16/10/2018

26 discos que recordaremos de estos últimos seis meses.

Arctic Monkeys – Tranquility Base Hotel + Casino

Tranquility Base Hotel + Casino es un disco fantástico. Es inspirado, poético, rico en matices, apabullante interpretativamente. Suena apasionado, más que cualquier interpretación anterior de Alex Turner, incluso junto a Miles Kane. Es una borrachera plácida, una calurosa noche de verano, una fábula borrosa que combina fantasía, actualidad y un monólogo interior de nuestro narrador, que se abre aquí como nunca lo había hecho. Escuchando las 11 baladas de Tranquility Base Hotel & Casino, uno tiene la sensación de que Turner es un hombre de 60 años atrapado en un cuerpo de 32. Y no es, como dirán sus detractores, porque haya hecho un disco “aburrido” o “monótono”, sino porque todo en este disco desprende una visión nostálgica y serena, entre el cinismo y la revisión, casi como el que ya está de vuelta de la vida. Sin ser explícitamente un disco conceptual, sí hay un concepto detrás del disco: Tranquility Base es el lugar donde aterrizó el Apolo 11 en el primer viaje exitoso a la Luna, y aquí Turner se imagina un futuro cercano en el que la colonia humana ya ha construido allí “un vulgar templo del consumo” como es un hotel con casino. No hay ninguna trama central que convierta el disco en una serie sobre un hotel en la Luna, pero la idea se repite lo suficiente a lo largo de las canciones como para tomarlo en serio: además, Turner ha explicado que la decisión de llamarlo así es porque considera que sus discos favoritos se convierten en lugares que puedes visitar y que te acogen, y quería darle esa pátina a este. Lo ha conseguido. (Crítica completa) (Aleix Ibars)

Bakar — Badkid

Nadie pensaba que el indie podía ser resucitado de su terminal sentencia como moda que ya fue. Pero en Londres las guitarritas aún tiran fuerte –algo que con el legendario historial que allí tienen, es comprensible–. Aquello que hace relevante a un género, a un medio de expresión, a un estilo, es lo oportuno de sus modos para vehicular los temores y deseos de la generación más joven que intenta divertirse y rebelarse contra el perverso mundo que les ha sido dado. El indie tuvo un breve período de rebeldía relevante, y en Londres tuvo embajadores tan vibrantes como The Libertines. De hecho, la estética Pete Doherty, que no el indie en general, ha preservado su aura de coolness en el underground londinense. Pero a pesar de ciertas excepciones, el indie (o el mundo guitarritas más ampliamente) siempre ha sido aquí algo predominantemente blanco, lo cual lo convertía en un espacio no del todo adecuado para ser el género joven bandera de una metrópolis como ésta. Hace solo unos diez años que los chavales negros del grime han empezado a juntarse con los blancuchos del trash rock –Skepta recuerda esos tiempos “when whites never used to mix with blacks”– y eso ha generado una ola cultural nueva cargada de energía fresca e inclusiva: “Now all my white niggas and my black mates, we got the game on smash”. Bakar es precisamente el resultado de esto: un chaval que a primera vista parece el enésimo grime mc de North London, pero que en realidad es la reencarnación de la mejor escuela del rock británico: actitud punk, conoisseur de la moda, vida amorosa maldita, cierto comentario político, y en general letras inteligentes y mucho carisma. Su debut es una joya precisamente por lograr canalizar todas las influencias dispares que un chaval como él absorben en un mundo como el suyo. La herencia del rock, la influencia del grime y del trap, la androginia, la internacionalidad metropolitana, la preocupación por la moda, la presión policial, etc. Badkid suena a Londres casi más que ningún otro proyecto publicado este año. Es un lugar de encuentro para toda una generación, y ya ha recibido el cariño de Elton John, Virgil Abloh, Skepta y M.I.A. Incluso nuestro patrio C. Tangana se pasó una semana compartiendo screenshots de las letras del álbum cuando salió en mayo. Veníamos necesitando un Bakar. (Luca Dobry)

Beach House – 7

Frente a la opción industrial, uno de los grandes encantos de Beach House reside en la forma que tienen de crear canciones como si fueran artesanos: éstas se parecen mucho unas a otras, pero todas son únicas y distinguibles por su “imperfecta” manufacturación. Impera la mano del obrero, su sello estético inconfundible, que tras siete discos se ha convertido en uno de los cánones imprescindibles del drampop. No obstante, estamos ante uno de los trabajos más heterogéneos del dúo de Baltimore en cuanto a sus formas, que ya es decir. Desde los arrebatos pseudo-shoegazers de ‘Dark Spring’ y ‘Dive’ al aire espacial de ‘Woo’, pasando por la textura hipnotizadora de ‘Black Car’, 7 presenta muy ligeras pero suficientes novedades como para que todo siga igual. Como esos primeros versos en francés interpretados por Victoria Legrand en ‘L’Inconnue’, o el inicio viciado de ‘Lemon Glow’. En cualquier caso, la fragancia embriagadora de los Beach House más tradicionales siempre acaba imponiéndose: en la languidez imperturbable y feliz de sus atmósferas, en la caída armónica de sus escalas melódicas y, cómo no, en la confluencia de voces ásperas susurrantes, teclados y guitarras acarameladas. Características expuestas, fundamentalmente, en temas aparentemente secundarios como ‘Pay No Mind’, ‘Drunk in L.A.’, ‘Lose Your Smile’ o ‘Girl of the Year’: una serie ser joyas artesanales que, bien engarzadas en el conjunto, pueden situar perfectamente este álbum en el top 3 de toda la trayectoria de la banda. (Pablo Luna Chao)

