24/09/2018

Crónica de su primer concierto en Madrid.

Habéis venido a por canciones tristes y a por dolor”, dijo Damien Rice tras tocar, sin hablar demasiado, las primeras canciones de su debut en Madrid. Conoce a su audiencia. Sabe lo que se espera de él. Dijo la frase entre la auto-broma y el hastío. Como cansado de soportar sobre sus hombros ese cliché de cantante atormentado que ha hecho llorar a los millenials más talluditos. Porque, reconozcámoslo, ir a ver a Damien Rice en 2018 es ante todo un ejercicio de nostalgia. Una terapia sentimental con un punto masoquista en la que uno va a recordar viejos traumas, a palparse viejas cicatrices. Desde la grada del Circo Price, un breve estudio cenital revelaba lo lógico: calvas, canas, embarazos, vidas mayormente encarriladas y carteras capaces de pagar con holgura el precio de las entradas, que no bajaba de los 36 euros (60 en platea) y que se agotaron semanas antes de la fecha del bolo.

La carrera del irlandés es atípica como pocas y consta de solo tres referencias largas. Por orden. Debutó en 2002 con O, su disco más celebrado. No en vano, excluyendo quizás ‘9 Crimes’, las canciones que le han hecho quien es están todas ahí y todas al principio. ‘Delicate’, ‘Volcano’, ‘The Blower’s Daughter’ y ‘Cannonball’. Arrancar un disco así es a la vez un milagro y una maldición. Acabas de llegar y de pronto pareces uno de los mejores compositores de canciones de tu generación. Pero ¿cómo te superas? Rice lo intentó casi con éxito en 2006 publicando 9, donde además de la mencionada ‘9 Crimes’, dejó barbaridades como ‘Elephant’ o ‘Rootless Tree’. Después de aquello siguieron ocho años de silencio editorial, uno por cada canción que contuvo su regreso en 2014, el también sobresaliente, pero no excelso, My Favourite Faded Fantasy. Y hasta hoy. Cuatro años después no parecería extraño estar solo a mitad de camino del cuatro álbum de Damien Rice. Si llega. 

Esto tiene sus consecuencias, claro: enganchas poco con nuevas generaciones y te ves con 44 años cantando principalmente las canciones que compusiste con 26. Síntomas de este mal asomaron varios en todo el repertorio. “Esta canción es de cuando pensaba que lo sabía todo”, y expresiones similares. Quizás el momento más obvio fue cuando Damien iba a cantarnos su nuevo tema. Parafraseo. “La gente siempre me ha dicho que escribo canciones de amor, pero recuerdo que una vez me puse a analizarlas y pensaba… No, esta no: esta habla más bien de la obsesión. Esta… no, esta tampoco es de amor: esta es más un ‘que te jodan, me has hecho daño’. No son canciones de amor, son canciones de toda la mierda que orbita alrededor del amor”. Y volvió a sonar algo amargo. Como diciéndole a su yo de 26 años: “eh tío, no tienes ni puta idea de lo que es el amor (pero yo voy a defender esa inmadurez tuya aquí arriba porque es mi trabajo)”. La novedad, ‘Your Astronaut’, fue quizás una de las menos emocionantes de la noche, pero también de las pocas en las que uno tuvo la sensación de estar viendo al Damien Rice de hoy y no a su fantasma. Como él mismo explicó, la canción propone una teoría alternativa del amor: “en vez de escribir ‘¿por qué me has hecho esto?’, desde el rencor, escribo: ’¿qué puedo hacer por ti?’, desde el afecto”. Comillas libres. Dramáticamente funciona peor, pero refleja bien a quien la canta. 

Hecha esta apreciación tan subjetiva, y acordado que íbamos a por canciones tristes y dolores viejos, pueden ponérsele pocas pegas al, repetimos, primer concierto de Damien Rice en Madrid, ciudad que le recibió con una ovación de final de bolo nada más salir al escenario. Contó el irlandés que hace 20 años, cuando aun no era nadie, barajó venir a vivir a España. En parte por el sol (clásico lamento irlandés) y en parte porque tenía amigos aquí. Concretamente en Alcalá de Henares. En ese momento pareció que alguien diría, “¡Damien, soy yo, la Susi!, ¿te acuerdas?”. Pero no ocurrió. Lo más parecido fue el momento en que Damien recordó que hace años, en un concierto que dio en Milán, una madre y su hijo que habían ido a verle desde Madrid se subieron al escenario a cantar con él. Damien aseguró haber escuchado el “rumor” de que estaban allí esa noche también. Estaban, claro, y se subieron a cantar ‘Cold Water’ en uno de los momentos más bonitos de la noche que tuvo un inevitable momento La Voz cuando la gente aplaudió al descubrir que la invitada cantaba precioso. 

Había empezado Damien con ‘The Professor & la Fille Danse’ seguida de ‘Delicate’ y ‘9 Crimes’, aunque la cosa no se calentó de verdad hasta ‘Elephant’, donde por fin vimos a aquel Rice incontenible y sin artificios que nos maravilló hace unos pocos Primaveras. Solo en el escenario, iluminado con un par de focos, armado con un piano, una guitarra y cuatro pedales, el irlandés mantiene casi intacta la capacidad de emocionar. Tiene un control de la intensidad superlativo, desde el susurro de cuerdas con el que se asomó al escenario y esos momentos de acariciar micrófono, en los que se escuchaban en el anfiteatro hasta los walkies de los seguratas; hasta el berrido iracundo de ‘Rootless Tree’, que cantó a petición de una asistente y que me pondrá la piel de gallina hasta el día en que me seque. Estuvo divertido, haciendo bromas con referencias más o menos sutiles al onanismo y las heces (las cacas), y su público, salvo algunos momentos de jungla entre canciones, donde cada uno pedía la suya y expresaba su amor al artista, mantuvo un silencio total y un respeto fotográfico bastante alto. De nuevo, las canas. 

Hubo un momento hacia la mitad  de ‘Volcano’ en el que nos animamos con las palmas y a Damien le entraron cosquillas de director de orquesta. Nos detuvo, dividió al teatro en tres segmentos (izquierda, derecha, arriba), asignó la parte de un coro superpuesto a cada uno y comenzó a cantar de nuevo. El resultado fue bellísimo, lo mejor de la noche. Al bis se fue ovacionado de nuevo y regresó sin que hubiesen dejado de sonar las palmas para cantar los últimos hits: ‘The Blower’s Daughter’ y ‘Cannonball’, esta última sin micrófono ni amplificación de guitarra, totalmente desnuda. Con ellas pudimos acabar de palparnos las cicatrices antes de marcharnos a casa con el corazón caliente y agradecidos a este artista raro. Y a su fantasma.

Publicidad

Foto. Pablo Luna Chao (Primavera Sound 2015)   Conciertos
Publicidad