11/10/2018

Un viaje por uno de los discos más importantes del año.

“Hola, al habla José. Soy el manager de J Balvin”.

José Álvaro Osorio Balvin (1985) atiende al teléfono con descaro desde algún rincón de su ciudad natal, Medellín. Mientras gana algunas perras con curritos de pintor y se foguea en peleas callejeras de rap, también ejerce de secretario de sí mismo. José se anota por las mañanas los recados y hace las peticiones de cachés y J Balvin empieza a dar, por las noches, sus primeros pasos sobre los escenarios locales. Es 2008 y Osorio es manager, promotor, chofer y máximo valedor de sí mismo (y casi el único).

El J Balvin de 2018 ya no coge todas sus llamadas, y seguramente ni siquiera postea todo lo que sus codiciadas redes sociales –más de 24 millones de seguidores en IG, miles de millones de streams en Youtube y Spotify– muestran al mundo día tras día. Pero tampoco vive en una torre de marfil.

En la medida de lo posible, sigue siendo José. Y, como a todo ser humano, no le gustan las notas de voz largas, hace la compra a última hora en los 24/7 de Nueva York (donde ha establecido su residencia) y tira su propia basura. Según él, esa es la mayor terapia para no volverse un cretino: seguir entre la gente, haciendo las cosas que hace la gente.

“No se es una leyenda por cómo se es, sino por cómo se trata a las personas”. Así lo comenta el propio Osorio en un documental de la serie Artist Spotlight Stories, J Balvin, redefining mainstream (Andy Hines, 2018). Solo esa idea de qué es la vida –y por ende la música– puede explicar por qué José, ya J Balvin para medio globo, ha decidido remover las tripas del reggaeton y plantar el pino latino más importante de la década: Vibras (Universal, 2018), un templo griego, la combinación definitiva entre pelotazos accesibles y vanguardia. Un disco de época donde hay música para bailar pero también concepto, reivindicaciones, ambición. Un disco que abre las puertas de par en par a un género entero por descubrir.

¿Por qué un artista al que su entorno cita como “el pegamento”, el que ha permitido colaboraciones millonarias como ‘I Like It’ con Cardi B y Bad Bunny, ha hecho un ‘disco al uso’ en 2018? ¿Qué necesidad tenía de darle portada y título conjunto a temas que ya habían funcionado en solitario, como el propio ‘Mi gente’, que en 2017 cosechó 2.000 millones de reproducciones y ya se ganó un remix en el que colaboraba la mismísima Beyoncé? ¿No sería eso lo contrario a redefinir el mainstream?

No; si lo que quieres es, más allá de afianzar tu base de fans, llegar a todos aquellos que jamás se habían planteado escucharte.

El disco como caballo de Troya

Aunque nació en Medellín a mediados de los 80, Balvin es un joven al que nunca le faltó de nada y pudo disfrutar de oportunidades: tras acabar la escuela se marchó a Oklahoma de intercambio y además estudió las carreras de negocio internacional y comunicación social en la Universidad EAFIT, una privada colombiana. Tanto José como J Balvin saben que sin dominar las bambalinas no hay trono.

Hacer un disco hoy día tal vez no sea sinónimo de ganar dinero (o no tanto dinero como antaño). Pero lo de redefinir el mainstream se debe hacer todavía por canales convencionales. Eso de “reventarlo desde dentro” suena cercano. ¿C. Tangana? No discutiremos quién se inspiró en quién. Sea como sea, Balvin ha hecho Vibras para hablar de tú a tú a la prensa, a los grandes de la industria latina y a los de la industria americana (la anglófona). A Kanye West y Jay Z. A ti, que nunca habías escuchado (queriendo) reggaeton. “¿Quién dice que debo cantar en inglés?”, se preguntaba en su mismo documental. Lo hacía poco después de haberlo petado en Coachella junto a Beyoncé. “Le mostramos al mundo que la lengua no es el problema. Sienten la energía, la vibra”.

Pero nada de esta estrategia de asalto a los cielos se aguantaría sin que Vibras fuese pura crema en lo musical.

“Solo sabe a reggaeton”, decía –modesto– uno de sus productores de cabecera, Alejandro Ramírez aka Sky –el resto en el largo se lo apunta Tainy–. Solo. Hay muchas más cosas escondidas en Vibras: R&B, dembow, afrobeat, ambient… hasta algo de indietronica. Balvin se ha pasado el ‘sonido Medellín’, algo que el colombiano no había logrado con Energía (2016), su cuarto disco pero el primero donde él mismo confesaba superar su época de “fanático del reggaeton”. En aquel caso, pese a hitos como ‘Safari’ con Pharrell Williams, ‘Sigo extrañándote’ o la icónica ‘Ginza’, el relleno saltaba cada dos temas y la empresa quedó a medias.