Big Red Machine – Big Red Machine

Pocos proyectos paralelos y colaborativos habían dado como resultado la suma exacta de sus partes como este. Sí es el caso de Big Red Machine, esa aventura surgida de forma natural entre Justin Vernon (Bon Iver) y Aaron Dessner (The National), fruto de sus constantes encuentros para construir reductos en los márgenes de la industria musical y de festivales actual: la plataforma de streaming sin ánimo de lucro PEOPLE (con su propio festival en Berlín), el festival Eaux Claires en Wisconsin… Todo orbita alrededor de las figuras de Vernon y Dessner, convertidos con Bon Iver y The National en pilares de la escena independiente masiva y convencidos de aprovechar su posición privilegiada para plantear nuevos modelos. Big Red Machine se enmarca en esa filosofía, la de crear un proyecto común en el que puedan colaborar otros artistas y que sea algo así como un organismo viviente, en constante evolución. El primer paso ha sido Big Red Machine, disco de 10 canciones que suena, como decíamos, a la mezcla exacta entre el Bon Iver post-22, A Million (experimental y cautivador a partes iguales) y la épica marca de la casa de The National. El resultado, lejos de lo que podíamos temer, es un disco deliciosamente accesible y estimulante a partes iguales, que probablemente contentará a los fans de ambos lados gracias a perlas instantáneas como ‘Deep Green’ o ‘Lyla’ y a viajes atmosféricos como ‘OMDB’ o ‘Forest Green’. (Aleix Ibars)

Blood Orange – Negro Swan

En 2016, Devonté Hynes aka Blood Orange alcanzaba con la salida de Freetown Sound el que para muchos, parecía, su estatus definitivo como artista y persona. Sin embargo, con Negro Swan, su nuevo y para muchos inesperado disco de estudio, Blood Orange vuelve a sorprender y subir un peldaño más en su particular cima, regalándonos su disco más introspectivo y vital hasta la fecha. Repleto de influencias del jazz, el soul, el gospel y el hip hop, Hynes se reafirma como una de las voces más destacadas e importantes del pop y el R&B en un disco brillante, a la deriva y que confronta la discriminación frente a las minorías, y en especial, la comunidad negra. Indaga en la que él llama, la depresión negra”, en sus propios traumas y experiencias y también en los de la comunidad queerCon apariciones estelares de figuras tan interesantes como las de Tei Shi, Janet Mock, P Diddy, la activista trans Janet Mock, A$AP Rocky, Steve Lacy (The Internet) o el cantante de góspel Ian Isiah, con Negro Swan Blood Orange hace toda una declaración de intenciones, adentrándose en nuevos terrenos aún manteniendo su estética y capacidad emocional. (Irene Méndez)

Cardi B – Invasion of Privacy

Del club de striptease a la cima del Billboard 200. De las pandillas del Bronx al cartel del Coachella. De un turbulento reality show a desvelar su embarazo en Saturday Night Live. Nadie negará que Cardi B, quien tras el éxito de su sencillo ‘Bodak Yellow’ protagonizó uno de los ascensos más meteóricos que se recuerdan en el mundo de la música, ya es un fenómeno cultural en sí misma. Y aunque en parte eso se debe a su personalidad implacable, descarada y carismática, su predominancia como rapera en el todavía hipermasculinizado panorama musical de 2018 no se sustentaría sin las toneladas de talento que demuestra en su debut largo, Invasion of Privacy, donde fluctúa entre el trap y el pop mediante una estética lista para ser consumida y asimilada por las masas y, al mismo tiempo, desvela una narrativa divertida, inteligente y provocadora. Se acabaron los filtros de Instagram: Cardi no se avergüenza de su pasado (‘Get Up 10’), pero en su relato hipermaterialista se vanagloria de enfundarse en un Versace y aparcar su Bentley (‘Money Bag’). Sin embargo, también muestra sus aristas y complejidad en ‘Be Careful’, donde adopta una actitud amenazadora respecto a su amante infiel mientras samplea a Lauryn Hill; en ‘Best Life’ en colaboración con Chance the Rapper, donde se regocija del éxito de su perseverancia frente a quienes la querían ver caer; o en ‘I Do’ junto a SZA, una reflexión sobre sentirse una mujer emancipada y triunfadora. Además, la neoyorquina no olvida sus orígenes colombianos y se deja abrazar por dos eminencias del sonido latino de nuestros tiempos, J Balvin y Bad Bunny, para reformular con desparpajo a Pete Rodriguez en ‘I Like It’, temazo indiscutible de este verano. Su reinado ha empezado, ahora toca arrodillarse. (Max Martí)

