17/07/2018

A pocos lugares se le puede aplicar mejor aquello de que el todo es más que la suma de las partes que a un festival […]

A pocos lugares se le puede aplicar mejor aquello de que el todo es más que la suma de las partes que a un festival de música. Es aquí donde el Mad Cool, más allá de grandes nombres y de un generoso presupuesto, no encuentra su identidad. El motivo más probable es que la creación del monstruo ha sido demasiado rápida, al contrario que otras citas en territorio español que ya están consolidadas y que han ido progresando lentamente, lo que les ha evitado muchos de los fallos que ha padecido el certamen madrileño a lo largo de los años y que han vuelto a reaparecer en esta edición, la tercera y más multitudinaria: largas colas, fallos en los accesos, barras atestadas o enormes atascos para los que quisieran ir en coche.

Pero más allá de los errores marcados por el exceso de ambición o por la urgencia de no se sabe muy bien qué, era previsible que el cartel sin grandes descubrimientos de este 2018 dejara momentos memorables gracias, además, a un sonido impoluto. También ha sido el lugar de reivindicación del rock más primigenio, liberado de artificios, sólido y contundente. El género del que Alex Turner dijo que podía parecer desvanecido pero que nunca moriría, aunque al líder de los Arctic Monkeys la edad la haya quitado algo de la rebeldía que le sigue sobrando a Eddie Vedder.

Que Pearl Jam tiene ganado un lugar en el Olimpo fue evidente desde que unas bolas luminosas descendieron del escenario durante los primeros acordes de ‘Release’ y su cantante comenzó a recordar el frío en el lugar desde el que probablemente sigue viendo el mundo, el mismo desde el que ha construido un legado que se mantiene vigente tras casi tres décadas. Vedder quiso agradar en su papel de maestro de ceremonias, desprendiendo carisma springstianiano, con botella de vino mediante y con un perfecto equilibrio entre los temas más furiosos de los suyos (sonaron ‘Jeremy’ o ‘Even Flow‘) y baladas como ‘Just Breathe’ que tocó solo sobre las tablas, además de la pertinente declaración feminista en un video de Luis Tosar y Javier Bardem. Y también pudo el público corear canciones como ‘Black’ antes de que Mike McCready iniciara el mítico solo sobre las seis cuerdas. El adiós de ‘Alive’ y ‘Rockin in the Free World’ marcaba el final de un concierto que, de no ser por el recuerdo de lo que hizo precisamente Neil Young en la primera edición, se batiría como uno de los mejores de la breve historia del Mad Cool.

En la puja por esto último también presentó sus credenciales Jack White. Pese a ser uno de los grandes nombres era poco previsible la descomunal exhibición del ex White Stripe. Como si estuviera resentido por la (¿incomprensible?) poca repercusión que ha tenido su reciente Boarding House Reach, propuso una reivindicación de su figura y de su sonido, esta vez sin el grupo de coristas que le acompañó en su última gira. Fueron numerosas las referencias a la banda en la que despuntó, desde el inicio de ‘Black Math’, y además pasó por su etapa con The Dead Weather y The Raconteurs (con una inmensa ‘Steady As She Goes’), y lo más destacado de su carrera en solitario. No fueron abundantes las interpretaciones de su último álbum, pero sí brillantes, como el caso de ‘Corporation’. El fin de fiesta con ‘The Hardest Button to Button’, ‘Ball And Biscuit’ y, por supuesto, ‘Seven Nation Army’ fue el colofón a la indeleble impronta de una figura imprescindible.

Y si de recordar la magnitud de rock se trataba, de ello también se encargaron Queens of The Stone Age. A los estadounidenses les sobra repertorio: pueden sacar a relucir lo mejor de su último y sobresaliente Villains, como ‘The Way You Use To Do’ o recurrir a baladas clásicas como ‘Mosquito Song’. Pese a su indiscutible firmeza, no pudieron evitar un cierto distanciamiento con sus seguidores, más allá del reclamo-exigencia de Josh Homme para que el público accediera a la desértica zona VIP. El country rock de The White Buffalo y el frenético punk de unos inmensos At The Drive-In confirmaron que, al menos en esta edición del Mad Cool, el protagonismo fue para las guitarras distorsionadas y las rotundas secciones rítmicas.

