pulido séptimo álbum de estudio, el músico ha logrado ganarse prácticamente a todo el mundo; de melancólicos del espíritu de las radios de rock clásico de los 70 a indie rockers que encontraron cobijo en bandas como Sonic Youth, Dinosaur Jr. y Pavement pasando por acólitos de Neil Young, Tom Petty o John Fahey. Y así lo demostró ayer lunes, junto a sus Violators, en una sala Apolo al borde del sold out, en un concierto que fue precedido por el delicioso folk de las californianas Meg Baird y Mary Lattimore –quien toca el arpa en el disco de Vile–, y que congregó a un público de casi todas las edades.

Potenciando su pose de slacker-rocker, enfundado en una vieja camisa de cuadros y con la melena cubriéndole parte del rostro, el estadounidense escatimó en cuanto a carantoñas y guiños a su público, dejando que fuera únicamente su música la responsable de convencer, cambiando de guitarra a cada tema y conformando un repertorio para todos los gustos; aunque arrancó con el primer sencillo del nuevo álbum ‘Loading Zones‘, ligeramente psicodélico, rápidamente volvió a las andadas con la brillantez hipnótica de ‘Jesus Fever‘ de Smoke Ring For My Halo (2011). La evolución entre cada álbum de Vile desde sus inicios hasta hoy se ha hecho más que evidente, pero el de Filadelfia hace de sus conciertos un ente cohesivo, casi como si todas las composiciones formaran parte del mismo disco. Quizá el único problema radica, precisamente, en que sus bolos acaban siendo tan Kurt Vile que no siempre es posible seguirle con la concentración que merecen su carismática voz, su habilidoso fingerpicking y el magistral acompañamiento instrumental. Porque es imposible, como comprobaríamos en la hora y media de duración, sacar a Kurt Vile de su propio mundo. Si te gusta, quédate.

Además de la mencionada ‘Loading Zones‘, solo cuatro serían las canciones de su nuevo trabajo que saltarían a la palestra a lo largo de la velada: la interesante ‘Bassackwards‘ y sus riffs de guitarra desorientados y sin rumbo, una desmelenada ‘Check Baby‘ con un sonido ciertamente más estruendoso y eléctrico del que nos tiene acostumbrados, una ‘Cold Was The Wind‘ donde encuentra más texturas que nunca y la reposada pero excesivamente lóngeva ‘Skinny Mini‘. De su mejor obra –y ya icónica– Wakin On A Pretty Daze (2013), por otro lado, rescataría el pegadizo corte homónimo, la maravillosa ‘Goldtone‘, ‘Girl Called Alex‘ y ‘KV Crimes‘, mientras que con ‘Hey, Now I’m Movin‘ nos recordaría aquel EP de 2010, Square Shells, y encontraría su momento más íntimo y desnudo junto a ‘Runner Ups‘, tema que ejecutó completamente solo a guitarra y armónica. Después de ‘Wild Imagination‘ de b’lieve i’m goin down… (2015), la banda regresaría una única vez para interpretar un himno de esta década que no podía faltar, ‘Pretty Pimpin‘; esa canción en la que Vile se mira al espejo, no se reconoce y nos dice que está «a mil millas de distancia«. Y lo está, pero pese a todo, él es capaz de conectar no con una, sino con dos, tres o incluso más generaciones.

 

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Foto. Pablo Luna Chao   Conciertos
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