Deafheaven – Ordinary Corrupt Human Love

Es raro encontrar en esta casa artículos o reseñas sobre discos de black metal. No es harina de nuestro costal habitual. Pero cuando una banda logra desbordar su género de tal manera como ha hecho Deafheaven, siendo éste tan periférico, merece la pena prestarle atención. Su aproximación a los focos no es de ahora: ya con New Bermuda, hace tres años, cosecharon críticas soberbias en círculos amplios, refrendadas ahora con una nueva entrega aún más interesante y, sobre todo, más accesible. ¿Por qué? En primer lugar, porque las manifestaciones metaleras más radicales –redobles infernales, gritos afónicos, excursiones de trekking de las guitarras– representan no más del 40% de la hora total de duración del álbum, cosa que ayuda a los más ajenos al género. Y en segundo lugar porque el otro 60% de la música nos conduce dulcemente por territorios post-rockeros instrumentales/progresivos preciosos: esos etéreos e inmaculados que tan bien han dibujado siempre los seminales Mono, Explosions in the Sky, Yndi Halda o The Evpatoria Report. ‘Near’, en su totalidad (“apenas” cinco minutos y medio), es el mejor ejemplo; pero también lo son los últimos cuatro minutos de ‘Honeycomb’, los primeros tres de ‘Glint’, la primera mitad de ‘Worthless Animals’ o casi toda ‘You Without End’, donde los gritos pueden leerse como una capa instrumental más, al servicio del efecto épico de la culminación de la progresión. Sin olvidar la espectral ‘Night People’, cuyas coordenadas fuera del mapa sugieren posibles horizontes más próximos al mainstream. (Pablo Luna Chao)

IDLES – Joy As An Act of Resistance

Tan urgentes, adictivos y letales como nos tienen ya acostumbrados, IDLES han conseguido crear con Joy As An Act of Resistance un disco ferozmente enfocado en el momento actual que vivimos. El segundo largo de estudio del grupo son doce temas centrados en el hoy y no en el mañana, un conjunto de canciones que hablan de temas como la masculinidad tóxica, el abuso de poder, la salud mental, el Brexit y la inmigración; doce canciones desenfrenadas pero también llenas de certeza, que rebosan energía política y emocional junto a lo mejor del punk más visceral e inteligente. Centrado, en gran parte, en la profunda tragedia personal del líder y cantante de la banda Joe Talbot –la muerte de su hija de forma repentina nada más empezar a trabajar en el disco–, Joy As An Act Of Resistance es, desde el inicio de su primer tema ‘Colossus hasta el último acorde de ‘Rottweiler‘, el reflejo de una banda que no hace más que dar pasos agigantados tanto en confianza como en ambición, que no siente miedo a mostrarse vulnerable sin, a la vez, dejar de sonar arrolladores, provocativos, rotundos, incluso desbocados. Una banda que se reafirma en su posición de imprescindibles y necesarios, en busca de empujar su propuesta y sonido hacia nuevas direcciones en las que los límites y las etiquetas, no existen. (Irene Méndez)

J. Balvin – Vibras

Para que un disco pueda redefinir un género, tiene que poner las cartas sobre la mesa. Vibras lo hace desde el primer minuto con una canción homónima, ‘Vibras‘, cantada por la mexicana Carla Morrison, que contiene 20 segundos icónicos: cuando aparece el riff sintetizado y poco a poco se van reduciendo el tono y las revoluciones hasta ajustarlo al tempo de ‘Mi gente‘, el segundo corte. Con ello, el colombiano J. Balvin parece estar sentando las bases de su juego: “Quizá el mundo se movía a más velocidad hasta ahora”, parece estar diciendo, “pero ha llegado la era del baile lento, de los 100 bpms, del perreo para todos”. En poco menos de 45 minutos, Vibras se puede escuchar amablemente de arriba a abajo, del tirón. Un paseíto, salpimentado con algún temazo caderón de tanto en cuando, que en una primera escucha para alguien ajeno al género puede resultar algo monótono y repetitivo. Ahí reside precisamente su gran baza: que en general es un disco de detalles pequeñitos, de sutilezas, de exquisiteces a nivel de producción que van descubriéndose con el tiempo. Al margen de las evidentes –y ganadoras– ‘Mi gente’, ‘Peligrosa’ y ‘Machika’, el saco de canciones restantes calan con las escuchas: ‘Ambiente’ con sus aires jamaicanos, el traje urbano de ‘Tu verdad’, la más experimental ‘Noches pasadas’ o la clasicorra ‘No es justo’. Superada la barrera inicial, todas tienen potencial para ser tu canción favorita de la semana. Y luego, en la parte central, está el café para los más cafeteros: la voz de Rosalía en ‘Brillo’, la canción del highlighter, da paso a una maravillosa pieza donde se conserva solo un leve suspiro de la voz de la catalana: ‘En mí (interlude)’, pura luz con atmósferas celestiales que no esperarías jamás de un reggaetonero más. Esa plaza quilométrica que te deja ver después con eficacia un temarral sin género como ‘En mí’, que además define a nivel lírico el disco con esa aproximación romántica del amor y la seducción: monotema como exige el género pero también lo suficientemente distanciado de sus tópicos más explícitos y/o agresivos. Y con elementos, quizá casuales o quizá no, como el hecho de contar con artistas femeninas en tres puntos clave del disco: el arranque, con Carla Morrison; la pieza central, con Rosalía; y el cierre, con Anitta. (Crítica completa) (Yeray S. Iborra y Aleix Ibars)

