30/07/2018

Andábamos a vueltas con las acusaciones de apropiacionismo cultural que le llegan a la catalana y, al final, todos nos hemos apropiado un poco de ella.

Hace un par de noches, en un bar madrileño, tres chavales discutían sobre qué es y qué no es trap. Veinte minutos de debate sobre un concepto que murió en cuanto en Zapeando hicieron el primer chiste sobre él. El que creía tener más claro el asunto, camiseta del Paris Saint Germain en ristre, ilustraba sus teorías con todo lo que tenía a mano. Servilletero va, servilletero viene. Como el que trata de explicar un fuera de juego: el final del Mundial de fútbol ha dejado huérfanos a los tertulianos de barra. Después de intentar dirimir hasta bordear el cabreo si C. Tangana “se ha vendido” por publicar un tema como ‘Bien Duro’, uno de ellos puso paz: “se ha puesto la noche rara”. La réplica del tercero fue la única que podía ser en estos días:

“Trá-trá”. Venga, otra ronda.

El fenómeno Rosalía se palpa en todas partes. A estas alturas, después de un disco y, sobre todo, un par de singles como ‘Malamente‘ y ‘Pienso en tu mirá‘, ya es imparable, transversal, global: ha conseguido que no le haga falta llevar un apellido adosado para saber de quién hablamos. Rosalía no es una poeta gallega ni, claro, la mujer de un célebre tesorero del PP, sino ella. Cuando casi se alcanzan los quince millones de visualizaciones del vídeo de ‘Malamente’, ya ha ocurrido lo que siempre ocurre en estos casos. Es el desarrollo natural del hype, inmune al cambio climático: una fase de piropeo generalizado deja paso a una ole creciente de descreídos, a cada cual más ruidosa. Y el combate entre las dos Españas ya está servido. Los segundos, los opositores, están repartidos entre los fans primigenios que se sienten traicionados por la deriva pop de la catalana, que deben pensar que no tiene derecho a invertir lo que pagaron por su vinilo de Los Ángeles en lo que a ella le dé la gana, y los recién llegados que ya están cansados de una artista que, en apenas dos meses, se ha convertido en un clickbait con patas. Todos, desde Pitchfork hasta El Mundo Today, han escrito a la carrera sobre ella. Estas líneas, de hecho, llegan tardísimo: hace tiempo que hay que tener una opinión formada (o una que, al menos, lo parezca) dentro de esta gigantesca mesa redonda en la que ya no pueden sentarse más expertos acreditados. Urge traer un cargamento de taburetes plegables para acomodarlos a todos.

El punto donde encalla casi toda conversación al respecto suele ser ese en el que alguien desenfunda el palabro de moda: apropiacionismo. Se acusa (sí, ese es el verbo correcto) a Rosalía de aprovecharse del bagaje cultural que acumula la historia de la Humanidad, de ser permeable a influencias externas, de dejarse aconsejar. Habrase visto. Uno revisa timelines y muros y entran ganas de ponerla ante un tribunal, como poco. O de parafrasear al propio Tangana: «tú lo que eres es una ladrona», hombre. Haciendo un repaso rápido, llegamos a la conclusión de que la cantaora (perdón, cantante) tiene la mano muy larga. No debería haberse arrimado al flamenco por ser paya; no tendría que haber versionado ‘I See a Darkness‘ por no saber quién era Bonnie «Prince» Billy hasta que, en un momento dado, fíjate tú, alguien se lo dijo y ya lo supo; no tiene derecho a utilizar elementos de la Semana Santa en sus vídeos, ni siquiera una inocente torrija, porque no es andaluza; no tiene sentido que se ponga vestido de cola para acabar juntándose con raperos y reggaetoneros; no está legitimada a palmear con esas uñas. Está por ver quién es el guapo que dice que no puede cantarle a las relaciones tormentosas porque, como todos podemos ver en su Instagram, parece una chica absolutamente feliz, la muy hipócrita. Siguiendo estas teorías, tendría que dedicarse a dispararse selfies y poco más. Que es, como cualquiera sabe, a lo que se dedica la gente de 24 años.

En mitad de este fuego cruzado, ella respondía con naturalidad en el número de julio/agosto de Rockdelux: «no puedo gustarle a todo el mundo», que es algo que a muchos se nos puede olvidar cuando coleccionamos un centenar de likes virtuales. En su caso, decenas de miles. Pues también es verdad, aunque a los que nos gusta, que también nos va la marcha, no nos termine de entrar en la cabeza la postura opuesta.

Mientras las denuncias por apropiación cultural se agazapan detrás de unos arbustos hasta que conozcamos otro adelanto de El Mal Querer, el disco que lanzará después del verano, se da un fenómeno contradictorio y maravilloso: al final, todos le hemos birlado su obra, que ya no es solo suya. Poco a poco, nos hemos apropiado de ella. La (supuesta) cazadora, cazada: es ley de vida, un ciclo infinito. Y vuelta a empezar. Enésima prueba de que la cultura es, por suerte, le pese a quien le pese, un buffet libre del que todos echamos mano, a menudo de forma inconsciente. Sus letras se cuelan en conversaciones de bar y estados de WhatsApp, aquí y allá. Del libreto saltan al chascarrillo y la muletilla, a la manera de ‘La Macarena‘, ‘Mi Carro‘ o ‘La Gasolina‘. Un simple «así sí», que ya empezaba a coger tufillo rancio en el cajón junto a esos «ni tan mal» o «aquí, sufriendo» que suelen ilustrar fotos playeras, ha cobrado una nueva dimensión por culpa de los coros de ‘Malamente‘. La imaginería que despliega en sus ya icónicos videoclips, obra de la productora barcelonesa CANADA, alimenta gifs y memes, nueva forma de difusión cultural mirada de reojo, incluso, por la Biblioteca Nacional. No hay termómetro más fiable para medir la precoz trascendencia de su figura que esos síntomas que parecen (¡parecen!) de andar por casa. El resto, los premios, los certificados, ese asalto a Los 40 Principales que ella misma reclamaba a través de Twitter hace unos días, llegará después. La industria, aunque no lo parezca, siempre va a rebufo de la calle, especialmente a día de hoy: y ahí, Rosalía, quilla, ya brillas con y sin highlighter.

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