Hace tiempo que dejó de ser una novedad disfrutar de Depeche Mode en un festival. Los británicos, omnipresentes en muchas de las citas veraniegas a lo largo del tiempo, pueden sorprender con un comienzo con el ‘Revolution’ de los Beatles, pero se inclinan por su arsenal más clásico como ‘Personal Jesus’, ‘Just Can’t Get Enough’ o ‘Enjoy The Silence’, que a su vez se muestra más efectivo. Nada nuevo bajo el sol, más allá de los réditos que da su dilatada carrera. A pesar de que Tame Impala llevan tiempo confirmándose como un valor seguro, cabe preguntarse el motivo de su participación, aparte del puramente económico. Han pasado tres años desde su último Currents y se podría haber esperado a un retorno más motivado. Lo cierto es que, aunque a modo deja vu, su onirismo estroboscópico mantiene intactas sus virtudes, con un sonido repleto de matices y un Kevin Parker cuyas cuerdas vocales no dejan de mejorar. En el mismo ámbito, una apuesta más arriesgada y también adecuada hubiera sido la de Montero o la de Hookworms.

Una psicodelia más amable es la de MGMT. Las malas lenguas ya hablaban de que el escenario sigue siendo el gran handicap de los autores de ‘Kids’. La interpretación en directo de una canción con tantas posibilidades como ‘Electric Feel’ suscita cierto sentimiento de compasión. No es la pretenciosidad el peor de sus defectos, sino la incapacidad de transmitir algo de emoción en un directo plano como pocos que ni siquiera despega con algunas de sus mejores canciones recientes como ‘Me And Michael’. Hay pocas formaciones que encajen también en la definición de one hit wonder.

Precisamente por novedosa, junto a la de Young Fathers, resultaba atractiva la participación de Leon Bridges. Aunque carezca de la elegancia de Michael Kiwanuka y de la pegada de Eli ‘Paperboy’ Reed, sí se antoja como garante del soul más clásico, aunque sea precisamente en los temas más acelerados como ‘Bad Bad News’ o ‘Flowers’ y a medida que avanza el concierto cuando el compositor muestra más fortaleza. Tras un estupendo segundo disco, sigue siendo alguien a seguir de cerca.

En el apartado electrónico, a Justice le ha dado madurez el funky de canciones como ‘Safe And Sound’, aunque siguen ganando los mayores aplausos cuando descargan el potencial de ‘Stress’, ‘D.A.N.C.E.’ o ‘We Are Your Friends’. También es conciliadora la evolución de James Holden. Como ya certificó en el Primavera Sound y sin olvidar nunca un pasado en el que el trance ha tenido un papel fundamental, el proyecto con The Animal Spirits es uno de los shows más confortantes de este año por la densidad sonora, la capacidad de improvisación y composiciones tan significativas para alguien con dos décadas de background como ‘Each Moment Like The First’.

Además de la baja de Massive Attack en un festival al que se le podía aplicar aquello de que monta un circo y le crecen los enanos, queda por esclarecer, por ejemplo, los motivos para el fichaje de Franz Ferdinand, con su poco trascendente último trabajo y aunque se agradezca escuchar ‘Michael’ en alguno de los traslados. O que en plena eclosión de la música negra se haya optado por alguien tan poco trascendente como Post Malone en lugar de Tyler, The Creator, Pusha T o puestos a pedir, Kendrick Lamar. El Mad Cool funciona como un reclamo popular con su apuesta de valores seguros y su poco énfasis en las novedades más destacadas. Pero aun está por ver que encuentre un alma que lo distinga, más allá de una sucesión de buenos (o sobresalientes) conciertos y que, hablando de rock, no viva demasiado deprisa para acabar muriendo joven.

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Foto. Pablo Luna Chao   Festivales
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