Janelle Monáe – Dirty Computer

Hasta qué punto lo ha logrado es discutible, pero es obvio que Janelle Monáe quería convertir Dirty Computer en su gran disco, al menos hasta el momento. Tuvo algo de suspense, ya que la cantante se encontraba embarcada en sus proyectos como actriz el pasado año –cuando estaba previsto el lanzamiento del álbum–, se puede vanagloriar de contar con la huella de Prince en ‘Make Me Feel‘ y su recuerdo de ‘Kiss‘, la factura de colaboradores incluye a Stevie Wonder, Brian Wilson o Pharrell Williams y el álbum vino precedido por una película denominada por la cantante “emotion picture”. Todo hubiera sido inane sin el estado de euforia creativa que Monáe transmite en ‘Crazy, Classic, Life‘ y del que se contagia su tercer álbum, que combina una producción sobresaliente y cristalina con la condición de manifiesto ideológico pensado en un principio para exhibir la identidad queer de su autora. Sexualidad en ‘Screwed‘, reivindicación racial en una ‘Django Jane‘ que obedece a los actuales cánones urbanos, empoderamiento feminista en ‘Take a Byte‘ o política en una ‘Americans‘ demasiado grandilocuente pero impecable como homenaje final al genio de Mineápolis. Entre medias queda una excelente ‘Pynk‘ que vuelve a unir a Grimes y Janelle Monáe (ya colaboraron en ‘Venus Fly‘ del Art Angels de la primera) en una actualización de la canción del mismo nombre (con ‘i’) de Aerosmith, y con un puente guitarrero que complacerá a Steven Tyler y los suyos. La cantante es un látigo contra los Estados Unidos de Trump, pero como ella misma cuenta, no se trata de una pesadilla, sino del sueño americano, quizá en su mejor versión. (Carlos Marlasca)

Jon Hopkins – Singularity

Desde que su popularidad se aceleró con Immunity, Jon Hopkins ha encontrado una zona de confort en la transcripción melódica de su particular universo contemplativo. Todo sucede a unos cuantos kilómetros de altura, donde el imaginario del británico más pone el acento, en ese lugar “en el que algo increíble espera a ser descubierto” al que se refería Carl Sagan. Este Singularity es una secuela de su largo previo, menos evasivo y más punzante. El estallido de la primera canción homónima es una declaración de intenciones: una mayor relevancia de los beats, hipnóticos junto a las ensoñadoras voces de una pletórica ‘Emerald Rush’, en detrimento de las trascendentales teclas de canciones previas como la maravillosa ‘Breathe This Air’ o, echando la vista más atrás, las colaboraciones entre Hopkins y King Creosote. En el caso de que el productor vuelva a ponerse tras el piano, el resultado está cargado de misticismo, como ocurre en ‘Feel First Life’, donde ha introducido coros de London Voices y que junto a ‘C O S M’ y la austera ‘Echo Dissolve’ forman la terna más reflexiva del disco. ‘Everything Connected’, una acertada secuela del hit ‘Open Eye Signal’ con un marcado carácter rítmico, y la reluciente ‘Luminous Beings’ revalidan el talento de su autor para desarrollar piezas de larga duración. Aunque Jon Hopkins no haya encontrado el rincón mencionado por el astrónomo estadounidense, al menos ha constituido su sonoridad. (Carlos Marlasca)

Jorja Smith – Lost & Found

Jorja Smith tiene esa ingenuidad de quien apenas supera la veintena, pero a la vez parece plenamente consciente de que la juventud puede ser un regalo envenenado. “¿Por qué todos caemos con la inocencia todavía en el suelo?”, se pregunta en el corte de apertura homónimo de Lost & Found, su elegante y reflexivo debut largo, quien incluso antes de publicarlo ya se codeaba con los astros Drake (More Life) y Kendrick Lamar (Black Panther). Jorja tiene, diga lo que diga, los pies en la tierra: en el álbum descarta sus ya conocidos sencillos ganadores junto a Preditah y Stormzy, renunciando a efectismos y asentando su sonido a medio camino entre el soul y el jazz clásicos y el R&B y el trip-hop contemporáneos. En ese sentido, la inclusión de los triunfantes adelantos ‘Teenage Fantasy’, ‘Where Did I Go?’ y ‘February 3rd’ resulta un claro acierto. Pero Smith tiene, sobre todo, una de esas voces atemporales, vertiginosas, que se proyectan sin esfuerzo tanto cuando susurran como cuando se rasgan. Jorja, como antaño lo hicieron unas jovencísimas Amy, Sade o Lauryn, no lucha por hacerse escuchar; simplemente es oída. Jorja Smith tiene todas esas cosas y muchas otras: se hace acompañar de una banda en vivo para sumergirnos en una eterna jam session, coquetea con sonidos jamaicanos (‘On My Own’) y brasileños (‘The One’), se defiende rapeando (‘Lifeboats (Freestyle)’) e incluso recala en el góspel tradicional (‘Tomorrow’). Smith tiene, además, compromiso: ni el alma más terca se resiste a su alegato contra la brutalidad polical ‘Blue Lights’, una joya en la que samplea ‘Sirens’ de Dizzee Rascal. Jorja lo tiene todo, y no necesita buscarse porque a cada paso, mientras se pierde en sus propias contradicciones, se encuentra a sí misma. El futuro es suyo. (Max Martí)

Jungle – For Ever

En la evolución, los cambios (o revoluciones) producidos no se asientan si no van seguidos del poso: la fase en la que se aposentan y afianzan los nuevos cánones. Por eso, la mejor noticia para Jungle y sus seguidores es que después de su celebrado debut homónimo haya llegado For Ever: un disco más calculado, frío y pausado, y menos explosivo y llamativo que Jungle. La receta sigue conteniendo los mismos ingredientes: neosoul con algo de funk, pasado por un sutil y elegante filtro electrónico; pero la cocción ha sido más lenta, más sofisticada, aflorando quizás no más sabores, pero sí más finos y rebuscados. También se han alejado, de algún modo, de la dictadura de sus grandilocuentes influencias fundacionales, apostando por un sonido más suyo, abierto y horizontal, y acercándose a lenguajes contemporáneos variopintos como los de Tame Impala (‘Pray’), Justice (‘Heavy, California’), James Blake (‘(More and More) It Ain’t Easy’), Django Django (‘Smile’), alt-J/Glass Animals (‘Mama Oh No’) o el de cualquier pop-star derivado del rollo R&B moderno (‘Casio’). Sin renunciar al espíritu añejo de los 70 –inmejorablemente plasmado en ‘Cosurmyne’–, Jungle han llevado un paso más allá la modernización del soul, sirviéndoles en este caso de base de operaciones para explorar la amplitud del universo musical. Con una fórmula en general más despejada, da la sensación que han hecho más con menos. (Pablo Luna Chao)

