29/09/2018

Crónica del concierto de Damon McMahon presentando Freedom, uno de los discos del año.

Damon McMahon, el hombre detrás de Amen Dunes, es un tipo difícil de clasificar. Una escucha desatenta de su nada despreciable discografía podría emparentarle solo con cierta música de raíz americana, pero sería un error. Sobre todo tras la publicación de Freedom, su último álbum, donde McMahon filtra sonidos e influencias que enriquecen bastante esa indudable base de su música.

Acompañado de una banda, ahora veremos, de lo más solvente, McMahon llegó a Madrid para cerrar una gira europea que solo en septiembre le llevó a Londres, Manchester, Bristol, Gante, Ámsterdam, Estocolmo, Oslo, Gotemburgo, Berlín, Praga, Viena, Zúrich, Bolonia y Barcelona. Vamos, que venía en víspera de cruzar el charco y casi apagando ya la luz de la oficina tras más de seis meses de “fucking touring”, como expresó hacia el final. Estos bolos de final de gira son un riesgo: bien gana la apatía y las ganas de coger cuanto antes la cama propia; bien lucen los engranajes perfectos después de semanas y semanas de rodar las canciones sobre el escenario. Afortunadamente ocurrió lo segundo.

Arrancaron con ‘Saturdarah’, una de esas que podría haberle robado a Kurt Vile: lenta, lánguida, líquida y sureña. Pero, a diferencia del pensilvano, McMahon no salió al escenario vestido con una Levi’s vaquera a juego con sus acordes, sino con un pantalón de chándal como de felpa negra y una camiseta de la banda de origen alemán KMFDM, que a priori costaría encontrar entre sus referencias. El contraste canción / estilismo subraya esta la idea de antes: no todo es lo que parece.

Empezó a parecer obvio en ‘Blue Rose’, con esa línea de bajo juguetona, casi funk, ese sintetizador para quitarle polvo al camino y esa conga camuflada que dota al tema de un extraño aire tropical. Acabábamos de entrar en harina, pero McMahon demostró en seguida que canta perfecto y sin esfuerzo aparente. Tiene personalidad en la inflexión y un vibrato trémolo que es tan sutil que a veces uno no está seguro de si lo está usando o no. Casi en solitario sobre el escenario en ‘Song to Siren’ (original de Tim Buckley), emocionó. En ‘Freedom’, la queda título a su último largo, directamente puso los pelos de punta.

McMahon asegura que Amen Dunes es un proyecto suyo, pero que sus acompañantes no son meras comparsas. No lo han sido en la producción y grabación de su último álbum y no lo son en directo. Juntos suenan a banda sólida. En sus manos, las canciones engordan y todo se ejecuta con una precisión exquisita. Se ve bien en temas como la casi hedonista ‘Dracula‘, de nuevo juguetona en el bajo, o en ‘Believe’, tiradita en el álbum y mucho más sólida en directo, sostenida por una batería de hormigón armado y adornada exquisitamente por todo lo demás.

La sala, casi llena, ovacionó la despedida de rigor y jaleó la vuelta. Tras las palmas, casi mi favorita, ‘Time’, una maravilla que podría haber firmado el mejor Cass McCombs: compleja, oscura, con cierta intención disonante y de esas en las que la voz de McMahon más brilla. Aquí demuestra, en mi opinión, que sabe lo que hace y que aquí hay, para quien quiera que quiera verlo, capas e intención. A menudo de espaldas al público, moviéndose con un deje casi de hip hop, McMahon nos mandó a casa con ‘Miki Dora’, una canción que ejemplifica otra de sus virtudes: la capacidad de montar estos medios tiempos tensos, que apenas crecen en su desarrollo, pero que tienen un flow interno descomunal, de invitar al baile sin romper nunca nada. En definitiva: todo de sobresaliente.

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Foto. Daniel Boluda   Conciertos
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