23/10/2018

Crónica de un nuevo paso del artista por Madrid: sigue el idilio.

No, en serio, voy a ser sincero. Os quiero”. Ya sabemos, porque nos lo ha contado él otras veces, que a Damien Jurado le gusta España. Él mismo no se lo explica muy bien, es una sensación. Se siente como en casa a pesar de ser de Seattle, ciudad de diluvios constantes, como sabemos por Anatomía de Grey. “Esto es el desierto”, compara. Asegura el americano no regalarse en halagos en otros lugares de Europa. “Jamás he dicho en Alemania que les quiero. Ni en Reino Unido. Ni en Francia. Especialmente no en Francia”. Risas y aplausos. Tardaron en aparecer las primeras, extrañamente, porque Damien Jurado es un tiempo tierno y serio, pero también entrañable y divertido, con el sentido del humor socarrón y autorreferencial de quien lleva en este oficio más de media vida.

En esta ocasión vino a aprovechar el día de descanso de West Side Story, el musical que el resto de la semana ocupa las tablas del Teatro Caser Calderón (anteriormente conocido como Teatro Häagen Dazs Calderón y futuramente conocido quizás como Teatro KH7 Calderón, según se pague) para presentar su trabajo anual. Uno tiene que reconocer que iba un poco emocionado porque el concierto estaba anunciado como “con banda” y ya se imaginaba ahí un sexteto curtido interpretando íntegramente el excelente The Horizon Just Laughed (Secretly Canadian, 2018)la enésima referencia sobresaliente de Jurado en lo que va de década, pero había cosas que no cuadraban: el precio (20€ más gastos), y el propio hecho de estar de prestado en un teatro entregado a “el clásico de Broadway”. Y en efecto, nuestras sospechas se confirmaron cuando la “banda” resultó ser un señor: Josh Gordon. Que no ejerció siquiera de hombre orquesta y se limitó a acompañar a la guitarra y a dar apoyo moral.

Quizás por eso arrancó el concierto un poco frío. Jurado abrió con ‘Ohio’, uno de los muchos bellísimos clásicos que tiene en la manga, como recordándonos que en cualquier momento podía tirar de repertorio y matarnos solo con su voz y su guitarra. Pero cuando se metió en la harina de su último trabajo, de nuevo delicadísimo y exquisitamente dispuesto, no pude evitar echar de menos pianos, baterías y arreglos. Una de las formas en las que se podría dividir el repertorio de Jurado sería en: 1) canciones que quedan mejor cuando las toca guitarra voz (‘Ohio’ es buen ejemplo); 2) canciones que molan mucho con banda pero que son tan buenas en su esencia que desnudas funcionan igual de bien  (‘Sheets’); y 3) canciones que definitivamente son mejores con banda. El problema es que el repertorio reciente de Jurado tiene bastantes de la últimas y ‘Allocate’, que abre su último álbum y siguió a ‘Ohio’ en el setlist de anoche, es una de ellas.

Costó pues hacerse a la idea de que veníamos a un recital íntimo en un teatro inmenso que escondía en bambalinas los secretos de un musical de palomitas y Coca-Cola. Ayudó la sensibilidad de Jurado, silencioso en el arranque del concierto, susurrando casi ‘Dear Tomas Wolfe’, la juguetona ‘Percy Faith’ y sobre todo ‘The Last Great Washington State’. Escucharla así, esquelética, en silencio sepulcral de este teatro prestado, fue un privilegio. Casi como si estuviésemos viéndola nacer. Como si esa fuese la primera vez que le salía de las manos tras retocarle la letra y ajustar los acordes. Y se nota que hay algo distinta en ella para él.

Cuenta un usuario de Genius que Jurado habló sobre la canción hace unos meses en un concierto. Se trataría de una canción que habla en parte de su mudanza, del estado de Washington, cuya capital es Seattle, a California, donde vive ahora («Quick to leave town / Is it how you imagined it? / Alone with your ghosts, and the question mark protagonist / Leaving you in deserts in search of the answers«). Una carta de amor a la tierra en la que vivió más de 30 años, pero también la radiografía de un momento de gran tristeza en el que, según el relato de este usuario, Jurado se planteó acabar con su carrera e incluso con su vida. Lean este escalofriante verso: “They missed when you died / So they’re hitting rewind / What good is living if you can’t write your ending? / You’re always in doubt of the truths you’re defending”.

Y es que Jurado no lo ha pasado bien últimamente. Hace unos años el alcoholismo se llevó a su amigo Jason Molina y hace solo unos meses la misma enfermedad se ha llevado al su socio y mejor amigo, Richard Swift, del que no es exagerado decir que ha cambiado para mejor su carrera y ha producido algunos de sus mejores discos. Jurado le dedicó el speech más largo de la noche, un discurso en su memoria donde habló del extraordinario ser humano detrás del músico alcohólico y en el que tuvo que pausarse varias veces quizás para que no escuchásemos quebrársele la voz. Acabó ocurriendo inevitablemente cuando cantó ‘The Novelist’, obra del propio Swift, rescatada en homenaje y uno de los momentos más emotivos de la noche.

Tras aquello, todo pareció más conectado, artista y público. Nosotros menos fríos, él más desatado, metiéndole un poco de luz al show con ‘A.M A.M’ y ‘Exit 353’ del no suficientemente reivindicado Visions Of Us In The Land. Tras el paréntesis, Jurado aceptó la única petición de la noche, ‘Working Titles’, que aseguró no haber tocado en mucho tiempo. “Si no recuerdo la letra va a ser culpa tuya”, le espetó a la peticionaria. Pero se acordó y nos dejó helados. Son canciones como esa, o la mágica ‘Museum of Flight’, que tocó a continuación, las que quedarán probablemente dentro de medio siglo cuando alguien rescate su repertorio, clásicos inmediatos que son música en su esencia más pura.

Ya sin “la banda” para el bis, Jurado se atrevió solo con ‘Silver Donna’, que aceptando mi propia clasificación anterior podría ser ejemplo inmejorable de las “canciones que mejor con banda”. Pero el tipo se inventó un final silbado y con percusión de mano sobre pierna que fue brillante. Tras la ovación por ataque de minimalismo, Jurado redobló la apuesta, se apartó del micrófono, nos cantó ‘Kola’ mirándonos a los ojos (“I will remember you the way you are right now”, como si no fuese a volver nunca, dios no lo quiera), de pie y sin bandolera, y se fue por donde había venido. Grande como siempre.

mde

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