Kali Uchis – Isolation

Si en su primera mixtape, Drunken Babel (2012), y su posterior EP, Por Vida (2015), Kali Uchis ya desafiaba un sinfín de géneros –neosoul vintage, reggae ahumado, R&B azucarado–, en su disco de debut se erige como nunca antes con un sonido retrofuturista genuinamente propio. Su colorida e intensa odisea podría haber presentado fallas dado el alto perfil de productores e intérpretes que la acompañan –Damon Albarn, Kevin Parker, Tyler, The Creator–, pero la colombiana-estadounidense logra situarse justo en la cúspide del panteón. Se desliza misteriosa desde la misma apertura, la tropical bossa nova ‘Body Language‘ en la que produce Thundercat, y nos transporta a un mundo onírico, delicado pero exuberante, sutil pero vibrante. Mordaz contra las actitudes sexistas y quienes no creyeron en su éxito en la música por ser mujer (‘Miami‘ junto al rapero BIA), a sus 24 años tiene claro que no se dejará infravalorar por nadie (“¿Por qué iba a ser Kim? Podría ser Kanye“). Se siente poderosa y segura de sí misma asistida por Steve Lacy (The Internet) en ‘Just A Stranger‘, mientras que en canciones como ‘Your Teeth in My Neck‘ saca su lado más político y anticorporativista. Pero es en cortes como ‘Dead to Me‘ donde los deliciosos giros de su voz lideran el conjunto con más atrevimiento, sin olvidar la-muy-GorillazIn My Dreams‘, cuyos beats y sintetizadores ochenteros parecen extraídos de un videojuego. Sus raíces latinas regresan en el reggaeton ‘Nuestro Planeta‘ junto a Reykon, y hay ecos dancehall en el sensual corte ‘Tyrant‘ en colaboración con Jorja Smith, pero tal mescolanza no menoscaba jamás la inteligente cohesión de un disco que, sin contar con ningún hit claro para las radiofórmulas, contiene infinitos ganchos arrebatadores. Los más destacados quizá se hallan en ‘After the Storm‘, con un Tyler en estado de gracia y el legendario bajista y cantante Bootsy Collins invitándonos a vivir en el interior de la brumosa canción para siempre. Bienvenidos al mundo de Kali Uchis. (Max Martí)

Kamasi Washington – Heaven & Earth

Desde una presencia física imponente, utilizando sus manazas inmensas y sus dedos como porras, Kamasi Washington avasalla en su última entrega. Como nuevo amo y señor del jazz, ha sometido al poderoso magnetismo de su saxo a todo el mundillo musical, contando a gente como Kendrick Lamar, Flying Lotus, Thundercat, Florence + The Machine, Run The Jewels, St. Vincent, Ibeyi o John Legend entre los muchos súbditos que se ha ido ganado el californiano en los últimos cuatro años. Pero si su carrera despegó definitivamente justo en aquel 2014, cuando publicó The Epic a través de Brainfeeder –sello de Flying Lotus–, en este 2018 ha tocado techo. Es más, lo ha reventado como un cohete, dejando tras de sí una estela vertical de dos horas y media llamada Heaven & Earth, la gigantesca gran obra ya inmortal de Kamasi Washington. Porque, al margen de la ambiciosa base conceptual del disco –la búsqueda de su propio yo entre la dualidad de lo espiritual y lo terrenal–, la gran virtud que exhibe aquí Kamasi es haber construido un vastísimo universo musical lleno de vida e influencias, géneros y subgéneros –del jazz pero también del funk, de la psicodelia o de la herencia afro-latina–, donde la riqueza y la abundancia son desbordantes, dirigiéndolo y (des)ordenándolo todo a su antojo desde lo alto (a través de su banda) como si fuera un dios omnipotente. Desde luego, la huella que está empezando a dejar sobre un género prácticamente centenario como el jazz, se tiene que medir ya por hectáreas. (Pablo Luna Chao)

Low – Double Negative

La síntesis de lo todo lo que hay detrás de Double Negative está en su última canción. Con su pulsión nerviosa y su necesidad de encontrar una nueva vía ante el panorama apocalíptico que dibuja, ‘Disarray’ es un resumen de lo que Low han buscado en su decimosegundo trabajo de estudio. También es la culminación de la relación con el productor BJ Burton, quien, al igual que hizo con Bon Iver y su 22, A Million, ha dado una nueva sonoridad a los estadounidenses con la abstracción rítmica y, de nuevo, el uso del vocoder de los que la inicial ‘Quorum’ es una buena muestra. Ones and Sixes (2015) fue una primera toma de contacto entre ambos y ahora han completado un concepto basado en responder “con más caos a un mundo cada vez más caótico”, como subrayaba el propio Alan Sparhawk en una entrevista reciente, en referencia a la elección de Donald Trump como presidente. Ante la densidad y el oscurantismo electrónico de ‘Dancing and Blood’, el piano de ‘Fly’ o las guitarras de ‘Dancing And Fire’ actúan a modo de bálsamo en un disco que encuentra el equilibrio entre la belleza y el abatimiento y que, en lo lírico, avanza desde lo conceptual a lo concreto. La celebración del cuarto de siglo desde la formación de Low no es su disco más accesible pero probablemente sea el que mejor hable de su dimensión. (Carlos Marlasca)

