25/09/2018

Crónica del concierto de celebración de Una semana en el motor de un autobús, con orquesta y coro.

Los experimentos con gaseosa, reza el dicho popular y una canción de Contra la ley de la gravedad (2004), el sexto disco de Los Planetas. Habrá quien vea a los granadinos como un grupo oportunista en muchas de sus decisiones, virando (generalmente con acierto) hacia nuevos territorios cuando la ocasión lo requiere, pero a veces también cuesta encontrarle la razón de ser a algunos de sus movimientos. La celebración del XX aniversario de esa joya generacional que fue Una semana en el motor de un autobús (1998), un monólogo interior en doce capítulos, sin duda requería de algo especial, pero ¿por qué revisitar el disco de principio a fin acompañados por una orquesta sinfónica clásica y un coro?

Para descubrir la respuesta había que trasladarse a Granada. El Auditorio Manuel de Falla acogió los pasados 21 y 22 de septiembre los dos únicos pases hasta el momento del espectáculo, en dos noches de devoción absoluta por un disco y un grupo reverenciado en su tierra natal. Los números previos eran de envergadura (la Orquesta Ciudad de Granada, con 47 músicos; el Coro de OCG, con 46 coristas), pero lo primero que uno percibía era que, en esta ocasión, Los Planetas habían sido reducidos a solo tres miembros y dispersados entre la multitud del escenario: J, sin guitarra, al lado del director de orquesta (el debutante Alonso Díaz Carmona, conocido por ser el cantante de Napoleón Solo); Florent, completamente a un lado, con su guitarra; Erik, a la batería, al otro lado. Esta vez, los protagonistas eran otros.

O, mejor dicho, otras: las canciones. En contra de lo que algunos podían esperar, aquello fue un concierto de música clásica con pellizcos pop-rock, y no al revés. Y es justamente lo que lo hizo, por un lado, un poco incomprensible a priori; y por el otro, tan único y estimulante. Incomprensible porque despojar estas canciones tan íntimas de su cobertura distorsionada y por momentos abrasiva supone borrar gran parte de su esencia; pero única porque es entonces cuando se convierten en otra cosa, en algo nuevo. Y eso es lo que vivimos esa noche en Granada: un cautivador experimento a partir de un disco que muchos tenemos, teníamos, aprendido de memoria. Nuevas sensaciones.

Desde el primer segundo de ‘Segundo premio’, quedó claro: el tu-tu-tu-pa-tu-tu-pa de Erik fue sustituido por una sinfonía de cuerdas dignas de una banda sonora de película de Disney, o de blockbuster emocionante, solo empañado por un arranque titubeante y algo afónico de J. El cantante tuvo el papel más difícil de la noche: intentar adaptar su voz, ya de por sí poco prodigiosa, a un contexto completamente nuevo; conectar sus viejas composiciones con los nuevos arreglos de David Montañés, Germán Tejerizo y el propio Díaz Carmona. Pese a no brillar, en general salió airoso de la empresa, manteniéndose en un segundo plano para dejar que el protagonismo recayera en las canciones.

Unas canciones con vida nueva para la ocasión. Con desarrollos expandidos, como ‘La Playa’, en la que Erik pudo explayarse al final con una suerte de solo de batería, o ‘Parte de lo que me debes’, donde los pasajes guitarreros se convirtieron en pasajes sinfónicos. Con una sutil y exquisita ‘Montañas de basura’, seguida de una tensa y catártica ‘Cumpleaños total’, tan celebrada que fue repetida en un bis en el que el público se permitió (por única vez) cantar y dar palmas. Con el trío final, para el que apareció el coro además de David Montañés al piano, se llegó a la significación completa gracias a tres canciones que casi parecían escritas para este formato aunque fuera hace 20 años. Fue entonces cuando todo encajó definitivamente para desembocar en los tres actos concluyentes: el colapso (‘Toxicosmos’), la recaída (‘Línea 1’, con un final emocionantísimo gracias al coro) y la agridulce, si bien ligeramente esperanzadora, conclusión de ‘La Copa de Europa’, absolutamente perfecta en su nueva encarnación, como colofón final de una noche de sentimientos encontrados, momentos estremecedores y desajustes. Como el disco que se homenajeaba. Como un experimento arriesgado. Una hora en el motor de otro autobús.

O como reivindica J en ‘La Copa de Europa‘: “Por lo menos cabrá la sorpresa”…

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