Cualquier arquitecto griego tenía clara una cosa: de nada sirve un templo si delante no se deja un buen espacio para contemplarlo. No lo tuvieron muy en cuenta los que pensaron Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza, que ni pegando el culo a los bloques más alejados le puedes sacar una foto para que salga la torre más alta. En eso, J Balvin tiene más de griego que de maño. Vibras sabe que, para que luzca un pelotazo, hace falta espacio, piezas de enganche (preludios e interludios, ¡en un disco de reggaeton!) que hagan de la escucha algo más que un simple Mega Mix versión latina. Las vibras hay que inducirlas. Porque la narrativa es importante, casi imprescindible. Eso hace que el largo combine con eficacia el baile y la vanguardia y que fluya como ningún otro disco del género.

Y para que un disco pueda redefinir un género, también tiene que poner las cartas sobre la mesa. Vibras lo hace desde el primer minuto con una canción homónima, ‘Vibras‘, cantada por la mexicana Carla Morrison, que contiene 20 segundos icónicos: cuando aparece el riff sintetizado y poco a poco se van reduciendo el tono y las revoluciones hasta ajustarlo al tempo de ‘Mi gente‘, el segundo corte. Con ello, Balvin parece estar sentando las bases de su juego: “Quizá el mundo se movía a más velocidad hasta ahora”, parece estar diciendo, “pero ha llegado la era del baile lento, de los 100 bpms, del perreo para todos”. Súmate o míralo desde lejos.

En poco menos de 45 minutos, Vibras se puede escuchar amablemente de arriba a abajo, del tirón. Un paseíto, salpimentado con algún temazo caderón de tanto en cuando, que en una primera escucha para alguien ajeno al género puede resultar algo monótono y repetitivo. Ahí reside precisamente su gran baza: que en general es un disco de detalles pequeñitos, de sutilezas, de exquisiteces a nivel de producción que van descubriéndose con el tiempo. Al margen de las evidentes –y ganadoras– ‘Mi gente’, ‘Peligrosa’ y ‘Machika’, el saco de canciones restantes calan con las escuchas: ‘Ambiente’ con sus aires jamaicanos, el traje urbano de ‘Tu verdad’, la más experimental ‘Noches pasadas’ o la clasicorra ‘No es justo’. Superada la barrera inicial, todas tienen potencial para ser tu canción favorita de la semana.

Y luego, en la parte central, está el café para los más cafeteros: la voz de Rosalía en ‘Brillo’, la canción del highlighter, da paso a una maravillosa pieza donde se conserva solo un leve suspiro de la voz de la catalana: ‘En mí (interlude)’, pura luz con atmósferas celestiales que no esperarías jamás de un reggaetonero más. Esa plaza quilométrica que te deja ver después con eficacia un temarral sin género como ‘En mí, que además define a nivel lírico el disco con esa aproximación romántica del amor y la seducción: monotema como exige el género pero también lo suficientemente distanciado de sus tópicos más explícitos y/o agresivos. Y con elementos, quizá casuales o quizá no, como el hecho de contar con artistas femeninas en tres puntos clave del disco: el arranque, con Carla Morrison; la pieza central, con Rosalía; y el cierre, con Anitta.

Si necesitas reggaeton, dale

¿Es este el disco que te hará enamorarte del reggaeton? Para Balvin, Vibras es mucho más: es un disco de “pop global”. Un disco que de algún modo culmina un proceso, largo, lento y aún con camino por recorrer, para que el pop latino se haga verdaderamente internacional y se infiltre en el mainstream global más allá de toda una generación de estrellas prefabricadas. Un auge que ha empujado indudablemente el reggaeton, el trap latino y los ecos del dancehall y que ya es imparable: Drake ya colabora con Bad Bunny, Janet Jackson firma canciones con Daddy Yankee y el propio Balvin ya se ha granjeado a Diplo, Pharrell Williams o Justin Bieber entre muchísimos otros. Lo canta hasta C. Tangana en ‘Llorando en la limo’: “Dios bendiga al reggaeton/Dios bendiga a Daddy”. Así que sí, es muy posible que Vibras sea el disco que te haga ver el reggaeton con otros ojos.

Balvin no es más famoso –aún– que Daddy Yankee; ni más cool que Bad Bunny; ni siquiera más machista, difícil superarlo en eso, que Maluma (qué horrenda competición cuando, para ser justos, Vibras busca, como decíamos, una cierta depuración del amor romántico normativísimo que hasta el momento había predicado siempre el colombiano); tampoco es el más pretty, no tiene los ojitos claros de Ozuna. Es más bajito que todos ellos. Y tipo Romario: no sabes si fuerte o ceporro.

Pero J Balvin es más listo. Él quiere ser el nuevo rey sin corona. Dominar el cotarro a base de reggaeton bastardo que incluya a todos (“Mi música no discrimina a nadie”, canta en ‘Mi gente’) y que además conserve interés artístico para fieles y neófitos.

Balvin quiere un auto grande pero también ser mejor cada día. Es un hijo de clase media que no aparenta super fortuna, pero que tampoco esconde aspiraciones. Que baile, que baile la gente, pero que tomen nota de lo suyo en la gran manzana. Todo a la vez. “Si corres, estarás en forma. Si comes demasiado, engordarás. Y si quieres un Grammy, debes ser el artista latino más importante del momento”. J Balvin al aparato, señores. No se le caen los anillos por agarrar un móvil.

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