Mitski – Be the Cowboy

A estas alturas, ya no es cuestionable: Mitski se ha convertido, por méritos propios, en una de las compositoras más consistentes y prometedoras del panorama del indie rock actual. Capaz de transmitir intensidad e intimidad de forma extrema (y muchas veces a la vez), trata la vulnerabilidad como pocos. Pero, seamos claros: puede que Mitski esté constantemente mostrándose como alguien vulnerable y expuesto, pero lo tiene todo bajo control. En Be the Cowboy, su quinto disco de estudio en solo seis años, la estadounidense-japonesa se mantiene fiel a su excéntrica visión sónica, perfeccionando su extraordinaria capacidad para revelar sus vulnerabilidades sonando, al mismo tiempo, más fuerte y resistente que nunca a través de 14 canciones breves pero robustas que parecen explorar la personalidad de Mitski –tanto la real como la ficticia–. Su voz suena menos apagada, la instrumentación más clara. Be the Cowboy es un mosaico de géneros musicales en el que el pop ecléctico y moderno sobresale por su inteligencia; un disco crudo, épico y emocional canalizado y hábilmente unido por una artista irreprimible y en su máximo apogeo. Be the Cowboy es, sin duda, su álbum más ambicioso hasta la fecha, y también la culminación de todo su trabajo hasta el momento. (Irene Méndez)

Octavian – Spaceman

Oliver Godji (aka Octavian) llevaba apenas unos meses haciendo música en serio cuando fue bendecido por la varita mágica de internet a principios de este año. El vídeo de su primer single ‘Party Here‘ no llegaba a las seis cifras cuando Drake colgó un story en el que cantaba algunas de sus bars, con lo que aterrizó sobre él un tsunami de hype inesperado. Unos meses más tarde, Virgil Abloh (que ha diseñado la portada del ábum) lo fichó para desfilar en su icónico show para Louis Vuitton, asentándolo así como miembro del cohorte cool kids vol. 2018. Que estos titanes de la cultura contemporánea lo hayan reverenciado es comprensible: Octavian reúne en su personaje muchos de los elementos de lo que es molón en la cultura popular actualmente: tiene calle, estilo al vestir, se mueve cómodamente entre géneros, desafía estereotipos, y tanto vale para la radio que como para la trap —y su mixtape debut Spaceman es testimonio de esto. Las temáticas de las letras, aún siendo muy personales, no se desvían mucho de los lugares comunes del hip hop: son las batallas de un chico de barrio que parte desaventajado en la jungla metropolitana, que debe probarse primero contra sus vecinos envidiosos y luego contra el mundo, para acabar conquistando todo aquello que tiene claro que le corresponde: coches caros, chicas guapas, pero más que nada, felicidad y paz interior al fin. Uno de sus mayores magnetismos es su voz: grave, como de seda rugosa, especiada con un acento propio del suburbio del sudeste londinense, pero entrecortada por respiraciones más propias del francés, su lengua materna. Se nota que la inducción al MCying se la ha dado el grime, también que ha vivido en la era de la invasión absoluta del trap, y realmente rapea como un natural, pero no tiene preocupación por afirmar su masculinidad a la defensiva como hacen la mayoría en su gremio: sus instrumentales no están cargadas de bajos exagerados y snares agresivos, sino que se acercan más a las producciones melódicas y ensoñadas del cloud rap o el Drake cursi, pero con una vitalidad añadida que hace que casi todos los temas sean bailables. Escuchando el ábum, teniendo en cuenta sus dos hits previos –el mencionado ‘Party Here‘ y el brillante ‘Move Me‘ con Mura Masa– da la sensación que Octavian no se ha atrevido a lanzarse del todo a la piscina del pop, queriendo salvaguardar quizá el respeto de sus prójimos callejeros, que probablemente no le hubieran perdonado un trabajo completamente desentendido de los humores que le corresponden a la música que sale de allí, más densa y pesimista. Sea como sea, este álbum es una declaración interesante y contiene verdaderas joyas como ‘Build‘, ‘Lightning‘ o ‘Here Is Not Safe‘. (Luca Dobry)

Snail Mail – Lush

La adolescencia es una etapa difícil marcada por grandes cambios en todos los aspectos y, seguramente, un adolescente sería incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar aquello que está viviendo. He aquí una de las primeras sorpresas al escuchar Lush, el LP debut de Snail Mail. Lindsey Jordan, a sus 19 años, demuestra una madurez y una capacidad de autoanálisis admirable y, realmente, poco común. La cantautora de Baltimore, haciendo uso de una composición transparente y sincera, logra hacer un viaje por todo aquello que ha marcado su adolescencia y su etapa de crecimiento —mayormente centrada en el factor amoroso de esos “green eyes” presentes en la canción ‘Heat Wave’—. Lo mejor de todo es que, con una voz tan aterciopelada como la de Lindsey, lo fácil hubiera sido hacer un disco suave y atmosférico de tempos relajados. Sin embargo, Lush es un disco potente, contundente y sólido que consigue trabajar la melancolía de Lindsey desde un vértice brillante y luminoso gracias, en parte, a la exquisita producción por parte de Jake Aron (Grizzly Bear, Solange). Un indie rock de primera liga que ratifica el talento por encima de la media de esta joven artista. (Raquel Pagès)

Spiritualized – And Nothing Hurt

Como todo arte, la música es un mundo de cambios, modas, influencias cruzadas, tronos perdidos y envejecimientos mal llevados. Entre tanto embrollo de innovaciones, generaciones que derrocan generaciones y nuevos reyes y reinas del mainstream, no está de más tener ciertos refugios donde “descansar”, donde plegar el tímpano a lo conocido y, por qué no, lo previsble. El de Spiritualized es uno de esos refugios y la renovación del decorado que supone And Nothnig Hurt quizás no les gane nuevos visitantes, pero desde luego que no espantará a los habituales. Jason Pierce llevaba sin vestirse de largo seis años, desde 2012, el tiempo más largo entre álbumes desde que debutase en 1992 con Lazer Guided Melodies. La pausa no ha significado revolución. La melodía sigue siendo aquí central: un riquísimo arsenal sonoro de rock sinfónico, con coros, cuerdas, vientos, guitarras, campanas y teclados, vertebra un álbum asequible para la escucha desatenta pero que satisfará también al que quiere hurgarle las enaguas. La producción es exquisita, espaciosa y clásica. Desde la bonita ‘A Perfect Miracle’, que se permite frases del estilo “reuniré a todos los pájaros para enseñarles la letra de todas las canciones de amor que conozco y haré que vuelen sobre ti y te las canten” (que lo mismo lo pilla Hitchcock y le da una vuelta); a la espacial ‘Sail on Through’, con ese coro de almohada de pluma y esa guitarra rompiéndose en una galaxia lejana. El disco gana con el tiempo, madura ese solo de ‘I’m Your Man’, acaba uno anticipando el saxo liberado del final de ‘Here It Comes (The Road) Let’s Go’, y viniéndose arriba con la energía nada geriátrica de ‘On The Sunshine’ o de ’The Morning After’, la única en todo el disco que pasa de los 6 minutos (hasta los 7:42). Si estuviésemos ante el mejor disco de Spiritualized probablemente estaríamos ante uno de los tres mejores del año, y no creo que sea el caso, pero tampoco emborrona ni por asomo su discografía. Y eso, hablando de esta banda, es decir mucho. (Daniel Boluda)

The Blaze – Dancehall

Los franceses The Blaze ya venían con mucho jugado y ganado el año pasado. ‘Virile‘, ‘Juvenile‘ y ‘Territory‘, de ese EP de 6 canciones que toda influencer usó para sus videos de las vacaciones, hicieron mucho a favor de su popularidad pero en contra de su exposición. Nos encanta The Blaze, pero su sonido se gasta rápido. Syntes hinchados, voces moduladas, épica por los cuatro costados, todos contentos, pero también con necesidad de aire y de nueva cosecha. En ese limbo del éxito y el morir de éxito ha llegado su disco largo y, parece que algo conscientes de ese riesgo, han hecho lo más inteligente: cambiar sin perder su identidad. Un buen tópico que es fácil de explicar. Todas las canciones de Dancehall, que así se llama el disco, son fáciles de reconocer y atribuir a The Blaze, pero le han dado algo más de velocidad y desnudez en varios de los hits. Rebajando épica, ganando fiesta: ‘She‘, ‘Queens‘ o la distorsionada ‘Faces‘ que los encamina a llegar al final a ser el grupo electrónico oscuro de masas, un hueco que era de Moderat, y que, por qué no, ahora podría ser suyo. Canciones y espectáculo de luces no les faltan. (Jordi Isern)

The Internet – Hive Mind

A la larga, más que su producción directa, al colectivo Odd Future tendremos que agradecerle, sobre todo, la multitud de spin-offs que han terminado generándose alrededor de su órbita, absolutamente claves para entender la música negra de esta década. De Tyler, the Creator, su cerebro, a Earl Sweatshirt. Del gran Frank Ocean a Syd, fundadora a su vez de The Internet, otro proyecto sobre el que los talentos van proliferando. Hablamos, poco más o menos, de una especie de metacolectivo. Después de un 2017 en el que sus principales miembros (Matt Martians, Steve Lacy, la propia Syd) hicieron su particular Erasmus publicando interesante material en solitario, la panda vuelve a juntarse para lanzar el que es el cuarto álbum de The Internet, Hive Mind. El nombre elegido es elocuente: la sinergia de las partes se palpa en sus trece cortes. No hay rastro de ambición individual, como si el título de su anterior trabajo, Ego Death, hubiera sido premonitorio. Quizá convencidos de su potencial después de sus diferentes experiencias personales, definitivamente enriquecidos y potenciados, prescinden por primera vez de lujosos invitados externos. Ellos son introducción, nudo y desenlace dentro de este Hive Mind que, sin embargo, es absolutamente universal: sus historias de flirteos, ratos entre sábanas en compañía y corazones rotos, recubiertas de una minimalista película a medio camino entre el soul y el funk, nos representan a todos. Que a menudo vengan contadas por una mujer negra y lesbiana como Syd no deja de ser un buen guantazo de realidad especialmente necesario en estos tiempos. (Víctor Trapero)

Tierra Whack – Whack World

En un curso musical en el que, a pesar de Drake y su kilométrico Scorpion, los discos cortos, casi tan fugaces como un EP, se han convertido en tendencia (Kanye West, Pusha T, Nas, Kids See Ghosts), Tierra Whack riza el rizo con Whack World, un ¿álbum? compuesto por quince temas que se extienden durante un cuarto de hora. El reparto del tiempo es democrático: cada uno dura exactamente un minuto, ni más ni menos. Con eso le sobra y le basta a la de Philadelphia para construir su particular mundo sonoro, elevado a lo visual en un cortometraje con el que conviene completar la experiencia, que no pasaría del mero ejercicio de estilo, quizá un tanto pretencioso como casi cualquier ejercicio de estilo, de no ser porque Whack, todo imaginación, es asombrosamente capaz de desarrollar ideas completas y con entidad propia en sesenta segundos. Los cortes de este Whack World no tienen pinta de experimento, esbozo o relleno gratuito impuesto por necesidades del guion, sino de auténticas canciones, aunque sea en miniatura. Un pequeño milagro en clave neosoul: en plena época de consumo rápido, de series vistas de reojo, de aplicaciones para encontrar pareja a toda velocidad, de lectura transversal, de vídeos de YouTube reproducidos a saltos, Tierra Whack entrega la obra definitiva, maravillosa hija de este tiempo. “Para ser honesta, cuando me pongo un álbum nuevo, solo escucho los primeros 30 segundos antes de saber si me gusta o no”, confesó hace unos meses a Pitchfork. El match con Whack World es inmediato. (Víctor Trapero)

Tirzah – Devotion

La londinense Tirzah Mastin ha ido dejando rastro aquí y allá desde 2013 a través de una serie de EPs enfocados a la música de baile. Pero es ahora, cinco años después del primero de ellos, I’m Not Dancing, cuando esta revelación del underground británico ha eclosionado por completo en formato largo con un documento sonoro único e irrepetible: un fascinante álbum debut titulado Devotion. Su amiga de la infancia y colaboradora de siempre, la infalible Mica Levi aka Micachu, vuelve a ser la encargada de revestir su voz cruda y vulnerable a través de una producción sutil pero compleja, que lejos de pulir las asperezas e imperfecciones de Mastin las potencia para sumergirnos en un paisaje de intimidad austera, directa y frágil. El pop que ambas confeccionan es extraño y de baja fidelidad, pero se siente siempre cercano, atractivo y sugerente, distinto a cualquier otra cosa que hayamos escuchado en el pasado. No es de extrañar que el mismísimo Arca haya declarado estar obsesionado con el trabajo, que posiblemente figurará entre los álbumes más aclamados por la crítica a finales de año. El cóctel texturizado que entraña es inesperadamente ganador: del funk sintético deconstruido de ‘Holding On‘ a las cuerdas orientales dispersas de ‘Basic Need‘ pasando por el R&B desorientado de ‘Go Now‘, sin olvidar los arrebatadoramente melancólicos sencillos ‘Gladly‘, ‘Affection‘ y ‘Devotion‘ junto otra distintiva voz inglesa como es Coby Sey, Tirzah encuentra infinitos matices entres las voces y los silencios insondables del amor y la ruptura. (Max Martí)

Villagers – The Art of Pretending to Swim

Tras tres álbumes de estudio donde Villagers parecían haber encontrado su máxima zona de confort –y con la duda de si realmente algún día saldrían de esta–, el grupo liderado por Conor O’Brien regresa con The Art of Pretending to Swim. Un trabajo que, a pesar de mantener como base el bello, tierno y agradable folk con el que fascinaron al público, experimenta con nuevas sonoridades como el soul y el pop, entre otras, e incorpora, también, nuevos elementos en su reluciente paleta sonora como los sintetizadores. Básicamente, estamos ante un maravilloso ejercicio por parte de Conor de dejarse ir, divertirse y jugar con su ya reconocido y alabado proceso de composición. De tantear y probar nuevas texturas y nuevas capas con el objetivo de hacer evolucionar y llevar más allá aquel folk puro e intimista que tanto les caracteriza. Un movimiento favorecedor para la formación irlandesa que queda confirmado con canciones como ‘Long Time Waiting’, una canción de halo oscuro y de un ritmo dinámico que rompe con un contundente diálogo de sintetizadores, o ‘Love Came With All That It Brings’, de ciertos toques soul y que juega con distintos efectos de voz. (Raquel Pagès)

Yves Tumor – Safe in the Hands of Love

Aún quedan artistas que merecen las etiquetas de inclasificable y camaleónico. Yves Tumor es uno de ellos y el que más proyección ha tenido a lo largo de 2018. Entrar en su discografía de tres LPs es entrar en una librería que va del ambient más abstracto, como algunos temas de When Man Fails You (2016), al soul y los coqueteos de lo industrial en Serpent Music (2016) o la maravilla multiinstrumental y multidisciplinar de este Safe in the Hands of Love. Una deriva de dos años que llega a buen puerto. Seguro y confiado despliega bases como las de ‘Honesty‘ que recuerdan a eso llamado witch house de los 2010 seguido de un rayo de luz sonoro en ‘Noid‘. A ratos, por alejado que parezca, se perfila de manera clara la figura de Bradford Cox (Deerhunter), con guitarras vaporosas, sin poder descifrar la atmósfera de la electrónica junto a la fluidez de una canción pop. Un disco inspiradísimo, lleno de singles y clímax, en un género que no siempre sabe cómo empaquetar estas necesidades “comerciales”. Alrededor del amor y el desamor (el título del disco, el tema ‘All The Love We Have Now‘, ‘Hope in Suffering‘), pocos álbumes lo han bordado de esta manera este año. (Jordi Isern)

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